Vivir con música

By Roberto Romero • Oct 25th, 2008 • Category: Filosofí­a Musical, MÚSICA: PENSAMIENTO Y REFLEXIÓN, Música Clásica

Rodeando Cabo Cultura

La música posee un misterioso sortilegio, que es posible rastrear bajo fenómenos de í­ndole diversa: en la contundencia del tambor que anticipa la batalla, el cuerpo hipnotizado de los danzantes, o el ferviente canto lanzado para conmover las esferas sagradas… Dicho embrujo es capaz de trascender al individuo y contagiar a la colectividad; capaz de movernos, persuadirnos, o hacernos hablar con nuestros dioses.

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En el siglo IV A.C. Platón y Aristóteles advertí­an este peculiar poder de encantamiento, al tiempo que lo encausaban hacia la educación del ciudadano. Para ellos la música era capaz de moldear el carácter e infundir valores, de aquí­ su importancia en la polí­tica. Los ecos de esta relación entre música y poder polí­tico han venido resonando por la historia de las culturas; se les escuchó en el potente sonido del tlalpanhuehuetl que anunciaba el inminente combate, se les percibe cuando se canta el himno nacional, o se asoman cada vez que escuchamos alguna canción de protesta.

A veces estos ecos han sido retomados con fuerza por voces radicales como la de la estética soviética, que con el objeto de aprovechar el embrujo para sus fines ideológicos, buscó la manera de exigir a sus compositores ciertos cí¡nones para desempeñar su trabajo creativo. En el Segundo Congreso Mundial de compositores y musicólogos, organizado en Praga en 1948, se le dictó lí­nea al curso de la música soviética, al establecer ciertas condiciones para “rescatar” a la música contemporí¡nea. Entre ellas se les pedí­a a los compositores renunciar en su arte a tendencias subjetivistas y expresar ideas e ideales de las masas populares, avocarse al reforzamiento de la cultura nacional y atender las formas musicales mí¡s concretas para llegar con facilidad al pueblo como las óperas, oratorios, cantatas, canciones, etc.

Por todos lados abundan las muestras de esa sutil capacidad de la música de sumar voluntades a determinadas causas e ideologí­as tan diversas u opuestas como pueden serlo las subculturas actuales, de aquí­ el afí¡n de regular esta capacidad. Otro buen ejemplo por intentar controlarla de manera explí­cita y consciente lo podemos encontrar en el “documental” de Michael Moore Bowling for Columbine. Aquí­ se toca tangencialmente esta faceta del embrujo musical, cuando en su búsqueda de explicaciones para la masacre, Moore se topa con que el temor de la sociedad americana, ha desatado una ola de sospecha que llega no sólo a cualquiera culturalmente diferente, sino también a la música. Una vez mí¡s se escuchan las voces radicales, cuando se organizan protestas de padres de familia contra la música de Marilyn Manson, por considerí¡rsele incitadora a la violencia.

Tanto el ejemplo de la estética soviética, como el de los padres de familia del documental, reviven cuestiones polémicas e interesantes, que también rondaron el pensamiento de los griegos antes aludidos, y cuya respuesta en cada caso ha sido siempre afirmativa: ¿es legí­timo hablar de música éticamente incorrecta o correcta?, ¿hay cierta música que conduce a los individuos a ser malos o buenos?, y por lo tanto, ¿Es necesario regular la producción musical en beneficio de un orden social establecido?

Quizí¡ este deberí­a ser el lugar para tratar las cuestiones antes arrojadas, sin embargo, esta serie de artí­culos estí¡ avocada a esbozar un mapa de la vivencia musical, y para cumplir este objetivo regresaré a estas preguntas en el siguiente artí­culo, para mostrar que la faceta social o polí­tica de la música, va ligada a otras no menos importantes.

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Ahora bien, el embelesamiento que produce la música no sólo tiene relación con el poder polí­tico, su confabulación social va mucho mí¡s allí¡. El mismo Aristóteles, al hermanarla con la educación, señalaba como otro de los objetivos de la música, la Katharsis; esa suerte de experiencia liberadora y extí¡tica, que detona la comunión emocional de una colectividad. Esa que revienta en los cuerpos ebrios de ritmo, cuya irresistible tendencia los conduce a unirse a otros en el festí­n del baile. Pues no existe celebración o festividad alguna libre del cí¡lido hí¡lito musical.

Aparece ahora otro aspecto del sutil encantamiento musical, referente a su relación con la identidad cultural. La música, es una prí¡ctica compartida que ofrece un marco estético, es decir sensorial y artí­stico, ideal para propiciar el encuentro de oyentes y creadores; de individuos que habitan costumbres, actitudes, lenguajes y rituales en común. Quizí¡ el mejor lugar para hallar este encuentro bajo su manera mí¡s catí¡rtica, sea en el espí­ritu de la fiesta, y el carí¡cter dionisí­aco que la vincula con la música, pues ella ofrece un territorio común para que aquellos cuerpos moviéndose a distintos ritmos e intensidades, tan aparentemente lejanos y diferenciados unos de otros, por momentos adquieran cierta sintoní­a y simpatí­a capaz de llevarlos a perder su identidad personal para unirse a una colectiva.

Dado que la identidad de un grupo se construye a partir del reconocimiento de un cúmulo de experiencias compartidas, la música, al permitir el encuentro catí¡rtico, se convierte en un fuerte emblema cultural apegado a la recreación y fortalecimiento de los lazos invisibles que mantienen la unión del grupo. En la corriente unitaria de sonidos que cada pueblo crea, se expresa la cosmovisión de cada cultura; las alegrí­as y glorias, penas y miserias compartidas, encuentran canales de desahogo en ella.

Los avatares del tango pueden bien mostrar esa identidad catí¡rtica que la música produce. Nacido en la periferia marginada de las ciudades rioplatenses, el tango desde su origen es expresión de la melancolí­a sobria, sensual y desgarradora, pasional y trí¡gica, del entorno social que lo vio florecer. Desde los oscuros fondos de los arrabales, prostí­bulos y refugios del hampa, pasando por los salones de baile y academias de Montevideo y Buenos Aires, hasta su lanzamiento mundial; por las venas abiertas del tango corre el melancólico desazón de aquellos para quienes su vida no es mí¡s que un tango que no se ha tocado aún. Como dice Borges en su poema El tango: “( Detrí¡s de las paredes recelosas/ el Sur guarda un puñal y una guitarra.)” “[…] El tango crea un turbio/ pasado irreal que de algún modo es cierto,/ un recuerdo imposible de haber muerto/ peleando, en una esquina del suburbio.”

Antes de que las adoloridas letras empaparan al tango, éste fue pura música y danza, que no por casualidad surgió en los lugares de diversión del arrabal, en los parajes del desahogo, de la catarsis, de la fuga grupal de la hostil realidad, de la identificación emocional en cada giro, en cada “ochito”, “corte” o “anillo”… ¿Qué lugar mí¡s dionisiaco que un prostí­bulo con tango en vivo?

El tango fue popularizí¡ndose y creciendo con el enriquecimiento instrumental, las voces apasionadas de geniales intérpretes como Gardel, el boom de su danza en academias alrededor del mundo, la intrépida revolución de compositores como Piazzola, o las hipnóticas fusiones de Gotan Project . Conforme se dio este proceso, la identidad catí¡rtica del género ha venido amplií¡ndose hasta convertirse en emblema cultural de una extensa región del cono sur y también, en fuente de placer y desahogo para aquellos que en muchas partes del globo, han vislumbrado en los apasionados acordes del tango, ese “recuerdo imposible”, esa huella trí¡gica y emocional que esconde desde sus orí­genes.

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Los encantamientos musicales han sido utilizados para la catarsis lúdica, pero también su impulso hacia la identificación de grupo los han situado en templos y rituales, para recrear los ví­nculos de la colectividad con el mundo sagrado. Todas las grandes religiones del mundo cuentan con música utilizada en rituales, o como vehí­culo para adoctrinar. Es en estos recovecos sagrados donde se percibe con claridad la unión de las facetas antes descritas, tanto la identidad catí¡rtica, como la persuasión ideológica.

Una muestra ejemplar de identidad catí¡rtica religiosa, la podemos encontrar en la música tibetana. Esta música, empapada de espiritualidad y volcada hacia los cí­rculos sagrados, muestra su aspecto catí¡rtico en su forma e impacto estético, fruto del marcado simbolismo religioso que cargan consigo los instrumentos y voces que conforman los ensambles que acompañan rituales de carí¡cter diverso.

La música budista tibetana, reservada para su interpretación por monjes, asigna a determinadas sonoridades, relaciones con divinidades tanto agresivas como pací­ficas. Puesto que los instrumentos de diferentes familias, como pueden ser las percusiones y los alientos, corresponde a las voces de ciertas divinidades, el resultado sonoro de cada interpretación no depende tanto de una forma musical preestablecida, sino del avance del ritual, del momento en que se le permite expresarse a cierta divinidad, según la interpretación interna del monje que conduce a los demí¡s mediante cambios en el tempo de lo que se estí¡ tocando.

Lo que se pretende conseguir con ello son estados de trance meditativo, pues ellos consideran que existe una relación entre los sonidos de los instrumentos y los sonidos interiores que escuchan ciertos lamas, al alcanzar grados avanzados de meditación. Ello nos habla de que la música para esta cultura, funciona para generar un éxtasis en el oyente que lo vincule con lo sagrado, es decir, con aquello esencial e indemne que se supone fundamenta todo. La música, al estar ligada a la meditación que es la prí¡ctica budista mí¡s notable, es camino para encontrar el “despertar” (nirvana), hacia esa realidad que se encuentra mí¡s allí¡ del mundo de las apariencias, dentro de las que se encuentra el “yo”.

El viaje cartogrí¡fico continúa su curso, el naví­o ha abandonado esos territorios cargados de rí­os y bahí­as balbucientes, para internarse en otros mí¡s rí­spidos, donde poderosas corrientes tienden a empujar la nave hacia la costa. Allí¡ a lo lejos, tierra adentro, entre la espesura selví¡tica, se escucha un fuerte golpeteo constante que advierte un patrón; signo evidente de la presencia de seres humanos. Sin embargo, el sonido lejos de atraer al marinero cartógrafo y a la tripulación, los asusta, y en vez de detenerse a investigar siguen su curso. Avanzan delineando el litoral hacia el Sur y dí­as después de la región de los atemorizantes tambores, una noche estrellada, divisan sobre la playa algunas fogatas alrededor de las cuales, hermosas mujeres desnudas y hombres ebrios, bailan al son de una melodí­a pegajosa. Los tripulantes no soportan las ganas de bajar las anclas y unirse a tal fiesta, pero son persuadidos de continuar el viaje por el cartógrafo, que también deseaba unirse al jolgorio, pero recuerda el efecto que puede tener el canto de las sirenas, y atemorizado ante la posibilidad de sucumbir en su tarea cartogrí¡fica, les prohí­be detenerse. Las jornadas transcurren y la brújula poco a poco indica una desviación del terreno hacia el Este y luego hacia el Noreste. Justo ahí­ donde su curso se torna Norte franco, en un atardecer soleado, empiezan a oí­r desde tierra algunos cantos, pero esta vez no desean alejarse ni acercarse, sino sólo tomar aliento, relajarse con el distante e hipnótico sonido y seguir adelante, olvidando por momentos todo lo que el viaje les ha implicado, sin deseo alguno de saber hacia donde los conduce el recorrido emprendido. Dí­as después, el marinero logra unir sus trazos y cae en la cuenta que esa región habitada, es sólo un cabo de ese territorio al que todaví­a no le encuentra fin, llamado por él mismo Música. A ese cabo decide llamarle Cultura…

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2 Responses »

  1. chido bob!! ya te extrañábamos

  2. Esto no es un articulo, es un poema.

    Una vez mas me pongo de pie Sr. Roberto y como bien dice Jordi, ya extrañabamos