Repensar la música

By Alfredo • Feb 20th, 2007 • Category: Filosofía Musical

Por Javier Lomelí

¿Qué es la música? Un primer acercamiento, y uno en el que parece existir un acuerdo es el de pensar a la música como el arte de la organización de los sonidos. Esta es nuestra base, pero se trata de una base quizás un tanto resbaladiza cuando intentamos concretar un poco más. Problemas como el de la definición de la música ya sea a partir de la filosofía, de la ciencia, del lenguaje o de las emociones nos plantean la dificultad de establecer un logos musical concreto pues la  música es pensamiento, es número, es lenguaje y es emoción. Se trata de un arte en que cada uno de estos componentes se solapa con el otro en una unidad volátil, pues si nuestras consideraciones se fundan en uno de estos ordenes, nuestra perspectiva será muy concreta y limitada; es decir, que aunque cada uno de ellos influye en el fenómeno musical, jamás lo determina íntegramente.

 

La confusión se pone de manifiesto si pensamos que aún cuando la música es ciencia y se vincula al número, y evidentemente al fenómeno físico de la acústica, también nos refiere a los afectos (en todo caso se trataría de una ciencia afectiva). Dicha apreciación de la música como relacionada directamente al número y los afectos nos remonta a la Grecia antigua, aún cuando en realidad es poco lo que sabemos respecto a la música en aquella época en Grecia a excepción de fragmentos rescatados de los pre-socráticos. Así encontramos textos y referencias a Pitágoras, por ejemplo, y su idea de la música como el fruto de un instrumento o como esa otra música inaudible producida por los astros que giran en el cosmos siguiendo leyes numéricas y proporciones armónicas. Es esta segunda música la que Pitágoras privilegia; esta música de los astros, esa música pensable pero no audible que convierte a la música también en un concepto metafísico el cual nos revela la naturaleza del número y la armonía. Pero existe un segundo elemento importante en la doctrina musical de los pitagóricos: la catarsis. Se trata de la música de las esferas referida al movimiento cósmico y cuyo efecto en el ámbito humano es el de la reminiscencia; es decir, el de la relación entre la música y la memoria afectiva mediante la cual el hombre además de ser capaz de recrear significados, puede restablecer la armonía turbada del ánimo. Música como medicina para el alma que en su carácter mágico encantador purifica al espíritu. En este sentido, la música está vinculada al alma, y esta pertenece a lo inmortal.

También la música en la filosofía de Platón se presenta como elemento fundamental referido al movimiento del alma. Se trata, en el modo pitagórico, de una ciencia vinculada al movimiento de los cuerpos celestes mediante la cual se construye la armonía (basada en la matemática y la astronomía) y que se presenta como mimesis y catarsis del alma al ser esta concordancia entre armonía del alma y del cosmos; mimesis de las armonías del alma (Timeo). Un elemento a destacar en la filosofía de Platón en lo que toca a la música es la idea de manía teléstica (religiosa) como catarsis a las enfermedades del alma. Se trata de una locura divina o entusiasmo a través de la que la música se manifiesta pues, como nos dice Platón, sin posesión, ni la filosofía ni la música tienen sentido. En este sentido, con la música se plantea una relación entre logos y eros al ser esta fruto del amor y la reminiscencia y presentarnos un producto de esta razón o logos dialéctico que parte de la idea de la música como el arte mediante el cual se habita al tiempo; y reconociendo que el tiempo es el movimiento, necesariamente nos vemos en la necesidad de entender al alma en un sentido musical, pues el alma como el tiempo tienen como condición el movimiento; y dado que el movimiento se plantea como condición humana, ello implica una influencia en el aparecer del hombre de modo que la música adopta sentidos que van desde la reflexión matemático-astronómica, metafísica-filosófica, afectiva y hasta ética-política, pues al estar el alma ligada a la música y al  ser el alma principio animador del cuerpo (anima), esta se encuentra mezclada en todo lo que el hombre es y hace. El alma se mueve y se “con-mueve” y por ello, la música también es emoción, pues el hombre siente, piensa y transforma sus afectos (valor, júbilo, temblor) en acción.

Al margen del periodo medieval, donde la música estuvo sujeta explícitamente a la religión y sus usos, y tras un periodo de consolidación de la música como arte, la música comienza a adquirir fuerza desde mediados del siglo XVIII y baste con mencionar el papel central que Schopenhauer da a la misma. ¿Es la música cosa de este mundo o acaso es algo que excede al hombre y su razón? De igual forma, el romanticismo elevó la música a la categoría de lo sublime, siendo esta capaz de suscitar los mas variados afectos. Pasemos de lado el olvido en que la filosofía ha ido abandonando durante el siglo XX la música para centrarse en el lenguaje –otro de los ámbitos que se solapa con la música-, y simplemente digamos que la música es afecto y emoción, incluso en el ámbito cognoscitivo.

           

Así, en esta misma línea de solapamiento, encontramos también la sobreposición del lenguaje en esta concepción, pues la música es también lenguaje. Partimos del hecho de la relación de vecindad que la música tiene con las palabras tanto por el componente netamente musical del lenguaje, como por la historia de las artes que las ha ligado. Al margen de esta música ideal y sólo pensable (la música de los astros), la música del hombre cumplió por mucho tiempo una función representativa. Esta música, por ejemplo, se vinculaba a la tragedia y, por tanto, se relaciona con la palabra de forma que en unidad componían una representación orientada al drama representativo donde el sentido de la palabra era el que primaba y la idea del coro acompañaba al lenguaje en su significación; de igual forma nos encontramos la música religiosa supeditada al contenido eclesiástico o la ópera en que la música estaba directamente vinculada al texto y su representación teatral. Lo cierto es que en la conformación de un logos musical nos encontramos con dos espacios de voz que se entrecruzan: la música y palabra. Es claro que aunque la historia de la música, como lo señala Enrico Fubini en su Estética de la música, ha estado vinculada siempre a la existencia de la palabra, se trata de dos cuestiones que aunque profundamente relacionadas por el medio sonoro, se manifiestan distintas. Si bien desde la idea de los coros en las tragedias griegas, pasando por los cantos gregorianos y la opera, la música y la palabra han tenido un solapamiento, la cuestión de su autonomía o jerarquización ha formado parte del debate de las artes, como bien lo expone Richard Strauss en su opera el Capricho. En realidad el problema que nos aparece es el de la diferenciación de un logos musical distinto al logos lingüístico de forma que podamos entender la significación de la música considerando sus distintas características. Las principales dificultades a las que nos enfrentamos son: por un lado, la referida a la música como un logos particular que encuentra su fundamento tanto en el número y el lenguaje, como en los afectos, y por tanto de un logos que nos refiere a la razón y a la emoción, a la ciencia y al arte; y por el otro, la posibilidad de una significación musical concreta, ya que a diferencia del logos lingüístico el logos musical no cuenta con un léxico. Aún así, la frase musical es concreta y tiene un sentido inmediato y nos refiere a una especie de mimesis del alma, la cual también esta sujeta a una especie de sistema de los afectos que plantea una convención gramatical: las formas que sugieren o evocan están culturalmente mediadas y las construcciones musicales adecuadas a tales arreglos. De aquí la necesidad de concebir al logos musical como un logos simbólico que nos permite una mediación del ámbito de los afectos con el ámbito numérico y el ámbito lingüístico. El logos busca sentido, dice algo, pero qué. Esta es la aporía del logos musical debido a su no semanticidad. Se trata de la dualidad que presenta la música al referirse al número y la palabra: 2 exégesis del logos en relación con la música. Retomando el ejemplo de Strauss: ¿Prima la palabra, o prima la música? Un ejemplo que no resuelve nada más allá de la continuidad entre tal disputa.

 

 

Cabe apuntar que en el símbolo no hay adecuación entre forma y contenido, pues este es siempre indirecto y analógico. Es inmediato e incide en los afectos del alma sin mediaciones. Se trata de una construcción del logos en que el elemento simbolizado no esta terminado y aunque muestra un sentido, este es siempre parcial y oculta un significado integro. Todo símbolo es una sustitución de algo a lo que representa pero no define en un sentido conceptual. Funda una alianza o pacto simbólico dentro de una comunidad hermenéutica. Etimológicamente se trata de la restitución en unidad de aquello que se encuentra separado y al no ser definitivo, lo simbolizado simboliza algo que no está y por tanto suscita interpretaciones –aunque la interpretación sea menos volátil que la de un signo pues el símbolo siempre connota, nunca denota; es un tipo de conocimiento que suscita emociones. El símbolo es ante todo exposición sensible del arcano (del cerco hermético); símbolo como unidad restablecida ante el desgarro que es la vida; símbolo como templo y fiesta que enuncian una síntesis precaria y viva.

 

Pero al plantear un logos musical como logos simbólico nos enfrentamos a la dificultad respecto a la adecuación del símbolo al ámbito musical pues el símbolo por lo general se apoya en la percepción visual y el espacio, en el mundo de la imagen y lo imaginario. Es en este sentido que el símbolo y su percepción visual resuelve poco en el ámbito musical pues el medio de la música es el aire por el que fluye el sonido buscando el contacto, pues no olvidemos que el efecto de la música es comunicativo y comunica con su peculiar forma. Se trata de la música como símbolo que tiene que ver con la phoné, con el tiempo y su constitución, con los efectos de su organización (prominentemente afectivos). Logos simbólico, que en la música se presenta como sentido en la organización de los sonidos. Así, nos vemos en la necesidad de repensar la idea del sonido y de intentar desarrollar un logos musical distinto al logos lingüístico: un logos simbólico para la música.

 

            En realidad, deberíamos replantearnos el papel de la música en nuestras vidas, ya que la música, como lo hemos mencionado está en todo: en la razón y en la pasión; en lo sistemático y explicable, así como en lo histérico e indefinible. Es el arte que nos hace habitable el tiempo (así como la arquitectura nos hace habitar el espacio) y como tal nos refiere a un arte matricial que vincula al hombre al proto-fenómeno del tiempo; es la primera prueba de la existencia pues su elemento mistérico, que nos permite habitar temporal, nos remite a ese estado fetal en que el tiempo suena en las palpitaciones dentro del espacio del vientre y resuena esa voz de la madre que ocurre ante todo en la oscuridad. Proto phoné o voz primera, la materna, que no gesta ninguna imagen, sino que es justamente esa chora en el sentido de albergue liminar del feto que es propiamente la matriz que lo aloja y sustenta. No hay luz y el feto es un organismo inmaduro en su vida intrauterina, excepto auditivamente y esto funge como prueba primera respecto a la inmediatez de la música y a su carácter de habitat de ese tiempo previo a la existencia. Pero ya en la existencia, la música sigue siendo ese algo que hace vibrar al hombre, que lo hace pensar y reflexionar, que lo hace sistematizar y, sobre todo, que lo hace vivir: el compás que siguen los latidos es la música que cuando cesa, la vida muere.

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