Nietzsche vs. Wagner

By Roberto Romero • Apr 17th, 2007 • Category: Filosofía Musical, Música Clásica

La polémica de Nietzsche contra Wagner se refiere al rompimiento que tuvo el filósofo con el compositor, después de haber llevado una relación de amistad en la que creían compartir ideales y proyectos. Hay que recordar que fue Wagner y su esposa Cósima, los que alentaron a Nietzsche a escribir El nacimiento de la tragedia (1872), la primer gran obra del filósofo que dedicó a Wagner, y que tantos problemas le trajo cuando la publicó. Años más tarde, con la evolución de su pensamiento, Nietzsche se siente traicionado por Wagner y su obra, publicando El caso Wagner (1888) y Nietzsche contra Wagner (1889), textos que no sólo expresan el rompimiento definitivo de Nietzsche con Wagner –que había muerto años atrás- sino también con Schopenhauer, con el Romanticismo y con el germanismo en general.Para entender éste rompimiento ideológico al que los textos mencionados aluden, me parece necesario primero establecer aquello que en un comienzo los unió. Cuando se conocieron en 1868 Nietszche apenas tenía 24 años, su pensamiento estaba en proceso de génesis, mientras que Wagner de 55 años se encontraba en un periodo muy avanzado de su carrera. Sin embargo, ambos valoraban la filosofía de Schopenhauer, su concepción de la música como una categoría del espíritu humano capaz de ser expresión misma de la voluntad. También coincidían en la necesidad de recuperar los valores míticos de la tragedia griega, y veían a la música no en su sentido hedonista, sino como un camino para alcanzar la redención.

Fruto de estos puntos de encuentro fue el libro El nacimiento de la tragedia, obra que vino como anillo al dedo a Wagner ya que en ella pensó encontrar la justificación y fundamento de los grandes cambios conceptuales que introdujo al mundo de la ópera. Para Nietzsche este fue el comienzo de su pensamiento, mismo que bajo las aparentes coincidencias con Wagner, escondía diferencias esenciales que el filósofo tardo en entender.

En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche establece un vínculo entre el pensamiento trágico y la vida. Con una clara influencia schopenhaueriana, nos habla de la vida como fuente de las individuaciones, mismas que al momento de producirse desgarran la unidad primordial de la vida, de aquí que ella sea en esencia dolor y sufrimiento por la unidad perdida. Mas la vida vuelve siempre a reintegrarse con la muerte que implica su invariable renovación. Tras éste cristal no hay culpa ni redención, sólo un devenir constante que implacablemente se ha de cumplir.

Ante esto surge en la antigüedad griega el pensamiento trágico que asume lo anterior a partir de la afirmación de la vida y de la muerte, de la unidad y la separación eternas; de lo apolíneo como principio de individuación y lo dionisiaco como afirmación total de la vida. En este sentido, el arte trágico con la música en su centro, lleva a este pensamiento al campo de las representaciones con las cuales se vuelve soportable la tragedia que conlleva el vivir, de manera que el arte se convierte en la verdadera tarea metafísica del hombre.

La música se encuentra en el centro del arte trágico debido a su poder aconceptual y afigurativo que nos permite ir más allá de tal o cual dolor, alegría o cualquier otro sentimiento, enfrentándonos con el dolor, el sufrimiento y la alegría primordiales. A través del oleaje del ritmo se nos manifiesta lo apolíneo, así como en la corriente unitaria de la melodía y la armonía se nos presenta lo dionisiaco. En palabras del propio Nietzsche: “[…] Así la música misma, en su completa soberanía, no necesita ni de la imagen ni del concepto, sino que únicamente los soporta a su lado.”

Hasta aquí todo parece indicar que las coincidencias con Wagner son totales. Sin embargo, aquí está el comienzo de un rompimiento que Nietzsche tardó en atisbar. Ya que si bien este poder de la música le permite ser un agente redentor, cosa que Wagner entendió a la perfección, su carácter soberano sitúa a la redención en la música misma, en su forma estética y no como hace Wagner a través de ideales externos. Pues como dice Nietzsche más adelante:

“Si la música intenta suscitar nuestro deleite tan sólo forzándonos a buscar analogías externas entre un suceso de la vida y de la naturaleza y ciertas figuras rítmicas y ciertas sonoridades características de la música, si nuestro entendimiento debe contentarse con el conocimiento de esas analogías, entonces quedamos rebajados a un estado de ánimo en el que resulta imposible una concepción de lo mítico.”

“¿Quién sino Wagner nos iba a enseñar que la inocencia redime de preferencia a pecadores interesantes (como en Tannhäuser)? ¿O que hasta el judío errante se redime y se asienta cuando se casa (como en El holandés errante)?[…]¿ O que también las casadas se dejan redimir con mucho gusto por un caballero( como Isolda)?”

Otra de las razones que da para atacar a Wagner, es la subordinación de la música al teatro, a las emociones humanas y a los gestos. Considera que el compositor al preocuparse únicamente por los efectos, al rechazar las formas, preludiar situaciones particulares de los personajes, determinar ambientes con la música, etc. Lo que está haciendo es supeditar su valor al teatro, es hacer de ella una retórica, y esto significa hacer de la música un arte que miente, incapaz de expresar la verdad trágica de la existencia, en medida en que hizo de la música un medio y no un fin.

Sobre esta objeción, Nietzsche arremete también contra los recursos musicales que utiliza. Critica al leitmotiv tan recurrente en las operas de Wagner como simbolismo dramático-psicológico de los personajes. Critica también la falta de atención que presta Wagner a la resolución de las melodías, alargándolas o acortándolas en función de las tensiones psicológicas o propias de la acción, olvidando así el potencial puramente dionisiaco que la melodía y la armonía son capaces de expresar. En estos términos critica también el término acuñado por Wagner de “melodía infinita”, pues considera que este recurso que pretende mantener la fuerza dramática de una obra, lo que realmente logra es eliminar la medida obligada, la regularidad que ofrece el ritmo para lograr una concentración sostenida del oyente, es decir, elimina el equilibrio entre lo apolineo y lo dionisiaco:

[…] eso que ahora se llama “melodía infinita”, término tan rotundo como oscuro, si se figura que entra andando en el mar, poco a poco pierde pie y, finalmente, se entrega a merced de los elementos: debe nadar. En la música más antigua, en su vaivén más rápido o más lento, ceremonioso, delicado o fogoso, lo que había que hacer era otra cosa: bailar.”

Finalmente, otro aspecto de la crítica que hace Nietzsche de la obra de Wagner, y que en lo personal me parece sólo es una estrategia irónica que el filósofo utiliza, es considerar que la música de Wagner produce una enfermedad a nivel fisiológico en los nervios. Para él las estruendosas obras de Wagner, por medio de su cargado colorido, en pos de la creación de efectos, lo que logra es torturar los nervios. Más allá de tomar en serio esta crítica, no puedo dejar de reír imaginándome a Nietzsche en el primer festival de Bayreuth, escuchando Parsifal, y retorciéndose en su asiento, ansioso porque la ópera termine.

Ahora bien, dejando a un lado las críticas, es importante señalar que Nietzsche propone en contraposición a la música de Wagner la de Bizet, especialmente la ópera Carmen, pues le parece que Bizet está más cerca de recuperar el espíritu dionisiaco de la música, al introducir un nuevo tipo de sensibilidad a la música culta europea, una “sensibilidad morena, sureña, tostada…” con la cual se produce un retorno a la naturaleza, y a la salud de los pueblos dionisiacos. Esto tiene relevancia porque en último término, el rompimiento de Nietzsche con Wagner es también el rompimiento con el Romanticismo y sus ideales, y la búsqueda de Nietzsche de otras sensibilidades refleja también su hartazgo de la cultura germana cuya culminación decadente es Wagner.

Para concluir, creo prudente situar a Wagner más allá de las críticas y propósitos de Nietzsche en su dimensión histórica. Ya que si bien quizá la obra musical de Wagner no logra mostrar lo que Nietzsche pretendía acerca de la música en sí, es decir, extramoral y extraideológicamente, no podemos negar la genialidad de Wagner para lograr sus propios cometidos. Su música es eficaz en reflejar emociones, ideas y personajes. Es capaz de preludiar ambientes, situaciones y acciones, a través de la innovación de sus recursos musicales: la densa amplitud de sus temas, el leitmotiv, y por supuesto el magistral manejo de la tensión musical que tenía al pobre Nietzsche en el borde de su asiento.

Su música logra referir a emociones y tensiones particulares, si no el dolor en si como condición verdadera y trágica de la vida, si apegado a los contextos vivenciales de los protagonistas en sus operas. Wagner es, le guste o no a Nietzsche, el referente estético con el que dialoga toda la música clásica del siglo XX. Sin él serían inconcebibles todos los compositores actuales que escriben música para el cine, y también aquellos que quizá más cercanos a Nietzsche rompen con Wagner y componen en función de otros criterios independientes de la subordinación a emociones, conceptos y figuras.

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