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World music, reconocimiento e inclusión de la diversidad musical

Desde los años sesentas del siglo pasado hasta nuestros días, el término ‘world music’ se ha ido consolidando como un género musical capaz de acoger una inmensa y creciente galaxia de músicas provenientes de tradiciones musicales de todo el planeta, cuya única particularidad es el no traer en sus frentes tatuado el sello de Occidente. 

Bajo el vaporoso y luido manto de lo que se ha querido designar como world music encontramos músicas tradicionales o folclóricas enraizadas en matrices culturales distintas a Occidente, o bien entrecruzamientos entre éstas o con la música occidental. Basta un azaroso vistazo a los catálogos de disqueras representativas del género para toparse con expresiones decididamente tradicionales como puede ser la música para gamelán de Ujang Suryana, consignada en la compilación Music from the Tea Lands de Putumayo; reencuentros entre culturas lejanas geográficamente pero que comparten una misma raíz no-occidental, como el disco Afrocubism del sello World Circuit, en el cual colaboran músicos de Mali y Cuba comandados por Toumani Diabaté y Eliades Ochoa; o poderosas mezclas de ritmos electrónicos de la música popular occidental con música celta y africana, presente en la discografía de Afro Celt Sound System editada por Real World.  

...las ciencias sociales se volcaron hacia el reconocimiento y estudio de la multiplicidad de culturas distintas a Occidente, tras la velada esperanza de hallar referentes para una renovación cultural global.

En suma, la world music ondea en todo lo alto la bandera de la diversidad. Y aunque mucho se le ha criticado al género el que encasille bajo una misma etiqueta -comercial y etnocéntrica- una enorme variedad de ritmos y armonías, ignorando las características que las ligan a sendas tradiciones musicales que en sí mismas exhiben un sinnúmero de géneros; lo cierto es que la world music ha permitido que los sonidos de los otros culturalmente distintos a Occidente se cuelen a los oídos del público global, y esto, creo yo, encierra ya un inmenso valor.

Para mostrar como el género ha logrado lo anterior, vale la pena repasar algo del camino ideológico que condujo a su aparición.

El descubrimiento del otro musicalmente distinto

Décadas antes de que la world music instalara en el mainstream de la cultura global al carro completo de las músicas del mundo, una disciplina teórica irrumpió en escena: la etnomusicología. Mezcla de antropología social, musicología, sociología y demás campos del saber, la etnomusicología responde a un ímpetu que fue permeando a todas las ciencias sociales y humanidades por  voltear la mirada hacia la diversidad de culturas que habitan el planeta. Para que esto ocurriera, un cambio de paradigma se fue gestando al interior de Occidente.

Cegada por la creencia de su superioridad ante el resto de los modos de vivir y concebir el mundo, la ideología colonialista pasó por encima de la multiplicidad de culturas con las que se topó en su camino, imponiendo con la espada el modelo cultural occidental. A contracorriente de ello, impulsadas por el desencanto de la modernidad, la crítica al modelo económico impuesto por Occidente y a la validez y alcance de un modelo de racionalidad que se pretendía universal, cuyos adalides más emblemáticos quizás sean los llamados por Paul Ricoeur “Maestros de la sospecha” (Nietzsche, Marx, Freud), seguidos por la teoría crítica (Horkheimer, Adorno), el estructuralismo (Claude Levi-Strauss), los teóricos postmodernos (Foucault, Delleuze, Lyotard) y el multiculturalismo (Taylor, Kymlicka); las ciencias sociales se volcaron hacia el reconocimiento y estudio de la multiplicidad de culturas distintas a Occidente, tras la velada esperanza de hallar referentes para una renovación cultural global.

En cuanto al campo de la música, el viraje ideológico -descrito muy a grandes rasgos en el párrafo anterior- deriva en que si ya existía una disciplina como la musicología, dedicada a la investigación de la música occidental, su análisis estructural y relación con la propia historia occidental, desde mediados del siglo XX emerge una nueva disciplina académica que, en palabras de Jaap Kunst (el primero en utilizar el término ‘etnomusicología’), tiene por objeto “ la música y los instrumentos musicales de todos los pueblos no europeos, incluyendo tanto a los llamados pueblos primitivos como a las naciones civilizadas de Oriente.”

Cierto es que el posterior avance de la etnomusicología la condujo a incluir en su materia de estudio también a la música popular occidental desde el enfoque antropológico y social que incorporó a sus metodologías, sin embargo, el interés por estudiar las culturas musicales del mundo acompaña a la disciplina hasta nuestros días.

La inclusión de las músicas del mundo

Las primeras recopilaciones grabadas y presentaciones de músicas del mundo en contextos occidentales, sin duda se dieron a la luz del interés académico que la antropología en un comienzo y después la etnomusicología realizó. Pero no pasó mucho tiempo para que estas recopilaciones empezaran a circular comercialmente entre el público occidental, guiado por un interés ya no tanto académico, sino estético. De esta manera, disqueras tan antiguas como Topic o American Folkways comenzaron a difundir materiales de música étnica incluso antes de que el término etnomusicología empezara a aplicarse. Ya para la década de los setentas, disqueras como Nonesuch alcanzaban un aceptable éxito comercial divulgando las músicas del mundo y perfilaban el carácter incluyente que, para la década de los ochentas, se establecería con fines mercadotécnicos como world music, a través de una miríada de sellos que no sólo abarcarían las tradiciones musicales en su “pureza”, sino también todos los coqueteos y fusiones entre estas músicas y las propias de Occidente.

La introducción comercial de las músicas del mundo es una clara señal de la apertura definitiva de los oídos del público occidental a las tradiciones musicales de los otros culturalmente distintos. Resultado de un proceso al que contribuyeron, por supuesto, los cambios ideológicos académicos antes mencionados, pero más importante aún, la lucha de resistencia que han librado –y continúan haciéndolo- las culturas sojuzgadas por Occidente, las batallas ganadas por los derechos de las minorías étnicas y raciales, el movimiento contracultural de los años sesenta… Triunfos todos ellos que abonaron a que buena parte de la población occidental global no sólo empezara a reconocer las expresiones culturales, tales como la música, de otros pueblos del planeta; sino también a valorarlas e incluirlas en los gustos propios.

Por el lado de la creación musical, todos estos fenómenos dieron sustento y renovado impulso a lo que desde tiempos remotos ha sido el signo distintivo de su evolución rampante: la fusión. Así, sobre el terreno conquistado por los ritmos latinos y afroamericanos al interior de la cultura occidental, músicos de todas las latitudes se dieron vuelo hermanando sus sonidos con los latidos culturalmente distantes, para dar como resultado el amplísimo panorama musical que se extiende frente a nosotros en la actualidad.

Dado ese contexto como telón de fondo, es entendible que la world music acabara siendo una clasificación que no únicamente se quedara en el rescate y difusión de la música tradicional, folclórica, étnica, o como quiera llamársele, de las culturas del orbe; sino que incorporara también todos esos cruces musicales (world beat, global fusión, world fusion…) que descolocan la hegemonía, al menos en términos estéticos, de la cultura occidental. Finalmente, aunque se pueda decir que en tanto clasificación comercial, la world music en su afán inclusivo cae en el reduccionismo; como producto cultural es un claro ejemplo de que el diálogo intercultural, sin lugar a dudas, no sólo es posible; sino capaz de brindarnos insospechados y prodigiosos frutos. Y esto, cualquier Acidconga que se hojee lo puede demostrar.

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