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Una noche con Robert

Imagen de fabian

Como en aquella imagen tan famosa del Che Guevara mirando al infinito de Alberto Korda. Como la foto del Hombre que cae de las torres gemelas capturada por Richard Drew. Como el fender de Paul Simonon a punto de hacerse pedazos contra la tarima. Como muchas otras imágenes, el rostro de Bob Marley se ha convertido en un icono sin tiempo. Muchos jóvenes que hoy lo escuchan creerían que les tomamos el pelo si les decimos que ese rostro sin edad, congelado para siempre en sonrisa eterna que coronan sus dreadlocks, es el de un hombre más bien delgado que no rebasa los 35 años y que murió de cáncer.

Hace unas escasas semanas tuve la oportunidad de ver una vez más el documental Marley, dirigido por Kevin Macdonald y lanzado en 2012, que algunos han llamado “la historia definitiva” del más famoso personaje de Jamaica y del reggae: Robert Nesta Marley Booker. El sabor de boca que me dejó esta segunda mirada del documental, fue muy similar al de la primera vez que pude verlo: raro.

Explico por qué: un servidor pertenece a esa generación que estando en la secundaria se enteró del fallecimiento de Kurt Cobain, que en la prepa aseguraba que no había nada más pesado que Rage Against the Machine y en la universidad decía lo mismo pero de Dillinger Scape Plan, Cannibal Corpse y, si nos poníamos muy exquisitos, John Zorn. Pero cuando tan severos guitarrazos acababan por cansarnos o el estruendo de los saxos nos mermaba el ánimo coreábamos, por qué no, unas cuantas de los Cadillacs, la Maldita o Los Pericos.

Y porque una cosa acaba siempre llevando a la otra, un buen día cayó en mis manos el popularísimo Legend, alguien se aprendió la infaltable “Redemption Song” y cada vez que queríamos conquistar a una chica le poníamos a media luz y volumen “Is This Love”. Sospecho que unos cuantos miles, cuando no millones o por lo menos sí unos cientos, iniciaron su relación con Marley de esta manera, como también sospecho que muchos no siguieron el rastro dejado por aquel cantante que había muerto, por lo menos en mi caso, un año antes de mi arribo a este mundo.

Cuando pienso en Marley me lo imagino sudoroso sobre el escenario, con las ropas impregnadas del penetrante olor de la marihuana en brasa, cantando sus lamentos positivos y llevando su mensaje poderoso por cada rincón al que se le permitiera llegar. Pero la cosa cambia cuando pienso en Bob. A Bob me gusta imaginarlo mirando por la ventana de algún autobús, con la misma actitud que lo hace cualquiera de nosotros: apenas prestando atención al paisaje, con el pensamiento deambulando por minucias de lo más mundanas y con la incertidumbre que implica desplazarse a cuatro ruedas sin saber si llegaremos con bien y olvidando un poco de dónde partimos. Marley es famoso y un poco más: trascendente, inmortal. Bob murió calvo.

 

De Marley a Bob

Aunque artificiosa y hasta mañosamente, me doy aquí el lujo de partir a Bob Marley en dos, lo cierto es que este documental dirigido por Kevin McDonald tiene el acierto de presentarnos esas dos facetas tan particulares que rodean a cualquier artista: la parte pública, es decir, aquella que está rodeada de mitos, esperanzas y chismes, y la parte privada, que nunca, nunca, podrá ser como la de cualquier otra persona. Sucede que los artistas, y sobre todo los que están envueltos en el variopinto mundo de la música, van transformando poco a poco su personalidad y su vida privada en función de esos mitos que les rodean. Nadie sabe muy bien cómo funciona este proceso, pero lo cierto es que de privada a su vida le queda muy poco. No me refiero únicamente a todos los desbalances que generan la fama y los medios de comunicación, sino a un sutil mecanismo de adaptación en el que el artista, en su calidad humana, pretende cada día más convertirse en ese mito que la gente cree.

Bob Marley es un caso muy particular. Siguiendo un poco con esta manía de partirlo en dos, Marley, la figura pública, el artista, el portavoz del reggae, el obvio sucesor de Haile Selassie, se nos ha presentado como un ser humano que fue más allá de todo lo esperado: un 3 diciembre de 1976, a tan sólo dos días de presentarse en un concierto organizado por el Primer Ministro de Jamaica para apuntalar su campaña electoral, fue víctima de un atentado. Afortunadamente, resultó que los mercenarios contratados para ponerle fin a su vida eran poco menos que profesionales. Y aunque todos creían que el concierto Smile Jamaica no llegaría realizarse, Marley se presentó ante miles de espectadores dando prueba de su valor.

Apenas 18 meses después, y luego de un autoexilio que lo llevaría a pasar una temporada en Londres para grabar el disco Exodus, Bob Marley regresó a Jamaica, en esta ocasión teniendo en mente una misión mucho más ambiciosa: hermanar a los grupos beligerantes de su país y acabar de una vez por todas con el conflicto armado. La forma de conseguirlo sería a través de la música. El 22 de abril 1978, el estadio de Kingston y los 32 mil espectadores que se dieron cita para escuchar la música de The Wailers, fueron testigos de un hecho que no se ha vuelto a repetir en la historia de la música. A petición de Marley, Michael Manley y Edward Seaga, los respectivos líderes del Partido Nacional Popular y el Partido Laborista de Jamaica, subieron al escenario mientras la banda tocaba uno de sus éxitos más recientes, "Jammin", para desterrar el odio con un acto simbólico: un apretón de manos coronó el One Love Peace Concert.

Pero ese no fue el único acto simbólico que encabezó Marley. Apenas unos meses después de este gesto, decidió que era un buen momento para llevar su mensaje a tierras africanas. Gabón fue el primer punto, en 1980, y llegó ahí gracias a la intervención de Pascaline Bongo, la hija del entonces presidente Omar Bongo, quien contrató a la banda para que tocaran en el cumpleaños de su padre. Al margen de las consecuencias que podría acarrear el hecho de que el concierto estuviera contratado precisamente para festejar el cumpleaños de un dictador, todo llegó a buen puerto: la juventud de Gabón recibió a Marley entre vítores y festejos.

En esta visita se suscitó un pequeño escándalo debido a que el manager de The Wailers comunicó a la banda que había cobrado 40 mil dólares, cuando en realidad el monto total fue de 60 mil. Indignado por esta mentira y el mal precedente que podría dejar en su primera presentación en África, Marley y el resto de la banda resolvió el asunto dándole una paliza a su manager, Don Taylor. Para sorpresa de Marley, al reunirse con los jóvenes en las playas de Gabón, estos le pidieron que les explicara en qué consistía la filosofía rasta: como ya lo había hecho en Jamaica, Marley se convirtió en una especie de gurú que planteaba un camino enteramente diferente para la revolución.

Poco antes de su presentación en Gabón, Marley había lanzado su disco Survival, en el que se incluía la canción "Zimbabwe". En esa época, la mayoría negra de Rhodesia se había levantado en contra de la minoría blanca que hasta entonces gobernaba, para obtener su independencia y consolidarse como Zimbabwe. La canción no era otra cosa que una manifestación de apoyo a este movimiento, pero lo que Marley no sabía es que las fuerzas revolucionarias la habían tomado como himno. El 18 de abril de 1980, el anhelado sueño se hacía realidad: nacía Zimbabwe. Para celebrarlo, el presidente entrante,Robert Gabriel Mugabe, invitó a una delegación de importantes personajes de la política internacional y al propio Bob Marley. Luego de la ceremonia oficial, Marley se presentaría en el Rufaro Stadium.

Sólo había un pequeñísimo detalle: el entrante gobierno de Mugabe no alcanzaba a reunir los fondos necesarios para pagar el concierto, así que se lo comunicaron al manager. Marley decidió entonces poner parte de su dinero para financiar el evento. Las localidades fueron limitadas y mucha gente se quedó sin poder entrar en la primera presentación, el resultado era obvio: un portazo de 90 mil personas. Intentando contener el desorden, se roció gas lacrimógeno sobre el público. La gran mayoría, incluyendo a todos los músicos que acompañaban a Marley, huyeron despavoridos, sin embargo, sobre el escenario, la figura de Marley aún continuaba erguida y cantando. Cuando el gas se dispersó y los músicos volvieron a tarima, Marley les dijo: "ahora ya sé quiénes son los verdaderos revolucionarios", refiriéndose a la gente que no se había retirado del concierto.

Estas son apenas algunas de las escenas que nos revelan al Marley inmortal. Su fama como músico no sólo se centró en la calidad de sus composiciones, la propuesta de sus letras y la incontrolable energía que desparramaba sobre el escenario, sino que se apoyó en la calidad humana y compromiso que mostraba como figura pública. En alguna ocasión, Haile Selassie visitó Jamaica y el recibimiento fue increíblemente caluroso; tiempo después, Bob Marley, sin habérselo propuesto, heredaría a muchos de los seguidores de quien él mismo consideraba la encarnación de Jah.

Pero hablemos de Bob. Bob es un poco diferente a Marley. Para empezar, Bob nunca tuvo muy clara cuál era su identidad, pues era lo que podría llamarse una alubia entre los frijoles. Hijo de la afro-jamaiquina Cedella Booker y el jamaiquino de ascendencia inglesa Norval Marley, tuvo graves problemas para integrarse tanto a la comunidad blanca como la comunidad negra durante su infancia y juventud. Esto marcaría para siempre su personalidad y lo llevaría a una búsqueda incesante de identidad, la cual acabaría por consolidarse al descubrir la filosofía y religión rastafari, fuente principal de su pensamiento y su mensaje.

Bob siempre fue una especie de marginado, no sólo por motivos raciales, sino también por profesar esta religión. Sin embargo, logró sobreponerse al vacío y aprovechar al máximo su condición marginal. A muy temprana edad decidió que la música sería su profesión y el camino ideal para franquear las fronteras raciales, religiosas, económicas y políticas que separaban artificiosamente a los seres humanos. Una mañana después de razonarlo mucho, informó a su madre que dejaba definitivamente la escuela para dedicarse a la música. En compañía de sus amigos Peter Tosh y Bunny Wailer comenzaría la aventura del reggae, cosechando sus primeros éxitos apenas grabaron su debut discográfico.

Aunque las cosas pintaban muy bien para el trío, Bob siempre tuvo en mente la idea de llegar más allá, de llevar su mensaje a todos los rincones del planeta. Por eso tomó algunas decisiones que a sus compañeros no les parecieron las más acertadas: una vez que supieron forjar un nombre en Jamaica, intentaron conquistar al público británico, gracias al apoyo de Chris Blackwell, productor de Island Records, y a la influencia de Lee "Scratch" Perry. Bob sabía que enfrentarse a un nuevo mercado implicaba comenzar un poco desde cero, es decir, salir de gira con pagas adelgazadas y en condiciones bastante precarias, promover los discos de manera casi manual y ceder ante las presiones de los nombres ya consolidados en el nuevo mercado. En aquel momento, ni Peter Tosh ni Bunny Wailer estuvieron dispuestos a pagar el precio.

Muchos de los rasgos de la personalidad de Bob han sido criticados a lo largo de la historia del negocio musical, los más señalados, sin duda alguna, fueron su "adicción" a la marihuana y su fama de mujeriego. Si lo miramos a la luz de los mitos que se construyeron alrededor de su persona, podríamos incluso justificar estos rasgos, pero lo cierto es que han sido inflados por los medios de comunicación. Para entender a Bob, debemos instalarnos en su propio pensamiento: el uso de la marihuana y la no posesión de otros seres humanos forman parte esencial de la religión y pensamiento rastafari. Cierto es que era un fumador asiduo de mariguana, así como es cierto que a pesar de estar casado con Rita Marley, tuvo nueve hijos fuera de su matrimonio y aceptó como suya a una hija de Rita, Stephanie Marley, pero esto jamás le acarreó conflictos ni le llevó a abandonar su lucha o convertirse en una persona deleznable.

La vida personal y cotidiana de Bob, como la de muchos otros músicos, está abarrotada de contradicciones y actitudes que si bien pueden ser señaladas y cuestionadas moralmente, siempre supo sobrellevar para hacer el menor daño a la gente que le rodeaba. Quizá la única actitud que nunca supo llevar bien era su espíritu competitivo, pues incluso sus hijos, han confesado que nunca les dejó ganar en una carrera. Pero en el lado positivo, Bob era una persona compartida, comprometida y congruente con su pensamiento: solía comer sanamente, nunca le robó un centavo a sus colaboradores, siempre estuvo dispuesto a compartir su conocimiento con aquellos que lo llegaban a necesitar y era un fanático del deporte.

De hecho, su amor por el deporte y la actividad física, desencadenaría su trágico final: en 1977, Bob acudió a un médico pues el dedo gordo de su pie derecho comenzaba a molestarle. El médico descubrió que se le había formado un melanoma y le recomendó la extirpación inmediata, lo que implicaba la amputación de su dedo gordo. Esto a su vez lo llevaría a dejar definitivamente su deporte favorito, el futbol. Completamente decidido a no mermar su actividad física, hizo oídos sordos a la recomendación del médico. Silenciosamente y mientras el mundo recibía cada vez más el mensaje de Bob, el cáncer se extendía por su cuerpo.

En 1980, Bob se encontraba de gira promocionando su disco Uprising, Europa lo recibió con los brazos abiertos y Estados Unidos esperaba ansioso su llegada. Tras dos presentaciones en el Madison Square Garden, la gira tuvo que ser cancelada definitivamente pues la salud de Bob había sufrido un embate. Fue trasladado a una clínica en Alemania. El cáncer siguió avanzando. Cuando estaba lejos de toda esperanza, viajó a Miami para reencontrarse con sus hijos, su esposa y sus amigos. Murió el de 11 mayo de 1981, contando 36 años de edad.

 

Bob Marley, una idea, un legado

Si leyéramos las historias por separado, la de Bob y la de Marley, probablemente pensaríamos que no se trata de la misma persona: de la misma extraña y misteriosa manera en que la gente del Madison Square Garden jamás habría podido asegurar que aquel jamaicano que derrochaba energía en el escenario padecía cáncer terminal, Bob y Marley nos han mantenido engañados durante bastantes décadas.

De manera personal, ya lo decía, me gusta imaginar a Bob Marley en su actitud más mundana. Me gusta pensar a veces que era un hombre como cualquier otro, incluso como un servidor. Pero eso no son más que imaginaciones. Como el mundo es muy hijo de perra y el mercado lo es mucho más, hasta hace poco tiempo nos vimos obligados a elegir entre Bob y Marley o, simplemente, a no cuestionarlo y disfrutar de sus éxitos amorosos y comerciales sin aproximarnos a las profundidades de su pensamiento.

Por eso, como la primera vez que lo vi, este nuevo encuentro con Marley, vuelve a dejarme un extraño sabor de boca. Durante muchos años no pensé en Bob Marley, me limité a creer los mitos que más lo aproximaban a la idea que un servidor tiene de un gurú. Me lo dibuje infinito y congelado con su eterna sonrisa, me lo describí poderoso y sin edad lamentándose a gritos sobre el escenario e invitando al mundo a darse la mano. No es más que una idea. Otra idea: su mensaje, su legado, supera a su personalidad. Bob Marley es sinónimo de sus canciones.

No es que el documental de McDonald "abra los ojos" a quienes lo ven, pues todas las personas que llevamos en nuestro corazón a Bob Marley sabemos, o al menos intuimos, que si bien superó todas las expectativas y se convirtió en un verdadero parteaguas en la historia de la música, algo tenía de humano. Deleitarse con las dos horas y 25 minutos que dura este paseo por la vida personal y artística de Bob Marley, implica desmantelar algunos de los mitos que llevamos impresos en la conciencia, pero también conlleva asomarse a las minucias humanas, cotidianas y contradictorias que, quizá, lo acercan mucho más a nosotros que creerlo el portador de un mensaje divino. 

 

 

 

(Publicado originalmente en revista correspondiente al número 14)
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