Usted está aquí

The Super Super Super Blues Band

Imagen de fabian

Junio de 1950. Chicago, Illinois. Después de tres años como accionistas de Aristocrat Records, los hermanos Philip y Leonard Chess han adquirido la totalidad de la compañía y deciden cambiar su nombre por el de Chess Records, lanzando al mercado el sencillo “My foolish heart” de Gene Ammons en formato de 78 rpm. Ahí comenzó la historia de uno de los sellos discográficos más importantes en la historia del blues y sin la cual no podría comprenderse el nacimiento del rock and roll.

La importancia de Chess Records en el panorama musical estadounidense tiene que ver con dos migraciones que convergieron en el momento justo: por un lado, la del campo a la ciudad tras las crisis de 1929 y, por el otro, la de los judíos perseguidos en Europa que huyeron hacia América.

A mediados de la década de los ‘20, Jasef Czyz decidió abandonar su pueblo de origen, Motal, Polonia, pues el nazismo avanzaba con paso firme en aquella región europea. Pocos años después, en 1928 y sin demasiado pensarlo, arrastró a su familia para establecerse en Chicago. Los primeros años de la familia Czyz en Chicago fueron por demás azarosos y precarios, situación que cambiaría radicalmente cuando a Jasef Czyz, que para entonces había cambiado su nombre por el de Joseph Chess, comenzó a vender botellas vacías en una pequeña tienda.

Chicago + botellas vacías + años 20 = Al Capone. Irremediablemente, y para su posterior fortuna, el negocio de Chess pronto fue adherido a las listas de establecimientos que el gran gánster usaba para el contrabando del alcohol y lo que empezó como una forma de sobrevivir se transfiguró en un negocio redondo. Empapado desde su infancia por el entorno de lo marginal, Leonard Chess, el hijo de Joseph, cayó en la cuenta de lo bien que se llevaban la música y el alcohol y montó un local donde la comunidad afroamericana acudía a beber y a escuchar canciones en su jukebox. La fórmula fue tan exitosa que tiempo después montaría un club llamado Macomba Lounge.

De las presentaciones en vivo y la venta de alcohol, Leonard extendió sus brazos hacia un negocio bastante riesgoso pero que aseguraba crecer: la música grabada. Así inició su relación con Aristocrat Records, a finales de los años cuarenta, compañía que después lograría adquirir en su totalidad junto con su hermano Philip.

La otra migración que permitió a Chess Records consolidarse como un pequeño imperio del blues fue la migración interna: a partir de 1929, gracias a la Gran Depresión, los trabajadores del campo, mayoritariamente negros, se trasladaron hacia las ciudades en busca de mejores condiciones de vida. Tres puntos de origen serán fundamentales para entender la historia del blues: Clarcksdale, Mississippi; Piedmont, la región ubicada entre los Apalaches y la zona costera este de Estados Unidos, y finalmente, Texas. Los migrantes que partieron de estas zonas hacia Chicago, llevaron consigo los cantos del blues más tradicional y que habían pasado desapercibidos para la gente de las grandes urbes.

Sucedió entonces algo curioso: el blues, sus temas y su peculiar interpretación vocal, ya era conocido por la población de las ciudades, pero su interpretación se había transformado: de canto vocal ocasionalmente acompañado por banjos y violines se convirtió en un género donde el piano ocupaba el primer plano instrumental. Pero los intérpretes de folk blues, es decir, del blues del campo, no utilizaban el piano, sino la guitarra, la armónica y, en ciertos casos, alguna percusión. Denostados por los dueños de las incipientes compañías discográficas, blancos todos, los músicos negros no encontraron lugar para su música, considerada primitiva y de mal gusto.

Poco a poco, esta tendencia comenzó a cambiar. Cuando la tecnología permitió amplificar el sonido de la guitarra y la armónica, nació en Chicago el blues eléctrico, género que ganó rápidamente popularidad. Temerosos de su fracaso, los productores discográficos dieron pasos vacilantes para firmar a los artistas de este nuevo estilo y no fue sino hasta entrada la década de los cuarenta que empezaron a grabarlos. Cuando Leonard Chess adquirió Aristocrat Records, nombres como Muddy Waters y Howlin’ Wolf ya eran bastante conocidos en la escena bluesera, pero no habían grabado disco alguno. Chess vio ahí una oportunidad de oro.

El resto de la historia que nos lleva al disco de este mes, The Super Super Super Blues Band, es medianamente mejor conocida: las oficinas de Chess Records, ubicadas desde 1956 en el número 2120 de la avenida South Michigan, se convirtieron en el perol donde se cocinaban las mejores piezas del blues eléctrico de Chicago, estilo que abrevó principalmente del folk blues. Vista con ojos de hoy, la inclusión de la guitarra y la relevancia que cobró en la estructura del blues, nos parece natural y obvia, pero en aquel momento resultó toda una revolución musical.

Durante la década de los cincuenta, Chicago se movió al compás del blues y de las voces de Muddy y Howlin’ Wolf, quienes se disputaban el cetro de rey y, aunque pertenecían al sello de Chess, nunca tocaban juntos. Mientras se tensaba la disputa por el trono del Chicago blues, los guitarristas comenzaron a experimentar nuevas formas de tocar, sentando las bases para el posterior desarrollo del rock and roll: en gran parte, Bo Diddley y, poco después Chuck Berry, generaron el estilo que unos años después cambiaría el orden musical del mundo.

Dicen la física y el sentido común que todo aquello que sube en algún momento tiene que bajar. Y así sucedió con el blues. Chuck Berry se inclinó definitivamente por el rock and roll y su trabajo, sumado al de otros grandes músicos del momento, influyó a las nuevas estrellas, blancas y negras, que dominarían la escena musical: Elvis Presley, Little Richard y todos aquellos que llegaron tocaron la puerta grande a finales de los cincuenta.

Hacia finales de los sesenta0, el blues, padre del rock and roll, había sido completamente opacado por su hijo pródigo. La decadencia de Chess Records comenzó cuando el rock and roll robó la atención de su público y Chicago pasó la estafeta de capital musical a Memphis. Y aunque lucharon por mantenerse al pie del cañón, no lo lograrían: para 1969, los hermanos Chess decidieron vender su compañía a General Record Tape por 7.5 millones de dólares. Pocos meses después, Leonard Chess murió, cerrando un importante capítulo en la historia de la música norteamericana.

Antes de morir y atestiguando cómo aquel ritmo que lo había convertido en uno de los más poderosos amos y señores del Chicago blues moría, Chess tuvo una genial idea: renovar el blues y reunir a sus más grandes exponentes con el fin de hacer frente al desenfrenado crecimiento del rock and roll. El primer experimento fue el álbum Super Blues, lanzado en 1967, y que tenía como figuras centrales a Bo Diddley, Muddy Waters y Little Walter, agrupación que se reforzaría con la inclusión de Otis Spann y Buddy Guy. Por aquel entonces, Little Walter estaba muy enfermo y esto se hizo evidente tanto en las grabaciones como en el resultado final. Sin embargo, el empeño de Muddy y Bo, sacaron adelante un álbum de mediana calidad integrado por los mejores temas de cada uno y cuyo espíritu festivo contrastaba con la imagen y producciones de estos monstruos del blues.

Super Blues no tuvo el éxito esperado y para colmo, Little Walter falleció unos meses después de su lanzamiento. Empeñado en rescatar el Chicago blues y las finanzas de su compañía, Leonard proyectó un segundo álbum, mucho más agresivo que el anterior: no sólo renovaría las bases del blues, sino que reuniría a Muddy Waters con su eterno competidor: Howlin’ Wolf. La relación entre ambos músicos siempre fue competitiva y ponerlos a trabajar juntos era todo un reto. Leonard lo asumió. De nuevo Bo Diddley ocupó el lugar de tercero al bat. Otis Spann, Buddy Guy y Hubert Sumlin completaban un combo impresionante que sin duda cimbraría todos los oídos a los que llegara.

The Super Super Super Blues Band salió al mercado en 1968. Una selección de ocho espectaculares temas del blues. La conjunción del talento de seis monstruos de Chicago. La primera aparición formal en un álbum de Howlin’ Wolf y Muddy Waters. Escuchémoslo.

El disco abre con una de las canciones más conocidas del blues: “Long distance call”, original de Muddy Waters. Nos recibe la voz de Muddy, profunda y sentimental, la piel se crispa pero la emoción es interrumpida por unos gratuitos gritos femeninos que se repetirán a lo largo de los nueve minutos que dura esta versión. Inmediatamente después se escucha la guitarra de Diddley, todo parece enfilarse mejor, pero de pronto el rasgueo crudo que recordamos de esta canción se adereza con un molesto wah wah que igualmente acaba por cansar. La letra, modificada, la voz de Muddy tiende hacia la estridencia y es constantemente interrumpida por fraseos de Howlin’ que más que enriquecer, marean. Una textura ácida acompaña a esta versión por demás larga y machacona. Otis Spann en el fondo aporrea el piano como queriendo deslizar un poco de rock and roll. Malograda la intención de renovar el blues.

A la extraña versión de “Long distance call” sigue “Goin’ down slow”, canción de Howlin’ Wolf. Comienza Diddley con la guitarra majestuosamente. Esto sí que es lo queríamos escuchar. Reconocemos la canción aunque su tono es un tanto más psicodélico que el original. A pesar de ser de su autoría, Howlin’ acaba por extraviarse entre las florituras de Diddley y de Spann. Pero aun así, la versión es deliciosa. Muddy interviene, se intercambian estrofas, se dedican frases no del todo halagadoras pero que le dan un toque peculiar al tema. De alguna manera, podríamos decir que esta canción da al clavo con la situación del disco, de Chess Records y del Chicago Blues: cae lento, se niega a desaparecer, agoniza como sólo el blues podría hacerlo.

Toca el turno a Bo Diddley y de la atmósfera un tanto densa pasamos a un blues de tintes festivos: “You don’t love me” es el tema, compuesto por Willie Cobs, pero inspirado en la canción “She’s fine she’s mine”, del propio Diddley. La pelea entre Muddy y Howlin’ por el control del micrófono se tensa aún más. Reaparecen los coros femeninos y se suman a la armónica para que la lucha no se torne atroz. De nuevo un sabor extraño nos queda en la boca.

El cuarto tema es “I’m a man”. Luego de un intercambio de simpáticas frases entra el riff por todos conocido y en el que Diddley se inspiró para concebir este tema: el de “Hoochie Coochie Man”, original de Muddy. El turno de Diddley continúa con “Who do you love”, un tema que deja ver su simpatía por el rock and roll y con el cual sentó las bases de ciertas prácticas rockeras como la alternancia de los solos y la voz para dar a cada cual su peso. Sin embargo, esto no logra sentirse en la versión de The Super Super Super Blues Band. A pesar de lo anterior, este tema es uno de los mejores logrados del disco y nos dibuja en la mente la pregunta: ¿qué hubiera ocurrido si Leonard Chess hubiera buscado crear temas nuevos con este combo en lugar de “rocanrolizar” el blues? Nunca lo sabremos. Pero esta canción nos da cierta respuesta. Enérgica, elocuente y redonda, esta canción de Diddley es quizá lo mejor del disco.

De la euforia lograda por el tema de Diddley descendemos a la profundidad perezosa de “The red rooster”, canción de Howlin’ Wolf que se regodea en el sonido del folk blues. Para fortuna de nuestros oídos, las voces no se extravían en una marejada de interjecciones y florituras, sino que fluyen en su más crudo esplendor. El equilibrio es total. Estamos frente a una magnífica pieza de blues donde el barbarísimo combo demuestra por qué fueron quienes fueron y por qué, tantos años después aún nos quitamos el sombrero al escuchar sus nombres.

Luego de este paseo, Diddley vuelve al ataque con “Diddley Daddy” y reaparecen el wah wah y las féminas. Pero en esta ocasión no molestan, no interfieren. Lo que es más, se convierten en el eje que vertebra el tema. Pero la versión desluce al compararla con la original. Al cabo de los primeros tres minutos se torna machacona y aburrida. Nada cambia y el tema se envicia, gira tan desesperantemente sobre sí mismo como un perro que persigue su cola.

The Super Super Super Blues Band cierra con un tema de Willie Dixon popularizado por Muddy, “I just want to make love to you” y poco se puede decir de él: los intercambios e interrupciones se hacen más evidentes. Más parece el último round de un encuentro boxístico de peleadores retirados, que la lucha entre quienes llegaron a disputarse el trono como reyes del blues.

A la luz de los años y de sus trabajos anteriores (e incluso algunos posteriores), The Super Super Super Blues Band, ese intento de Leonard Chess por mantener vivo y pujante el Chicago blues, se nos antoja más bien mediocre, sobre todo cuando pensamos en las personalidades que incluye. Cada cual es una leyenda, cada cual escribió una parte fundamental de la historia musical contemporánea.

Desde su concepción, este álbum nació malogrado, pues su objetivo era aferrarse no sólo a un pasado que agonizaba, sino a uno que permitió que la música se trazara nuevos rumbos. La expectativa que generó en su momento, y que aún genera cuando alguien que no lo ha escuchado sopesa el valor de cada músico, es sólo comparable con su fracaso. Sin embargo, ha pasado a la historia como un disco clásico e incluso como un documento histórico, pues refleja el fin de toda una época y la llegada de una nueva era en el horizonte musical que hoy día, sigue rindiendo tributo a aquellos que construyeron con sus voces el pretérito perfecto de nuestra música actual. 

Estamos en redes ¿ nos sigues ?