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Suite for Chamber Orchestra de Claude Bolling

Imagen de fabian

Entre la Tierra de la Sinfonía y la Isla del Jazz se extiende el Mar de la Discordia; un amor prohibido y secreto crece entre sus príncipes: el del jazz, un saxofón, la de la sinfonía, un violín. Una guerra se despliega entre ambos reinos cuando el amor sale a relucir y el príncipe saxofón cae preso en la Tierra de la Sinfonía. Como todas las buenas historias de amor, esta acaba en una boda y se construye el Puente de la Armonía para unir ambos reinos.

 

Una historia sencilla que Walt Disney lanzó en 1935 como parte de la serie animada Silly Symphonies titulada Music Land y en la que, de alguna manera, proponía una solución al conflicto entre los músicos de jazz y los de la llamada música clásica. Un conflicto que nadie sabe bien a bien cuándo o dónde nació, pero que dejó profunda huella en la historia de la música del siglo XX.

 

Music Landno fue el primer intento para terminar con esta pugna musical y visto de reojo es quizá el menos afortunado de todos. Suerte mejor corrieron algunos antecesores, como las famosas obras de George Gershwin Rhapsody in blue y la ópera Porgy & Bess o la pieza Golliwog’s Cakewalk de Debussy, incluida en su Children’s Corner Suite. Aquellos primeros intentos de conciliación recibieron el nombre de jazz sinfónico y además de las obras mencionadas incluyeron algunos trabajos de Ravel, Stravinsky y Milhaud.

 

A pesar de la excelente calidad de las obras mencionadas, aquellos primeros pasos no lograron crear una fusión, sino apenas darle un toque de exotismo a las composiciones sinfónicas o, cuando más, incorporar elementos del jazz en algunos pasajes. Y aunque hubo músicos que interpretaban con soltura cualquiera de los dos estilos, como Benny Goodman, las aproximaciones entre el jazz y la música de cámara fueron cayendo en desuso.

 

Algunas décadas más tarde, a mediados de los cincuenta, un movimiento conocido como Third Stream, encabezado por el neoyorquino Gunter Schuller retomó la iniciativa, logrando un discurso mucho más refinado y agresivo. El eco del Third Stream resuena hasta la fecha y ha dado grandes discos, por ejemplo, las adaptaciones de obras clásicas realizadas por Jacques Loussier, el ácido The Mad Hatter de Chick Corea, la Tarantella de Chuck Mangione y por supuesto, el trabajo del virtuoso del piano, Keith Jarret.

 

De entre los muchos o no tantos nombres que han trabajado sobre esta línea musical, el de Claude Bolling es seguramente uno de los más importantes, pues logró crear un estilo que fusiona a la perfección el jazz y la música de cámara. En los inicios de su carrera, que dicho sea de paso, comenzó a la temprana edad de catorce años tocando con Lionel Hampton y Kenny Clarke, Bolling sintió especial atracción por el ragtime y pronto se convirtió en un prodigioso intérprete, lo que le valió, por un lado, explorar casi todas las corrientes del jazz y, por el otro, convertirse en el músico de cabecera para muchos directores de cine francés.

 

El trabajo de Bolling es versátil, refinado, delicioso y harían falta muchas páginas para describir su maestría como arreglista de estándares, su dominio del jazz manouche y su impecable talento como director de orquestas. Retomamos hoy tan solo un disco, el que a nuestro juicio resulta el pico más alto de una de sus aristas: Suite for Chamber Orchestra.

 

Este peculiar álbum fue lanzado en 1983 y forma parte de una serie de discos donde Bolling hace gala de su calidad como compositor. La serie comenzó con el disco Suite for flute and jazz piano trio de 1975, donde contó con la colaboración del afamado flautista francés Jean-Pierre Rampal. Aquel disco sorprendió a propios y ajenos y logró colocarse en la lista de los más vendidos durante diez años consecutivos, convirtiéndose en un referente obligado del jazz sinfónico.

 

Pero el experimento no quedó ahí: entre 1975 y 1994 Bolling continuó esta serie, componiendo piezas sinfónico-jazzísticas en las que invitó a participar a los más grandes intérpretes de la música de cámara: Pinchas Zukerman en el violín, Alexandre Lagoya en la guitarra, Yo-Yo Ma en el violonchelo y Emmanuel Ax en su sonata para dos pianos. Aunque ninguno de los discos de esta serie logró posicionarse tan bien como Suite for flute and jazz piano trio, todos son dignos de reconocimiento y pueden escucharse de cabo a rabo sin aburrir al escucha.

 

Cada uno de los discos de esta serie representó un gran reto, pero sin duda el más grande fue el de 1983, Suite for Chamber Orchestra, pues Bolling integró a su trío de jazz no solo a un músico, sino a toda una orquesta: la English Chamber Orchestra (ECO). El resultado es una suite de cinco movimientos donde las fronteras entre la música sincopada y los elementos sinfónicos son apenas perceptibles. Dos tradiciones musicales reunidas donde la armonía y la improvisación dialogan de manera por demás natural.

 

 


 

La suite abre con “Gracieuse”, un tema ligero y bastante juguetón donde el trío de Bolling dialoga con la ECO: si esta lanza un acompasado solo de cello, aquel responde con un embate de contrabajo y ante los argumentos de los violines, responde Bolling con el piano. Con límites bien establecidos, el tema es un péndulo que oscila entre el jazz y la música clásica, como presentando a los personajes del drama que se desplegará a continuación.

 

A “Gracieuse” le sigue “Sereine”, una pieza tranquila como su nombre que arranca con un coqueteo clásico del piano de Bolling y que es correspondido por la sección de cuerdas de la ECO. La balanza parece inclinarse hacia la serenidad de los compases clásicos, pero Bolling va más adelante y aventura unos compases jazzeros. Poco a poco los vientos le siguen, se adentran en las texturas del jazz sin animarse del todo. La charla se pone interesante, deslices por aquí y por allá van quebrando las ataduras estilísticas que de cuando en cuando se hacen presentes pero que se trizan cuando la batería irrumpe o los violines toman el mando. Un tema que recuerda a las primeras pláticas de los enamorados, cuando el tú y el yo son aún mandamases pero el nosotros comienza a desdibujar los lindes de las individualidades.

 

Ya entrados en confianza, llega el tercer movimiento, “Enjouée”, el más breve de la suite, pero no por eso el menos brillante. De la serenidad pasamos al misterio. Las formas del jazz son apenas reconocibles, lo mismo que el lenguaje de la sinfonía. Un tema repleto de texturas que demuestran la plasticidad de la música, esa naturaleza camaleónica que logra llevarnos hacia nuevas experiencias sonoras. Un tema intenso, algo así como un romper de olas contra roca para volver a la serenidad de la marea: figuras de agua que se parecen pero que nunca son iguales. Nunca un contrabajo desparpajado se llevó tan bien con sus formales parientes como en este tema. La furia crece hacia el final y acaba por desbarrancarse plácidamente.

 

“Aria, animée” es el cuarto movimiento de la suite. Aunque el título sugiere la aparición de una voz, esta no llegará jamás: en su lugar, la flauta de Rampal deambula sobre todo el tema, poniendo acentos en ocasiones y protagonizando una historia sin más personajes que la propia música. Y en verdad parece que nos cuenta una historia, pues cambia de intensidad y de tono cada tanto, como de protagonista: si Rampal comenzó el relato, Bolling tomará su lugar hacia la mitad de la pieza y pasará la estafeta a la sección de cuerdas de la ECO. El drama se desenvuelve, crece, se eleva, desciende hacia la calma y se arrebata de alegría. Quince minutos montados en una montaña rusa de sentimientos y experiencias que rematan con vigor anunciando la despedida.

 

Cierra la suite con “Brillante”, un título que le viene como anillo al dedo, pues es, efectivamente, el tema más logrado de todo el disco. Cada instrumento demuestra su valor sin necesidad de complicados solos o fraseos imposibles. El tema es redondo, sin fisuras ni exageraciones. No hay diálogo ya entre el jazz y lo clásico, tan solo los caprichos de la música que ha logrado, como en el cortometraje de Walt Disney, conciliar eso que nos habían pintado irreconciliable.

 

En ocasiones, cuando hemos escuchado un disco una y otra vez, cuando conocemos a detalle sus rincones y parajes, puede dejar de sorprendernos. Algo similar me había ocurrido con Suite for Chamber Orchestra. Ahora que lo revisito, que debo escribir por qué lo considero un Disco Clásico, un infaltable en las colecciones de melómanos, quedó de nuevo enamorado de él. Hay en el resto de la serie de Bolling, temas francamente impresionantes, como “Hora” de la Suite for violin and jazz piano trio, con Pinchas Zukerman o “Africaine” del Concerto for classic guitar con Alexandre Lagoya. Pero este álbum, esta Suite for Chamber Orchestra, es, quizá, la obra maestra de Claude Bolling… y eso es demasiado decir. 

Una historia sencilla que Walt Disney lanzó en 1935 como parte de la serie animada Silly Symphonies titulada Music Land y en la que, de alguna manera, proponía una solución al conflicto entre los músicos de jazz y los de la llamada música clásica." data-share-imageurl="">

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