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Ruido o música: Apuntes sobre el sentido musical

Rachael Y., compositora e intérprete, se encontraba en un punto álgido de su carrera cuando el taxi en el que viajaba impactó contra un árbol, cambiándole la vida para siempre. Al regresar del estado de coma, sus piernas y brazo derecho estaban paralizados, mas para alguien cuya vida estaba sustentada en la música, algo aún más terrible y extraño la aguardaba:  

 

[…] la primera pieza que quise escuchar desesperadamente después de recobrar el discernimiento fue el opus 131 de Beethoven. Un cuarteto para cuerda complicado, a cuatro voces, muy emotivo y abstracto. […]

Cuando llegó la música, escuché la primera frase en solitario del primer violín una y otra vez sin ser capaz de relacionar sus dos partes. Cuando escuché el resto del movimiento, cuatro voces separadas, cuatro rayos láser delgados y nítidos apuntando a cuatro direcciones diferentes. […]

En la actualidad, casi ocho años después del accidente, […] cuando escucho una orquesta oigo veinte intensas voces láser. Es en extremo difícil integrar todas esas voces distintas en una entidad que tenga sentido.

 

La compositora súbitamente había perdido la capacidad de relacionar los sonidos que llegaban hasta sus oídos, su habilidad para unificar la multiplicidad de líneas melódicas que forman un discurso musical se había disipado, y con ello, la música dejó de ser y se convirtió en ruido.

 

La condición de Rachael, documentada por Oliver Sacks en su libro Musicofilia, es denominada como disarmonía, pues padece una incapacidad para relacionar varias voces que suenan a la vez; sin embargo, su caso revela sólo una de las tantas formas en que fisiológicamente la música puede volverse ruido.

 

Los neurólogos llaman “amusias” a estos padecimientos en los que, por lesiones cerebrales o condiciones congénitas, se ve mermada la posibilidad de adscribir un sentido a la música. En otros casos narrados por el doctor Sacks, nos encontramos con personas que no pueden distinguir entre la música de “La Marsellesa” y la del “Feliz cumpleaños” porque carecen del discernimiento de los tonos y los ritmos; sujetos menos desafortunados incapaces de seguir una melodía, pero que aún pueden distinguir una pieza por su ritmo, que sufren de amelodía; individuos que al escuchar música oyen lo mismo que si tiraran todas las ollas y sartenes de la cocina al suelo, que son aquejadas por algún tipo agudo de distimbria; gente que escucha los tonos y timbres a la perfección pero impotente a la hora de seguir un ritmo; en fin. 

 

Estos casos nos dejan ver el peculiar entramado de conexiones mediante el cual nuestro cerebro teje aquello que llamamos “música”. El procesamiento de los sonidos que realiza la mente para que dejen de ser mero bullicio y adquieran una forma musical, hace gala de una compleja red de operaciones que traen a contribución bastas áreas especializadas de nuestro cerebro que nos permiten decodificar, agrupar y sintetizar lo escuchado, para en último término, dar una unidad de sentido y advertir una intención musical. Los defectos o daños cerebrales que, en muchos casos, solamente afectan ciertas competencias musicales dejando intactas otras, dan cuenta del grado de especificidad con la que estamos diseñados para unificar cada elemento (tono, ritmo, timbre, melodía, armonía…) e interpretar la musicalidad de lo que oímos.

 

Pero no todo se trata de fisiología o neurología cuando hablamos de sentido musical. Si bien el experimentar música tiene como a priori las bases fisiológicas que determinan nuestro modo de percibir y procesar los sonidos; a otro nivel, hay condicionamientos culturales, generacionales y personales –desde luego no cerrados o inamovibles- que influyen en la forma en que encontramos una intención, pensamiento, emoción o disposición en la música. Lo que tradicionalmente se nos ha presentado como música en nuestra vida, condiciona lo que entendemos y gozamos como tal.

 

De unos años para acá, he tenido un acercamiento hacia la música tradicional de la India que no ha sido fácil, ha requerido dedicarle esfuerzo y concentración. De estar acostumbrado a la música occidental, cuyas escalas y ritmos me son familiares, disfrutables y en muchos casos predecibles; guiado por unas sonoridades que capturaron mi atención, me topé con una música en la que por momentos no encontraba donde empezaban o terminaban las frases, no le hallaba pies ni cabeza al complejo ritmo de las percusiones, o no descubría el sabor emocional que naturalmente encuentro en la música clásica, en el son o en el rock. Pero no es necesario encontrarse con algo tan radicalmente diferente, que maneje otras escalas u organizaciones rítmicas, para ver hasta qué punto nos condiciona la cultura musical en la que crecemos; incluso al interior de Occidente, alguien que solamente ha estado expuesto a baladas pop a lo largo de su vida, difícilmente encontrará atractiva o significativa la música clásica o el jazz más conservadores, a menos que se lo proponga y se dedique a ello. Para mi padre, al que siempre he considerado una persona sensible a la música, ese género que conocemos como heavy metal sólo es puro ruido.

 

Aún más, desde el punto de vista de sí mismo, sobre aquel contexto que nos empapó de ciertos prejuicios musicales descansan nuestras perspectivas íntimas sobre tal o cual pieza, canción o pasaje. Cada uno de nosotros reviste a la música de significados que exclusivamente atañen a uno mismo. Los pensamientos y emociones que giran en nuestra cabeza al momento de la escucha, y las vivencias que las rodean: la intensidad de un beso, el frenesí de un festival, la tristeza de una pérdida; le aportan un sentido a la música que sólo le pertenece a uno mismo.

 

Ahora bien, en los párrafos precedentes lo que podríamos catalogar como el “sentido” de la música sólo ha aparecido de manera tácita, pues creo que todos tenemos una impresión, aunque sea difusa, de dónde podríamos hallarlo: Rachael Y. nos hace ver que quizás el sentido de la música se encuentra en el conjunto articulado de sonidos que logramos percibir gracias a nuestro especializado cerebro; o podríamos hablar de un sentido musical que flota en la lógica adquirida culturalmente que nos conduce a gozar ciertos tipos de música; o cada uno de nosotros podría decir que encuentra un sentido de la música en los pensamientos y emociones que nos detona, o simplemente en “eso” que nos hace distinguir la música del ruido. Sin embargo, si miramos un poco más detenidamente, el asunto no es tan sencillo como aparenta. Si yo te pregunto a ti, que ahora me lees, si sabes lo que es “el sentido”, seguramente me dirás que sí, pues es una palabra que todos usamos en nuestra habla cotidiana, pero si te pido que me lo expliques, que me des una definición de él, quizás empieces a dudar si realmente lo sabes.

 

Generalmente usamos la palabra “sentido” en relación al lenguaje de las palabras. Una palabra u oración parece adquirir un sentido para nosotros cuando podemos figurarnos a qué refiere. Si tú no hablaras castellano, y yo te dijera la palabra “perro”, no pasaría de ser sólo un sonido gracioso para ti, la sonoridad de la palabra no tendría sentido, pues no sabrías a qué está apuntando; aun conociendo al animal canino al que me refiero, no sabrías que aquel sonido se dirige hacia él. En este mismo tenor, el suicida dice haber perdido el “sentido” de su vida cuando afirma no encontrar hacia dónde se dirige, apunta o va su existencia.

 

En un primer momento podríamos decir que el sentido (usado aquí como sinónimo de significado) podría ser aquello a lo que se hace referencia; mas el sentido rebasa este aspecto dado que el lenguaje no sólo son etiquetas pegadas a las cosas, sino que para tener la película completa, debe ser eficaz en elaborar proposiciones, en informarnos quién hizo qué a quién o a qué, y cómo lo hizo; para que una frase sea realmente significativa debe también dar cuenta de cómo se concatenan las palabras, debe poder englobar los significados de cada palabra en una unidad que las relaciona.

 

Al pasar lo anterior al ámbito de la música las cosas se complican, pues, ¿Cuál puede ser el sentido de la música si ésta no guarda una relación proposicional con el mundo, si los tonos y melodías no designan a las cosas, ni nos manifiestan cómo se organizan, ni nos afirman o niegan algo?

 

Teóricos de diversas disciplinas han abordado la cuestión del sentido musical a partir de esta noción referencial del sentido, sorteando las dificultades que presenta el carácter aconceptual y afigurativo del fenómeno musical. Las posturas de corte expresionista consideran que la música apunta hacia nuestros pensamientos o emociones; como si fuera un espejo de nuestro espacio interior debido a su similitud lógica con los procesos de nuestra subjetividad. Aquí podríamos sumar, por ejemplo, a Schumann, que nos dice: "La música sería un arte bien pequeño si solo resonara y no dispusiera de un lenguaje y de unos signos para denotar los estados de ánimo". Aunque quizá el extremo máximo de esta posición la encontremos en Schopenhauer, que piensa que la música es: “[…] una objetivación directa y una imagen de la voluntad toda, como lo es el mismo mundo, como lo son las ideas cuya manifestación múltiple constituye el mundo de los objeto singulares.”

 

En contraposición a este pensamiento, encontramos las posturas formalistas que parecen librar las dificultades de afirmar el sentido de la música como referente de algo fuera de sí, aseverando que la música tiene una lógica propia que se basta a sí misma. Así vista, la música no es expresión de nada, sino que su sentido estaría impreso en el desarrollo y coherencia de las formas musicales, en su disposición arquitectónica. Friederich Schlegel, por ejemplo, dirá:   “ ¿No debe la música instrumental pura producir por sí misma un texto? Y el tema ¿ No es acaso en ella desarrollado, confirmado, variado, opuesto a su contrario, exactamente como el objeto de una meditación a través del encadenamiento de ideas filosóficas?” o como diría Stravinsky: "Considero la música, por su esencia, incapaz de expresar cosa alguna; un sentimiento, una actitud, un estado psicológico, un fenómeno de la naturaleza, etc. La expresión no ha sido nunca una propiedad inmanente de la música."*

 

Sobre estas dos posturas antagónicas, me parece que una de las posibles visiones conciliatorias se puede dejar apuntada en este texto si adoptamos una perspectiva más abierta de la noción de “sentido”. Con relación al lenguaje de las palabras, dice Gilles Deleuze: “El sentido es la cuarta dimensión de la proposición. Los estoicos la descubrieron con el acontecimiento: el sentido es lo expresado de la proposición, este incorporal en la superficie de las cosas, entidad compleja irreductible, acontecimiento puro que insiste o subsiste en la proposición”. Si retomamos este impulso deleuziano para el caso del sentido musical, tendremos que afirmar que éste no se agota ni en las alturas de su capacidad para designar nuestros pensamientos o emociones, ni en las profundidades de su propia lógica formal. Si bien la forma de una melodía, es decir, la manera en que las notas se acomodan con una duración determinada, nos hace reconocerla como tal y por lo tanto nos brinda parte de su sentido, los significados particulares que nos ofrece, pueden ser tan variados como personas hay en el mundo. Por ejemplo, no basta tener la melodía del “Feliz Cumpleaños” para que esta se vuelva significativa, es necesario tener el bagaje cultural que te permita reconocerla como una canción que se interpreta en la conmemoración del natalicio de alguien y aun teniendo esa referencia la canción estará asociada a diferentes pensamientos y emociones al momento de interpretarla o escucharla.

 

De aquí que el sentido de hecho habita el acontecimiento musical, sin embargo, no se confunde con él, flota en su límite o en su superficie. No se confunde con su forma puesto que también requiere de las referencias que el oyente le aporta, y viceversa, no está solo en las designaciones porque también está en la melodía o armonía determinada. Esto lleva a apuntar la reflexión sobre el sentido musical al terreno de las posibilidades en que un acontecimiento musical pueda ser aprehendido como música, a esa intuición de sentido que detiene el flujo constante de significaciones, a partir de la cual de pronto una sonoridad determinada deja de ser ruido y se convierte en música.

 

 

 

*Tanto la cita de Stravinsky como la de Schumann fueron tomadas del discurso de Manuel Carra con motivo de su recepción en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando el 13 de diciembre de 1998

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