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Papeles recortados

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Queremos que creéis un arte hecho por las manos del pueblo,

para complacer también el corazón del pueblo.

Oscar Wilde

 

 

Allá por el año 1927 se empezó a celebrar en la localidad de Albatera (al sur de la provincia de Alicante), y concretamente en el barrio de San Pascual, las fiestas a su patrón. Con motivo de dicha festividad las vecinas del barrio decidieron engalanar con papeles de colores recortados la calle principal, y unos años más tarde se unieron a esta labor ornamental las vecinas del barrio de San Jaime. Han pasado ya cerca de 86 años y esta especie de ritual artístico se repite año tras año, inadvertidamente, durante las noches del mes de mayo. Las vecinas siguen saliendo a las puertas de sus casas a recortar papeles de colores en grupo con el único fin de pasar un buen rato y embellecer las calles para las fiestas en honor al patrón de sus barrios. Una práctica artística que seguramente también se , con todas sus variantes, en otros lugares del mapa ya que la experiencia artística colectiva es algo propio del ser humano desde los albores de la humanidad. Por ello he escogido este caso como muestra de un ejemplo vivo de este tipo de manifestación artística, con el fin de abordar un problema de índole general partiendo de un modelo específicamente local.

 

Primero recortar, empleando como únicos utensilios las tijeras y las manos, manos que como decía el pintor francés Henri Matisse (1869-1954) no son otra cosa que «una prolongación de la sensibilidad y la inteligencia». Después pegar cada papelillo a las cuerdas con una gacha amasada a base de harina  y agua y dejarlos secar. Por último, durante las últimas noches antes de la fiesta, colgar las tiras de papeles de una punta a otra de la calle para que a la mañana siguiente amanezcan decoradas por una extraordinaria sucesión de formas coloreadas suspendidas en el aire. Formas trabajadas manualmente sobre papel de seda, papel que al recibir la brisa de los últimos coletazos de la primavera produce un sonido casi marino y que por medio de la luz del sol a determinadas horas o por las bombillas que iluminan la fiesta por la noche, proyecta sobre el asfalto multitud de formas en movimiento gracias al juego de luces y sombras.

 

Un trabajo de una gran delicadeza, puesto que además el material empleado lo requiere, y de una sensibilidad nutrida del entusiasmo colectivo año tras año, generación tras generación por dar vida a una calle y, en última instancia, a un pueblo, a propósito de una fiesta. Una pasión fruto de la devoción religiosa, en algunos casos, aunque también del placer lúdico y estético sin más, pero que como todas las grandes pasiones responde al fin y al cabo a cierta exaltación irracional difícil de explicar con palabras. Fruto del amor diría de nuevo Matisse, del amor a la vida y a la alegría de vivir. Consecuencia de esa necesidad innata que tiene el ser humano de dar forma a la materia, de esa tendencia también al ornamento, a estetizar su alrededor con fines placenteros dentro del marco de la experiencia cotidiana. Una experiencia sensiblemente significativa que muchas veces pasa inadvertida o se da por hecho en nuestra forma de ser contemporánea. Quizás por la humildad de su causa, por el anonimato de su autoría, o tal vez por estar adscrita a una costumbre antiquísima que parece legitimar que eso de decorar las calles con papeles recortados de colores, por ejemplo, no vaya a dejar de existir algún día porque siempre ha sido así.

 

Es cosa curiosa que dos de los artistas modernos más relevantes dentro de la historia del arte, de esa historia del arte con mayúscula en la que se excluye toda práctica artística popular por ser considerada mera artesanía y, por lo tanto, inferior, vulgar o servil respecto a las elevadísimas bellas artes, trabajaron al final de sus vidas con papeles de color recortados. Y digo que es curioso porque tanto Matisse como el pintor indio Benodebehari Mukherjee (1904-1980), menos conocido en el contexto europeo, defendieron siempre el arte en tanto que ornamento en el contexto de la cotidianidad. Reivindicando de esta manera el potencial sensual del arte, tanto su práctica como su disfrute,  en todos los ámbitos de la vida. Una defensa que ya había hecho Oscar Wilde un siglo antes, en una época en la que el arte se escribía más que nunca en mayúsculas y se encerraba en los museos, aislándolo de la vida, y se le otorgaba a éste propiedades intelectuales e incluso espirituales que sólo el genio de los artistas era capaz de desentrañar para el goce de unos pocos iniciados. Decía Wilde en una conferencia pronunciada hacia 1882: «Debemos recordar que todas las artes son bellas artes y todas también son artes decorativas».

 

Cuando a Matisse ya le fallaban sus manos al final de su vida se puso a recortar papeles pintados de color para decorar con ellos, entre otras cosas, su habitación. Decía de su experiencia: «Recortar directamente sobre el color me recuerda a los escultores que tallan la piedra directamente». Esos extraordinarios papeles recortados hoy en día se encuentran en los grandes museos y a nadie se le ocurre preguntarse si no deberían estar en un museo de artes decorativas o en un contexto más acorde con su naturaleza artística. En el caso de Benodebehari fue la ceguera la que le impidió dejar de pintar, al menos utilizando color. Pero encontró en el papel coloreado una nueva forma de expresión adecuada a su situación, a esa ceguera en la que llegó a considerarse «un embajador de la oscuridad en este mundo de luz». Pues su larga experiencia no le había privado, aun estando ciego, de tener una conciencia muy clara de las dos herramientas fundamentales del pintor: la forma y el color. Por lo que llegó a diseñar, por medio de recortes de papel, los motivos decorativos en porcelana que darían vida a la fachada de piedra de una de las facultades de la Universidad de Santiniketan (Bengala Occidental).

 

No pretendo aquí considerar por tanto que el resultado de la labor artística de este tipo de prácticas, como el de las vecinas de Albatera, debería exponerse en un museo o aparecer en los manuales de historia del arte. Pero sí he escogido el ejemplo de estos dos artistas reconocidos con la intención de exaltar esta práctica artística del pueblo que por su naturaleza sencilla, colectiva y desinteresada; su fin práctico y temporal, muchas veces se le tiene poca consideración.  

 

Creo que por mucho que las instituciones o las élites intelectuales se empeñen en decidir qué es arte o qué no es, y por ello qué deba estar al margen de la vida expuesto en un museo o en otro; a fin de cuentas poco importa, la experiencia artística así como el goce estético es algo que no nos pueden arrebatar porque forma parte tanto de nosotros como de nuestra vida. Pues incluso como decía John Dewey en su célebre ensayo Arte y experiencia: «el mecánico inteligente, comprometido con su trabajo, interesado en hacerlo bien y que encuentra satisfacción en su labor manual, tratando con efecto genuino sus materiales y herramientas, está comprometido artísticamente». 

Queremos que creéis un arte hecho por las manos del pueblo,

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