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Os Mutantes, de Os Mutantes

Imagen de fabian

¿Qué pasaría si en un mismo recipiente vertimos samba, forró y rock psicodélico? ¿Qué ocurriría si a la mezcla agregamos represión cultural y resquebrajamientos de la identidad latina? ¿Qué sucedería, finalmente, si la mezcla fuese lanzada en el aire de cambios sociales que se respiró en los sesenta? Surgiría, por supuesto, una joya única: el disco Os Mutantes, con el que la banda homónima sacudiría su tiempo… y los posteriores. 

1968: el año en el que Martin Luther King fue castigado con una bala en la garganta por luchar a favor de los derechos de los afroamericanos; el año en que la “entrañable transparencia” de Ernesto Guevara se enraizó en el mundo tras su fusilamiento en octubre del ’67; el año en que la Plaza de las Tres Culturas, en México, fue regada con la sangre de los estudiantes; el año en que los intentos de Alexander Dubcek encendieron una primavera de triste final en Praga; el año en que París dejó de ser la fiesta de Hemingway y se convirtió en un izquierdoso polvorín que buscaba largar a De Gaulle; el año en que los jóvenes estadounidenses dejaron de creer en el Tío Sam y sus abusos en Vietnam.

Para la música, 1968 también fue un año intenso: con bombo y platillo llegó al mercado el “álbum blanco” de The Beatles, considerado por muchos como el comienzo del final de los Fab Four. Ese mismo año, y ante la irritación de los beatlemanicos, Frank Zappa y The Mothers of the Invention lanzaron su álbum We’re only in it for the money, que parodiaba ácidamente la portada del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. Mucho se rumoraba también sobre el gran evento que tendría lugar el año siguiente: el Festival de Woodstock. Mientras la invasión del rock británico sumaba puntos en todo el orbe, los estadounidenses se defendían con psicodelia, salpicando de colores los rincones en que sonaban.

En el sur de América las cosas también estaban subidas de tono y las artes no perdían su oportunidad para manifestarse en pro de una mentalidad abierta e incluyente. Del extraño caldo de cultivo creado por las contraposiciones ideológicas de la época surgieron expresiones artísticas radicales: por un lado estaban aquellos que rechazaban lo propio por ver en ello cerrazón y dominio, por el otro, los defensores a ultranza de lo oriundo como forma de resistir a las “negativas influencias extranjeras”, principalmente el rock venido de los países capitalistas.

...por un lado estaban aquellos que rechazaban lo propio por ver en ello cerrazón y dominio, por el otro, los defensores a ultranza de lo oriundo como forma de resistir a las “negativas influencias extranjeras”, principalmente el rock venido de los países capitalistas. 

Este estéril enfrentamiento orilló a ciertos artistas a crear una línea de trabajo donde la ambigüedad y la extravagancia pretendían sacudir a la juventud. Fue en el Brasil de 1968 donde este tipo de movimiento contracultural tuvo uno de sus pasajes más brillantes, más reprimidos y más fructíferos: el movimiento Tropicália, en cuyo caldero se coció el disco que les compartimos hoy: Os Mutantes, de la banda del mismo nombre.

Por aquellos días, Brasil se encontraba inmerso en una fuerte inestabilidad política tras la deposición del Presidente João Goulart, mejor conocido como "Jango", en 1964. Tras retirar a “Jango” del poder, los militares establecieron una serie de gobiernos dictatoriales que vieron en el desarrollo cultural y artístico una grave amenaza. Movimientos como la Jovem Guarda pretendieron oponerse al sistema, pero su protesta era más bien floja y acabaron siendo engullidos por el poder al que querían hacer frente. Para 1968, el gobierno brasileño estaba encabezado por Artur da Costa e Silva, a quien se recuerda por la durísima mano con la que abofetearía a la c

ultura.

La historia es un poco así: en 1967 el artista plástico Hélio Oiticica, hijo del anarquista José Oiticica, presentó una singular instalación artística cuyo título era, precisamente, Tropicália. Su planteamiento estético pretendía romper con la fría corriente imperante del momento: el arte neoconcreto y, al mismo tiempo, resaltar la identidad latinoamericana hasta ponerla en primer plano. A través de elementos como un laberinto de piedras y arena, plantas tropicales, aves silvestres, poemas-objeto y un televisor, Oiticica pretendía recrear el ambiente propio de las favelas y cuestionar los ideales promovidos desde el poder para la reconstrucción de la identidad brasileña.

El impacto de su obra fue tal, que dos jóvenes compositores quedaron completamente conmovidos: Caetano Veloso y Gilberto Gil. Usando el nombre de la instalación se dieron a la tarea de reclutar a otros músicos que coincidieran con sus intereses artísticos y dieron forma a Tropicália. Los músicos que respondieron al llamado: Gal Costa, Tom Zé, Nara Leão, Rogério Duprat y el grupo Os Mutantes, conformado por Rita Lee, Sérgio Dias y Arnaldo Baptista. Con ojos de hoy, podríamos asegurar que el éxito de Tropicália pudo haber sido inmediato, pues cada uno es hoy reconocido como luminaria de la música brasileña.


Sin embargo, aquella época era diferente: mientras que en el resto de las artes se toleraban un poco más las altanerías ideológicas, la música estaba completamente controlada pues fungía como una excelente herramienta de contención social. En un intento de unificación de los criterios musicales, en 1965 fue celebrado el primer Festival de Música Popular Brasileña (MPB). Este festival buscaba crear un espacio para las nuevas voces y resaltar la identidad brasileña, pero, curiosamente, acabó convirtiéndose en una suerte de tribunal artístico donde se aprobaba a qué música se le permitiría crecer.

Por entonces, la bossa nova ya había decaído y el horizonte musical buscaba o bien regresar a las raíces, o bien subirse al tren de la vanguardia del rocanrol. Ambos factores crearon un hueco que Tropicália aprovecharía para filtrar su extraña propuesta sonora. Así, en el III Festival de MPB, Veloso y Gil presentaron dos canciones: “Alegria, alegría” y “Domingo un parque”, respectivamente. La reacción del público se polarizó y ambos acabaron abucheados. Este pequeño tropiezo, lejos de amedrentar a los compositores, los animó a seguir con el proyecto.

Unos meses más tarde, en julio de 1968, fue lanzado el disco Tropicália ou Panis et Circenses, un disco-manifiesto donde todos los miembros de Tropicália pusieron su grano de arena. El disco fue recibido con opiniones polarizadas que, poco a poco, fueron inclinándose a su favor. Los tropicalistas insistieron en su intento por destacar vía el festival de MPB y se presentaron en la edición de 1968. El ambiente había cambiado: en esta ocasión no sólo fueron más los que celebraron su descarada provocación, sino que todos los tropicalistas resultaron laureados.

Ante la victoria conquistada por los tropicalistas en el festival de MPB, emergió un nuevo espacio: el Primer Festival da Canção, convocado por Rede Globo… y, por supuesto, los tropicalistas se presentaron. Aquello fue todo un circo: Gilberto Gil salió a escena y al poco tiempo recibió un golpe con un trozo de madera lanzado desde el público, por lo que tuvo que suspender su presentación y fue descalificado. Al salir Caetano fue recibido con una lluvia de objetos, huevos y tomates, Gilberto salió en su apoyo e injurió al público. Cuando tocó el turno a Os Mutantes gran parte del público dio la espalda al escenario y ellos respondieron con la misma moneda. Tropicália estaba sacudiendo la escena musical sin duda alguna: había logrado colarse a los espacios del establishment y sacudirlos totalmente.

Aunque podría parecer un descalabro, el escándalo de esa presentación logró posicionar mejor al grupo. Pero lo peor aún estaba por venir: en octubre de 1968, el gobierno militar suprime las libertades artísticas y Caetano y Gilberto son arrestados en diciembre del mismo año. Para febrero del ’69 son liberados aunque se les impone una especie de arresto domiciliario. Finalmente, se les permite ofrecer un concierto de despedida, después del cual son obligados a exiliarse en Europa.

Tras la partida de Veloso y Gil, la euforia tropicalista se apagó totalmente. Sin embargo, Os Mutantes seguiría su marcha. En 1972, Rita abandona la banda y el resto se suma a la ola de rock progresivo en la que permanecerían hasta 1978, cuando Os Mutantes se disuelve de manera definitiva. En ese periodo de diez años, Os Mutantes grabaron seis discos de estudio y uno en vivo. A pesar de esto, el ambiente adverso de la época provocó que su nombre se mantuviera en la marginalidad.

En muchos sentidos, el grupo de artistas que conformaron Tropicália logró transformar su entorno inmediato y el futuro de la música. Es por eso que hoy nos asomamos a ese maravilloso disco con el que comenzaron sus andanzas: Os Mutantes. Este disco tiene una particularidad lograda por muy pocos: atemporalidad. Igual que, por ejemplo, Frank Zappa o Mike Paton, escuchar a Os Mutantes es toda una experiencia. Su sonido es, al mismo tiempo, renovador, provocativo, contagioso, delirante, inquietante. Y es que además de los enormes talentos que lideraban a la banda –Rita Lee, Arnaldo Baptista y Sérgio Dias-, en aquel álbum se sumaron los nombres de Jorge Ben y los propios Caetano Veloso y Gilberto Gil.

Os Mutantes es una colección de once temas deliciosos pero extraños, un disco que reta a los oídos de cualquier escucha. El tema de arranque, “Panis et circenses”, fue escrito a dúo por Veloso y Gil y es la canción que da título al álbum manifiesto con que Tropicália se dio a conocer. En su música encontramos un aire que recuerda a “All You Need is Love”, pero su letra es bastante menos ingenua que el tema Beatle: un reclamo a la pasividad de la gente que está ocupada en “nacer y morir”.


“A minha menina” es una  canción amorosa ideada por Jorge Ben, quien colabora en la interpretación para este álbum. A lo largo del tema se alternan los sonidos de una guitarra distorsionada y otra que tira su ancla en la samba, aderezadas con coros a go-go y un ritmo sumamente contagioso. Es quizá el tema menos provocador del álbum, pero no por eso carente de imaginación y calidad.

La cadencia del tema anterior es sucedida por la atmósfera densa y triste de “O relógio”, canción compuesta por la banda. Una reflexión bastante críptica sobre el tiempo, la espera y el amor perdido. La voz de Rita Lee nos sugiere apenas el suicidio y nos encierra, como un reloj, en el ir y venir de la saudade más absoluta. Un cambio brusco introduce “Adeus Maria Fulô”, un cover al tema de Sivuca y Humberto Teixeira que viera la luz como forró y que también llegaría a lucir en las voces de Gal Costa y Miriam Makeba. La versión de Os Mutantes se desliza sobre una base rítmica similar al capoeira, pero se adorna con un sonido artificiosamente selvático. Una textura extravagante, un modo de transformar las raíces en plasticidad vanguardista.

Con “Baby”, Os Mutantes regresa a los temas amorosos cargados de humor corrosivo. Su música se regodea en los melosos aires del rocanrol pero los salpica de distorsiones; su letra, escrita por Caetano, juega con rimas tan fáciles que no pueden ser sino una burla. Y de paso se anota una ligera crítica a la Jovem Guarda y su figura insigne, Roberto Carlos. De similar humor es “Senhor F”, un tema que por momentos nos conecta con el estilo de orquestación con que McCartney se anotó varios éxitos. La canción siembra en la cabeza de quien la escucha una mordaz crítica sobre el discurso aspiracional de la TV y la construcción de la identidad personal. Juguetona y estridente es una de las mejores canciones de la placa debut de Os Mutantes.

Otro tema del dúo Veloso-Gil irrumpe en escena: “Bat Macumba”. Con un groove funkero y una letra ridículamente sencilla (Bat Macumba ê ê, Bat Macumba obá), Os Mutantes logran montarse en y superar las correrías de la psicodelia más extravagante posible. Impregnada de la locura ideada por músicos como Frank Zappa y el mismísimo Hendrix pero dotada de mucha más frescura, esta canción es una de las consentidas del público.

Un cover más, en esta ocasión al tema “Le premier bonheur du jour”, compuesto por Jean Gaston Renard y Frank Gerald. La versión original fue interpretada en 1963 por Françoise Hardy, la primera artista francesa que alcanzara gran renombre en el pop a nivel mundial. Aunque el arreglo de Os Mutantes es bastante fiel a la versión original, logra dotar de un ambiente sombrío a la sutileza poética con que fue concebida la canción.

Con “Trem fantasma” Os Mutantes incursionan en lo que después se conocería como rock progresivo: una composición densa repleta de atonalidades y que desliza una crítica áspera a la fuerza militar, oculta tras un poema de figuras retorcidas. El disco cierra con dos temas propios de la banda: “Tempo no tempo” y “Ave Gengis Khan”. El primero desliza con soltura una palabrería dedicada al tiempo, el hombre y su pensamiento sobre una base jazzera delicada y oscura; el segundo es un tema instrumental donde cada uno de estos mutantes musicales hace brillar su talento sobre una deliciosa cama psicodélica. Todo un broche de oro para cerrar la infinita demencia de este magnífico disco.

Por muchas razones, Os Mutantes es un disco infaltable en la colección de cualquier melómano: la calidad de la interpretación, su lírica áspera disfrazada de naíf, la violencia con que pretendía sacudir en su momento y la violencia con la que sigue haciéndolo. Un disco redondo, preciso, ácido… encantador. Un álbum que cambió para siempre, anclándose en apenas un instante, el futuro de la música brasileña.

 

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