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Notas de notas… retos y perspectivas del periodismo musical

Imagen de fabian

Quizá el título le resulte incómodo y poco atractivo. Más se parece al de una de esas extrañas conferencias donde supuestos especialistas de las nuevas tecnologías nos dicen qué, cómo, cuándo y a través de qué continuar en el ajo de este oficio tan peculiar llamado periodismo musical. Lo siento de veras, pues hasta hace unas horas pretendía usar como título una pregunta harto provocadora: ¿Existe el periodismo musical?, pero lo cierto es que el cuestionamiento era tramposo y vulgar. No es que este no lo sea, segunda confesión, pero creo que es un buen momento para analizar lo que hay, lo que ya no hay y la encrucijada en la que nos encontramos los miembros de este gremio.

Lo más sensato sería comenzar respondiendo a esa pregunta que formulé allá arriba: ¿Existe el periodismo musical? ¿Qué es, dónde está, quién lo escribe, alguien lo lee, en qué consiste? Por respeto a mí mismo y a los miles -¿o serán cientos?- que vivimos de esto, digamos que existe, que es, efectivamente, una de las tantas ramificaciones del periodismo y como tal, tiene sus fuentes, sus reglas, sus maneras de conducirse y, por supuesto, un objetivo claro y definido, una razón de ser.

¿Cuál es esa razón? Para responder a la pregunta conviene echar mano de una generalización mayor: ¿Cuál es la razón de ser del periodismo? Vaya pregunta. Desde una perspectiva romántica hasta la médula, podríamos decir que en plena era de la información, el periodismo es una de las piedras que sostienen a la sociedad. Sin una labor periodística profesional y escrupulosa, la sociedad marcharía macabramente por derroteros sin sentido que podría conducirla al abismo. En este sentido, el periodismo se convierte en vehículo de progreso, de estabilidad. Una sociedad mal informada o desinformada pierde la voluntad y el buen juicio.

Pero esta visión tiene su contraparte: el altísimo valor que damos a la información ha transformado al periodismo en una manera de enriquecer a los dueños de los medios de comunicación que, más frecuentemente de lo que uno podría imaginarse, nada tienen que ver con el oficio, ni comparten ni comprenden los motivos por los que alguien ejerce esta labor. Penosamente, muchos colegas se montan en el carrito de la desgracia y alquilan sus servicios según lo dictan las “líneas editoriales”, esos constructos que hoy día están más ligados al target del medio que a establecer posturas frente a una realidad que siempre, siempre, nos supera.

...el periodismo musical no ha sabido definirse a lo largo de su historia contemporánea. Oscila peligrosa y absurdamente entre el periodismo cultural y el periodismo de espectáculos, es decir, entre el periodismo documentado, crítico y letrado que se zambulle en las diversas manifestaciones del espíritu humano y el “periodismo” de ocasión, efímero y frágil, que rinde culto a las estrellas de un cielo que se desploma entre romances furtivos, implantes de silicón y chismes de la más baja ralea.

Personalmente creo en el periodismo como una forma de vida dedicada al servicio. Pero no al servicio del mercado y aquellos que le dominan, sino al servicio de una sociedad que hoy más que nunca necesita claridad de pensamiento y una conciencia crítica. Veo en el periodismo una manera de transformar aquello que nos daña y potenciar aquello que nos beneficia. Y no sólo me refiero a la política, o más bien dicho al espectáculo de la política, sino a cada una de las fuentes, sucesos y aristas de la realidad que en algún momento son abordados por los periodistas.

¿Podemos trasladar este enfoque al periodismo musical? Por supuesto que sí. La música, y en general las artes, no deben entenderse como actividades inútiles u ociosas cuyo único sentido es el entretenimiento, pasarla bien. Más que eso, las artes son una forma de conectarnos con esa otra forma de conocimiento que echa mano de los sentimientos para construir, entender y actuar en la realidad.

Esta visión es poco común. Embebidos en el gozo de su labor y en dotar de caricias a su ego, los periodistas musicales han -¿hemos?- perdido las nociones fundamentales que orientan al oficio. Y es que el periodismo musical no ha sabido definirse a lo largo de su historia contemporánea. Oscila peligrosa y absurdamente entre el periodismo cultural y el periodismo de espectáculos, es decir, entre el periodismo documentado, crítico y letrado que se zambulle en las diversas manifestaciones del espíritu humano y el “periodismo” de ocasión, efímero y frágil, que rinde culto a las estrellas de un cielo que se desploma entre romances furtivos, implantes de silicón y chismes de la más baja ralea.

La indeterminación del periodismo musical es un atentado en contra de la inteligencia, pues no sólo sepulta su propia imagen, sino también la oportunidad de aportar un grano de arena en el enriquecimiento de la vida de aquellos que nos leen, escuchan u observan.

El entramado tecnológico sobre el que ahora navegamos, lejos de coadyuvar al constante mejoramiento de nuestra labor, ha puesto en entredicho la legitimidad de esta profesión. No se malentienda lo que digo aquí: no veo en la tecnología per se una amenaza para el periodismo, como muchos colegas aseguran. Lo que es más, estoy convencido de que las herramientas que hoy tenemos a nuestro alcance nos permiten ejercer con mayor soltura. Pero cualquier herramienta está irremediablemente atada a las limitantes y vicios de quien la usa.

Cierto es que la facilidad con que se abren espacios de difusión en la red nos permite asomarnos a otras realidades, conocer otras opiniones, pero también lo es que en ese multiverso llamado Internet, la basura abunda. Multitud de medios dedicados a la música se limitan a la transcripción de comunicados, al ensimismamiento en sus gustos musicales o al fácil elogio que les granjea mejores relaciones públicas y la oportunidad de cubrir el evento, de recibir el disco, de conseguir la entrevista… aunque al momento de leerlos nos quedemos con el más completo sinsabor en la boca.

...quizá el teatro, la pintura o las tradiciones populares desaparezcan de los medios, pero a la música le sucede algo peor: se trastoca, se corrompe, se integra desastrosamente a la lógica del espectáculo. El músico solo adquiere relevancia por sus declaraciones picantes, por sus desatinos sexuales, por sus extravagancias y excesos o por cuantos millones se embolsó durante su última gira.

El panorama actual de esta rama del periodismo es complejo y, en ocasiones, desalentador. En primer lugar porque los espacios dedicados a la cultura desaparecen rápidamente. El periodismo cultural se extingue, agoniza. “La cultura no vende”, suelen decir, “su target es muy limitado”; testigos mudos del cruel asesinato al que es sometido, encogemos los hombros y nos resignamos a consumir notas sin sentido sobre los escandalitos de moda.

Mientras la cultura pierde terreno en el periodismo, el espectáculo baila sobre su tumba. En el caso particular de la música, el traspaso es evidente: quizá el teatro, la pintura o las tradiciones populares desaparezcan de los medios, pero a la música le sucede algo peor: se trastoca, se corrompe, se integra desastrosamente a la lógica del espectáculo. El músico solo adquiere relevancia por sus declaraciones picantes, por sus desatinos sexuales, por sus extravagancias y excesos o por cuantos millones se embolsó durante su última gira. ¿Y la música? En segundo plano, siempre en segundo plano.

En esta particular vorágine hemos visto esfumarse aquellos géneros que en otro tiempo marcaban la pauta del periodismo musical: la crítica, la crónica de conciertos, los jugosos reportajes que enriquecían la experiencia musical de los lectores. No me tomen por un reaccionario o por un amargado que ve en el pasado mejores condiciones, no. Como cualquier otra actividad humana, el periodismo debe renovarse, transformar sus cánones, refrescar su lógica. Lo que me alarma es que la transformación no llega: desaparecen géneros pero no para dar lugar a mejores formas de expresión, sino para limitar su espectro.

¿Qué tenemos hoy? Un periodismo chato y cobarde que por ningún motivo se atreve a denunciar lo atroz de la industria, a desmenuzar un disco sin temor a perder los favores de su creador; un guion de entrevistas repetido hasta el cansancio y sin mayor objetivo que el de “adornar” las portadas con los más vendedores del momento. El periodismo musical se ha empobrecido y en su depauperación ha arrastrado a los lectores.

Por supuesto, y como en toda crisis, estamos los necios que buscamos rectificar el camino y sacar el mejor provecho de las encrucijadas a las que nos enfrentamos. Armado con mi corta experiencia y mi más corto entendimiento, vislumbro una serie de retos, una agenda pendiente de tareas que pueden reivindicar a nuestro gremio y, sobre todo, dotarnos de los elementos para prestar un mejor servicio a aquellos que buscan nuestro trabajo. Allá van:

¿Cuáles son los límites del periodismo musical? Nadie lo tiene muy claro. ¿Podemos hablar con la misma autoridad de la industria que del lenguaje musical o de la historia de los géneros? ¿Es equiparable la labor de un crítico de discos con la de un cronista de  conciertos? ¿Debemos denunciar la ausencia de apoyos gubernamentales para los músicos y los abusos cometidos por empresarios de la industria discográfica? ¿Hasta dónde llega el periodismo musical?

  • Conocer la propia historia. La investigación sobre el periodismo musical es muy escasa. Poco sabemos de su tradición, sus géneros y sus momentos clave. Ignorantes del pasado de nuestra labor nos deslizamos furtivamente sobre la comodidad de un presente lleno de incoherencias y que carece de perspectivas. A la sombra de otras ramas del periodismo, nos conformamos con entretener y recomendar sin atrevernos a creer en nuestro oficio como una herramienta de cambio. Rescatar del olvido, conocer a conciencia y estructurar la historia del periodismo musical nos sería de gran utilidad para vislumbrar qué tan importante es, ha sido, y por supuesto será, este pequeño rincón del mundo.
  • Determinar los límites de nuestra acción. Esto parece obvio, pero no lo es. ¿Cuáles son los límites del periodismo musical? Nadie lo tiene muy claro. ¿Podemos hablar con la misma autoridad de la industria que del lenguaje musical o de la historia de los géneros? ¿Es equiparable la labor de un crítico de discos con la de un cronista de  conciertos? ¿Debemos denunciar la ausencia de apoyos gubernamentales para los músicos y los abusos cometidos por empresarios de la industria discográfica? ¿Hasta dónde llega el periodismo musical? Habrá quien se contente con la recomendación y la nota fácil, rápida; habrá quien busque ir más allá. Lo cierto es que, cualquiera que sea el caso debemos tener claros nuestros alcances y limitaciones. De no hacerlo, estaremos ofreciendo al público un trabajo desordenado y ridículo.
  • Dar la pelea en pro del lector. Más que a nuestro medio o a un ámbito medianamente glamoroso, nos debemos a los lectores. Hay quien dice que eso era antes, que ahora los medios deben respetar y obedecer a sus anunciantes, pues son ellos de quienes dependemos para existir. Falso. Un periodismo prostituido de tal forma no tiene sentido alguno. Debemos dar la pelea en favor del lector. ¿Pelea contra qué? Contra la mediocridad, contra los prejuicios comerciales y socio-culturales, contra la vacuidad del periodismo negociado, contra la fácil navegación en los mares del éxito. Repetir como pericos los comunicados de prensa y seguirle la corriente a la gran industria nos convierte en un medio más, letras del montón. Defender al lector, procurarle información no sólo novedosa, sino también cuidadosamente rastreada y construida, no sólo enriquece nuestra labor en términos de profesionalidad, sino también el entorno que nos circunda. Como periodistas solemos quejarnos de la mediocridad y el mal gusto de los “otros medios”, pero puesta la ocasión, poco hacemos para no caer en ella.

Entendámonos de una vez como ese puente que vincula el trabajo de los músicos con las comunidades que le son ajenas, lejanas o desconocidas. No busquemos la fama o la relevancia a través del oficio, pues nuestros vanidosos intereses pueden empañar aquello que buscamos difundir o a aquellos con quienes pretendemos comunicarnos. Nada hay más lamentable que un periodista que sólo sirve a sus propios intereses. Al otro lado de la hoja, hay alguien más, el lector… y únicamente a través de él podemos ver cristalizada nuestra labor.

  • Convertir la calidad en negocio. Que la cultura no vende se ha dicho hasta el hartazgo. Demasiado elevada, demasiado elitista, demasiado compleja, suelen decir los cínicos de nuestro ámbito y los dueños del negocio comunicativo. ¿Pues qué no son ellos, los grandes empresarios, los gestores de la creatividad, los que dicen que pueden vender cualquier cosa? ¿Por qué entonces les resulta imposible encontrar un lugar para la cultura y las artes en sus aparadores? No les pedimos que compartan nuestra visión de la música, ni siquiera que la comprendan, tan sólo que le den una oportunidad para demostrar su valía.

Como periodistas musicales nos toca esa otra pelea: ganar espacios donde la música no sea tratada como el mero pretexto para desenrollar la cadenita de chismes que supuestamente se venden mejor, sino como una disciplina artística hecha y derecha con aportes invaluables para el desarrollo de la sociedad. Ya en otras ocasiones he comentado que no considero pernicioso que la gente que produce cultura se beneficie económicamente de ella, lo que es más, me resulta justo y necesario. ¿Por qué es bien visto que un médico hiperespecializado tenga un buen salario y un músico virtuoso no? ¿Por qué se sigue denostando a la cultura?

  • Aprovechar el interés por la música para crear conciencia. Creo en la música y los músicos como agentes de cambio. Lo que es más, creo que cada ser humano, se desarrolle en la actividad que se desarrolle, es un agente de cambio si orienta sus esfuerzos hacia fines positivos. La música está en todas partes. Es, quizá, el arte más ubicuo y de mayor aceptación. Eso nos da una gran ventaja, pues no tenemos que convencer a la gente de escucharla, situación que, por ejemplo, no comparten el teatro, la literatura u otras artes.

Tenemos a la mano una gran oportunidad para crear conciencia. Y no me refiero aquí a la conciencia como acto reivindicativo de esta o aquella postura política, sino a su capacidad de abrir nuestro horizonte para la comprensión del otro y de aproximarnos a una forma de conocimiento distinta y que se fundamenta en lo estético.

Sumarnos a las oleadas que encumbran lo fácil y aceptado es un acto de absoluta mediocridad. Nada más sencillo que hablar de lo que todos hablan y cerrar la puerta a lo diferente. Es cómodo y estable. Pero también es vacío e intrascendente, no genera cambios, no genera nada.

Es un momento interesante para quienes insistimos en llamarnos periodistas musicales: el panorama cambia, se transfiguran las reglas, se abren oportunidades nuevas para ejercer el oficio. No tengamos miedo a la pelea, asumamos los retos, construyamos las perspectivas… y sigamos investigando, escribiendo, compartiendo. 

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