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Nietzsche según Zweig

Me parece prudente no dejar a un lado la solemnidad con la que Nietzsche trata el tema de la música. Ya que la música fue para él lo que lo insentivó a escribir aquel libro de `El Nacimiento de la Tragedia´ (a partir de la música) que supondrí­a para él, el rechazo de muchos académicos como filólogo, pero le abrí­a la posibilidad de materializar sus aspiraciones como teórico de la estética. Siendo, en mi opinión, de los que mas se acercaron a desvelar los misterios de este universo. Sin embargo, él, afirmaba que `vivir de un modo peligroso era obtener el mayor placer que puede dar la existencia´. Una idea facinante y de suma vitalidad, pero un pensamiento que lo hacía acercarse al borde del abismo.

 

En corroboración con este hecho y para rebatir la visión estético-musical Nietzscheana antepongo un escrito para esclarecer el carácter del filósofo alemán, valiendome del ensayo en el que Stefan Zweig resume poéticamente la relación que Nietzsche, el Don Juan del conocimiento según él, tení­a con la música. Creo yo que es un escrito el cual define con claridad no solo la personalidad de Nietzsche, sino que también revela las contrariedades con las que se puede encontrar quién se entrega a la música como doctrina.

 

Pretendiendo que notifiquen la preponderancia de la música que ejemplifica la coyontura dada entre Wagner y Nietzche, cierro este cerrojo para dar paso a demas reflexiones y demas referencias con respecto a la filosofí­a de la música.

 

EL REFUGIO EN LA MúSICA

¡Dorada serenidad, ven!

 

La música habí­a estado en Nietzsche desde el principio, pero de un modo latente y apartada por una fuerte voluntad de justificación espiritual. Cuando niño, entusiasmaba a sus amigos con sus audaces improvisaciones; en sus cuadernos de escuela se encuentran múltiples alusiones a composiciones propias. Pero cuanto más se inclina por los estudios filológicos primero y filosóficos después, tanto mí¡s va limitando ese empuje de su naturaleza que quiere abrirse paso. La música es sólo para el joven estudiante una especie de opio, un descanso, un entretenimiento, como el teatro, la literatura, la equitación, la esgrima o cualquier otro ejercicio gimnástico. Por esa cuidadosa canalización, por esa consciente oclusión, ninguna gota puede filtrarse para caer, fecundí¡ndola, sobre la obra de la primera época de Nietzsche. Al escribir El nacimiento de la tragedia en el espí­ritu de la música, ésta no es más que un tema, un objeto, pero no una modulación del sentimiento musical que se introduzca en su estilo, en su poesí­a o en su pensamiento. Incluso los ensayos lí­ricos de su juventud están desprovistos de musicalidad y, lo que parece más asombroso todaví­a, sus ensayos de composición parecen, según el juicio de Bílow, resolución de un tema, algo amorfo, una música anti-musical. Durante largo tiempo la música no es, para Nietzsche, mí¡s que una inclinación particular a la que el joven estudiante se lanza con todo el placer de la irresponsabilidad, con la alegrí­a del dilettante, pero nada más.

 

La irrupción de la música en el espí­ritu de Nietzsche no se realiza sino cuando su larva de filólogo, su objetividad de erudito, se agrietan y se rompen, cuando todo su cosmos se descalabra y se desgarra por sacudidas volcí¡nicas. Sólo entonces se rompen los canales, y la inundación es repentina. La música penetra siempre con mí¡s fuerza en los hombres sacudidos por la pasión, debilitados y sometidos a tensiones violentas o desgarrados en lo mí¡s í­ntimo de su ser; eso lo sabí­a Tolstoi, y Goethe lo experimentó trí¡gicamente. Pues incluso Goethe, que tomó ante la música una actitud de prudencia, defensiva y temerosa (como hizo siempre ante todo lo demoní­aco, pues siempre reconocí­a el sitio donde se ocultaba el demonio), hasta Goethe sucumbe a la música en los momentos de debilidad (o, como él dice, en los momentos de eclosión, cuando todo su ser se ve trastornado, cuando se vuelve débil y asequible). Cuando él (la última vez fue con Ulrica) se ve presa de un sentimiento y pierde su propio dominio, la música rompe los mí¡s fuertes diques, le hace derramar lí¡grimas como tributo y, como agradecimiento, música poética, que es la mí¡s magní­fica de todas. La música (¿quién no lo ha experimentado?) necesita que uno esté predispuesto para recibirla, sumido en una especie de languidez femenina, para poder fecundar un sentimiento; sólo entonces es cuando llega a Nietzsche, sólo cuando el sur le ha abierto otros horizontes donde anhela vivir con mí¡s ardor y con mí¡s pasión. Es un simbolismo notable que se introduce en él precisamente en el momento en que su vida abandona la tranquilidad, la continuidad épica, para volverse hacia lo trí¡gico en una rí¡pida catálisis; querí­a expresar el nacimiento de la tragedia en el espí­ritu de la música y experimenta lo contrario: el nacimiento de la música en el espí­ritu de la tragedia. La fuerza desbordante de los nuevos sentimientos no puede ya expresarse con un lenguaje mesurado; necesita un instrumento mí¡s poderoso. «Serí¡ necesario que cantes, alma mí­a.»

 

Precisamente porque esa fuente demoní­aca de su ser ha estado tanto tiempo cegada por la filologí­a, la erudición y la indiferencia, es por lo que ahora brota con mí¡s fuerza y sale a tal presión, llegando hasta las fibras nerviosas mí¡s ocultas, hasta la última entonación de su estilo. Como después de una infiltración de nueva vida, el lenguaje, que hasta entonces sólo aspiraba a expresar las cosas, comienza a respirar sonoridad y música: el andante maestoso del discurso, el pesado estilo de los anteriores escritos, tienen ahora todas las sinuosidades, las reflexiones, el movimiento ondulatorio y múltiple de la música. Todos los refinamientos de un virtuoso brillan en las palabras: los pequeños staccati de los aforismos, el sordini lí­rico de los cantos, el spiccato de la burla, las estilizaciones audaces y armónicas de la prosa, de las sentencias y de la poesí­a. Hasta la puntuación, lo que sobreentiende el idioma, los guiones, los subrayados, tienen toda la fuerza de signos musicales.

 

Nunca como en el caso de Nietzsche ha provocado la lengua alemana tal sentimiento de prosa instrumentada para pequeña o gran orquesta. Un artista del idioma siente una voluptuosidad tan grande como la del músico en los detalles de una polifoní­a como la lograda por Nietzsche. ¡Cuánta armoní­a se oculta tras las aparentes disonancias! ¡Cómo se adivina bajo esa abundancia desordenada un espí­ritu de la forma pura! Pues no sólo las extremidades de los nerviecillos del idioma vibran de musicalidad, sino que sus obras enteras tienen una concepción sinfónica; no responden a una arquitectura puramente intelectual, planeada frí­amente, sino a una inspiración directamente musical. í‰l mismo ha dicho, hablando de Zarathustra, que estaba escrita siguiendo el espí­ritu de la primera fase de la Novena sinfoní­a. Y el preludio de Ecce Homo, único y divino, ¿no es un conjunto de frases musicales enormes, interpretadas como por el monumental órgano de la catedral del porvenir? En las poesí­as como «El canto de la noche» y «La canción del gondolero», ¿no es una voz esencialmente humana la que suena en medio de una soledad infinita? ¿Y cuí¡ndo la embriaguez ha podido llegar a ser una música cadenciosa, heroica, griega, como lo es en el ditirambo de Dionisos? Aquí­ su lenguaje, rodeado de la luz del sur y elevado en un torrente de música, se convierte en un oleaje sin descanso, y sobre ese vasto oleaje, sobre ese mar tormentoso, flota el espí­ritu de Nietzsche marchando hací­a el torbellino que lo ha de hundir.

 

Ahora, cuando la música penetra violenta a impetuosamente en su espí­ritu, Nietzsche, con la sabidurí­a de un demonio, reconoce enseguida el peligro y se da cuenta de que ese torbellino podrí­a arrastrarlo lejos de sí­ mismo; pero, así­ como Goethe evita los peligros (una vez Nietzsche hace notar la « actitud prudente de Goethe frente a la música»), Nietzsche se adelanta a cogerlos por los cuernos, pues las transmutaciones y transformaciones son su defensa e, igual que con sus padecimientos fí­sicos, convierte aquí­ el veneno en remedio. Es necesario que la música tenga ahora para él un sentido completamente diferente del que tení­a en sus años de filólogo; entonces pedí­a a la música que pusiera sus nervios en tensión y su cerebro en actividad (¡Wagner!); la embriaguez y exuberancia musical eran en aquel entonces un antí­doto contra su tranquila vida de erudito, un estimulante frente a su sobriedad. Ahora que su existencia es todo exceso y una pérdida, una dilapidación estí¡tica de sentimiento, necesita que la música sea para él un sedante, un bromuro moral, un calmante interior. No le pide ya la embriaguez (pues su espí­ritu estí¡ en embriaguez perpetua), sino que ahora le pide, según frase magistral de Hólderlin, «la santa sobriedad». La música ha de ser ahora sedante y no excitante. Necesita de la música para refugiarse en ella cuando regresa herido y maltrecho de la caza de pensamientos; la necesita como refugio, como baño que lo refresque y purifique. «Música divina» que desciende del cielo, de un cielo sereno y no de un espí­ritu de fuego medio asfixiado en una atmósfera pesada; música que lo ayude a olvidar y no a abstraerse y sumirse en crisis y catí¡strofes del sentimiento; una música que diga «sí» y que haga «sí»; una música del sur, lí­mpida en sus armoní­as, simple, pura; una música que se deje silbar; una música que es música y no caos (como el caos que alberga en su pecho); una música del séptimo dí­a de la Creación, de ese dí­a de descanso y de alabanza al Dios; una música serena… «Ahora que he llegado a puerto, dadme música, música.»

 

La ligereza es el último amor de Nietzsche, la suprema medida de todas las cosas; lo que da ligereza y salud es bueno, ya sea en el alimento, en el espí­ritu, en el aire, en el sol, en el paisaje o en la música. Lo que eleva, lo que hace olvidar la pesadez y la oscuridad de la vida y la fealdad de la verdad, sólo es fuente de gracia. Por eso siente ese tardí­o amor por el arte que «hace fácil la vida», que es su mejor estimulante. La mejor bendición celeste para un espí­ritu agitado es una música pura, libre y ligera. Ya no puede prescindir de la música para aliviarse de los dolores de sus partos cruentos. «La vida sin música es sencillamente una fatiga y un error.» Un enfermo abrasado de fiebre no podrí­a alargar sus labios, secos y ardientes, en un delirio de sed, de un modo mí¡s salvaje que el de Nietzsche en sus últimas crisis, cuando los tiende hacia esa bebida fresca y lí­mpida que es la música. «¿Ha tenido jamí¡s un hombre tanta sed de música?» Es su última salvación; por ese motivo siente un odio apocalí­ptico contra Wagner, que ha emponzoñado la música con estimulantes y narcóticos. De ahí­ esos dolores que experimenta Nietzsche «en el destino de la música» como si fuera una herida abierta. El gran solitario ha renegado de todos los dioses; sólo quiere conservar esa única cosa, ese néctar y esa ambrosí­a que le refrescan alma y la rejuvenecen, esa cosa única que es la música. «Arte y sólo arte…, tenemos el arte para no morir a fuerza de verdad.» Con la crispación del que se ahoga se agarra él al arte, a la única fuerza vital que no depende de la fuerza de gravedad; al arte, que es ya lo único que puede elevarlo para transportarlo a su propio elemento.

 

Y la música, que ha sido invocada de modo tan emocionante, se inclina bondadosa y recibe el cuerpo de Nietzsche en el momento en que iba a hundirse. Todos han abandonado a ese hombre delirante; se fueron, tiempo ha, todos sus amigos; sus pensamientos corren sin descanso en peligrosas peregrinaciones; sólo la música lo acompaña en su última, en su séptima soledad. Todo lo que Nietzsche toca con sus manos, queda impregnado de música; cuando habla, su voz suena musicalmente; sólo la música levanta al que se estí¡ cayendo, y cuando, por fin, Nietzsche se precipita al abismo, la música queda velando esa alma que se ha apagado. Overbeck, que entra en el cuarto de Nietzsche, lo encuentra, ya cegado en su espí­ritu, delante del piano buscando despertar con mano temblorosa elevadas armoní­as, y mientras el pobre loco es llevado a su casa, va cantando, durante todo el viaje, melodí­as emocionantes: va cantando «La canción del gondolero». La música le acompaña hasta las oscuras profundidades del espí­ritu; la fuerza demoní­aca de la música preside su vida y su muerte.

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