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Muerte a los clásicos

Se dice que lo clásico es lo que no pasa de moda, aquello que es capaz de batir el transcurso del tiempo y continuar vigente en las conciencias y gusto de la gente. También se adjetiva como clásico lo que se constituye como modelo a seguir e imitar; se aplica para designar lo típico y tradicional o distinguir al periodo culmen de una civilización. En el caso de la música, hablamos de “clásica” para referirnos a la música “culta” o académica, o a la música propia del clasicismo, como la de Haydn y Mozart. Asimismo, empleamos el término para designar a los músicos, álbumes o canciones que marcaron pauta dentro de un género musical o agrupación, como puede ser Bob Marley en el caso del reggae, o el álbum Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Bandde The Beatles, que se considera un clásico del rock, o la rola “El baile y el salón” que arranca en cada concierto con el multicoreado y clasiquísimo paparapapa eo eo”de la banda mexicana Café Tacuba. De todo ese cúmulo de acepciones con las que usamos la palabra “clásico”, resalta la filiación que tiene el término con el pasado colectivo, con las raíces y la tradición, con lo esencial, profundo o característico de una época, un estilo, agrupación, etcétera.

En ese sentido, su contraparte la podemos encontrar en el concepto “moda”, cuyos referentes están en lo actual y pasajero, en las incesantes novedades y la originalidad individual, en las tendencias que tienen una vigencia boyante que se extingue rápidamente. Gilles Lipovetsky en El imperio de lo efímero, plantea que la moda es un concepto que ha ido permeando diversos ámbitos de la cultura y en gran medida se ha convertido en articulador de la lógica social. La moda se ha inmiscuido hasta el tuétano de nuestras sociedades: la indumentaria, la tecnología, la música y hasta las ideologías, han caído presas de la moda. El signo de nuestra era parece gritar con todas sus fuerzas, ¡Muerte a los clásicos! ¡Viva la moda!

En las líneas que siguen pretendo hablar un poco sobre el impacto de la moda en algunos fenómenos en torno a la música, con sus sostenidos y bemoles, así como sus posibles efectos sobre la irrupción de eso que hemos venido a llamar “clásico”.

Todo fluye, nada permanece

Quizás hoy más que nunca, es cierta esa famosa sentencia que se atribuye a Heráclito. Los diseños de los autos, los gadgets, las subculturas y los géneros musicales cambian a velocidad de vértigo y nada parece sostenerse ante el embate de lo inédito. En los términos de la obra de Lipovetsky, la moda nace en el seno de Occidente a finales de la Edad Media y se va convirtiendo, hasta nuestros días, en principio rector de la dinámica social imponiendo sutilmente la seducción de las apariencias y el placer de lo efímero. A contracorriente de la mirada que  desprecia la superficialidad, desposesión e inmediatez de la moda; Lipovetsky erige al sistema-moda como la culminación de la democracia liberal y el individualismo. Triunfo del ciudadano autónomo que, desatado de los dogmas de la tradición y el pasado, es capaz de afirmar su propia identidad adaptándola constantemente al presente; victoria del individuo liberado de las verdades absolutas, que puede negociar sus diferencias con la pluralidad cambiante que lo rodea, no sólo a nivel de apariencia física sino incluso ideológicamente.

Comparto poco del optimismo con que el sociólogo francés veía a la moda en el ocaso de la década de los ochenta, cuando escribió El imperio de lo efímero y afirmaba que “[…] las promesas de la sociedad-moda no darán sus frutos inmediatamente, hay que darle al tiempo la oportunidad de construir su obra.”, pues creo que hoy, en los albores de la segunda década del siglo XXI, la moda más que un camino hacia la heteronomía democrática de la cultura y las libertades individuales, se ha vuelto un anestesiante social que en muchos casos ha retrasado las transformaciones que la misma sociedad liberal ha perseguido. Con todo, creo pertinente retomar el atinado análisis que realiza Lipovetsky de la moda, para aproximarnos a los objetivos de este texto.

Efímera trascendencia

Si bien es cierto que el proceso occidental de la moda en la música es rastreable desde el Renacimiento, cuando los compositores empiezan a salir del anonimato y a seguir los dictados de su propia subjetividad, imprimiendo su propio sello en los estilos dominantes; el siglo XX, sin duda, significó la explosión de la moda en la música, gracias a la reproductibilidad técnica, a la radio y la publicidad. El hecho de que la música comenzó a invadir nuestras vidas, que pudiéramos escucharla en el coche de camino a cualquier parte, en la casa mientras realizamos nuestras tareas cotidianas, en la oficina mientras trabajamos, en el supermercado al tiempo que hacemos nuestras compras… aunado a la posibilidad de revivir una misma interpretación musical cuantas veces queramos, prometía en principio a los artistas la posibilidad de convertirse, en un abrir y cerrar de ojos, en clásicos. Sin embargo, esto también la volvió presa fácil de la moda.

La industria discográfica permitió la masificación de la música, pero al mismo tiempo la hizo entrar de lleno en la dinámica del mercado y la publicidad, fenómenos ligados indisolublemente a la moda, que modificaron la manera de crear y escuchar música. Las compañías discográficas, subconscientemente atentas a la penetración de la moda en la cultura, desde su inicio se han debatido (en aras del crecimiento económico) entre apostar por las fórmulas probadas, por lo clásico; o arriesgarse por la innovación. Hay la conciencia de que el mercado cambia pero, a ciencia cierta, los emporios del disco nunca han sabido hacia dónde, a pesar del cúmulo de información estadística y algorítmica del comportamiento y perfil de los consumidores. Al final de cuentas cada contratación de un artista es siempre un volado. Para paliar esta incertidumbre, surge la necesidad de echar mano de la publicidad, con el objetivo de imponer modas que conduzcan a los consumidores a aumentar sus ganancias.

El ciclo de las modas depende de una antinomia: deben crear una cantidad suficiente de adeptos que les permitan generar una tendencia, al mismo tiempo de ofrecer a esos mismos adeptos la posibilidad de afirmar su individualidad y distinguirse de los demás. Para conseguirlo, la moda pone en acción la seducción estética por las apariencias a través de la publicidad. Las estrellas musicales se muestran entonces, investidas por el halo estético que les confiere la potencia de su sonoridad, el estrafalario vestuario, las chicas exuberantes, motocicletas y autos que los acompañan en sus videos y conciertos; como modelos de una actitud de vida atractiva, novedosa y original, símbolos de prestigio que vale la pena escuchar e imitar. Las grandes figuras que imponen moda logran establecerse simultáneamente como signos de distinción y pertenencia.

Dice Italo Calvino, en la tercera definición que propone en su obra Porqué leer los clásicos: “Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.” Ello es también aplicable a las obras musicales y la magia de la tecnología en combinación con la poética de la publicidad, abrían la posibilidad de que los artistas conectaran de una manera tan íntima con las personas que lograrían una penetración cultural entrañable y transgeneracional. En ese sentido, a nadie nos cabe duda de que en el siglo pasado vimos la consolidación de clásicos indiscutibles que se han filtrado en la memoria colectiva, como los mencionados al principio del artículo, y cada uno de nosotros tiene un repertorio de sus propios clásicos en función de la música que nos ha acompañado a lo largo de nuestra existencia. No obstante, podríamos decir que el avance de la moda y la tecnología más que haber facilitado la irrupción de clásicos, lo complicó.

Hay tal cantidad de artistas a nuestro alcance que, en muchos casos, la música pasa de largo por nuestros oídos. Tanta cercanía de la música con nuestra cotidianeidad, nos ha llevado a escucharla sin detenimiento ni concentración, simplemente como un elemento decorativo que no hace un verdadero “clic” con nuestras vidas o, por decirlo en lenguaje cinematográfico, pasa a ser un elemento no diegético de nuestra existencia. El llenar el ipod de música es, a veces, más un acto compulsivo que un ejercicio reflexivo por poseer música que realmente será parte de nosotros; hay mucha de esa música que jamás escucharemos o que sólo pondremos como música de fondo en alguna fiesta por el simple hecho de que está de moda.

El artista que realmente busca ser un clásico tiene entonces que romper esa inercia e impactarnos de manera especial, debe lograr sacarnos de la alienación y arrebatarnos las emociones para incorporarse a nuestra historia. Esto lo debe lograr rápidamente a través de todos los formatos o canales de distribución posibles; lo que se traduce en que la mayoría de los artistas ha renunciado a las obras monumentales para ajustarse a la inmediatez de los oyentes y a los tiempos de la radio, la televisión o las nuevas tecnologías. Los clásicos actuales tienden, cada vez más, a ser cortos, fragmentarios y de impacto inmediato; piénsese por ejemplo en el fenómeno que han causado canciones como “Young Folks” de Peter Bjorn and John o “Barbra Streisand” de Duck Sauce, que se han trasminado bastante en la cultura popular a través de pegajosos guiños. Incluso aquellos clásicos que le han apostado a la experimental y concienzuda creación musical, viven en el imaginario gracias a fragmentos populares: Aunque Pink Floyd haya concebido The Wall como una obra con un sentido integral, lo que permanece en el grueso de la población es “Another Brick In The Wall”. Hasta los clásicos ancestrales han tendido a perderse tras sus hits: lo que es un clásico de Beethoven no es la Novena sinfonía como un todo unitario, sino “El himno de la alegría”, que ha llegado hasta nosotros a través de anuncios de las Olimpiadas, espantosos ringtones monofónicos, numerosas películas y demás.                                                                                                                                                                  

Aunado a la disminución de la paciencia y audición consciente en los oyentes, la enorme competencia y la imposición de formatos, hay otro obstáculo que deben sortear los aspirantes a trascender al enfrentarse a esos “individuos-moda” en que nos hemos ido convirtiendo, “sin lazos profundos, móvil[es], de personalidad y gustos fluctuantes”. Derivado de la afición constante por las novedades y el incesante cambio que el sistema de la moda ha introyectado en las personas, el culto que parece crecer en torno a una estrella musical, no es más que un mero espejismo. El adolescente punketo que asegura ser ferviente admirador de los Sex Pistols, que pretende alejarse del stablishment rompiendo con las “buenas costumbres”, el “buen gusto” y lo políticamente correcto; a menudo suele abandonar, sin grandes reparos, el delineador negro, los entallados pantalones de pitillo y las camisetas agujeradas, para cambiarlas por un reluciente “traje café, zapato boleado, portafolio de piel”, dejando también en el closet, con el suave fluir del individuo “libre” y “autónomo”, la ideología transgresora que simulaba abrazar. Claro que siempre habrá forevers que se aferrarán a continuar escuchando la música que los tocó en lo más profundo y adoptarán en la medida de lo posible ciertas ideologías; sin embargo, la norma, cada vez más, es que las personas migren sus gustos, sus modos de pensar y actuar, según los avatares de la moda.

Sería mucho decir que nos aproximamos al fin de los clásicos pues creo que la idea de trascender sigue bien arraigada en las mentes de cualquiera que se toma en serio la profesión de músico. Lo clásico no desaparece o muere, sólo se transmuta.  Poca es ya la música que da el brinco hacia convertirse en tradición, los estilos musicales no sientan un canon; el clásico actual debe acostumbrarse a la efímera trascendencia de su devenir moda, del trascender como reliquia y no como ritual.

El fenómeno trans

Los clásicos que logran irrumpir en estos tiempos tomados por el sistema-moda despliegan múltiples artilugios que les permiten asimilar aquello que parecía ser contrario a su propia definición: la innovación constante. Si el clásico previo a la eclosión de la moda en la música saboreaba la estabilidad y homogeneidad que la tradición le ofrecía, ahora debe reinventarse sin cesar, pero sin perder ciertos rasgos esenciales que lo sigan haciendo identificable transterritorial, transgeneracional y transculturalmente. Veamos esto a través de uno de los géneros surgidos en el siglo XX que, evidentemente, se ha convertido en un sabroso clásico: la salsa.

Como salsa catalogamos al prodigioso brebaje hecho a base de músicas cubanas y puertorriqueñas, sazonadas con un dejo melódico europeo y un picor jazzístico y blusero. Gestada principalmente en Nueva York por inmigrantes caribeños que desde los años treinta cultivaban el mambo, la guaracha, el son, el guaguancó, y demás géneros antillanos, no es hasta finales de los años sesenta que se generaliza la etiqueta comercial de “salsa” –impulsada con ahínco por la benemérita Fania Records-, para identificar al increíble acontecimiento musical que estaba sucediendo. Es entonces cuando la salsa hace su entrada triunfal en el circuito de la moda.

Si en un comienzo se podría hablar de una convivencia de ritmos que encontraban su sustento en la música que traían consigo por tradición los viejos emigrantes que miraban con nostalgia las naciones caribeñas que los vieron nacer; sus descendientes, ya nacidos en Norteamérica, bilingües y biculturales, asumen y transforman, a través de eso que vino a llamarse salsa, su pasado e identidad latina. Así, el surgimiento del género se enmarca en un contexto político de reivindicación del Caribe al interior de la cultura norteamericana. Mas el boom de la salsa como moda a partir de los setentas le dio un giro que sus exponentes lograron aprovechar con creces.                                                                                                                                                                      

A medida que la salsa va cobrando valía como moda, aparejada a la publicidad y el mercado, pierde su bandera política antillana inicial, pero gana en situarse como símbolo de identidad panlatinoamericano, representando a esos países que habitan en el imaginario occidental como “tropicales” que bajan por el mapa desde México hasta Venezuela y Colombia, abrazando junto con el archipiélago, el Mar Caribe. Como dice Keith Negus en su libro Los géneros musicales y la cultura de las multinacionales: “Lo tropical se ha utilizado también como manera de definir una sensación compartida de identidad musical caribeña a pesar de las divisiones lingüísticas, geográficas, políticas y económicas, una afirmación orgullosa de ‘nuestra música tropical’ (aunque se trate, en la mayoría de las ocasiones, de un recurso promocional de la industria musical).”

La asociación de la salsa con lo tropical hace que, por un lado, se desdibujen las diferencias culturales que se expresaban en una nutrida multiplicidad de géneros locales y, por otro, que se forje una identidad transterritorial sustentada en la depurada mezcla de estilos que la salsa enarbola, convirtiéndose en referente de lo latino-tropical-caribeño. He allí los ingredientes necesarios para que la salsa devenga en moda: una poderosa estética que hace a cualquiera mover los pies con su ritmo contagioso, aunado a la seductora, exótica y aparente proyección que lo “tropical” crea en el imaginario occidental, “[…] con imágenes de playas idílicas, palmeras y mujeres en bikini, o cuando la música de esta región se convierte en parte de un paquete de ‘raíces’ para los aficionados a la música del mundo.”, como diría Negus. La salsa ya integrada al proceso de la moda, se libera de sus ámbitos inmediatos de interpretación y brotan filiaciones más allá de categorías regionales, étnicas, religiosas y lingüísticas. Pasa a ser un fenómeno transcultural: lo mismo es interpretada por la Orquesta de la Luz de Japón, que cantada en francés por Laba Sosseh, o bailada con la gracia de un elefante en Dinamarca.

Finalmente, cualquier clásico que quiera habitar las antípodas de nuestro tiempo deberá, como la salsa, transformarse al interior de la moda, expresar una promesa de identidad entretejida con la seducción de las sonoridades, que aunque flexible, inestable e ilusoria, conecte a tal grado con los individuos-moda que consiga situarse en el imaginario colectivo.    

(Publicado originalmente para el N9Septiembre 2012)  

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