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Mexico meets China

Imagen de carlos

Los relatos de viajes siempre han resultado fascinantes, ya sea porque nos transportan a lugares insospechados o porque nos hacen recordar las aventuras vividas durante nuestras travesías. Me imagino que estas historias cobraban aún más relevancia en el pasado, cuando los trayectos duraban días o incluso meses y que las distancias aún no se habían acortado gracias a las nuevas tecnologías. En la actualidad, por más lejos que se encuentre un punto en el mapa, podemos tener referencias (por muy vagas que estas sean) del estilo de vida o de la música que se escucha en un país. ¿O no?

Viajes y letras

En mi experiencia, lo que conocemos de otras culturas casi siempre se reduce a clichés que a veces ni si quiera corresponden a una tradición propia. Como mexicano, en el extranjero te pintan en el mejor de los casos, con bigote de ley y en el peor, con castañuelas y sombrero cordobés. Así podríamos ir desgranando las concepciones de muchas nacionalidades de las que solamente nos llegan rumores que los medios nos han hecho creer. Pero, ¿qué pasa cuando confrontas todos esos prejuicios con lo que vives en un viaje? Los estereotipos se derrumban antes de que uno pueda deshacer las maletas y en ese estado mental todo la nueva información es absorbida y disfrutada de una mejor manera.

República Popular China

A pesar del mundo globalizado en el que vivimos, existen ciertos rincones del planeta de los que no nos llegan noticias tan fácilmente. Este es el caso de China, que por mucho tiempo vivió en un gran hermetismo y que hace apenas tres décadas empezó a abrir sus puertas al mundo. Incluso en nuestros días, aún persisten ciertas restricciones que siguen asombrando a Occidente como el bloqueo de redes sociales como Facebook o Twitter. De hecho, Reporteros Sin Fronteras lo cataloga como uno de los países en donde existe menor libertad de prensa. De cualquier forma, la apertura de China sigue intensificándose cada vez mas desde los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, que sirvieron precisamente para emerger ante el mundo como la nueva gran potencia y se quiera o no, actualmente China está en boca de todos.

La ruta del fandango

Pretender escribir sobre la música china sería como imposible por lo que ni me pasa por la mente tratar de hacerlo. A lo mucho, puedo compartir algunas impresiones que tuve en mi segundo viaje a China, en el que participé en el Primer Festival UNAM-CCOM: La Ruta del Fandango.

Este festival se llevó a cabo durante los últimos días del mes de noviembre del año pasado en el Conservatorio Central de Música de China, con sede en Beijing, como parte del programa World Music Days. Contó con la participación de una comitiva de 18 mexicanos, entre músicos e investigadores, para enseñar, tocar y hablar sobre la música mexicana a un público que a pesar de las grandes diferencias culturales, estaba ávido por aprender sobre el sistema musical que se les presentaba a ellos como algo completamente nuevo.

Después de recorrer más de 12 mil kilómetros y de haber viajado más de 20 horas, por fin nos encontramos en el gigante asiático. Pero, ¿cómo es que habíamos logrado llegar hasta allá? Un proyecto de tal envergadura no se cocina de la noche a la mañana. Fue gracias a instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México y al Conservatorio Central de Música de China, y a la labor del doctor Gonzalo Camacho y a los responsables del Centro de Estudios Mexicanos en China, que se pudo concretar este encuentro de saberes musicales.

El propósito del festival fue ofrecer una pequeña muestra de la música de México, específicamente de la tradición del fandango. Un espacio festivo que conjunta música, baile, bebida y comida que es propio de algunas regiones de México como la Huasteca, la Tierra Caliente y el Sotavento. Durante los tres días que duró el encuentro se presentaron conferencias, conciertos didácticos y talleres sobre el son jarocho, el son huasteco y el son calentano, además de presentar una visión general del sistema en el que se enmarca esta práctica musical y los vínculos que ha tenido a lo largo de la historia con la música española. 

Los alumnos y maestros del Conservatorio se mostraron receptivos en todo momento, pero sin duda, las sesiones prácticas fueron las que despertaron mayor acercamiento entre los participantes y la música mexicana, pues durante los talleres se enfrentaron a instrumentos, concepciones y géneros musicales que no habían escuchado con anterioridad y a bailes que involucran una noción del cuerpo bastante distinta de la que conocían.

Más allá de los datos duros, lo que quiero rescatar en este artículo es la intensa experiencia cultural que se vivió en el festival, en donde la música sirvió de pretexto para acercar a dos tradiciones milenarias y distantes que buscaban encontrar similitudes en sus diferencias. Como pocos encuentros entre culturas a lo largo de la historia, este reconocimiento entre mexicanos y chinos no significó un choque violento ni una asimetría (de la que ni siquiera están exentos algunos eventos académicos) sino que por el contrario, tuvo un carácter lúdico y de extrema curiosidad recíproca. Quizá fueron las grandes diferencias las que nos permitieron un mejor entendimiento. Es decir, nuestra identidad no se sentía amenazada o comprometida frente al otro, por lo que no era apremiante reafirmar quiénes éramos para hacer evidentes las diferencias, como sucede cuando existen mayores similitudes. El asombro era constante y gracias a la convivencia que hubo con los compañeros del Conservatorio Central de Música logramos traspasar la barrera del turista, lo que nos permitió ver un poco más de la vida cotidiana de Beijing.

La ruta de la seda

Además de llevar una pizca de la tradición del son mexicano, tuvimos la oportunidad de escuchar un poco de música académica china, debido a que nos encontrábamos en el Conservatorio. De lo más interesante que me pude percatar es que a comparación de las culturas occidentales, que hacen una distinción maniquea entre música clásica y música tradicional, en China llaman a la música propia de su cultura y que está hecha con sus instrumentos típicos, de igual forma, música clásica. Al no hacer esa división, ponen su música a la misma altura que la música de tradición europea, por lo menos a nivel simbólico. Del mismo modo, en el propio Conservatorio se estudian instrumentos chinos como pi-pa, ruan, sheng, erhu, entre otros, por lo que tampoco se aprecia un predominio de la música académica europea frente a su propia música, como sí sucede en muchas otras partes del mundo.

Por otro lado, además de continuar tocando obras del repertorio clásico, se sigue componiendo música contemporánea para estos instrumentos chinos, lo que da como resultado una diversidad de sonoridades, de géneros y de estilos verdaderamente abrumadora. Las posibilidades musicales crecen exponencialmente al pensar en un contacto mucho más constante entre distintas tradiciones musicales de un occidente no convencional y un oriente ya no imaginado, sino mucho más palpable. Desde el siglo XIX (o incluso antes) surgió el interés de algunos compositores europeos por la música asiática. Tal es el caso de Debussy, con su obra Pagodes o Puccini con su ópera Madame Butterfly. Pero este contacto se caracterizó por un fuerte exotismo, lo que generaba un refuerzo a esa visión estereotipada de oriente. Desde entonces la relación oriente-occidente no ha trascendido a una relación dialógica constante, lo que podría dar como resultado, además de una más amplia gama de colores, texturas y timbres sonoros, una nueva concepción de la música.

Postales de Beijing

Empaparse de una cultura en tan poco tiempo es difícil pero no por ello dejamos de percatarnos de ciertos aromas, sabores, sonidos y ciertas imágenes que nos marcan. Sin duda, una de las formas más poderosas para conocer un país es por su comida.

Nuestros anfitriones nos agasajaron con exquisitos platillos que poco tenían que ver con lo que se entiende regularmente como comida china. Esto es debido a que los platillos que se ofertan en restaurantes chinos de otras partes del mundo casi siempre provienen de Cantón, al sur de China. Es más, los sabores que paladee la primera ocasión y ésta fueron distintos. En mi primer encuentro con la nación asiática, me fui de mochilero y comí muchos noodles o tallarines, además sentí que a todo le agregaban un condimento monótono y característico que aún hoy relaciono automáticamente con China.

En cambio, en el último viaje pude probar una gama bastante amplia de la cocina china. No faltó el hot pot (un caldo caliente que se cocina en una especie de caldero al centro de la mesa), ni el pato laqueado, ni los dumplings. Pero además, hubo muchas comidas cuyos nombres no puedo recordar, que tenían un gusto completamente distinto a cualquier cosa que hubiera probado antes. No necesariamente eran platos exóticos, pues para nuestros amigos chinos eran de lo más común. Además, ni siquiera hablamos del cliché de que los chinos comen gatos, perros, cucarachas, fetos de pollos, escorpiones o caballitos de mar. No me cabe duda de que lo hacen, pero no es una práctica generalizada en todo el territorio chino ni tampoco es tan frecuente como lo hacen parecer a quienes les cuentas que fuiste a China.

Los cambios que noté al regresar después de tres años no sólo se quedan en el ámbito gastronómico. La cantidad de autos creció drásticamente. Las bicicletas, por el contrario, disminuyeron en proporción. El skyline de Shanghai ahora tiene un nuevo rascacielos. Cuando lo terminen se convertirá en el tercer edificio más alto del mundo: La torre central de Shanghai. Los hutongs –callejones y barrios tradicionales– son reemplazados con grandes edificios de departamentos. Xi Jinping – apenas el séptimo presidente desde que se creó la República Popular China– sustituyó a Hu Jintao en el poder. Los cambios en el futuro próximo se antojan aún más vertiginosos

Encontrarse en lugares tan emblemáticos como la Muralla China o la Ciudad Prohibida es imponente. Son sitios que no imaginamos pisar algún día y paisajes que sólo nos llegan a través de las películas. Pero por más excitante que haya sido estar en esos lugares, no se compara con la emoción que se siente al ver a pequeños niños chinos bailando “El Colás”, o con la sensación de saber que a un océano de distancia podemos encontrar nuevos amigos, podemos generar nuevos vínculos afectivos y nuevos lazos que unen a México con China. 

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