Usted está aquí

Música y sinestesia

Mal entendida por muchos años, la sinestesia ha sido tachada de patología mental, cuando no desvarío o fabulación mítica. Hoy, por el contrario, no sólo se le considera una facultad común a todos los hombres, sino que además pareciera ser el origen de la cultura tal como la conocemos.

La cualidad que poseen algunas personas de percibir asociadamente colores y sonidos, texturas y sabores, números y colores y/o cualquier otra relación intersensorial, es denominada generalmente como sinestesia. Aunque se trata de un fenómeno conocido de antaño, su estudio sistemático en el campo científico es relativamente reciente y embrionario. Si bien a lo largo del siglo XX han proliferado varias teorías que pretenden darle explicación, sigue sin alcanzarse consenso académico alguno, en parte debido a su multiplicidad de manifestaciones. Pese a todo, los últimos estudios coinciden en señalar a la sinestesia como la exageración de un funcionamiento neuronal innato a todo ser humano, que no puede ser aprendida y se desarrolla en las primeras facetas de la vida. Ello de paso explica el sorprendente hecho de que gran parte de los sujetos denominados sinestésicos o sinestetas, presenten asociaciones muy similares cuando no idénticas.

 Un parteaguas en la comprensión de la sinestesia es la investigación de 1988 realizada por Daphne Maurer en la Universidad de Macmaster, a partir de la cual se descubrió que los bebés hasta los cuatro meses de vida no diferencian la información procedente de los distintos sentidos, o sea, procesan conjuntamente visión, oído, olfato, tacto y gusto. Es decir, ¡son completamente sinestésicos!. A la luz de estos estudios hoy se considera mayoritariamente que la percepción diferenciada de los estímulos sensoriales es a posteriori, y que sólo mediante un proceso denominado “poda”, el niño termina por asignar áreas especializadas a diferentes regiones del cerebro donde procesar separadamente la información. Ello apunta a que posiblemente la sinestesia se deba a una menor especialización cerebral o, en su defecto, a un fallo en el sistema de poda. Dentro de la misma línea, otras teorías apuntan a que el cerebro termina por dividirse en áreas especializadas y asociativas, o unimodales y multimodales. Por tanto, en los no sinestésicos la comunicación fluiría principalmente de forma unidireccional, de las especializadas a las asociativas, mientras que en el caso de los sinestetas la comunicación entre ambas áreas se daría de forma recíproca.

La sinestesia parece ser hoy día una exageración de un proceso común al humano, que, por si fuera poco, parece tener una relación estrecha con la habilidad artística.

Aunque aún nos movemos en un campo especulativo, dichas investigaciones vinieron a desmentir la vieja creencia de que la sinestesia era manifestación de una hiperconectividad neuronal, hoy del todo desmentida por estudios que demuestran que ésta se presenta igualmente en sujetos con un número de conexiones “normal”. Por otro lado han abierto un nuevo camino a los estudios antropológicos, a partir de los cuales en los últimos años han surgido los siguientes cuestionamientos: ¿podría ser que nuestros antepasados fueran todos ellos sinestésicos?, ¿acaso existe una relación escalada entre la evolución del humano a lo largo de su vida así como a lo largo de su historia? Los investigadores británicos  Karmiloff-Smith y Greenfield, principalmente, han defendido que nuestros antepasados primitivos poseían una inteligencia general, es decir, que en ellos los distintos estímulos sensoriales eran procesados en conjunto y no en separado como sí sucede en el Homo Sapiens. Esta hipótesis contempla también que tras la modularización cerebral, las distintas áreas volvieron a trabajar de forma conjunta, aunque esta vez de forma asociativa, lo cual daría origen a las manifestaciones humanas modernas como las conocemos, producto de la facultad de crear metáforas y/o relaciones cognitivas.  Visto desde otra perspectiva, la modularización cerebral tendría implicaciones culturales y a la vez biológicas.

 Digamos, por tanto, que en la evolución histórica de la mente humana podemos ver tres fases, una primera etapa en que las mentes están regidas por un área de inteligencia general en la que todo, incluídos los sentidos, es procesado conjuntamente; una segunda etapa en que se produce la modularización, dando lugar a inteligencias especializadas múltiples y en la que los sentidos se procesan en zonas aisladas unas de otras en el cerebro; y una tercera etapa en que las inteligencias especializadas trabajan conjuntamente. La propiedad definitoria de la mente moderna, pues, sería precisamente la “fluidez cognitiva”, lo cual la sitúa en una etapa madura de su historia. Esto explicaría por qué el hombre primitivo, carente de fluidez cognitiva, no tenía, por ejemplo, arte, pues como afirma el psicólogo Howard Gardner “la creación y uso de símbolos visuales requiere un funcionamiento conjunto “armonioso y sin fisuras”.

Booba y Kiki
En la opinión del célebre neurólogo Vilayanur S. Ramachandran, la sinestesia continúa subyacente en la mentalidad moderna y es también característica de la fluidez cognitiva o mente asociativa, pudiéndose esto observar en la manifestación humana por excelencia: el lenguaje. Esta teoría de Ramachandra es avalada Booba y Kiki, dos dibujos antagónicos que han demostrado que la sinestesia es un proceso mental común a todos los individuos sin importar su idioma. Los resultados indican que un 88 por ciento de la población a la que se ha aplicado este experimento ha coincidido en  nombrar Kiki a la estrella naranja mientras que considera que la estrella morada y ondulante se llama Booba. Ello evidentemente no es casualidad. En opinión de su autor: “Los humanos tenemos una predisposición innata a asociar sonidos con formas visuales. Esa cualidad pudo haber revestido una importancia decisiva para el despegue de un vocabulario común en los homínidos…”

 La presencia de la sinestesia en el lenguaje descrita por Ramachandran explica relaciones a las que todos estamos acostumbrados, del tipo: “este platillo tiene un sabor punzante” o “el número siete es marrón”. De manera destacada el lenguaje musical está lleno de este tipo de relaciones, ya que al referirnos a un sonido empleamos adjetivos como dulce, rugoso, brillante, oscuro, etcétera… Todas estas cualidades del sonido no por nada se denominan “color” y hacen referencia al “gusto”, ¿por qué no?, que nos generan.

Sin duda el músico que mayor conciencia ha tenido de la sinestesia es el compositor ruso Alexander Scriabin, quien además instauró un método compositivo original basado en las asociaciones color-sonido, perfeccionándolo al grado de abandonar las viejas convenciones de la tonalidad.

 

Eléctricos y Químicos

 Aunque se sabe que los cinco sentidos humanos se originan por respuestas a estímulos químicos y eléctricos, tradicionalmente se consideran químicos únicamente al olfato y el gusto, mientras que al oído y la vista se les considera eléctricos. Ello en parte podría explicar que las sinestesias más comunes sean la gráfico-visuales y audio-visuales por un lado, y por el otro las olfato-gustativas. Sin embargo, en la realidad el conjunto de manifestaciones sinestésicas es bastante variado y no conoce fronteras entre sentidos.

Existen conocidos casos de sinestetas que asocian sentidos químicos y eléctricos como por ejemplo sucede con James Wannerton, un camarero inglés capaz de saborear palabras de forma asombrosamente específica. A éste una pinta de cerveza le sabe a bacon, el nombre Derek a cerilla, y la palabra “cambio” a queso. Fácilmente se puede adivinar las complicaciones que ello supone en un profesionista de la hostelería, especialmente cuando el sabor de su comida no empata con el que le sugieren las palabras. Por otro lado, una sinestesia bastante común es aquella que asocia espacialidad con grafías, por ejemplo números. En este caso ya no entran dos sentidos, sino todo ellos en relación, sin embargo, no resulta tan confusa e incluso puede ser útil al resolver operaciones matemáticas con velocidad.

Los casos citados representan dos tipos de condiciones distintas, donde la primera es claramente conflictiva para el sujeto y la segunda puede incluso suponer una habilidad. Sin embargo, en ninguno ellos sería correcto hablar de un trastorno o enfermedad, error en el que se ha incurrido por mucho tiempo. Como tampoco es ya aceptado considerarlos desvaríos mentales, un efecto secundario de las drogas psicodélicas (no obstante a que éstas pueden generar percepciones similares) o un tipo de fabulación mítica. Por el contrario, como se dijo anteriormente, la sinestesia parece ser hoy día una exageración de un proceso común al humano, que, por si fuera poco, parece tener una relación estrecha con la habilidad artística. Como apunta Ramachandran, no es casualidad que la sinestesia se encuentre con mayor frecuencia en sujetos de gran creatividad.

Sinestesia audiovisual

 Múltiples estudios han relacionado patrones sonoros y visuales a lo largo de la historia, tanto a nivel físico como a nivel de percepción. Primeramente Newton apuntó una posible relación entre las frecuencias vibratorias de la luz y el sonido, llegando incluso a afirmar que la armonía dependía de las proporciones de tales frecuencias. Además descubrió una proporción similar dada entre  las notas de la escala diatónica occidental (mayor - menor) y la paleta de colores comúnmente descrita en el espectro lumínico. Afirmación similar a la que haría en el siglo XX el físico inglés James Jeans al descubrir que la gama de colores visible coincide con el rango sonoro de una octava.

 Estas teorías físicas en cualquier caso no explican el fenómeno sinestésico, y aunque nos dan una aproximación a menudo certera, al final del día sólo el individuo sinesteta tiene una comprensión certera de sus procesos asociativos. Excepcionalmente el lenguaje artístico permite visibilizar estos mecanismos y hacerlos comprensibles al espectador, hayan o no experimentado este tipo de sensaciones. Usando un lenguaje mucho más abstracto que la ciencia, pero también mucho más certero, la música, la pintura, el cine, la escultura o los videojuegos permiten proyectar de forma directa esta clase de procesos que de otra forma difícilmente pueden ser verbalizados.

 En la actualidad sabemos que numerosos músicos han experimentado este tipo de relaciones: Jimmy Hendrix, Pharrell Williams, Kanye West, Lorde, Billy Joel, Tori Amos o Hélène Grimaud. En el jazz, por ejemplo, Duke Ellington también fue un conocido sinesteta, a quien cada miembro de su agrupación le sonaba con un color distinto. Pero sin duda el músico que mayor conciencia ha tenido de la sinestesia es el compositor ruso Alexander Scriabin, quien además instauró un método compositivo original basado en las asociaciones color-sonido, perfeccionándolo al grado de abandonar las viejas convenciones de la tonalidad. Inspirándose en el sistema de Newton, el de Scriabin empata la gama de colores perceptibles con los de la escala cromática ordenada por quintas, a partir de la cual componía al igual que un pintor distribuye los pigmentos a lo largo de un lienzo. De dicho sistema se desprende la siguiente paleta de colores:

En la vasta obra de Scriabin nos encontramos constantemente referencias a este modelo, por lo tanto, para el espectador sinestésico, su música adquiere una dimensión no a menudo considerada. Ello sería muy bien apreciado por el compositor contemporáneo Rimsky Korsakov, quien poseía la misma condición y para quien, sorprendentemente, la paleta de colores de Scriabin era casi idéntica a la por él experimentada.

La quinta sinfonía, Prometeo: El Poema de Fuego, es por mucho la obra de Scriabin en la que mejor se representa este particular método compositivo. Su principal característica es el clavier à lumières, un teclado de luz adaptado para proyectar luces de colores sobre la sala, relacionando imagen y sonido en base a su original sistema sinestésico. Este novedoso instrumento, obra igualmente de Scriabin, utiliza notación musical al igual que el resto la orquestación, con lo cual su ejecución está también escrita en la partitura del poema. El resultado final es la proyección constante de dos luces, una puesta en relación con los bajos armónicos y otro con ciertas notas del relleno armónico, que colorean la sala dándole una atmósfera de gran impacto. La verdad es que hoy, del todo acostumbrados a encontrar espectáculos visuales en salas de conciertos o eventos al aire libre, puede parecernos baladí el experimento de Prometeo, pero si lo situamos en su contexto podemos apreciar que se trata de una innovación de gran calado, aun cuando su repercusión no se viera hasta décadas después de su estreno en 1915. No sería exagerado decir que instauró un primer antecedente de lo que hoy se conoce como Video Mapping y VJing.

La asociación audiovisual, por otro lado, también se manifiesta en sentido inverso, tal y como demuestra el experimento de Booba y Kiki. No es de extrañar que en el arte también haya tenido su impronta. El caso más conocido es sin duda el de Wassily Kandinsky, quien al revés que Scriabin, aseguraba escuchar música mientras pintaba, llegando a crear un sistema simbólico propio en el que se relacionan figuras geométricas, colores y sonidos. Tal y como se describe en su obra Punto y Línea, para Kandinsky el amarillo se parecía al centro de una trompeta de latón, el negro al final de las cosas, y las diferentes combinaciones de colores le recordaban a los distintos acordes escuchados en un piano.

Sistema Scriabin, si ordenamos la secuencia en una octava cromática.Según él mismo contó, el descubrimiento de su facultad sinestésica vendría al presenciar la compañía Bolshoi, durante una representación de Lohengrin, de Richard Wagner: “Los violines, los profundos tonos de los contrabajos y, muy especialmente, los instrumentos de viento personificaban entonces para mí toda la fuerza de las horas del crepúsculo. Vi todos mis colores en mi mente, estaban ante mis ojos. Líneas salvajes, casi enloquecidas se dibujaron frente a mí”.

 La anterior frase de Kandinsky expresa la experiencia del sinesteta en clave poética, quizás el único lenguaje apto para describir un proceso tan difícilmente razonable. Y es que como dice Ramachandran, el lenguaje se origina en la sinestesia y la fluidez cognitiva, a partir de la cual el humano ha ido enriqueciendo un sistema particular de  universo simbólico.

 

 

 

Estamos en redes ¿ nos sigues ?