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Música mestiza: del desprecio a la curación

Imagen de fabian

Tras los Juegos Olímpicos de 1992, Barcelona sufrió un cambio positivo y tendió puentes hacia otras culturas. A uno de esos puentes le llamaron “música mestiza”, un término que en España convenció durante un tiempo, pero que pronto se agotó. Al otro lado del Atlántico, el término se utilizó poco, pero se agradeció bastante. Hoy les comparto un poco de aquella historia. 

 

Dentro del enorme abanico de géneros musicales nacidos en Latinoamérica, pocos conservan una raíz marcadamente europea, negra o indígena: todos los estilos latinos nacieron gracias al mestizaje: desde el tango argentino hasta los sones mexicanos, pasando por la cueca, la samba, la milonga, el candombe, el calypso y un largo etcétera musical. En pocas palabras: la música latina, es por antonomasia, música mestiza. Incluso podríamos decir que el jazz, con sus matices, es una música mestiza.

¿A qué entonces este texto? Pues resulta que hace no muchos años, a principios de los noventa, el rock en español veía agotarse su primer empuje: el Rock en Tu Idioma, comandado por la Movida Madrileña, pero con gran eco en Argentina, México y Chile. Aunque muchos artistas se sumaron a esta “corriente”, resultó más una etiqueta, una campaña de difusión comercial, impulsada principalmente por BMG Ariola, por entonces una de las disquera más fuertes en Hispanoamérica.

Entre las nuevas escenas, la barcelonesa fue una de las más interesantes y la que portaría la bandera de “música mestiza”: una corriente predominantemente rockera pero que buscaba incorporar a su sonido los llamados ritmos latinos.

Como toda fórmula comercial, el Rock en Tu Idioma tuvo un impacto limitado y acabó por desgastarse. La creación musical tomó nuevos derroteros en cada país y las escenas se multiplicaron. Entre las nuevas escenas, la barcelonesa fue una de las más interesantes y la que portaría la bandera de “música mestiza”: una corriente predominantemente rockera pero que buscaba incorporar a su sonido los llamados ritmos latinos: desde la cumbia hasta la salsa, pasando por el son, la samba e incluso el mariachi.

Simultáneamente, el mundo comenzaba a redescubrir sus sonidos: la llamada world music y su hijo pródigo, el world beat, irrumpían tímidamente en el escenario gracias a productores como Dan Storper y Jacob Edgar (Putumayo World Music); David Byrne (Luaka Bop); Peter Gabriel (RealWorld); Marc Hollander (Crammed Discs) y Ry Cooder (World Circuit Records). El universo musical apuntaba a una nueva revolución que pondría a temblar al imperio del rock y el pop y cuyo proceso aún seguimos viviendo.

En ese contexto nació la música mestiza de Barcelona. El impacto de la escena fue tal que incluso en México se organizó el Festival Radical Mestizo y muchos de los festivales latinoamericanos –Vive Latino, Rock al Parque, Viña del Mar- comenzaron a incluir bandas de esta escena en sus carteles. Las bandas que enarbolaban la bandera del mestizaje comenzaron a multiplicarse rápidamente: Canteca de Macao; 08001; La Kinky Beat; Muchachito Bombo Infierno; La Troba Kung-Fu; Barrio Negro; El Tío Carlos… 

A pesar de las buenas intenciones, su impacto fue intenso pero breve. De hecho, muchas bandas pasaron sin pena ni gloria en Barcelona y muchas más nunca lograron proyectarse fuera de la ciudad. Rápidamente lo que se vislumbraba como una escena poderosa se convirtió en etiqueta y las nuevas propuestas sonaban igual.

Lo curioso de todo esto es que las intenciones de muchas bandas latinoamericanas se alineaban con las de la escena catalana. A finales de los noventa, las bandas latinas voltearon hacia los ritmos de sus regiones. La diferencia es que esas bandas provenían no tanto del rock como del ska y el reggae. Quizá por la variedad de ritmos o por las distancias, nunca se habló de una corriente nueva. Lo más que ocurrió fue llamarlos rock-folk o rock fusión, pero no como concepto.

¿Por qué estas bandas nunca se llamaron a sí mismas mestizas? Por la simple razón de ser un pleonasmo total, pues la música que incorporaban provenía del mestizaje más largo de la historia occidental. O quizá porque las circunstancias de mercado no eran, ni con mucho, similares a las de Barcelona. Tal vez porque aunque retomaron ritmos similares, la perspectiva era muy distinta.

Eso cambió en los noventa. Tanto Barcelona como América Latina –además de París y Los Angeles, donde también se retomaron los ritmos latinos-, vieron el nacimiento de la fusión. Pero su sentido era distinto: los catalanes buscaban abrirse al mundo; los latinoamericanos reconciliarse con lo propio. Con el tiempo, la escena mestiza logró estabilizarse y aportar propuestas realmente sabrosas. Pero la innovación se convirtió en fórmula hasta caer en un atolladero difícil de salvar.

Pero antes de eso, resultó francamente encantador que le bautizaran como mestiza. Más que un nombre pegajoso y potencialmente comercializable –al final lo fue-, los jóvenes latinoamericanos de aquel entonces lo entendimos como una muestra de apertura y hermandad. ¿Por qué? Porque el término mestizo, para la gente de este lado del Atlántico, implica historia e identidad construida a base de atropellos. El concepto es ambivalente, pues al tiempo que apela al orgullo de lo propio, también nos recuerda una historia construida desde la marginación, el desprecio y la lástima.

Utilizar el término mestizo fue como dar el primer paso para sanar esas heridas de las que tanto se habló en el quinto centenario del “descubrimiento” de América. Lo delicioso es que tal paso fue dado por los herederos de los victimarios. 

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