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Música-ficción

De acuerdo con la RAE (Real Academia Española) el término ficción significa: acción y efecto de fingir; invención, cosa fingidaclase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios. ¿Por qué relacionar este concepto, fuertemente cargado de subjetividad, con la música? Más allá de todos los horizontes posibles que permite la imaginación respecto al mundo sonoro, en Acidconga decidimos abrir, con este texto, un plano reflexivo hacia estos grandes ímpetus de clasificar, señalar y denominar cualquier tipo de música en géneros, subgéneros, microgéneros, nanogéneros, hasta rayar en el punto de la irrealidad o, como bien hemos dicho, la ficción

Ahora, antes de entrar de lleno en este escrito, también vale la pena destacar la importancia de otro factor decisivo para quienes de manera rigurosa clasifican cuanta música cruza por sus vidas: la moda. Ésta, independientemente de la opinión positiva o negativa que se tenga sobre los efectos sociales en el mundo sonoro, irrefutablemente brinda un contexto y un plano de interacción con sus escuchas. Las modas musicales acarrean mucho más que sonidos innovadores, técnicas de ejecución e instrumentos; también llevan de la mano un claro impacto en la sociedad. 

Punto primero: posmodernismo musical. Quienes fuimos testigos del cambio de siglo hace 13 años, pudimos observar que el mundo musical no estaba siendo ajeno a las bondades de la libertad de expresión y a la cantidad de foros para difundir cuantas manifestaciones sonoras saltaran a la luz pública. Pero también pudimos contemplar una clara necesidad de ir definiendo rumbos, de ir consolidando géneros, de ir caminando ya con un compás determinado, es decir, marcar un ritmo amable en el cual pudieran bailar música y sociedad. ¿Cuál era este panorama, en términos generales? Para revitalizar el rock (o pop rock) todas las bandas que anteriormente estaban clasificadas como “alternativas” quedaron bajo el irónico y tan cuestionado título de “indie”. La world music cogió como estandarte los sonidos originales, pese a la cantidad de fusiones que han surgido en la última década, pero siempre cada variable lo más apegado posible al sonido de las raíces. Curiosamente la era digital daba un paso al frente hacia el pasado: lo orgánico, lo crudo y lo real marcaba la pauta hacia el futuro. Y así cada género fue abandonando ese espacio de ambigüedad genérica y experimental para poderse acomodar en alguna nueva clasificación. Tal vez es que todo esto es otro efecto colateral de la globalización y esa moda de “museificar” y clasificar todo con estricto orden taxonómico, como dice Andreas Huyssen en su texto académico En busca del tiempo futuro

Punto segundo: ¿variedad es lo mismo que calidad? Este es el punto neurálgico del texto, ya que con la interrogante anteriormente planteada es con la que ponemos en duda si es que la gran variedad de expresiones artísticas y musicales pueden traducirse, tajantemente, como una oportunidad positiva para la música. Más allá de los intereses de las grandes empresas de difusión y producción discográfica, la música nace en las calles y es ahí, probablemente, donde el reflejo de la sociedad es más claro. Más virgen, inmaculada, es la relación entre el mundo sonoro y su colectivo cuando nace en los arrabales o en los clubs, en bodegones o simplemente en las aceras. Ahora, si bien es cierto que en la actualidad las manifestaciones culturales son tan complejas como los mismos grupos humanos, entonces no resulta extraño contemplar panoramas sonoros sumamente variados en donde hay productos culturales que pueden tener la mayor calidad posible, o carecer de ella rayando así en la absoluta simplicidad. 

 

Ecuaciones completas e incompletas

 

De igual forma en que la cantidad y calidad de los factores en una ecuación altera, en mayor o menor grado el resultado, la valoración que adquieren los productos culturales musicales se ve igualmente afectada por todo lo que hay detrás. ¿A qué nos referimos con esto? Mucha gente sostiene que en la música lo más importante son los medios de difusión, o la imagen del artista, la calidad de los instrumentos, el curriculum de los ejecutantes y muchos otros argumentos. Es verdad, todos ellos son de suma y real importancia, pero el sólo cumplirlos no es garantía de que el producto final sea de alta calidad. 

En la entrevista del ejemplar pasado de esta publicación, Javier Limón dijo que si se tiene un guitarrista y un pianista regulares, pues el producto será regular, pero si se tiene a Bebo Valdés y a Paco de Lucía, entonces tienes un producto de la más alta calidad. Y qué razón tiene con este ejemplo, ya que puede hacerse extensivo para cualquier género musical. 

En la actualidad sucede un fenómeno particular respecto a la cumbia. Debido al auge que vive este género propio de Colombia (hay quien sostiene que es igualmente válido para cualquier país latinoamericano, así que para evitar disputas localistas digamos que es un género originario de América Latina), se pueden encontrar un sinfín de temas, discos y bandas que se encasillan bajo ese nombre. Indistintamente del subgénero o de la corriente que sigan estos nuevos “cumbieros” o “cumbiancheros”, lo innegable es que hay productos de muy alta calidad, y otros excesivamente pobres. Pese a que lo único que permanezca como común denominador en todas esas manifestaciones sea el ritmo base, los productos resultantes que en el mercado se encuentran como “cumbia” logran tan distintos y variados matices como sucedió en el rock o el jazz. Más allá de lo vigente o contemporáneo de la corriente o el artista que ejecute este ritmo, la línea del presente texto es reflexionar sobe cuáles son los productos musicales con alta carga de valoración cultural, y cuales no lo son. Por ejemplo, Monsieur Periné, banda colombiana que fusiona jazz manouche, swing y bolero con la cumbia haciendo gala de pulcra ejecución instrumentista, resulta una de las propuestas más interesantes al respecto, ya que el ritmo cumbiero es lo que vertebra el proyecto, pero se valen de la experimentación y la fusión para enriquecer y dar formas vanguardistas a su trabajo. Pero no olvidemos las raíces y hagamos mención de un clásico de clásicos: Willie Colón. A pesar de que sus más reconocidos temas y trayectoria artística sean relacionados con la salsa, este titán musical norteamericano/boricua ha dejado el nombre de la cumbia en altísimo nivel con temas míticos como “Asia” y muchos otros. Y así podríamos hacer una larga lista de gente que ha incursionado gloriosamente en el género como La Sonora Matancera, Celia Cruz, Los Fabulosos Cadillacs, Andrés Calamaro, Los Auténticos Decadentes, Bersuit Vergarabat, Eugenia León y tantísimos más. 

Por otra parte, ¿qué relación existe entre los artistas anteriormente mencionados con manifestaciones como la “cumbia futurista”, la “anarcumbia” y similares? En términos de calidad musical, prácticamente nada. Sin entrar en detalles o polémicas sobre la relación que exista (o justifique la existencia) entre estos subgéneros de la cumbia y sus expresiones sociales, lo cierto es que la calidad (estrictamente en términos de ejecución técnica y composición) es muy pobre. Rara vez se aprecian ejecutantes con avanzados conocimientos musicales sobre armonía, composición o variaciones rítmicas. Es constante la utilización de recursos electrónicos y digitales para llenar el vacío de conocimiento musical, y en cuestión de letras, éstas no resultan más que simples sátiras de algún evento cotidiano, la exhortación al uso de drogas y, excepcionalmente, se aprecian composiciones que hagan uso de un léxico rico y complejo más allá de recurrentes vulgaridades y vicios lingüísticos. 

Por lo tanto, desde un punto de vista musicalmente estricto, estas últimas manifestaciones sonoras no responden más que a una ilusión o delirio de poder ser encasillados en algún género para reivindicarse o justificar su existencia en escenas locales. Son música-ficción. Han perdido el hilo conductor que los ataba a la originalidad o a la esencia genérica. El abuso de la experimentación en combinación con pobres conocimientos musicales resulta en productos excéntricos, pero sin la calidad artística suficiente. Son expresiones de un colectivo y socialmente pueden tener infinitas aristas de percepción y entendimiento, además de importantes peticiones sociales, pero musicalmente hablando son en extremo limitadas. 

A manera de conclusión de este texto, quisiéramos insistir en que el objetivo no es hacer una crítica sobre algún género, corriente o artista, sino simplemente abrir una reflexión sobre los distintos grados de calidad que pueden tener los productos musicales y culturales en la actualidad. Si pusimos de ejemplo central la cumbia es debido al auge que vive en la mayoría de los países hispanohablantes, sí como en Europa y Estados Unidos. Lo mismo sucedió en otro tiempo con el rock, en donde la moda y su furor lo llevaron a lograr expresiones tan excéntricas como la imaginación lo permitió (y como sigue sucediendo hoy en día). Así que la calidad de un producto no es referente a su género. Como decía Julio Cortázar: “no hay temas buenos ni temas malos, únicamente temas bien o mal tratados”. Y lo mismo sucede con la música, ya que independientemente de la clasificación genérica que reciban, la calidad y esmero que haya en los factores que componen la ecuación será lo que se traduzca como resultado.  

Publicado originalmente en nuestro número 13
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