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Los wagogo: música para la vida

Ciudad de Dodoma, meseta central de Tanzania, África: tierra de los wagogo. África, ese continente desconocido, ese agujero negro en el mapa que a nadie parece importarle, al menos culturalmente, pero que está en realidad repleto de historias, costumbres y culturas que pueden asombrar al más conocedor de nuestro mundo Occidental.

A nosotros, europeos, americanos, occidentales al final, nos resulta de gran interés el hecho de que uno de los géneros musicales más extendidos, como es el jazz, provenga de este continente tan ajeno, en principio, a nuestro modo de vida. Y así, repetimos una y otra vez eso de músicas afroamericanas, y los orígenes afrocubanos de músicas que nos apasionan y que están en un lugar predilecto en nuestro haber cultural. Sin embargo, pocas veces miramos hacia el continente negro sin buscar orígenes, pocas veces miramos hacia allá con el reloj en el presente, con la mirada limpia de preguntas, prejuicios o conocimientos previos. Como es natural e incluso nuestro deber, buscamos músicas nuevas en las capitales de nuestro reino, véase Estados Unidos y Europa. Pero el presente es el presente y el mundo es enorme y está, Acidconga, una revista que quiere abarcar la más amplia extensión del mundo, mirar, aunque sea fugazmente, cada una de las culturas y maravillas que el mundo musical esconde en cada una de sus esquinas.

...pocas veces miramos hacia el continente negro sin buscar orígenes, pocas veces miramos hacia allá con el reloj en el presente, con la mirada limpia de preguntas, prejuicios o conocimientos previos.

Para esta tarea, en la que por supuesto no estamos solos, la labor de la etnomusicología y los etnomusicólogos es esencial. Ellos se adentran en las culturas para conocer, lo más de primera mano posible, todas las manifestaciones musicales y su significado. Para ello tienen que llegar al lugar, establecer una relación de confianza con los locales y a partir de ahí leer la cultura con la máxima objetividad posible, esto es, dejando atrás cualquier preconcepción y sobretodo valor de la cultura propia del investigador. La tarea es de gran valor no sólo por la aportación que supone al conocimiento general, sino porque la comprensión de diferentes mundos musicales y su significado también puede aportar luz al  nuestro propio.

Bien es cierto que la labor de los etnomusicólogos queda un poco apartada en el planeta de la academia y, ciertamente, no es usual para los terrícolas conocer su obra. Por eso, es de admirar el trabajo de Polo Vallejo quien, tras realizar su investigación en la zona, realizó junto a Samaki Wanne Collective el documental Africa the Beat que escoge y muestra los momentos musicales más representativos de la tribu. El documental, altamente recomendable para aquellos a quienes les guste la música, te sumerge en la vida de la comunidad, en ese mundo de ritmos y de bailes contagiando hasta el más pequeño de tus músculos que silentes pero nerviosos te pedirán “¡baila, por favor!”. El film prescinde de la habitual voz en off para que, en sus palabras, no “condicione o invada los sentidos del espectador y deje que sea éste quien experimente sus propias emociones y constate el lugar esencial que ocupa la música en la vida”. Así, con unas pocas frases que articulan las distintas escenas, se suceden músicas y músicas, bailes y bailes, recorriendo todo un ciclo anual para comprender así todas las diferentes manifestaciones musicales que se dan en él. Es curioso cómo una comunidad con una vida tan diametralmente distinta a la nuestra posee una música que es capaz de despertar nuestro cuerpo. Y es quizás aquí cuando podemos hablar del poder universal de la música.

La película ha sido creada por dos músicos, un pintor y  un cineasta, quienes conforman el colectivo Samaki Wanne, y se nota, ya no sólo por la calidad del film, ni por la acertada forma de presentación de las diferentes canciones, sino también por su calidad visual. Fotogramas llenos de color y contraste, la piel negra de los gogos en contraposición al naranja-ocre de la tierra y de las aguas. La vestimenta de colores vivos como verdes, azules o amarillos que contrasta también con los tonos térreos que conforman el paisaje. El documental es así una condensación de la experiencia vivida durante la investigación, ante  la que nosotros, espectadores, nos colocamos sin conocimiento previo, sin prejuicios, sin conocer el lenguaje ni a sus protagonistas: simplemente vivimos la experiencia. Al final casi nos sentimos de la familia gogo, hemos vivido los acontecimientos más importantes del ciclo, nos hemos divertido con la lluvia, hemos escuchado historias, hemos llegado al éxtasis y, de repente, estamos sentados en alguna butaca de algún lugar probablemente lejos de esta gente. Todo es una prueba de que la vida es la vida, y el ser humano es el ser humano y que, por muchas diferencias que haya entre culturas y costumbres, hay algo común a toda la humanidad que late en cada uno de nosotros. Para eso, entre otras cosas, sirven este tipo de trabajos: para evidenciar los puntos en común que tienen los seres humano entre sí, sean de donde sean; para iluminar qué tiene la música que está presente en todas las culturas.

...todos y cada uno de los miembros deben conocer el repertorio y ser capaces de practicarlo, pues la participación pasiva a la que acostumbramos en occidente no existe en la sociedad wagogo, todos, como mínimo, participan dando palmas y acompañando cada canción del repertorio.

El documental consigue, por otra parte, mostrar de manera condensada la hipótesis de la que parte el investigador en su trabajo: “la música gogo se encuentra absolutamente fusionada con la vida y no existe ningún momento de la existencia que no tenga un soporte musical”. Esto es posible gracias a que “la música está íntimamente vinculada a la vida [...] Moderadora de las emociones primarias, no sólo es un medio de comunicación entre los integrantes de la comunidad, sino que sirve de nexo de unión entre lo natural y lo sobrenatural, lo terrenal y lo espiritual, lo material y lo simbólico”.

Pero para entender el papel de la música hay que tener en cuenta el tipo de sociedad en la que se desarrolla para así poder comprender toda la responsabilidad que la práctica musical lleva a su espalda. En una sociedad en la que la música es uno de los principales elementos de entretenimiento, además de uno de los pilares de ciertas prácticas, es fácil comprender que vaya adquiriendo cada vez más utilidades, como son la transmisión de valores, la cohesión del grupo o la transmisión de mensajes importantes. Y es esta quizá una de las cosas que más nos pueden llamar la atención. En una sociedad como la nuestra en la que parece que la música ha perdido protagonismo como medio de transmisión de mensajes en pro de otros soportes, cuya función parece exclusivamente de entretenimiento o estética, puede sorprender el hecho de que en otras sociedades, como la de los wagogo, la música ocupe un lugar tan central. Sin embargo, la mirada detenida y la comparación de esa vida musical y la nuestra puede llevarnos a concluir que hay más puntos en común de lo que parecía en un principio y que, de hecho, nuestra música está preñada de valor social.

Ellos

Los wagogo, pues, son  un grupo étnico numeroso, con cerca de 1.300.000 habitantes y que, como se ha dicho, ocupan parte de la meseta central de Tanzania, alrededor de la ciudad de Dodoma. La sociedad está organizada en clanes y sub-clanes  de descendencia patrilineal a cuya cabeza se encuentra el líder ritual – Mtemi – que desempeña las labores de gobierno junto con  el Mganga. Alrededor de ellos se organiza el resto de la sociedad y se cohesiona gracias a su cultura y costumbres que crean la identidad inequívoca del grupo.

La importancia de la música en esto es crucial. Para ello el aprendizaje de ésta debe ser general: todos y cada uno de los miembros deben conocer el repertorio y ser capaces de practicarlo, pues la participación pasiva a la que acostumbramos en occidente no existe en la sociedad wagogo, todos, como mínimo, participan dando palmas y acompañando cada canción del repertorio. No existe tal cosa como una educación musical reglada, la transmisión siempre se realiza de boca a oído. Los niños, por su parte, comienzan su aprendizaje desde el minuto cero de su existencia. La madre, lejos de dedicarse exclusivamente al cuidado del recién llegado bebé, sigue realizando todas las tareas con él a sus espaldas. Sus quehaceres incluyen el trabajo y la “fiesta”, así que cuando toca cantar y bailar el bebé vive la danza de la madre colgado de ella y, por tanto, escucha cada una de las canciones que se interpretan. La música se convierte así en el latido de lo que será su vida, el beat de sus primeras experiencias. Cuando crecen, siguiendo el natural proceso de imitación, juegan a ser mayores interpretando el repertorio de éstos con el xilófono local y bailando a su son, cada quien puede tomar la parte que quiera y, lo más importante, las piezas son interpretadas según “dictan” las normas del sistema musical, es decir, el proceso de aprendizaje ha dado sus frutos y el repertorio se ha transmitido exitosamente.

Pero el haber musical de los wagogo va más allá del mero entretenimiento – como si este no fuera suficientemente importante – y alberga hasta 18 repertorios distintos, cada uno con su función y su razón de ser, su protocolo de interpretación y su finalidad, su contexto y su forma. El investigador Polo Vallejo clasifica estos repertorios en tres categorías: rituales, no rituales y mixtos que pueden ser utilizados en ambas ocasiones. A los lectores les sorprenderá cómo existe un repertorio concreto para la tarea más insignificante, repertorio que sólo puede ser utilizado para esa tarea y sin el cual la tarea no sería lo mismo.

Canciones para jugar, dormir, cocinar…

La vida cotidiana está inundada de música. Los juegos de los niños utilizan canciones, las madres duermen a sus hijos con éstas y los momentos de tedio se distraen con temas que todos los participantes conocen. Esto nos recuerda inevitablemente a nuestras nanas y al conocido Pase misí, pase misá de cuando éramos pequeños, sin embargo, los wagogos van mucho más allá y el uso de la música traspasa el ámbito infantil al que en occidente estamos más o menos acostumbrados. De hecho, las canciones funcionan como nexo de unión entre los mayores y los pequeños. En las veladas a la luz de la lumbre los mayores cuentan y cantan historias y fábulas, cada una con su enseñanza o reflexión y los pequeños van, así, empapándose de la sabiduría de su pueblo, de su moral y sus códigos.

Pero los adultos también precisan de la música para sus tareas. Las mujeres, por ejemplo, encargadas de la molienda del grano,  la utilizan en la tarea. Pero no lo hacen de una manera distraída, al contrario, el golpe del mortero contra el cuenco es el que marca la pulsación de los temas a cantar. La música es el motor de la actividad, la que pide el siguiente golpe, la que empuja a que la tarea continúe.

Canciones para el porvenir

Por supuesto, la música es esencial para el contacto con el más allá, para controlar las fuerzas sobrenaturales que manejan el futuro del poblado. Se convierte así en un vehículo, en una conexión directa y exclusiva con esas fuerzas y, por tanto, imprescindible para la supervivencia del grupo.

Son numerosos los rituales en los que la música tiene un papel protagonista: bodas, funerales, alabanzas a la fertilidad, incluso para prevenir desgracias futuras; pero es en el rito de iniciación a la vida adulta donde su papel es más sorprendente, también por la importancia del rito para la tribu. Quizá es el momento más importante en la vida de un niño. El rito dura un mes entero durante el cual los cantos de las mujeres no cesarán. Mientras tanto, los iniciados aprenden cómo ser un adulto, interiorizando las normas y deberes que conlleva ser un gogo. Es un acto de responsabilidad y compromiso, los chavales están acatando su cultura, sus códigos morales y se están comprometiendo con su pueblo. Es por eso también un momento de felicidad para el pueblo entero ya que están ganando nuevos adultos implicados en el mantenimiento de la gran familia.

La iniciación se completa con la circuncisión de sus protagonistas, es el momento clave: las mujeres, fuera del espacio donde se va a llevar a cabo la práctica cantan sus tonos paralelos a los que cantan los hombres presentes en la operación. Se produce así una textura musical de densidad tal que actúa de “anestesia” para el iniciado. Una vez concluida la circuncisión el niño pasa a ser adulto y, por ello, el pueblo celebra una nueva adquisición. El momento del ritual es uno de los más tensos del film, recuerdo estar tapándome los ojos para no ver el momento clave del rito. Por supuesto nada de eso fue filmado y, en su lugar, reproducían el sacrificio de la cabra necesario para la ocasión (ahí también tuve que taparme los ojos).

Canciones para la naturaleza

Los wagogo dependen directamente de la naturaleza para su supervivencia ya que la agricultura es su actividad principal. Por supuesto, la música se convierte en la mejor aliada para pedir las buenas cosechas: que no llueve, se canta; que no crece la cosecha, se canta; que llueve, se canta para celebrar y una vez terminado el periodo de cultivos también se canta para agradecer tal dicha.

Existen muchas más manifestaciones musicales en la tribu, aquí sólo hemos explicado algunos ejemplos, pero éstos nos sirven para reflexionar acerca del papel de la música en las sociedades. Cómo el ser humano, se encuentre en las condiciones que se encuentre, necesita música para vivir y cómo nosotros, ciudadanos de la civilización occidental, percibimos dicha actividad. El estudio de la vida sonora de los wagogo, y el de otras culturas en general, nos hace cuestiones sobre la nuestra propia, cuestiones como la educación o la creación musical, se levantan y cuestionan a sí mismas ante la presencia de otra perspectiva, de otra manera de hacer. Trabajos como este demuestran la necesidad de mirar hacia otros lados, con la mirada limpia de prejuicios. En esto la visión de Samaki Wanne Collective se erige como ejemplo, ya que no cae en la condescendencia, en el sentimentalismo barato ni mucho menos en una estúpida superioridad europea. Es por esto por lo que el documental está repleto de emoción, de humanidad, es gracias a esa mirada por la que nos sentimos parte de la familia cuando el film termina, una mirada conocedora y humana. El documental es una simple ventana al corazón de África.

La calidad está además avalada por menciones y premios de distintas organizaciones, como el Fine Arts Award de la XXVII edición del Black International Cinema (Berlín, 2012).

Pueden visitar la página del documental aquí:

 http://www.africathebeat.com

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[1] Toda la información y citas están extraídas de Vallejo, Polo. Patrimonio musical wagogo. Contexto y sistemática.(Madrid, Entimema 2008)

Originalmente publicada en el número 27

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