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Los géneros musicales y el consumo… … o dime qué escuchas y te diré tu target

Imagen de fabian

Existen en el vasto imperio de la comarca musical ciertos hechizos que es mejor no conjurar, pues apenas se mencionan desatan la ira de los pueblos que le pueblan. Ciertas leyendas han quedado grabadas a fuego sobre la conciencia de los melómanos, así como ciertas sustancias no deben mezclarse en su perol de pócimas… o al menos eso es lo que se piensa. Tomemos dos de esos ingredientes: los géneros musicales y el consumo.

Un melómano digno de ser llamado así tendrá su biblioteca de iTunes y sus estantes de discos debidamente ordenados. Y la costumbre nos dicta que lo mejor es ordenarlos por género. El proceso resulta medianamente sencillo: primero se aglomeran por grandes géneros: música popular, rock, jazz, electrónica. En seguida viene un paso un tanto más complejo. Tomemos el jazz por ejemplo. ¿Será mejor clasificarlos según la región, el instrumento, la época o el subgénero o corriente? Digamos que acá las big bands, acá el cool y más acá el free. ¿Dónde colocamos a Miles, dónde a Cannonball Adderley, dónde a Bob James, dónde a Chick Corea?

Lo más probable es que salgamos rápidamente del apuro y los coloquemos alfabéticamente pero jurándonos investigar un poco más para poder ordenarlos todos sin que quepa la menor duda de nuestro conocimiento musical y en un vano intento de emular la clasificación natural de las especies: estos son insectos, sí, pero son artrópodos o arácnidos o coliópteros o quirópteros. Pero incluso esa clasificación tiene sus asegunes.

Cuando llegamos a encontrarnos con materiales inclasificables, tendemos a dudar de nuestro dominio de los lenguajes, más que a dudar de la clasificación misma. De alguna manera hemos heredado esta obsesión de encajonar todo lo que a nuestras manos caiga para no perder el control, condición tremendamente occidental –y que conste que no digo que por eso sea mala o buena- que nos deja ciegos y vulnerables ante la plasticidad del lenguaje musical.

Asumimos los géneros como algo que precede a la música y que es necesario para no perder el rumbo deambulando sus recodos. De la misma forma, cuando el tema del dinero aparece en el horizonte, sacamos la banderita de “el arte no se vende” y namás mentar la palabra consumo nuestra cabeza cae irremediablemente en otros lugares comunes no menos perniciosos y rechazamos al mal lanzando maldiciones: ¡pseudocultura, música plástica, va de retro Satán del mainstream!

Dos lugares comunes: los géneros musicales son el orden del caos musical, el consumo es un cáncer del arte. En el fondo, ambos ocultan el viejo pleito entre alta y baja cultura, arte y artesanía, industria y cultura. Ya en otras ocasiones he tocado el punto y quiero ahora abundar en un aspecto fundamental para comprender un poco sobre nuestra condición de escuchas. Hagamos un poco de teoría.

El consumo: no confundir gimnasia con magnesia

El concepto moderno de consumo finca sus bases ya no en su condición antropológica y/o biológica que nos lo indica como un proceso por el cual un ser vivo, o un ser humano, toma del medio un insumo necesario para la vida, lo procesa y desecha aquello que no le sirve, sino como un microproceso que forma parte de una dinámica particular que sostiene a la sociedad, la dinámica económica. En este contexto, consumo se entiende como la última actividad del proceso productivo y gracias a la cual un producto se realiza en el mercado. Dicho en cristiano: la compra de un bien o la contratación de un servicio.

Conforme el sistema capitalista se fue consolidando y el grueso del consumo giraba en torno a satisfactores primarios –comida, vestido, salud- todo parecía lógico y sin demasiadas lagunas. Pero el asunto se vuelve complejo cuando lo que se va a consumir no es un satisfactor primordial. ¿Cuánto vale una canción, cuánto un buen cuento? Los románticos dirán que es invaluable y no les falta razón, pero lo cierto es que para que podamos escuchar esa canción se requirió trabajo, y ese trabajo tiene un costo.

Entre los dimes y diretes de la cultura venida a menos por culpa del maldito dinero, varias ideas han sobrevivido sin que se les cuestione demasiado. Algunas de ellas son las que Theodor Adorno y Max Horkheimer lanzaron a manera de manifiesto desde la Escuela de Frankfurt. Para ellos, la cultura entró en decadencia cuando pervirtió sus aspiraciones espirituales y se integró al cochino mundo del cochino dinero.

Entendido en su contexto, el planteamiento crítico frankfurtiano no es solo comprensible sino tremendamente válido. Sin embargo, la sociedad, el propio sistema y las resistencias a él, han dado saltos no menospreciables a lo largo de 70 años. Dos saltos son de vital importancia en los últimos tiempos: el análisis económico de la cultura por parte de autores como Ramón Zallo y la reelaboración del concepto de consumo cultural de García Canclini.

Para el uno, la cultura, o más propiamente dicho, las industrias culturales, deben considerarse como un ramo especial de la producción en virtud de que su proceso es diferente al cultivo de tomates o el ensamblaje de automóviles. La principal diferencia radica en que la producción cultural requiere necesariamente el proceso creativo. Otra diferencia fundamental es que la evaluación de la calidad siempre es subjetiva, lo que convierte a la demanda en un campo inestable e inasible. Por eso, las empresas que se dedican a la cultura son consideradas de altísimo riesgo.

Para el otro, el consumo cultural no se limita a un trámite en el que intercambiamos marmaja por cachivaches, sino que implica al menos seis aspectos que van de la decisión individual a la interacción colectiva, y gracias a los cuales el consumo cultural se entiende como:

·       El lugar de reproducción de la fuerza de trabajo y de expansión del capital

·       El lugar donde las clases y grupos compiten por la apropiación del producto social

·       El lugar de diferenciación social y distinción simbólica de los grupos

·       Un sistema de integración y comunicación

·       Un escenario de objetivación de los deseos

·       Un proceso ritual

A la luz de estas posibilidades, el discurso del “pernicioso” consumo pierde fuerza y nos obliga a considerarlo como un proceso polidimensional en el que consciente o inconscientemente valoramos cada una de ellas al realizar una compra, al consumir un producto. Un acto aparentemente sencillo como el de comprar se convierte entonces en un proceso donde la voluntad entra en juego con nuestro papel como miembros de una sociedad específica y con una forma particular de concebirnos actuando ese papel. Pero no adelantemos conclusiones y vertamos en el caldero el otro ingrediente, esperando que no explote.

Los géneros musicales: etiquetas o lenguajes

Grosso modo: R.A.E. mediante entendemos por género: 1) Conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes; 2) Clase o tipo a que pertenecen personas o cosas, 5) En las artes, cada una de las distintas categorías o clases en que se pueden ordenar las obras según rasgos comunes de forma y de contenido.

Con las primeras dos, nuestra primaria noción de género va confirmándose: una herramienta cognitiva que nos sirve para ordenar, conocer, y en su caso controlar ese conocimiento. El problema llega cuando trasladamos el concepto al arte, pues otros dos hacen aparición: forma y contenido, sustancia y esencia. Planteada de tal modo, pareciera una herramienta bastante útil, la problemática es que para establecer esos “rasgos comunes” los criterios no son siempre claros. ¿Qué lleva más peso para la clasificación, la forma o el contenido, qué tan comunes deben ser los rasgos para crear un género o en todo caso, qué es un rasgo?

Desde la musicología, las preguntas tienen mil respuestas posibles pero ninguna unívoca. Desde el análisis sociológico, el asunto se complica, pues implica diferentes formaciones culturales. Desde un punto de vista comunicacional la complejidad aumenta, pues no solo habremos de tomar en cuenta al discurso y su creador, sino también a quien lo escucha. Quizá por la amplitud de respuestas, y en el caso de la música, el concepto que impera es el de la mercadología que si bien es funcional para los fines que persigue simplifica de más: el género funciona como una etiqueta.

Pensemos en la lógica del mercadeo desde nuestra humilde posición de escuchas: al recibir comentarios de una nueva banda, preguntaremos ipso facto qué tocan. Situación que se replica cuando andamos de búsqueda en alguna tienda o cuando alguien nos pregunta, en ánimo de establecer conversación qué música nos gusta. Recurrimos a las etiquetas para poner en común ciertas nociones generales. Es decir, si yo soy un escucha de reggae y una popera me pregunta qué escuchó no le diré dancehall o roots, sino simplemente reggae.

Este sutil pero muy enraizado proceso implica otro más profundo: cuando usamos una etiqueta para describir algo que nos atañe, también nos etiquetamos. De alguna macabra manera, los géneros musicales pasaron de ser herramientas de análisis, formas de apropiarse del conocimiento, a ser maneras de manifestar nuestras orientaciones culturales y pertenencias a grupos bastante ambiguos de diferenciación simbólica.  Soy lo que escucho y escucho lo que compro, pareciera ser la fórmula.

Dos caras tiene esta moneda: por el lado de la simplicidad comunicativa, pareciera un elemento positivo, una forma amable de poner en contacto los entreverados procesos de identificación que nos han llevado a escuchar una u otra forma musical. Por el lado del arte, la influencia de esta fórmula resulta dañina pues esa simplicidad coloca en un mismo costal manifestaciones artísticas disímiles, empobreciendo nuestro lenguaje, conocimiento y relación con la música.

En un ensayo digno de aplauso, Keith Negus examina a detalle esta fórmula que no es otra cosa que lo que él llama una “estrategia de las multinacionales”. Las empresas gigantes son torpes para seguir el ritmo de la innovación musical, toda vez que esta implica transformaciones culturales, orientaciones estéticas y contextos de creación muy específicos. Sin embargo, cuando una de esas innovaciones gana popularidad, pueden suceder dos cosas: a) ese nuevo discurso es de inmediato catalogado como parte de un discurso ya existente pero con ligeras variaciones (nuevo flamenco, happy punk, nu metal), o b) se crea una nueva etiqueta lo suficientemente poderosa para posicionarse como marca (grunge, world music, new age).

Aunque en cierta medida Negus critica esta fácil salida, su perspectiva no es necesariamente satanizadora. Lo cierto es que la relación entre industria y arte, entre economía y cultura, es bilateral, es decir, cambios en una afectan a la otra. De tal suerte, si la cultura ha generado una industria a lo largo de más de cien años, también la industria ha generado una cultura particular de mayor alcance que la visión académica del género.

Para los mortales escuchas que poco sabemos de armonías, ritmos, estilos, escalas y demás elementos musicales, pero que mucho conocemos de artistas, álbumes, canciones y festivales, el término género, en su acepción de etiqueta y no de lenguaje, sirve como guía para navegar los inmensos mares de la diversidad musical. El trasfondo de esta situación es que tendemos a negar el género en su carácter académico por falta de formación e información, cuando debiéramos tener en cuenta que ambos conceptos son válidos y útiles no solo para el estudioso de la música sino para el consumidor de a pie.

Una mezcla peligrosa, ¿qué clase de consumidores somos?

Si tomamos cada cual por su parte, podemos generarnos una idea bastante aceptable de lo que son los géneros musicales y el consumo, pero al ponerlos en comunión más de una susceptibilidad resultará herida. Atengámonos a las consecuencias de nuestras palabras: si por consumo entendemos un proceso de apropiación física y simbólica donde entra en juego nuestra voluntad como miembros de una sociedad y como valoradores de nuestro trabajo y del ajeno (es nuestro dinero con el que compramos el trabajo de otros) y por género entendemos una herramienta cognitiva pero también una comunicativa en la que demostramos nuestra orientación cultural, tenemos, al menos, cuatro formas mal habidas de consumidor:

1.     El elitista. Valora el consumo como acto de apropiación simbólica y el género como lenguaje. El clásico clavado que antes de comprar nada tiene que escucharlo y evaluar su calidad y aporte. Acepta cualquier manifestación musical pero sus gustos son caprichosos y compra todo aquello con vistas de ininteligible. No baila porque la música es para escucharse y critica la programación de todas las estaciones de radio.

2.     El camaleónico. Valora el consumo como acto de apropiación simbólica y el género como etiqueta. A este tipo de consumidor le viene guanga la complejidad del lenguaje y la innovación. Lo mismo se le puede ver escuchando tangos que a Mahler o haciendo headbanging con Nirvana. Acepta como música cualquier género pero difícilmente se asume como miembro de una comunidad específica.

3.     El compulsivo. Valora el consumo como apropiación física y el género como lenguaje. Es el típico comprador compulsivo que escucha los discos que compra una o dos veces. Los disfruta y los comprende, pero no crea lazos de identidad con los lenguajes, toda vez que solo representan para él productos. Eso sí, nunca te prestará un disco porque los atesora.

4.     El groupie. Valora el consumo como apropiación física y el género como etiqueta. Esta es quizá la forma más perniciosa de consumidor y también la más común. Es el clásico consumidor que sigue las modas y compra cualquier ritmo pegajoso y “de éxito”. Su consumo y comprensión de la música es superficial y efímero. Compra discos enteros para escuchar solo los singles. Sin embargo, de los cuatro es el único que crea un vínculo fuerte con las canciones, aunque este es demasiado breve. Al escuchar de nuevo esa canción que “tanto le llegó” cuando fue un éxito, probablemente diga que eso “ya fue”.

Podrá pensarse que la tipificación es burda y un tanto exagerada porque de hecho lo es. La expreso así para invitar a un consumo mucho más consciente que ponga en la balanza las sutilezas implícitas que conlleva consumir música. En la muy humilde opinión de este melómano, cada vez que vayamos a comprar música debemos considerar:

a)    Que la música no se reduce a un entretenimiento, sino que es un lenguaje y como tal, vehículo de ideas, culturas y sentimientos.

b)    Que nuestros gustos musicales están determinados por nuestro poco o mucho conocimiento del amplio abanico de lenguajes y que la única manera de ampliar ese conocimiento es la apertura y la crítica.

c)    Que el consumo de cierta música nos sirve para relacionarnos con cierta gente e incluso a formar parte de grupos que comparten identidad y visiones del mundo.

d)    Que el dinero con el que compramos es producto de nuestro trabajo y a su vez recompensará el trabajo de los artistas y todos los involucrados en la industria musical.

e)    Que ese trabajo con el que recompensamos y nos recompensamos merece calidad y compromiso y

f)     Que consumir según parámetros ajenos a nuestra voluntad, llámense modas, no es otra cosa que malgastar nuestro trabajo y reproducir los ciclos de la calidad mediocre y el empobrecimiento de la cultura.

Con todo esto no quiero decir que consumir la música de un “artista del momento” o por el contrario denostar su trabajo y adquirir discos clavados sea fatídico. Lo que es nefasto para la cultura, la música, los artistas, nuestra economía y nuestra formación personal es un consumo dictado por la cerrazón. Ya sea por moda o por elitismo, un consumo que subvalora la condición de la música como arte y como negocio, como cultura y como economía y en última instancia como visión del mundo y como forma de vida, no hace sino desaprovechar todas las bendiciones que rodean a la música. ¿Qué clase de consumidor musical quieres ser?

Existen en el vasto imperio de la comarca musical ciertos hechizos que es mejor no conjurar, pues apenas se mencionan desatan la ira de los pueblos que le pueblan." data-share-imageurl="">

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