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La Charanga Vallenata, de Roberto Torres

Imagen de fabian

Para muchos, el nombre de Roberto Torres no dice demasiado. Quizá se le recuerde, de llana manera, por ser el intérprete de la versión más famosa de “Caballo Viejo”, canción originalmente compuesta por el venezolano Simón Díaz. Resulta curioso que uno de los músicos más importantes de Cuba haya sido olvidado tan fácilmente, mucho más en tiempos donde lo viejo y lo oriundo han cobrado tanta fuerza. Hagámosle un poco de justicia.

Para quienes desconozcan quién es Roberto Torres, les contamos que es un músico cubano nacido en Güines en 1940, y exiliado en Nueva York desde 1959, año en que Fidel Castro llegó al poder. Cuando decidió marcharse de Cuba apenas había iniciado su carrera musical como cantante en la orquesta Swing Casino, misma que continuaría en la floreciente escena latina de la gran manzana con La Sonora Matancera y diversas orquestas más hasta 1973, año en que inició su carrera como solista.

 

¿Por qué recuperar la carrera de Roberto Torres? Pues nada más y nada menos porque fue uno de los pilares más importantes para la difusión de la música cubana en el mundo. Cuando en 1959 Torres decidió radicarse en Nueva York, no sólo se desarrolló como cantante, sino que actuó como un inquieto gestor cultural que llegó a involucrarse con casi todas las asociaciones y colectivos de músicos cubanos exiliados. Durante los primeros catorce años de su estadía en Estados Unidos formó parte de importantes agrupaciones musicales y creó vínculos con prácticamente todas las figuras “prometedoras” de la escena latina.

 

El debut de Roberto Torres como solista llegó en 1973, con el lanzamiento de su álbum El Castigador, al que le seguiría un dueto con la leyenda Alfredo “Chocolate” Armenteros titulado Roberto Torres y Chocolate juntos. Por aquel e

ntonces, la música de Torres giraba en torno al son montuno y sus derivaciones, estilo que daría pie al nacimiento de la salsa brava popularizada por los músicos predominantemente puertorriqueños de Fania Records. Aquel era un son que poco tenía que ver con la acentuada síncopa de la salsa y cuya raíz nunca perdió su aire matancero y oriental, es decir, tremendamente cubano.

 

Quizá por esa razón Roberto Torres se desmarcó rápidamente de aquella corriente y se dedicó a investigar, componer e interpretar música que respetara la raíz afro-cubana, aunque ocasionalmente también incursionada en el estilo que Rubén Blades, Celia Cruz y Héctor Lavoe hicieron tan popular. Las intenciones de Roberto Torres fueron tan auténticas que en 1979 fundó su propio sello discográfico, SAR Records, cuyo nombre deriva de las iniciales de sus fundadores: Sergio Bofill, Adriano García y Roberto Torres. En los primeros tres años de operación de SAR Records, Roberto Torres produjo cerca de cincuenta álbumes arropando a los mejores exponentes de la música cubana: Papaíto, Linda Leida, La India de Oriente, la Charanga Casino, la Charanga de la 4, Alfredo Valdés y Alfredo Valdés Jr., Alfredo de la Fe, Fernando Lavoy, “Chocolate” Armenteros y el propio Roberto Torres. Con una agenda saturada de trabajo y un infinito placer, Torres dejó un legado que a la fecha es reconocido por los especialistas de la música cubana como uno de los más completos y profundos.

 

Pero el asunto no queda ahí, pues Roberto Torres no sólo grabó a las mejores promesas de la música cubana, sino que una buena parte de su extensa discografía –grabó cerca de 70 discos como cantante- la dedicó a rendir homenaje a los músicos legendarios de la isla: Beny Moré, Guillermo Portabales y el Trío Matamoros son algunos de ellos.

 

¿Quieren un poco más? Pues bien, en 1980 y luego de pasar horas, días y años estudiando la música cubana y su devenir por el mundo, una magnífica idea surgió en la cabeza de Roberto Torres, pues sus pesquisas sobre la música afro-antillana lo llevaron irremediablemente a Colombia, donde descubrió un estilo poco conocido en el mundo: el vallenato. La idea de Roberto: mezclarlo con la charanga cubana. De aquella idea nacieron tres álbumes: La Charanga Vallenata, de 1980, Roberto Torres y su charanga vallenta vol. 2, de 1986 y Roberto Torres y su charanga vallenta vol. III, de 1991, cuyo sonido es único y precioso.

 

La genialidad de Roberto Torres consistió en emparentar dos ritmos que aunque tenían un origen común, la modificación de los ritmos e instrumentos europeos, no tenían el gusto de conocerse. Por un lado la charanga cubana, por el otro, el vallenato. Hagamos un poquito de historia nada más que para abrirles el apetito musical.

 

Aunque hoy el término charanga se asocia inmediatamente a la música cubana, en realidad tiene su origen en las agrupaciones fiesteras de España y Francia. Ambas fueron muy populares durante el siglo XIX y se les contrataba para interpretar valses y contradanzas en las reuniones. Tenían una diferencia: mientras que las charangas españolas estaban integradas casi en su totalidad por instrumentos de viento (trombón, corneta, figle y clarín), en las francesas predominaban los instrumentos de cuerda (violines y contrabajo) y la flauta. Las charangas españolas llegaron a La Habana por obvias razones, las francesas llegaron vía Haití.

 

Poco a poco, las formaciones originales de las charangas fueron mezclándose gracias a músicos cubanos como Miguel Faílde y Antonio María Romeu, quienes popularizaron una nueva forma de contradanza: el danzón. Desde entonces, la formación de las charangas ha cambiado poco e incluye flauta, violín, clarinete, timbales, contrabajo, güiro y, en algunos casos, piano, arpa y/o trombones. Con una formación de tal naturaleza, las opciones son infinitamente ricas. Y si el danzón fue uno de los puntos de arranque de la charanga, el chachachá sería su estilo predilecto.

 

Mientras aquello ocurría en Cuba, no muy lejos de ahí, en la capital del departamento del Cesar en Colombia, oficialmente llamada Ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar y mejor conocida como Valledupar, nacía un ritmo singular que se interpretaba con los acordeones traídos de contrabando por los inmigrantes alemanes, al que acompañaban la caja, un instrumento de percusión de origen africano, y la guacharaca, un instrumento de fricción que emite un sonido similar al del ave del mismo nombre. El ritmo: el vallenato.

 

Tan añejo como el son, o quizá más, el vallenato floreció en la región septentrional de Colombia sin llamar la atención del resto del mundo hasta convertirse en una gran familia de estilos o “aires” que incluye al son colombiano, la puya, el paseo, el merengue y la tambora. Su importancia fue tal que la cumbia, originalmente interpretada con tambores y gaitas, incorporó el uso del acordeón gracias al vallenato.

 

Por supuesto, Roberto Torres conocía a conciencia los ritmos que podían interpretarse con una charanga e incluso había formado varías agrupaciones de esta naturaleza, como La Charanga Casino y La Charanga de la 4, pero cuando descubrió el vallenato, no pudo resistir la tentación de emparentar al acordeón con la flauta y el violín. Así nació el primer álbum de su trilogía, La Charanga Vallenata, disco que ahora mismo vamos a desmenuzar.

 

Comencemos con lo más evidente de todo disco: su portada. Vista con ojos de hoy, la portada no dice demasiado: el dibujo de unos hombres evidentemente colombianos a juzgar por la vestimenta y el tradicional sombrero de vuelta, resalta el papel del acordeón y del güiro. Al pie de estos, un par de papagayos tropicalizan un poco más el entorno, detrás de ellos, parejas bailando. Todo muy natural y hasta un poquito cliché si se quiere. Pero pensemos con la mirada de otros tiempos: ver a un artista cubano rindiendo un homenaje tan declarado a la cultura colombiana es cosa poco vista, pues bien sabido es que ambas regiones se precian demasiado de sus aportes a la música popular.

 

Con esa bienvenida gráfica, uno se va ya imaginando de qué va el álbum, pero a medida que se despliegan ante nuestros oídos los escasos seis temas del disco, el corazón queda completamente enamorado. El primer tema es “El cantor de Fonseca”, tema original de Carlos Huertas, un compositor que no era de Valledupar, como dice la canción, sino de un pueblo del departamento de La Guajira: Fonseca. Con arreglos de chachachá, este paseo no sólo relata la historia del cantor, sino que hace un breve y conciso resumen de la historia del vallenato, con nombres y apellidos. Mientras la canción avanza el aporte cubano no figura demasiado, pero hacia mitad de la canción se suelta el “diablo”, que es como los charangueros llaman al espacio dedicado a la improvisación. Del violín a la flauta y de regreso al acordeón, este tema basta para romperle la cabeza a cualquier purista de los géneros.

 

Luego de esta excelente presentación llega “Río crecido”, original del compositor Julio Fontalvo. Esta pieza es, al mismo tiempo, una deliciosa metáfora del amor y una oda a la imponente fortaleza del agua que arranca piedras lo mismo que el amor arranca suspiros. El acordeón nos lleva de la mano y nos entrega sin piedad a un aguacero de trompetas aderezado con motivos de flauta que más que escampar nos empapan de vida.

 

Y ya entrados en ánimos viene “Berta Caldera”, uno de los vallenatos más queridos por los colombianos, compuesto por Bienvenido Martínez Gómez, quien falleciera en 2010. Dato curioso sobre el tema: el primo de Bienvenido, Luis Enrique Martínez lo registró como propio en los años 60, cuando el tema se tocaba mucho en Fonseca, y le agregó la estrofa: “el paseo de Berta Caldera, que me lo quieren robar;  que me lo toque el que quiera, pa’ver si lo toca igual”, pues algunos cantantes de Fonseca, aprovechando la mención del pueblo en la canción, pretendían adjudicárselo. Musicalmente hablando, la versión de Roberto Torres lleva este vallenato a los terrenos cubanos, pues la sección de metales y la flauta cobran especial importancia, eso sí, sin opacar nunca al acordeón.

 

La energía no se reduce y después de la historia de desamor contenida en “Berta Caldera”, “La parranda es pa’amanecer” nos viste enteramente de fiesta. Y cómo no hacerlo si Rafael Orozco, el compositor de esta canción, comenzó su carrera con Israel Romero en el Binomio de Oro de América precisamente en una fiesta. Cubanizado hasta la médula, este tema es un homenaje a los parranderos, esos que saben que toda fiesta acaba con el amanecer. El tema más poderoso del disco y donde los instrumentos se lucen sin temor en su respectivo “diablo”.

 

Luego de esta oda a la fiesta, viene “La Negra”, de Alberto Murgas, un personaje singular que vivió toda su infancia rodeado de música y que regresó a ella luego de estudiar Finanzas Internacionales. La canción está dedicada a Isabel Cristina Saurith, una compañera de clases de “Beto” Murgas que le hizo sufrir con sus celos durante la adolescencia. La versión de Roberto Torres, deliciosamente llevada al montuno, permite al acordeón regodearse en los recodos de un guaguancó romántico que cualquier negrita, por más pantera rabiosa que fuera, quisiera que le dedicaran.

 

El disco cierra con “Clavelito”, de Armando Zabaleta, una canción que retrata con melancólica alegría las súplicas del enamorado hacia esa mujer que lo está dejando. Adolorido y triste, el abandonado no tendrá más remedio que entregarse al alcohol y morirse del “guayabo”, cruda, resaca, descompensación electrolítica postetílica o como quiera llamársele. A ritmo de dulce chachachá, este paseo pone fin a un disco injustamente ignorado, pues quedó opacado por su sucesor, álbum en el que se incluyó la versión de “Caballo viejo” que hizo tan famoso a Roberto Torres.

 

Sin lugar a dudas, La Charanga Vallenata es uno de esos discos que no pueden faltar en la colección de cualquier melómano. Expliquemos por qué: en primer lugar, porque es uno de los discos de fusión más logrados de la música latina. La genialidad de Roberto Torres y Alfredo Valdés, quien fungió como arreglista, no sólo puso en contacto a dos ritmos de larga tradición, sino que los hizo conversar para crear un sonido nuevo y único. En segundo lugar, ya lo mencionábamos antes, porque es muy raro encontrar un disco donde músicos cubanos se tiren de cabeza en la música colombiana y salgan enriquecidos. En tercer lugar, porque su grabación y comercialización permitió al vallenato salir de su encierro en Colombia y extenderse por el mundo. Una razón más: además de un disco delicioso que se deja escuchar de principio a fin, La Charanga Vallenata es un valioso documento que rescata la labor de compositores colombianos que, fuera de su país, son apenas reconocidos o completamente ignorados.

 

Dentro de las extrañas injusticias que suceden en el mundo de la música, y que no se pueden achacar a nadie, el olvido en que ha caído el trabajo de Roberto Torres llama poderosamente la atención, pues es una de las grandes instituciones de la música latina. Sirva este texto para hacerle un poco de justicia.

Para quienes desconozcan quién es Roberto Torres, les contamos que es un músico cubano nacido en Güines en 1940, y exiliado en Nueva York desde 1959, año en que Fidel Castro llegó al poder." data-share-imageurl="">

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