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La calle y la música

Imagen de fabian

Quizá la culpa sea del cine o de los videoclips. Quizá los lugares comunes que nos contamos sobre la música sean menos comunes de lo que pensamos. Quizá no todo músico callejero sea un romántico fiel a la música o un olvidado de la mano de la fortuna. A veces no puedo evitar pensarlos así, como en el video de Zaz cantando en Monmartre o como Playing for change interpretando “Stand by me” en muchas calles del mundo.

Pero sucede que a veces la vida nos da sorpresas, sorpresas nos da la vida. Les cuento: hace unos cuantos fines de semana me fui de vacaciones al pueblo de Tepoztlán, en el Estado de Morelos, México. Debido a su cercanía con el Distrito Federal y a sus bellezas naturales e históricas, este pueblo ha adquirido un aura bastante singular: extranjeros de todo el mundo lo visitan, considerándolo un lugar espiritual; sus locales ofrecen alineación de chacras, masajes holísticos, purificación en temazcales y otras prácticas new age que un servidor no acaba de entender; en su mercado pululan artesanías traídas de todos los rincones de México pero con el sello Made in China.

Estando allá, cuatro escenas musicales llamaron poderosamente mi atención y me hicieron pensar en la curiosa relación que entre calle y música se despliega. Escenas que les comparto ahora para reflexionar un poco acerca de la condición callejera de la música.

Banda y mariachi, en el nombre sea de Dios

A pesar del invierno y los frentes fríos, el sol brilla en lo alto de Tepoztlán. Raya el mediodía y las bellezas que el turismo nos trae pasean sobre la empedrada Avenida del Tepozteco, mostrando sin pudor sus muslos y escotes paliduchos. En sus ojos verdes y azules y mieles y negros el reflejo de un cerro se dibuja imponente. La calle está a reventar de puestos y se mancha cada tanto con el sudor que escurre de las frentes ajenas y también de las propias.

A mitad de la Avenida se encuentra la iglesia de La Santísima, unas cuadras más adelante, en el extremo sur de esa vialidad, está la parroquia de San Miguel. A través de este eje circulan taxis, autos particulares y alguno que otro transporte colectivo. El encanto de pueblo se rompe con los sonoros bocinazos que algún neurótico lanza maldiciendo el pesado tránsito. No es común encontrar un embotellamiento en este pacífico rincón del mundo pero este es un día especial: 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria.

Los festejos no son tan espectaculares como la Guelaguetza del estado de Oaxaca o la representación del Vía Crucis en Iztapalapa, Distrito Federal; de hecho a los turistas y curiosos les causan más enfados que admiración: además de entorpecer el tránsito, son sobresaltados a cada momento por el estruendo de los cuetes y tienen que prestar suma atención, pues de casas y comercios salen hombres y mujeres cargando a su niño Dios de yeso, muy bien vestido y acudiendo a misa para honrar a una de las tantas advocaciones marianas.

En procesión a La Santísima, unas treinta personas avanzan sobre la Avenida: en la retaguardia los cueteros, los niños curiosos que quieren aprender a lanzar cuetes y las personas de la tercera edad. A mitad del contingente, las familias lucen los vestidos de sus niños Dios. En la vanguardia, una banda típica de pueblo: trompeta, trombón y tambora marcan el paso y anuncian la llegada de los pequeños redentores a casa de su Madre, mientras empapados de sudor e intentando tolerar tan vernácula y engorrosa celebración, los automovilistas tamborilean los dedos sobre el volante.

Al otro lado de la Avenida, la autoridad ha puesto de su parte y desvía a los autos para dar paso a otra pequeña peregrinación. Al frente de esta van los niños Dios luciendo sus ropajes, los familiares detrás y cerrando la marcha un mariachi de impecable traje negro anuncia con violines, trompetas y guitarrones el arribo a la parroquia de San Miguel. Amos y señores de la calle, orgullosos de su fe y agradando al Señor con su música, los oriundos se disponen a escuchar misa y degustar tamales y atolito caliente a pesar del infame calor que les llena de perlas la frente.

Su diversidad musical es uno de los tantos atractivos turísticos que México se empeña en vocear a los cuatro vientos. Marichis, norteñas, sones y demás familias musicales son motivo de festivales internacionales, congresos y recopilaciones que muy bien se venden a los viajeros. Pero una cosa es acudir a un concierto, plácidamente sentado en un cómodo auditorio y otra muy distinta tener que soportar las desafinaciones de mariachis y bandas improvisadas… o al menos eso piensan muchos visitantes.

Lo cierto es que en el mosaico de manifestaciones que unen música y calle, las peregrinaciones son una de las más recurrentes. No se trata de una fiesta, en el sentido más desaliñado de la palabra: no hay bailes ni bebidas alcohólicas, no hay desenfreno ni luces, sólo gente que camina y canta, que convive unida por su fe y sus tradiciones. No se trata aquí de mostrar “lo mejor” de nuestra cultura para dejar boquiabiertos a los fuereños, sino de agradar a Dios.

En el vértice que une música y fe como parte de la identidad, la calle toma un papel preponderante, cuantimás cuando las calles se han engalanado para otros que no son quienes las habitan. Pensemos, por ejemplo, en nuestra casa cuando será sede de alguna fiesta: cambiamos los muebles de lugar, seleccionamos la música adecuada para consentir a nuestros invitados y acabamos por convertirla en un lugar extraño a su cotidianidad. Al otro día, mientras limpiamos el desorden, las bocinas arrojarán otra música y todo volverá a su orden habitual. Ahora imaginemos un estado perene de fiesta en nuestra casa: será todo menos nuestra.

Encantador resulta ver que la gente y los músicos tomen sus calles para celebrar con sus vecinos, al ritmo de su música, las minucias de su fe. A pesar del tránsito, del corredero de niños en las aceras, de las señoras que se abren paso a codazos para proteger a su niño Dios y de todos los enfados que pueden causar a los viajeros de paso –particularmente yo detesto los cuetes-, visiones como esta me recuerdan que la música y las calles son algo más acá que un show o un artilugio turístico: una forma de apropiación simbólica de lo terreno y lo ultraterreno, la construcción de algo a lo que llamar nuestro.

Leo Dan y “Las bicicletas”, música de fondo para comer “garnachas”

Son las 16:40 horas y muero de hambre. El autobús que me llevará de regreso al Distrito Federal sale a las 17:20 y para llegar a la terminal tengo que caminar unos veinte minutos. Asumo que dándome prisa, alcanzaré a pedir “para llevar” un par de quesadillas y un itacate. No hay tiempo para comprar souvenirs ni tampoco dinero. Cuanto lo siento, madre. Entro al mercado y busco un local medianamente vacío para pedir mi alimento. Ahí hay uno sospechosamente vacío, no debe ser muy bueno lo que venden. El resto está abarrotado.

No me gusta comer en los camiones, mucho menos cuando es algo tan oloroso como una garnacha: a algunos les da asco y no perdonan la mácula aromática introducida de contrabando al pulcro ambiente de un autobús foráneo, a otros les ruge la tripa y no dejan de mirar con envidia lo que vamos a comer. En fin, pienso que si tomo un taxi en lugar de caminar y que si la señora del lugar se apresura a preparar mi pedido, podré comerlo aquí. Me relajo y pido además una cerveza.

Mientras espero que las viandas lleguen a mi mesa sobre reutilizados platos de plástico, mis oídos captan una melodía que me resulta familiar: “Las bicicletas”, de Silvestre Vargas. Una canción pensada para mariachi, pero ahora interpretada por una sola guitarrista de unos cincuenta años quien además canta y sonríe. Mi vecina de mesa, tararea la canción e instruye a su hijo: es “Las bicicletas”. Luego “La Bikina” y al terminar la cantaleta eterna de este otro tipo de músico callejero: “ahí lo que gusten cooperar para la música”, y se aproxima para recibir unas cuantas monedas.

Aún tengo el eco de “La Bikina” cuando una voz rasposa de hombre irrumpe en el ambiente, cantando “¿Qué tiene la niña?” del mismísimo Leo Dan. La vecina tararea de nuevo. Yo miro alternadamente al reloj y a la señora detrás del comal, como queriendo apresurarla. 17:03. Perderé el autobús. Pido otra cerveza y la vecina le pide al músico una de José Feliciano, “Camino verde”. La canta. A punto está de irse cuando la vecina ataca de nuevo: una de José Luis Perales. El músico voltea y hace una seña a otro músico. Me levanto de la mesa y alcanzo a entender la lógica del mercado.

Resulta que esta parte del mercado, enteramente dedicada a la comida, tiene sus propias reglas de operación musical: sobre la cuadrícula formada por los locales y puestos, más o menos una docena de músicos –algunos con guitarra y armónica, otros con zampoñas y quenas, otros sólo con guitarra- se reparte en los ángulos donde convergen cuatro locales, toca dos o tres temas, pide la cooperación del público-comensal y deja su lugar a otro músico para hacer lo propio. Al parecer giran hacia la derecha para cubrir cada puesto y reiniciar el ciclo con nuevos comensales.

“Por música no paramos”, me dice la vecina cuando llegan mis quesadillas. Es tarde ya. Quizá seamos la última ronda de hambrientos viajeros y por eso este Leo Dan tepozteco, con su trajecito charoleado y tan flaco como Lara, se da el gusto de darle gusto a mi vecina de mesa. Yo me pido una cerveza más y escucho una de Piero, otra del Puma y una de Sandro. Cuando acaba de complacer a la vecina, el músico pide la consabida coperacha, esperando una retribución si no cuantiosa, por lo menos un tanto más nutrida que en otros locales. La vecina, muy amable, le da diez pesos.

¿Cuánto vale la música que escuchamos en la calle? Muchos conocen la anécdota de Joshua Bell y su actuación en el metro de Washington: días después de un concierto cuya entrada costó arriba de los cien dólares, el excepcional violinista y su Stradivarius de 3.5 millones de dólares se instalaron en la estación de L’Enfant para realizar un experimento organizado por The Washington Post. La idea era demostrar que el ensimismamiento provocado por las grandes urbes no nos permite apreciar la belleza. Bell tocó durante cerca de 45 minutos, reunió 32 dólares y de las más de mil personas que pasaron frente a él, sólo un puñado se detuvo a escucharlo y sólo una lo reconoció.

Al margen de las sobadas lecturas sobre la urbe y la desensibilización, la anécdota de Bell y la del Leo Dan de pueblo tienen algo en común en cuanto a música y calle se refiere: la gente puede amar o ignorar la música, pero regularmente subvalora el trabajo del músico que se gana el pan tocando en las calles. Sin importar el género, la calidad de la interpretación, lo nutrido del repertorio o el lugar en donde se encuentren, los músicos callejeros y más aún los músicos callejeros que interpretan música popular, son vistos como pordioseros, como gente sin oficio que mendiga algo para comer cuando, en realidad, tienen tanta o más calidad artística de los que algunas estrellas tienen. Música y calle, en este caso, resultan una combinación agradable para los comensales, pero una triste realidad económica para los músicos que ejercen la noble labor de hacernos pasar un buen rato.

Sinfonías pioneras en el viejo mundo

El sábado después de instalarme en un hostal bastante barato, salí a caminar por el centro de Tepoztlán. El calor me llevó a buscar algo de beber y para mi asombro pude comprar un bloody mary en un puesto del mercado de artesanías. Con mi trago en las manos me fui derechito a una banca de la plaza principal y al pie del kiosco pude ver a varios niños afinando sus instrumentos de viento: tubas, fagots, clarinetes, oboes, trombones, trompetas y saxofones. En total 65 niños y jóvenes, miembros de la Banda Sinfónica Infantil y Juvenil de Tepoztlán se preparaban para ofrecer un concierto al aire libre.

El público, integrado en su mayoría por los padres de los músicos y los curiosos que nos aproximamos, quedó un tanto sorprendido al llegar el director de la banda: un joven delgado de unos veinte años que intentaba combatir el pánico escénico de los más pequeños… y también el propio. El concierto fue breve, apenas cinco temas -“La Bamba”, “Cielito Lindo”, el “Himno a la alegría” de la 9ª de Beethoven y los temas principales de las películas Star Wars y Pirates of the Caribbean-, pero la reacción del público fue singular. A la voz de “otra, otra”, la responsable del evento confesó que no había nada más preparado y que, si gustaban podían repetir el recital. Todos aplaudimos y de nuevo escuchamos los cinco temas.

Cuando Pablo Escobar murió, Medellín era un lío: la violencia y el narcotráfico mermaban las expectativas de los más jóvenes. Once años después de la muerte de Escobar, Sergio Fajardo se convirtió en Alcalde de la ciudad y lanzó el programa “Medellín, la más educada”, que básicamente consistió en apostar por la cultura para “sanear” alma, corazón y vida de las generaciones nuevas. La música, por supuesto, fue uno de los pilares de su gestión: enseñar música, crear bandas y orquestas, sensibilizar a los jóvenes.

A partir de esta idea, el compositor mexicano Arturo Márquez, se dio a la tarea de fundar la Banda Sinfónica de la que les hablo. Con recursos propios y el apoyo de la Casa de Cultura Ixcatepec, la idea comenzó a cobrar forma durante el año pasado y ha logrado reclutar a cerca de 80 jóvenes y niños que interpretan piezas sencillas con arreglos del propio Márquez. Con un simbólico apoyo gubernamental y ninguno proveniente del sector privado, la Banda Sinfónica Infantil y Juvenil de Tepoztlán se ha mantenido con varas, pues los instrumentos no alcanzan para todos sus miembros y, por supuesto, desplazarse para tocar en otros pueblos es algo complicado.

Sin embargo, la intención de Márquez no es formar músicos de renombre ni convertir a la Banda en un negocio. Inspirado por las acciones de Fajardo, pero sin un ancla en el gobierno, Márquez busca ampliar el horizonte de los niños y jóvenes que habitan Tepoztlán y evitar el destino que tuvo una orquesta anterior: desaparecer sin que nadie reclamara apoyos para su labor.

A diferencia de muchos intentos de esta naturaleza, la Banda de Tepoztlán tiene algo de encantador y que, quizá, no ha sido vislumbrado por su fundador: la capacidad de sorprender a propios y ajenos. Me explico: tanto Fajardo como Márquez parten de la idea de que educar musicalmente a los niños y los jóvenes les permite alejarse de la violencia y del crimen organizado. Estoy de acuerdo en esto. Pero la música tiene tal poder que es capaz de llegar más allá: mientras muchas orquestas y bandas de pueblo se encierran en auditorios y salas de ensayo, esta sale a las calles, arrebata la atención de los transeúntes y crea una atmósfera especial.

Aparentemente no ocurrió nada: una banda de niños dirigidos por otro niño tocó en el kiosco de un pueblucho mexicano. Pero en ese contexto, más de uno fue tocado profundamente por algo de lo que presenció: la concentración de los más pequeños al leer su partitura; el acopio de valor que tuvo que hacer el director para dirigirse al público o encontrar a Beethoven, John Williams y Quirino Mendoza en el mismo programa y en la calle de un pueblo viejo. A mí me movieron las tres. Futuro y presente. Compromiso y valor. Música y calle.

Cosmopolitas del nuevo mundo

La última escena musical de mi viajecito a Tepoztlán fue la primera que vi. Apenas arribé al pueblo y me dispuse a buscar alojamiento, atravesé el mercado de artesanías de la Avenida Revolución, la calle principal de Tepoztlán. Un lugar bastante simpático donde convergen todas las locuras que arriban a un pueblo destino: mujeres con trenzas y pinta de campesinas vendiendo chapulines secos; restaurantes argentinos; cafetines con trazas parisinas; puestos de artesanías variopintas –desde cajitas de Olinalá hasta nacimientos de barro de Tlayacapan-; bares ambulantes que venden gomichelas (cervezas con gomitas de grenetina) y mojitos; chamanes new age que fotografían el aura, leen la mano y el tarot y ofrecen masajes curativos.

En el centro del mercado, tres jóvenes tocaban piezas de Django Reinhardt y Stephane Grapelli. Batería, guitarra y violín. Hombre, hombre y mujer. A sus pies la funda del violín recibía el dinero y pude ver en ella uno que otro dólar. Me encantó la escena como me encanta la música de Django. Pensé en un término que he visto aparecer frecuentemente en últimas fechas: multiverso. Multiverso como oposición a universo. Es decir pluralidad, tolerancia, curiosidad, apertura.

Me detuve a escuchar “Nuages” y además de su sentida interpretación, me atrapó la belleza de la violinista; belleza que, pudiera ser, tenía algo de responsabilidad en la nutrida cooperación de los transeúntes. Cuando acabaron de tocar la pieza, me acerqué a felicitarlos y a depositar unas monedas en la funda del violín. Apenas dar una oteada a los instrumentos y escucharlos hablar me sirvió para darme cuenta de que ni eran pobres ni eran nativos de Tepoztlán. Chilangos sin duda. Dejé las monedas, recibí el agradecimiento con una sonrisa y me ahorré la felicitación.

Mientras caminaba en busca de un lugar para pernoctar, unas ideas amargas surgieron en mi cabeza: claro, como son de la ciudad han de pensar estos niñatos que están educando musicalmente al ignorante pueblo. ¿Qué diablos tiene que hacer Django en un mercado de artesanías, acaso creen que por ser pueblo aquí no hay cultura ni llega nada de afuera, por qué tienen que poner a una violinista tan guapa a robarles el pan a los músicos de aquí? Típicos berrinches de periodista musical, comunes reproches de un citadino a otro.

Al día siguiente los volví a ver. Con la espada desenvainada pensé en manifestarles mi descontento y mi sacrosanta opinión. Pero una cuadra antes de llegar a su lugar, algo distrajo mis intenciones: un trío de muchachos, de unos quince años, con dos guitarras y oriundos de Tepoztlán, se animaban los unos a los otros para empezar a cantar “La célula que explota”. Estaban bastante cerca de aquellos a quienes quería increpar y pensé que aquello terminaría en discusión y pelea por el espacio sonoro. Pero no fue así: apenas se animaron a cantar, los jazzistas callaron, se miraron entre sí, recogieron sus instrumentos y con una sonrisa se despidieron de aquellos muchachos que nunca atinaron a cantar afinadamente.

Por supuesto, me sentí como cucaracha vil. Mire usted que mal pensado. ¿Qué acaso no dije antes que un músico callejero no es un mendigo? ¿Qué importa si son de aquí o son de allá, si tocan esto o aquello, si se visten así o asado? Son gente haciendo música, son gente poniéndole acordes al concreto, son la calle y la música.

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