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King of the Delta Blues Singers, Robert Johnson

Imagen de fabian

De cuando en cuando al mundo de la música arriban historias increíbles y completamente descabelladas que posicionan o reposicionan a sus personajes en el gusto de la gente. Rumores un tanto ridículos que se han integrado al folklore popular casi como hechos históricos, aunque nunca se hayan comprobado. Por supuesto, el rock es uno de los géneros que más leyendas abriga bajo su ala: desde el supuesto implante de vaca en la lengua de Gene Simmons hasta la idea de que Elvis Presley sigue vivo, pasando por mitos como el de que Paul McCartney murió en 1966 y fue remplazado por un doble o aquel que relata cómo los integrantes de Led Zeppelin ataron a una groupie para introducir en su cuerpo pedazos de tiburón.

Unas son más creíbles que otras, y aunque las más de las veces se les evocan a manera de chiste, lo cierto es que estas leyendas se han convertido en referentes de la cultura contemporánea. A pesar de lo improbable de muchos de estos mitos, existen dos que, de alguna manera, podemos señalar como fundacionales del rock, dos historias protagonizadas por el mismo extraño y singular personaje: Robert Johnson.

Claro está que Robert Johnson no era rockero, sino un bluesman de Mississippi. Sin embargo, su legado y las dos historias que en seguida les comparto, se convirtieron con el paso de los años en elementos de un inigualable poder simbólico para el rock. Y bien…

…Cuenta la leyenda que en la encrucijada de las autopistas 61 y 49 de Clarksdale, Mississippi, un día cualquiera entre 1930 y 1933, un hombre de color esperaba pacientemente la media noche, sin mayor equipaje que una Gibson un tanto maltrecha. Su nombre: Robert Johnson, su intención: vender su alma al diablo a cambio de tocar la guitarra como nadie lo había hecho. Harto de vivir en los márgenes de la sociedad y con una herida profunda en el alma, pues su esposa e hijo habían muerto cuando ella debía dar a luz, Johnson renegaba de Dios y buscaba refugiarse en el blues, pero su mediocridad como músico no hacía más que aguzar el dolor. Por eso fue en busca del diablo, por eso vendió su alma.

Siempre atento a las tormentas desatadas en el corazón humano, Satanás apareció y cerraron el pacto. Tramposo como ninguno, Satanás comenzó a perseguir a Robert, pero él, siempre un paso adelante, lograba esquivarle: nunca permanecía mucho tiempo en un lugar, nunca soltaba su Gibson, nunca dejaba de tocar. Sin embargo, el virtuosismo no pasa desapercibido: allá donde tocaba, la gente quedaba sorprendida, pues nunca habían escuchado nada igual.

...la leyenda de Robert Johnson acompañó su breve vida y carrera, convirtiéndose, quizá, en la primera gran historia del rock. ¿Por qué del rock? Porque la forma en que Johnson tocaba influenció y sigue influenciando, a los hijos pródigos del blues: los rockeros.

Después de mucho deambular por los senderos del blues, Robert Johnson pagó su deuda con creces: murió envenenado por uno de los tantos maridos celosos de las mujeres con quienes se involucraba. “Nunca bebas de una botella destapada”, le advirtieron, pero Robert no hizo caso. Bebió aquel whisky mezclado con estricnina, soltó la guitarra, deliró por tres días y finalmente murió contando 27 años de edad.

Detalles más, detalles menos, la leyenda de Robert Johnson acompañó su breve vida y carrera, convirtiéndose, quizá, en la primera gran historia del rock. ¿Por qué del rock? Porque la forma en que Johnson tocaba influenció y sigue influenciando, a los hijos pródigos del blues: los rockeros. Gracias a esta leyenda, el rock siempre se ha asociado con el demonio, con el tramposo ángel caído a quienes los marginales recurren para alcanzar fama y fortuna. Pero el eco no queda ahí: Johnson fue el primer miembro de un macabro club conocido como el Club de los 27 y al que ingresan los insignes músicos muertos a esa edad: Janis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones, Jimmy Hendrix y, posteriormente, Kurt Cobain y Amy Winehouse.

Robert Johnson murió en 1938 dejando un doble legado para la música: su leyenda y su calidad como intérprete y compositor, de la cual sólo se conservan veintinueve temas, grabados entre 1936 y 1937. A 76 años de su muerte, cabría preguntarse cuál es más importante. ¿Era Robert Johnson realmente tan bueno o sólo se afirma esto para dar más peso al mito? Recuperemos algunos detalles de la realidad para acercarnos a la respuesta.

Robert Johnson nació en 1911, hijo de Julie Ann Majors, descendiente de esclavos. Nació en Mississippi en una época muy dura para la gente de color y aunque desde pequeño mostró un profundo interés por la música, la falta de estudios a causa de un problema visual no le permitió acceder a buenas oportunidades. Durante su adolescencia, Robert deambuló, como era habitual para los negros de aquel tiempo, de trabajo en trabajo, tocando la guitarra en sus escasos ratos de ocio.

Eran los tiempos del folk blues, el inicio de un género que más tarde daría origen tanto al jazz como al rock. Pero en aquel entonces, esto ni siquiera se sospechaba. Los primeros bluesman eran analfabetas y tocaban según su intuición durante los buenos tiempos, y desarrollando los más diversos oficios cuando escaseaba el dinero. El bluesman es por antonomasia un viajero, pero los desplazamientos de los músicos eran cortos. Esto permitió el desarrollo de estilos bien identificables como el Delta Blues (el blues de Mississippi), el blues tejano y el piedmont, también conocido como blues de los Apalaches.

Cuando el Crack de 1929 obligó una migración constante y de más largas trayectorias, los estilos se encontraron, se fusionaron, y comenzó la expansión del blues. Ahí entra en escena Robert Johnson. Los estudiosos del blues cuentan que, ciertamente, Johnson era un músico mediocre antes de 1930. Pero aquel año una tragedia marcó su vida: después de varios años vagando de pueblo en pueblo y mujer en mujer, Robert se casó, en 1929, con Virginia Travis, quien pronto quedó embarazada. Desafortunadamente, Virginia murió en el parto y su hijo también, en 1930.

El bluesman es por antonomasia un viajero, pero los desplazamientos de los músicos eran cortos. Esto permitió el desarrollo de estilos bien identificables como el Delta Blues (el blues de Mississippi), el blues tejano y el piedmont, también conocido como blues de los Apalaches. 

Entre las malas condiciones económicas y la depresión por su reciente pérdida, Johnson siguió viajando y conociendo a otros músicos de los que también aprendía. El punto donde las composiciones de Johnson comenzaron a tener relevancia no es claro, pero entre 1930 y 1936, este bluesman y su leyenda de la encrucijada se convirtieron en uno de los rumores más poderosos de la época.

En 1936, Donald Firth Law, un productor inglés del sello Vocalion fundado en 1916, conoció a Johnson en uno de sus conciertos y lo invitó a grabar sus composiciones pues veía en él un talento poco común. Dos sesiones de grabación (la primera en San Antonio en noviembre de 1936 y la segunda en Dallas en junio de 1937) dejaron para la posteridad el trabajo de Johnson en 42 tomas que sólo incluyen 29 canciones. Pero Johnson murió al año siguiente. La leyenda creció y creció y escuchar sus composiciones era bastante complicado, pues la industria discográfica, como muchas otras, quedó un tanto descuidada durante los años de las Guerras Mundiales.

Desde 1925, Vocalion era parte del grupo discográfico conocido como Brunswick Records, compañía que en 1930 pasó a formar parte de American Record Corporation. A su vez, ARC fue absorbida por Columbia Broadcasting System en 1938. Las grabaciones de Johnson, comercializadas en discos de 78 rpm permanecieron en el olvido durante muchos años hasta que en 1961 Frank Driggs, un productor enamorado del jazz y el blues, decidió relanzar parte de estas grabaciones en el álbum King of the Delta Blues Singers.

Aunque el álbum sólo contiene 16 canciones de Robert Johnson, su relevancia histórica se debe al hecho de que dio a conocer el trabajo del bluesman justo cuando el blues comenzaba a decaer para dar paso al rock. Gracias a esta redición músicos como Eric Clapton y Keith Richards quedarían marcados para siempre: aún hoy, sus composiciones arrastran ecos del trabajo de Johnson, de sus legendarias 29 canciones y su peculiar manera de tocar la guitarra.

Al margen de la influencia ejercida por Johnson en el rock y el blues eléctrico, su trabajo tiene algo particular: el don de la ubicuidad. Sin importar el tiempo o el espacio donde se le escuche, Johnson conecta de manera profunda con el público. La elocuencia de su guitarra, su voz un tanto lastimera y el sentimiento impreso en cada línea revelan su autenticidad y su talento. Cada tema evoca un tiempo añejo pero un drama tremendamente actual: nada nuevo bajo el sol, somos lo mismo con rasgos ligeramente diferentes.

De los temas incluidos en King of the Delta Blues Singers, rescato ahora cinco, pues me resultan sumamente atractivos y una excelente muestra de las creaciones de Johnson:

“Cross Roads Blues”. Primer tema del álbum. El rasgueo inconfundiblemente blusero y el hiss que revela un tiempo pasado nos dan la bienvenida al universo del bluesman. En esta canción, la encrucijada, el cruce de caminos, se nos presenta como metáfora de la vida; pero no como esa machacona metáfora en la que debemos tomar una decisión para seguir adelante, sino como el ofrecimiento de dos alternativas: la tristeza o la resignación. Arrodillados y descreídos, podemos optar por huir o permanecer, pero cualquiera de ambas nos llevará al mismo destino: caer sin remedio.   “Come on in my kitchen”. Este tema tiene su ancla en las versiones más tradicionales del folk blues: canciones que recrean la melancolía cotidiana y en los que el autor se conecta con la naturaleza para sobrellevar su dolor. La lluvia y el viento son la compañía de un solitario Johnson que se lamenta por una pérdida amorosa varado en su cocina. La estampa es mágica pues transforma a la cocina, ese lugar donde ocurren milagros y alegrías, en un desierto personal donde cualquier bocado será amargo. Y sin embargo, no es desgarradora. Johnson captura la esencia del blues en esta canción considerada una de sus mejores piezas: el lamento resignado y un cuanto cínico. Apenas oírla uno piensa en destapar una botella de bourbon, sentarse en penumbra y escuchar la lluvia como si fuera el propio llanto.“When you got a good friend”. Uno de los temas favoritos de Eric Clapton y con el que abre su disco tributo a Robert Johnson, Me & Mr. Johnson, lanzado en 2004. Esta oda a la amistad resulta una de las canciones más alegres de Johnson, aunque en ella confiese haber llorado por maltratar a su amiga y amante. A pesar de su alegría, no podemos considerarla opuesta a la melancolía del blues, pues mucho hay de tristeza en las amistades entabladas sobre el camino: son fugaces y cómplices a fuerza de dolores compartidos. Los hombres y mujeres del blues, de la carretera y el vagabundeo, ven en la amistad un refugio temporal, una forma de no estar completamente solos. Y es que el blues auténtico se forja al aire libre, recorriendo los caminos y asomándose a los ojos de quienes comparten esa vocación errante. Cuidar esa amistad es indispensable para no caer en las garras de la soledad.

“Me and the devil blues”.  Ya habíamos dicho que la leyenda de Robert Johnson no fue posterior a su muerte, sino que caminó con él a lo largo de su breve carrera: allá donde llegara era visto con morbo y una particular mezcla de miedo y atracción. Este tema apuntala de alguna forma la leyenda del pacto con el diablo, pues en ella narra cómo Satanás viene a buscarle y se marchan juntos. Algunos estudiosos del blues ven en ella el origen del mito, otros sostienen que la leyenda ya existía antes de que Johnson la compusiera y que lo hizo para rendir homenaje a quienes gustaban de su música. La mayoría se inclina por una hipótesis menos verosímil pero más sabrosa: en realidad, esta canción es una especie de epitafio. “You may bury my body down by the highway side”. Con el tiempo, esta se ha convertido en una de las canciones más conocidas de Johnson, su tema representativo, el que resume su existencia, su cinismo, su melancólica y resignada parsimonia, su manifiesto personal.

“Hellhound on my trail”. Si la canción anterior es un manifiesto personal, “Hellhound on my trail” es un crudo posicionamiento sobre el blues y, de alguna manera, una de las mejores definiciones que se ha escrito sobre el género de los lamentos: “tengo que seguir moviéndome, el blues cae como el granizo”.

No es de extrañar que con solo 29 canciones Johnson sea considerado el abuelo del rock, se encuentre ya en el Salón de la Fama, se le reconozca como uno de los mejores guitarristas de la historia y como uno de los poetas populares más importantes de Estados Unidos. Un cuarto de hombre y tres cuartos de leyenda, o quizá viceversa, Robert Johnson no es sólo el indiscutible rey del Delta blues, sino el emperador vagabundo con más tierras conquistadas, el comparsa del demonio que aún toca en algún bar del infierno, dando la espalda a los espíritus atormentados. 

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