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Jazzuela de Pilar Peyrats

Imagen de fabian

Ahora que ha pasado el furor del centésimo aniversario de su nacimiento; ahora que los cronopios-por-un-día han vuelto a su naturaleza de famas o de esperanzas; ahora, pues, que a nadie le importa un rábano su vida y obra, me detengo a recomendarles un disco que nos permiten ver una ínfima parte de la personalidad del Cronopio Mayor, Julio Cortázar. 

Julio Florencio -Cortázar para los lectores, Oliveira para los rayuelianos, Gran Cronopio para los famas-, nació hace un siglo en Bruselas, creció en Argentina y pasó los últimos años de su vida en París, como francés, nacionalidad que adquirió a manera de protesta ante la dictadura militar argentina. Su relevancia para la literatura universal; su desmedida creatividad; su voz poética que oscila entre lo tierno y lo sarcástico y su constante transgresión de la solemnidad lo han convertido en una de las figuras más interesantes de la narrativa latinoamericana.

Quizá por esto los lugares comunes, mitos vacíos que se recrean gracias a la pose de sus fans, abundan: fotos de Cortázar con gatos o fumando; citas del Capítulo 7 de Rayuela repetidas hasta la náusea; dibujos infantiles que materializan con ingenuidad a los cronopios. Poco queda de Cortázar gracias a quienes dicen amarlo. Pero Cortázar, como su obra, es siempre una alteridad insondable, compleja y contradictoria.  

El repertorio de este álbum está dictado por las propias páginas de Rayuela y acompañados por un delicioso texto que explora los nexos de Cortázar con el género.

Me ahorro las flores y descripciones porque de eso hay mucho en todos lados. Lo que no me ahorro es la fascinación que me siguen provocando sus escritos. La literatura de Cortázar es atmosférica: tiene la capacidad de crear una burbuja donde lectores, personajes y el propio autor compartimos una complicidad peculiar: a un tiempo intercambiamos el desprecio y el dolor que nos provoca el mundo.

En ese entendido no es extraña la fascinación de Cortázar por el jazz: la libertad, el desenfado y la vena triste pero juguetona del género sincopado encuentran eco en las creaciones del Maximus Cronopio… y también viceversa. Para Cortázar el jazz representó una fuente de inspiración: encontramos referencias salpicadas por toda su obra: “El perseguidor” dedicado a Charlie Parker; su crónica “Louis, enormísimo cronopio” donde relata un concierto de Satchmo; el arranque de su Vuelta al día en ochenta mundos donde Lester Young y Julio Verne son sujetos de su agradecimiento… y por supuesto, los interminables encuentros del Club de la Serpiente en Rayuela.

Inspirada en esta novela, Pilar Peyrats se dio a la tarea de recopilar sus referencias jazzísticas y lanzar un libro-disco de título Jazzuela: un compendio de canciones y melodías que fungen como soundtrack de la obra maestra de Julio Cortázar. El repertorio de este álbum está dictado por las propias páginas de Rayuela y acompañados por un delicioso texto que explora los nexos de Cortázar con el género. Aunque he visitado Rayuela en varias ocasiones, siempre algo faltaba: los compases de marcha, el sonido ambiente de aquel París donde Ronald y Babs y Wong y Gregorovius y Perico y Ettiene y por supuesto Lucía que no acababa nunca de entender el jazz porque de alguna forma ella era también el jazz.

Quien haya leído Rayuela y desconozca la textura sonora de estas piezas quedará gratamente sorprendido: el de Cortázar no era un gusto plano y uniforme, sino uno que coquetea con las subidas y bajadas del roller coaster. Compuesto por 21 temas que van desde Satchmo hasta Bessie Smith pasando por Jelly Roll, Bix Beiderbecke y Big Bill Broonzy, Jazzuela es un disco delicioso de cabo a rabo. Demos un paseo, de la mano de Cortázar, por este jardín jazzero…

Primera parada:

“I’m Coming Virginia”, Frank Trumbauer and his Orchestra.

(Capítulo 10)

“… un tema vulgar, mal tocado, un disco viejo con un áspero fondo de púa, un raspar crujir crepitar incesantes, un saxo lamentable que en alguna noche del 28 ó 29 había tocado como con miedo de perderse, sostenido por una percusión de colegio de señoritas. Pero después venía una guitarra incisiva que parecía anunciar el paso a otra cosa, y de pronto (Ronald los había prevenido alzando el dedo), una corneta se desgajó del resto y dejó caer las dos primeras notas del tema, apoyándose en ellas como en un trampolín. Bix dio el salto en pleno corazón, el claro dibujo se inscribió en el silencio con un lujo de zarpazo. Dos muertos se batían fraternalmente, ovillándose y desatendiéndose, Bix y Eddie Lang (que se llamaba Salvatore Massaro) jugaban con la pelota I’m coming, Virginia, y dónde estaría enterrado Bix, pensó Oliveira, y dónde Eddie Lang, a cuántas millas una de otra sus dos nadas que en una noche futura de París se batían guitarra contra corneta, gin contra mala suerte, el jazz.”

En realidad el tema es de 1927 y fue grabado en Nueva York. Cierto que son Eddie y Bix, como cierto es que esa guitarra nos recuerda mucho a Django. Un puente sutil tendido entre el ’27 y el ’63, entre la Gran Manzana y la Ciudad Luz. Su airecillo de inicios de siglo nos revela una cotidianidad urbana tan distinta a la nuestra: pausada, alegre, y un tantito recatada. Un duelo sí, pero de caballeros, de gente con sombrero y tiempo suficiente para disfrutar el café.

Segunda parada:

“Four O’clock Drag”, Kansas City Six.

(Capítulo 11)

“Gregorovius suspiró y bebió más vodka. Lester Young, saxo tenor, Dickie Welss, trombón, Joe Bushkin, piano, Bill Coleman, trompeta, John Simmons, contrabajo, Jo Jones, batería. Four O’Clock Drag. Sí, grandísimos lagartos, trombones a la orilla del río, blues arrastrándose, probablemente drag quería decir lagarto del tiempo, arrastre interminable de las cuatro de la mañana. O completamente otra cosa.”

A finales de los veinte Count Basie pasó largo tiempo en Kansas, donde iniciaría formalmente su carrera. Antes de armar su primera orquesta, Barons of Rhythm, perteneció a la agrupación liderada por Bennie Moten… sin embargo Bennie murió joven. Algunos de los músicos de aquella orquesta se sumarían al trabajo de Count con los Barons y, eventualmente, formarían el Kansas City FiveBuck Clayton, Jo Jones, Walter Page, Freddie Green y Eddie Durham-. Pero el grupo era inestable. Cuando el clarinete y sax tenor de Lester Young se unió al grupo, tomaron el nombre de Kansas City Six. El tema recuperado por Cortázar es elocuente y premonitorio: mucho hay de blues, pero mucho también de aquello que recuperaría el cool jazz de los cincuenta. Tal cual lo describe Cortázar, con esa alineación, aparece en el álbum Kansas City Sessions, publicado en 1944 por Commodore Records.

Tercera parade:

“Baby Doll”, Bessie Smith.

(Capítulo 12)

“Ronald y Babs se largaron a reír, no se veía bien por qué, y Ronald buscó en la pila de viejos discos. La púa crepitaba horriblemente, algo empezó a moverse en lo hondo como capas y capas de algodones entre la voz y los oídos, Bessie cantando con la cara vendada, metida en un canasto de ropa sucia, y la voz salía cada vez más ahogada, pegándose a los trapos salía y clamaba sin cólera ni limosna, I wanna be somebody’s baby doll, se replegaba a la espera, una voz de esquina y de casa atestada de abuelas, to be somebody’s baby doll, más caliente y anhelante, jadeando ya I wanna be somebody’s baby doll.”

En 1926, tres años después de grabar “Downhearted Blues”, su canción más famosa, la emperatriz del blues regaló al mundo este tema que, de no ser cantado por ella, podríamos llamar ingenuo y hasta cursi. Pero la voz de Bessie tenía la facultad de convertir todo lo que tocaba en desgarrador y melancólico. Me gusta pensar, cuando escucho a Bessie deslizándose en las bocinas, que a Cortázar el tema le decía más de sí mismo, o en todo caso de Horacio, que de La Maga. Y es que Bessie, esa reina Midas de la desgracia, poco o nada se refleja en Lucía, señora de la esperanza y la sabia ingenuidad.

Cuarta parada:

“Don’t play me cheap”, Louis Armstrong.

(Capítulo 13)

“Envuelto en humo Ronald largaba disco tras disco casi sin molestarse en averiguar las preferencias ajenas, y de cuando en cuando Babs se levantaba del suelo y se ponía también a hurgar en las pilas de viejos discos de 78, elegía cinco o seis y los dejaba sobre la mesa al alcance de Ronald que se echaba hacia adelante y acariciaba a Babs que se retorcía riendo y se sentaba en sus rodillas, apenas un momento porque Ronald quería estar tranquilo para escuchar Don’t play me cheap […]. Por más que le gustara el jazz Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don’t you play me cheap because I look so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual.”

El tema pertenece a una de las épocas más activas de Satchmo, cuando había dejado atrás la historia de los Hot Five y Hot Seven: la década de los treinta. Entre 1932 y 1942, Louis grabó más de veinte sesiones con una cantidad interminable de músicos. Sin embargo, en esta etapa hubo un rompimiento importante: su separación del sello Victor. “Don’t play me cheap” forma parte del último material de estudio grabado para la disquera en 1933. Al margen de los dimes y diretes empresariales, este periodo es uno de los más brillantes del swing gracias a Satchmo y no necesariamente viceversa.

El fragmento aquí recreado es encantador por dos motivos: el primero, es la confesión de Cortázar, su certeza de que a pesar de estar enganchado por el jazz, Horacio o él mismo, nunca alcanzaría su esencia profunda, nunca lograría fundirse con esa naturaleza impetuosa y vibrante. El segundo es la fabulosa analogía del jazz y el sexo. La fuerza de un río que corre sin que nadie pueda detenerlo. Jamás se volverá a escuchar el tema de la misma forma después de Rayuela.

Última parada:

“Get Back”, Big Bill Broonzy.

(Capítulo 15)

“De manera que con toda seguridad Ronald volvería a Big Bill Broonzy, guiado por asociaciones que Oliveira conocía y respetaba, y Big Bill les hablaría de otra barricada con la misma voz con que la Maga le estaría contando a Gregorovius su infancia en Montevideo, Big Bill sin amargura, matter of fact,

They said if you white, you all right,
If you brown, stick aroun’ ,
But as you black
Mm, mm, brother, get back, get back, get back.”

Por supuesto, el blues no podía faltar. La canción elegida por Cortázar es uno de los temas más duros grabados por la expresiva voz de Big Bill Broonzy y heredera de la furia antirracista de “Strange fruit”. Curiosamente, la versión incluida en Jazzuela pertenece a la segunda sesión que Big Bill grabó en París, en 1951… el mismo año en que Cortázar llegó a la Ciudad Luz. ¿Coincidencia? No lo creo: a pesar de que a Cortázar lo identificamos siempre con París, lo cierto es que una parte de él nunca abandonó Argentina. Quizá el “get back, get back, get back” de Big Bill no sea otra cosa que el “Volver” de Alfredo Le Pera y Carlos Gardel.

Mucho más podría decirse de Cortázar y el jazz y de Jazzuela mismo, pero se me va acabando el espacio. Quizá baste decir que Cortázar fue uno de esos escritores, como Boris Vian y Jack Kerouac, que vieron en el género una suerte de liberación, un poderoso vehículo para conectar tiempos y espacios. Sin embargo, nunca hay que dar nada por sentado, mucho menos tratándose de un genio como este. Baste para soterrar un poco mi opinión el hecho de que cuatro años antes de la muerte de Cortázar, Juan Cedrón lanzó un disco de tangos titulado Trottoirs de Buenos Aires… adivine usted de quién eran las letras. Prometo platicarles de este disco pronto, por ahora quedémonos con la imagen de Horacio en el Pont des Arts, andando sin buscarla y sacrificando paraguas.

 

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