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Jazz in Paris

Imagen de fabian

El jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o
transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde…

Julio Cortázar, Rayuela

París se me antoja lloviendo, lloviendo como sólo llueve en las páginas del Cronopio Mayor, Julio Cortázar, o en las de Bryce-Echenique y su Guía triste de París. Nunca he puesto un pie en la Ciudad Luz, pero evocarla trae a mi mente el aroma de los cafés, por más que Bryce diga que huele a caquitas de perro. Se me antoja de tal modo y con tal clima; se me antoja altaneramente delicado como una buena pieza de jazz manouche o como un cool armónico y suave.

Y es que durante algún tiempo, París fue algo así como la capital europea del jazz y de la creación artística. Los ecos de la Belle Époque y del periodo de entreguerras resonaron en el París de los cincuenta, convirtiéndola, una vez más, en ciudad destino. Pero algo había cambiado en el rostro del mundo: a la bohemia siguieron las vanguardias y a estas una forma particular de pensamiento: el existencialismo. Las heridas abiertas por la Segunda Guerra Mundial originaron una búsqueda profunda de la condición humana y la gente buscaba respuestas y formas de reconstruir la paz arrebatada.

París entonces se convirtió, de nueva cuenta, en una de las capitales del pensamiento. Sus cafés se llenaron de artistas y pensadores marginales que al poco tiempo lograron captar la atención de todo el mundo. Mientras esto ocurría en París, en Estados Unidos ocurría un proceso distinto: una crítica feroz se gestaba entre aquellos que odiaron el triunfo de su país en el gran vertedero de sangre. Músicos y poetas que renunciaron al sueño americano comenzaron un movimiento contracultural conocido como generación beat, y cuyas manifestaciones más poderosas estuvieron en la literatura de Kerouac, Ginsberg y Burroughs, y en el bebop de Charlie Parker y Dizzy Gillespie.

Nacido en la marginalidad, el jazz, gracias a la popularidad del swing, se había convertido en estandarte de la cultura norteamericana y muchos músicos no se sentían a gusto con tal situación. Entonces el bebop lo refrescó todo: fastidiados de la supuesta pugna entre el jazz de la Costa Este y el de la Costa Oeste, que no era otra cosa que una lucha entre casas disqueras por el control del mercado, una buena cantidad de músicos puso en su mira otras latitudes: el jazz tendría que viajar para encontrar de nuevo su autenticidad.

Hasta entonces, el jazz europeo se limitaba a imitar los estilos estadounidenses y no de la mejor manera. Pero la cercanía entre el existencialismo y los preceptos de la generación beat, lograron hacer magia. Por aquel entonces, grandes y pequeños artistas de jazz viajaron a París para compartir su trabajo y desentenderse de la voracidad de la industria del disco, que ya para entonces comenzaba a ser avasalladora. El idilio entre París y el jazz que comenzó a principios de los cincuenta se extendió durante casi tres décadas en las que los músicos viajaban de la Gran Manzana a la Ciudad Luz intercambiando ideas y nuevas formas de tocar.

Muchos de los frutos de aquella época hubieran quedado en el olvido de no ser por un pequeño sello discográfico que se dio a la tarea de recopilarlos y lanzarlos al mercado desde 1989: Gitanes Jazz Productions. Existe muy poca información sobre este sello: no sabemos quién lo dirigió ni cómo tuvo acceso a todos los materiales publicados. Lo que sí sabemos es que en algún momento pasó a formar parte de Verve Music Group, el sello norteamericano de jazz que competía nada más y nada menos que con Blue Note Records. Cuando Verve fue absorbida por Universal, los derechos de Gitanes pasaron a sus manos, condición que al día de hoy conservan.

Al margen de las truculencias propias de la industria, el día de hoy nos permitimos una licencia en este espacio dedicado a los discos: no hablaremos de uno en particular, sino de 106: la colección Jazz in Paris. Dentro de las muchas colecciones de jazz que pululan en el mercado, esta nos parece una de las más auténticas y diversas, además de que casi podemos considerarla un documento histórico, pues refleja a la perfección el contexto parisino del que veníamos hablando.

Antes de lanzar esta colección, Gitanes se había dado a la tarea de publicar lo más rescatable de la escena francesa de jazz en los ochenta y publicar algunas recopilaciones de música cinematográfica compuesta por franceses. La resonancia de sus primeras producciones fue limitada y no se tiene mucho recuerdo de ellas. Sin embargo, en el año 2000 sorprendieron a los amantes del jazz con el lanzamiento de los volúmenes 1 y 2 de una colección llamada Jazz in Paris: estos volúmenes contenían un concierto ofrecido por Louis Armstrong en 1965, en el Palais des Sports, y que llevaba el bastante ostentoso título de The best live concert.

Además de su “modesto” título, el álbum llamaba la atención por su portada: por ningún lado se ve a “Satchmo” ni cualquier elemento asociado con el jazz. Tan sólo dos recuadros de colores con el nombre de la colección y el título del disco. Como fondo, la fuente de la Concorde en tonos azulados. Y nada más. La sobriedad del diseño y las deliciosas fotos del París de mediados del siglo XX se convirtieron en el sello característico de la colección que, originalmente, sólo constaría de 50 títulos, pero que con el tiempo llegó a estar formada por 106 y, posteriormente, por 112 álbumes.

Cada uno de los discos que conforman la colección es una joya. Los más son conciertos que tuvieron el buen tino de reunir a jazzistas norteamericanos consagrados con músicos de la escena francesa. Algunos cuantos son grabaciones de estudio realizadas antes de y durante los cincuenta, como las de Django Reinhardt y Stéphane Grapelli, y otros tantos recopilaciones de temas jazzeros incluidos en películas.

¿Quiénes son aquellos jazzistas consagrados? Van algunos de los nombres más resonantes: Satchmo, Dizzy Gillespie, Sarah Vaughan, Buck Clayton, Stan Getz, Chet Baker, Lester Young, Lionel Hampton, Oscar Peterson, Sydney Bechet y Miles Davis. Y a su lado, músicos franceses que no pasan desapercibidos en la historia del jazz: Django y Stéphane, pero también Claude Bolling, Michel Legrand y Pierre Michelot.

El punto más lejano del recorrido es el álbum Swing 39 de Django, cuya grabación data de 1939.  El más cercano, Broken wing, de Chet Baker, grabado en 1978… casi cuarenta años después. Lejos de intentar una cronología o un repaso por la historia del jazz, esta colección se asemeja más a un parque de diversiones: no importa a qué juego te montes primero, todos despertarán en ti sensaciones distintas y el deseo de subirte en otro.

Para los estudiosos del jazz, quizá la colección resulte caótica o falta de sentido, pero lo cierto es que refleja uno de los pilares de esta maravillosa música: su desdén por la linealidad, por las formas prestablecidas y por los artificiosos límites impuestos por las nacionalidades y las clases sociales. El entramado de esta colección tiene otra particularidad: si bien es jazz, y esto siempre implicará una referencia a los Estados Unidos, al escucharla uno se puede transportar a Saint-German des Pres o a Champs Elysees como si la música emanara de sus calles.

Por supuesto, y como en todo tesoro recién descubierto, hay gemas que sobresalen. Rescatemos algunas de ellas, tan sólo para dar cuenta de la diversidad y belleza que se puede encontrar en esta colección.

  1. From boogie to funk, Bill Coleman (1960, #6). Este disco es un pequeño recorrido que en seis piezas revisa algunos de los estilos más poderosos del jazz, desde el padre blues, hasta el cool, pasando por coqueteos con el soul y enérgicos temas de boogie. La figura principal es la trompeta de Bill Coleman, uno de los jazzistas predilectos de Cortázar, sin embargo, el sexteto que le acompaña (trombón, sax, piano, contrabajo, guitarra y batería) genera una atmósfera que lo mismo llena de euforia que de melancolía a quien lo escuche.

                Temas recomendados: “Afromotive in blue” y “Colemanology”.

  1. Go-go-Goraguer, Alain Goraguer (1956 #74). Arreglista, compositor y mano derecha de Boris Vian y Serge Gainsbourg, Alain Goraguer nos obsequia en este disco 16 temas interpretados por un trío: Paul Rovère en el bajo, Christian Garros en la batería y el propio Goraguer en el piano. Alternando estándares norteamericanos con piezas clásicas del jazz europeo, este álbum pone de manifiesto lo que después sería una tendencia clara del jazz francés: el papel central del piano y su ejecución virtuosa.

                Temas recomendados: “It’s easy to remember” y “L’homme et l’enfant”.

  1. Oscar Peterson & Stéphane Grapelli Quartet Vol. 1 (1973 #30). Al encuentro de dos grandes, Peterson en el piano y Grapelli en el violín, se suman Kenny Clarke en la batería y Niels-Henning Ørsted en el bajo. Este disco es bastante peculiar no sólo por el diálogo profuso entre el canadiense y el francés, sino por la deliciosa fraternidad de sus estilos: del bop al manouche, los siete temas nos indican la apertura y calidad de los ejecutantes: transformistas caprichosos que deleitan a los oídos sin tartamudeo alguno.

                 Temas recomendados:   “Makin’ whoopee” y “My one and only love”.

  1. Paris jazz piano, Michel Legrand (1959 #32). Siguiendo la línea de Goraguer, es decir, una ejecución centrada en el piano, Legrand, tres veces ganador del Oscar por sus composiciones para cine, nos ofrece un disco que demuestra su amor por París: todos los temas están inspirados en sus puentes, sus calles, su cielo. A diferencia de Goraguer, Legrand no es suave, sino alegre. Cada nota desborda amor y felicidad, cada tema es un sentido homenaje a la ciudad que le vio nacer.

                 Temas recomendados: “I love Paris” y “Sous les ponts de Paris”.

  1. Blue and sentimental, Guy Lafitte (1954 #24). Reconocido por su trabajo con Big Bill Broonzy, el sax tenor francés nos regala un álbum versátil y flexible que, sin embargo, nunca se despega de su naturaleza sentimental y un tanto nostálgica. A pesar de ser la figura central del septeto, Lafitte comparte el espacio y dialoga a las mil maravillas con el piano de Raymond Fol y el vibráfono de Géo Daly. Al igual que el disco de Coleman, este recorre estilos diferentes pero dejando una marca certera.

                 Temas recomendados: “Stardust” y “If I had you”.

  1. Paris jam session, Art Blakey & The Messengers (1959 #40). Esta es una de las grandes joyas, no sólo por su interpretación, sino también por los músicos que colaboraron y por su naturaleza espontánea. Grabado en el Théâtre des Champs-Élysées en 1959, este disco reunió al genial Blakey con Bud Powell y Walter Davis Jr. en el piano, Wayne Shorter en el saxofón, Lee Morgan en la trompeta, Barney Wilen en el sax alto y Jymie Merrit en el contrabajo. Por supuesto, Blakey ocupo la batería. La sesión está compuesta por cuatro temas que en conjunto nos zarandean los oídos durante casi cuarenta minutos. Improvisada y espontánea, como debe ser una jam session, esta demuestra las virtudes de cada cual en la ejecución de su instrumento y su capacidad para entretejer la plasticidad del lenguaje musical. De cinco estrellas.

                  Temas recomendados: “A night in Tunisia” y “Bouncing with Bud”.

  1. Jazz & Jazz, André Hodeir (1960 #97). Este es uno de los pocos discos grabados con una gran orquesta: un total de 19 músicos y una cantante participaron en el que, además, resulta uno de los más extraños álbumes de la colección. Aunque tiene dos o tres temas de carácter más convencional, el resto de sus once melodías están completamente ubicadas en el free jazz y fungen, de alguna manera, como el precedente de lo que tiempo después se conocería como jazz fusión. André Hodeir era un músico y musicólogo de academia, por lo cual estaba al tanto no sólo de las transformaciones del género, sino también de las vanguardias que usaron la atonalidad como punto de partida. Un álbum estridente que saca jugo al scat de Christiane Legrand y experimenta con el uso de sintetizadores para sorprender al escucha con desvaríos de la más extravagante naturaleza.

                  Temas recomendados: “Jazz et jazz” y “Ozymetrios II”.

  1. Zoot Sims et Henri Renaud (1956 #25). Otro encuentro de dos grandes: Zoot Sims, uno de los saxofonistas insignes del swing y seguidor de la tradición creada por Lester Young y Henri Renaud, un pianista y ejecutivo de la industria que emergiera de la escena del swing francés y en su momento tocara con el propio Lester Young, además de Sarah Vaughan y Clifford Brown. El disco comprende dos partes: una sesión de estudio grabada con un sexteto y un concierto de orquesta, grabado el mismo año en el cabaret Le Bœuf sur le toit. Ambas partes demuestran las mejores calidades del swing y la capacidad de Francy Boland como arreglista. Un álbum que los amantes del jazz de los treinta amarán sin lugar a dudas.

                  Temas recomendados: “I’ve found a new baby” y “Pot luck”.

  1. Ascenseur pour l'Échafaud, Miles Davis (1957 #3). Este álbum es un extracto de los mejores temas del soundtrack de la película Ascensor para el cadalso, dirigida por Louis Malle y lanzada en 1958. Por encargo del director, Miles reunió a un sobresaliente quinteto integrado por Barney Wilen (sax tenor), Kenny Clarke (batería), Pierre Michelot (bajo), René Urtreger (piano) y el propio Miles (trompeta). El resultado fue un álbum sin precedentes de la que ha sido llamada su tercera época y con el que se desmarcó definitivamente de sus etapas bop y cool. El sello característico de lo que sería su música en adelante se deja sentir en este álbum de una manera poderosa e inigualable.

                  Temas recomendados: “Générique” y “Chez le photographe du motel”.

  1. Aux Trois Mailletz, Willie Dixon y Memphis Slim (1962 #36). Este disco refleja a la perfección aquella etapa en la que el regreso al boogie representó la transición del jazz blues al rock and roll. Por un lado, la interpretación rápida y de figuras simples en el piano de Memphis Slim y por el otro, el famosísimo slap de Dixon dan cuenta de ello. Acompañados por Philippe Combelle en la batería, los oriundos de Mississippi y Memphis no desaprovecharon la oportunidad de demostrar ante el público del bar Aux Trois Mailletz que ante el crecimiento del rock and roll, el jazz no estaba quedándose mudo.

                  Temas recomendados: “Do de do” y “Rock and rolling the house”.

Estos diez álbumes son apenas una muestra de las joyas que conforman ese tesoro conocido como Jazz in Paris. Justo como las cámaras que atraparon el París de mediados de siglo, esta colección logró congelar para la posteridad una época desbordante de creatividad e intercambio, de curiosidad y apertura. Como siempre, la música iba un paso adelante: construyendo, rescatando y transformando los sonidos y sentimientos hasta entonces conocidos. Tanto para los amantes del jazz como para aquellos que quieren introducirse en este peculiar submundo, la colección Jazz in Paris es un referente obligado. A cerrar los ojos y a dejase arrastrar, que París, como dijo Hemingway, sigue siendo una fiesta.

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