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Intensivo de Mitomania de las Bestias

Recuerdo los pies de antes del concierto. Estaba en el suelo, esperando sentada y les lanzé una foto en blanco y negro que lo puso todo perdido de pies, tobillos y asfalto atemporal. Bambas, botas de piel y chanclas de cuero, alzaban a una generación que se fusionaba con otra, instantánea que podría haber sido nueva y vieja, suelas frente a la energía de Patti Smith una noche cualquiera, pero por poner un ejemplo, sobre un escenario de Madrid, bajo una luna creciente flotando en el vaporoso calor de julio.

 

Generaciones efervescentes de vida, de sed. Las generaciones no son más que puentes humanos para canalizar la energía a través de la historia. Y ahí tenemos a Patti sobre las tablas, donde no es más que carne a veces dulce, a veces desaliñada pero siempre desaforada, energía bizarra y comunicación en movimiento, disparando a discreción una poesía limpia, temblorosa ante cada instante del mundo, pues la vida es una sucesión de estímulos ante una realidad bella en sí misma que se sucede como un milagro. No lo digo yo, lo dice ella a través de mis letras. Letras. Las letras son el destino de esta salvaje insignificante, tan salvaje e insignificante como cada extraordinaria y genuina pieza del universo, que se rubricó el camino a seguir en su vida a través de un escalofrío que recorrió su espina dorsal, de niña, cuando al ver el esplendor de un cisne chapoteando a contraluz en el agua supo que no era suficiente con la palabra “cisne” para explicar aquel espectáculo. La poesía salpicando la vida, con agua sucia, con agua limpia, haciendo y deshaciendo todo para volver a crear.

 

Pero de aquello hacía muchos años, hacía millones de estímulos que centelleaban ahora sobre la encrespada madeja de hilos con los que va tejiendo el concierto esta leyenda viva. Hilos. Porque escuchar a Patti Smith con todos los canales sensibles abiertos es como recibir un curso intensivo de mitomanía de las bestias. Todos hilados con sus propias manos entre el sentido de su manera de comportarse. Saberla mirándote a los ojos a menos de cuatro metros es como ser soplada en la nuca por Rimbaud, por Baudelaire, por los fantasmas creativos del Hotel Chelsea, por Dylan, por Robert Mapplethorpe, por Piaf, por Roberto Bolaño, por Gandhi, por horas pasadas rodeada de la extraña fauna de la factoría Warhol, por la excentricidad de Dalí y el aullido del Guernica de Picasso, por los de la generación beat como Ginsberg -ligando con ella frente a una máquina de sándwichs confundiéndola con un hombre-, por los superdotados ángeles de la Jota – J. Hendrix, J. Morrison y J. Joplin, a la que emocionó en una habitación del Chelsea componiendo ese poema en el que la definía como Pearl, título de su álbum póstumo-, por Callas, por Juana de Arco, por el hambre, por Sylvia Plath, por el vagabundeo, por el delirio de Whitman y Blake, por todos los corazones expandidos que le han impactado en algún momento desde que aterrizara en su existencia aquel cisne a los 4 años. Así es lo mejor que se puede explicar un concierto de esta voz que nos gritaba constantemente en sus mensajes que todos y cada uno de nosotros poseíamos también otra voz generadora y creadora y que teníamos no sólo el derecho, sino la obligación de utilizarla.

 

En la brutalidad de su voz rasgada, templada y en la vehemencia bella o cruda de sus letras está el frágil equilibrio de ser una pacifista guerrera. Canta como si fuera la primera vez y la última. Con el idioma de la lengua babilónica que amplifica su cuerpo, arrancó las cuerdas de su guitarra eléctrica: “We don’t need weapons to fight, these are our fucking weapons”, la música, las letras, la fiereza del sensible, el canal indestructible del sentido común, del estímulo eterno, la existencia de una gran hermandad como podría ser la de los seres humanos. Por aquel entonces, mientras apoyaba su bota militar sobre el amplificador central del escenario y escupía con la ira con la que uno se arranca los prejuicios sociales cuando es libre, todos y cada uno de los zapatos generacionales allí congregadas podría haber cambiado el mundo, nos elevó tan alto que podríamos hablerlo hecho, estaba ahí flotando sobre las yemas de los dedos en forma de sonido y feeling, podríamos haber seguido contagiando igual que ella nos había expandido la valentía blanca por todo nuestro cuerpo, material e inmaterial. Podríamos haberlo conseguido durante unos segundos, todos a la vez estabamos seguros, no podía fallar nada de aquella fuerza creadora, hordas de seres humanos, con voz, mensaje, paz y energía. Fuimos capaces. Fuimos capaces todos los que asistimos aquella noche cualquiera, en aquel lugar cualquiera bajo la luna creciente, a la onda expansiva de una trabajadora más haciéndolo lo mejor que puede en este mundo. Ella dice que no sabe si cuando muera la considerarán como artista, pero lo que piensa dejar bien claro es que trabaja duro. Su trabajo es comunicar. Sus manos en el escenario tienen un micrófono. Y el aire aún es lo suficientemente libre como para dejar que el mensaje de los artistas fluya ininterrumpido a través de las generaciones, imparable. Eso es Patti Smith en concierto o de cómo los humanos más salvajes y poderosos de todos no son precisamente aquellos que optan por la violencia.

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