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Infrasonido: Música con F de fieras, fenómenos naturales y fantasmas

La percepción del infrasonido no sólo se limita al oído. Si bien ciertas especies animales pudieron escuchar los infrasonidos procedentes del fenómeno, otras probablemente se valieron de sus aguzadas terminaciones táctiles para percibirlo. Y es que el término “infrasonido”, además de antropocéntrico, parece también pecar de audiocéntrico.

 

Fieras

En el estado de Bengala Oeste, al norte de la India, un pescador solitario busca  cangrejos a la orilla de un río. El hombre ignora que, difuminado entre la maleza, paciente acecha un imponente tigre que pronto hará de él su próximo almuerzo. Al momento del ataque el hombre queda petrificado, pasmado por la impresión, muerto incluso antes de la certera mordida que le partirá la tráquea…La sola imagen de semejante animal acercándose o el potente rugido cargado de profundos sonidos guturales, pudieron haber sido suficientes para inducir un temor tan grande en el infortunado bengalí que lo dejara inmóvil. Sin embargo, según piensa la investigadora en bioacústica Elizabeth von Muggenthaler, el tigre guarda un secreto para paralizar a su presa, uno que no está en la impactante estampa o el ensordecedor rugido, sino en las ondas de baja frecuencia, inaudibles para el hombre, que el tigre es capaz de emitir. [i]

 

Como infrasonido se denomina a las ondas sonoras con una frecuencia menor a 20Hz, que es el límite aproximado del espectro audible por el humano. El término evidencia una fuerte carga antropocéntrica, puesto que hay muchos animales capaces de producir y escuchar dichos sonidos. Von Muggenthaler, ha descubierto que los rugidos del tigre contienen sonidos debajo de los 18Hz, a los que los tigres responden y pudieran utilizar para comunicarse y cazar. Los elefantes también emiten vocalizaciones infrasónicas que pueden ser oídas por sus congéneres a kilómetros de distancia. Ellos aprovechan el hecho de que los sonidos de baja frecuencia se transmiten a través de obstáculos con menor disipación que los sonidos de frecuencia alta, para informar su ubicación a otros elefantes.

 

Asimismo otros animales, aunque no son capaces de emitir infrasonidos, pueden escucharlos. Tal es el caso de las palomas, que probablemente usen dicha capacidad para orientarse o evadir peligros al detectar condiciones meteorológicas; escuchando los sonidos infrasónicos que producen las tormentas eléctricas, las corrientes de aire sobre las montañas y demás fenómenos naturales a los que se hará referencia a continuación.

 

Fenómenos naturales

 

Acontecimientos sísmicos y meteorológicos como los terremotos, las erupciones volcánicaslas avalanchas, los tornados y muchos más, son fuentes naturales de poderosos infrasonidos. De allí que actualmente diversas instituciones científicas hayan iniciado investigaciones para detectar los estallidos infrasónicos de estos fenómenos para desarrollar mecanismos de alerta preventiva. Otros sucesos naturales como el rompimiento de glaciares o los meteoritos también generan grandes vibraciones infrasónicas, de hecho, el infrasonido más poderoso jamás registrado fue producido por la caída del meteorito de Cheliábinsk, en febrero de este año. El estruendo infrasónico fue tan potente, que incluso activo las alarmas de la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, que entre sus tecnologías de monitoreo utiliza estaciones que captan infrasonidos

 

Cuando ocurrió el devastador tsunami que azotó gran parte de las zonas costeras del sur y sureste asiático en el año 2004, hubo algunas personas afortunadas que fueron salvadas por elefantes. Según narran ciertas notas de prensa[ii], en Tailandia unos elefantes que paseaban turistas, “presintieron” o “intuyeron” el tsunami minutos antes de que llegara a la costa y huyeron hacia terrenos más altos, poniendo a salvo al grupo de excursionistas que los montaba.  Otros artículos de prensa que pululan por la web[iii], nos hablan de muchas especies animales que también escaparon de la zona del tsunami antes de que destruyera grandes extensiones del Parque Nacional de Yala, en Sri Lanka. En contraste con las más de 200 personas que perdieron la vida en Yala, de acuerdo a los testimonios de personas que laboraban en el parque, muy pocos cadáveres de animales fueron encontrados tras el tsunami.

 

Más allá de hablar de que los elefantes y muchos otros animales (en el Parque Nacional de Yala también habitan numerosas especies de aves, reptiles y mamíferos) tuvieran un presentimiento, una intuición o un “sexto sentido”, las apuestas se inclinan a favor del hecho de que pudieran enterarse del tsunami mucho antes de que llegara a su ubicación, porque percibieron las ondas infrasónicas emitidas, en un comienzo, por el terremoto y, posteriormente, por las gigantescas olas que se acercaban. Mas la percepción del infrasonido no sólo se limita al oído. Si bien ciertas especies animales pudieron escuchar los infrasonidos procedentes del fenómeno, otras probablemente se valieron de sus aguzadas terminaciones táctiles para percibirlo. Y es que el término “infrasonido”, además de antropocéntrico, parece también pecar de audiocéntrico.

 

Fantasmas

 

Dejemos por un momento a los animales en paz. El audiocentrismo del concepto también se hace patente en nosotros los humanos. No obstante que los individuos de nuestra especie que se encontraban en la zona donde ocurrió la hecatombe de 2004, no alcanzaran a percibir las señales infrasónicas o hicieran caso omiso de ellas, es un hecho que nosotros también podemos sentirlas. Nuestra percepción del infrasonido se produce generalmente cuando éste se presenta con un volumen alto y puede ser detectado a través del oído, el tacto y hasta –como veremos más adelante- con los ojos.

 

Con respecto al oído, nuestra capacidad de identificar los tonos se hace más tardada y difusa en la medida en que estos son más graves, pues nuestro discernimiento de un tono determinado depende de la aprehensión de cierto número de ciclos de onda; como los sonidos graves tienen una frecuencia más baja, es necesaria una duración más prolongada para que produzcan en nosotros la impresión propia del tono. Cuando un sonido es demasiado bajo perdemos la capacidad de unificar los ciclos para identificar sus propiedades tonales y entonces sale de nuestro rango audible, sin embargo, eso no significa que nuestro aparato auditivo deje de captar las vibraciones.

 

En el tacto, la percepción del infrasonido se logra principalmente a través de los receptores de presión conocidos como corpúsculos de Pacini. Estos receptores se encuentran diseminados por nuestra piel, pero también en algunos tejidos profundos como los que cubren los huesos, el abdomen y las articulaciones.  Gracias a ello, la presión generada por el infrasonido a intensidades altas puede ofrecernos variadas sensaciones en diferentes partes del cuerpo.

 

Ahora bien, muchos de nosotros hemos experimentado conscientemente el poder de los sonidos bajos, principalmente en conciertos o reventones dónde la música es tocada a volumen elevado. Frente a la etérea melodía, que generalmente se expresa en registros de frecuencia alta y parece volar directo hasta nuestros oídos; las telúricas líneas de sonidos bajos que usualmente marcan el ritmo, muestran su paso por objetos y personas: hacen retumbar el suelo, menean el esqueleto y estremecen el pecho en su camino a los oídos. Su poder es tan palpable que, quizás, si algún asistente a un rave de psychedelic trance tuviera un paro cardíaco, lo mejor sería ponerlo de pechito contra un subwoofer para reanimar su corazón.

 

Pero cuando nos referimos al poder del infrasonido, dado que la mayor parte de estos sonidos los captamos de manera inconsciente, además de los efectos fisiológicos que puede causar (que en los casos más dañinos  van de dolores en el oído y mareos hasta peligrosos aumentos en la presión sanguínea), es preciso colocar el énfasis en los efectos subjetivos, puesto que diversos estudios mencionan que la exposición al infrasonido puede provocar sensaciones como: temor, tristeza, ansiedad, vértigo y muchas otras que varían de individuo a individuo.[iv] En este sentido, las investigaciones de Vic Tandy son un referente interesante.

Tandy, investigador de la Universidad de Coventry, fue uno de los pioneros en postular una relación causal entre el infrasonido y las experiencias psico-fisiológicas atribuidas a la actividad paranormal.[v] Sus hallazgos sugieren que las sensaciones percibidas en sitios presumiblemente embrujados como nerviosismo, miedo e, incluso, las apariciones de fantasmas, pudieran ser causados por infrasonidos provenientes de fuentes mundanas y no a dimensiones desconocidas o a seres espectrales que merodean lugares tenebrosos.

 

Mientras trabajaba en un laboratorio en Warwick del que existían reportes anecdóticos de experiencias paranormales, Tandy comenzó a sentirse nervioso y de pronto percibió una mancha gris en la esquina de su campo visual, que al voltear la cabeza desapareció. Al día siguiente, Tandy se puso a arreglar su florete de esgrima en este mismo lugar, y al sujetarlo firmemente por el mango con un tornillo, se dio cuenta que el florete empezó a vibrar sin cesar. Investigaciones subsecuentes condujeron al británico a descubrir que las vibraciones del florete eran causadas por un infrasonido emitido por el ventilador del extractor de humo del laboratorio. De acuerdo a sus cálculos, la frecuencia  del extractor era de 18.98 Hz, cifra que coincide con la frecuencia de resonancia del ojo humano, según reporta la NASA[vi]; lo que provocó que su ojo vibrara produciendo la ilusión óptica de la mancha, misma que pudiera interpretarse como una aparición fantasmagórica.

 

A raíz de lo anterior, Tandy realizó otros estudios en lugares supuestamente embrujados como el viejo sótano ubicado bajo el Centro de información para turistas, junto a la catedral de Coventry y también midió infrasonidos cercanos a los 19 Hz, lo que fortaleció su hipótesis de que las experiencias anómalas achacadas a fenómenos paranormales provienen del infrasonido.

 

Música con F

 

Los extraños efectos subjetivos que el infrasonido puede causarnos parecen lógicos si vemos que sus fuentes naturales son fenómenos potencialmente peligrosos para los humanos (sismos, avalanchas, tigres…) y probablemente pudiera aventurarse la hipótesis de que poseemos algún sustrato instintivo que nos lleva a interpretar los estímulos infrasónicos de las maneras antes descritas.

 

 Sea cual sea la razón, lo cierto es que desde los primeros estudios documentados sobre los efectos del infrasonido en humanos, los pioneros en querer sacar provecho de ello fueron aquellos encargados de joder al prójimo: los señores de la guerra. Los ejemplos se remontan a los fallidos experimentos de Vladimir Gavreau, a finales de la década de los cincuenta, por crear una especie de láser infrasónico capaz de desorientar o causar daño severo a multitudes, y llegan hasta los intentos de la milicia norteamericana en colaboración con la Scientific Applications & Research Associates, Inc. para desarrollar “armas no-letales” utilizando ondas infrasónicas, en la década de los noventas.[vii] En otros contextos, las investigaciones con infrasonidos han sido, afortunadamente, más fructíferas. Campos como los de la sismología, la geología y la medicina se han beneficiado por la aplicación de tecnologías infrasónicas que permiten detectar el deslizamiento de las placas tectónicas, mapear formaciones rocosas bajo tierra o estudiar  el movimiento del corazón.

 

Con todo y que diversas disciplinas han manejado el infrasonido para sus propios fines, sorprende el hecho de que el campo musical haya rezagado tanto su explotación, tomando en cuenta las intensas impresiones estéticas que es capaz de provocarnos. Aunque generalmente hemos asociado el arrebato emocional de la música al rango audible de frecuencias, a las cualidades tímbricas, melódicas o armónicas; la música actual podría verse significativamente enriquecida si incorporara entre sus artilugios el silencioso poder del infrasonido.

 

Parece ser que en siglos pasados existió un genuino interés por explorar y aplicar las cualidades y efectos del infrasonido (aunque no se le conociera como tal) a la música. No obstante, dicho interés fue decreciendo al punto de que, hoy día, los sistemas convencionales para registrar (audio) y reproducir (altoparlantes) el sonido están avocados al espectro audible de frecuencias. Aunado a ello, si bien el avance de la tecnología musical electrónica permite un manejo preciso de las frecuencias para generar infrasonidos, pocos son los músicos que lo han utilizado en sus creaciones.

 

Como sabemos, la mayor parte de los instrumentos musicales están adaptados para resonar en audiofrecuencias, sin embargo, hay ciertos instrumentos que dependiendo del entorno en el que se toquen, son capaces de irradiar armónicos infrasónicos en diferentes intensidades. Existen indicios de que antiguamente los compositores y los constructores de instrumentos reconocían la importancia de las vibraciones inaudibles para el desarrollo de la música. Por ejemplo, el fortepiano, instrumento que contrastado con el piano actual suena hueco u opaco, cuando es tocado en un entorno similar al que habitualmente se ejecutaba en el siglo XVIII (salones de proporciones medianas con pisos de madera), adquiere un brillo diferente. Dado que el fortepiano, al igual que el chelo, están acoplados al suelo a través de las patas (o la pica en el caso del chelo), las frecuencias bajas se transmiten no sólo al piso, sino también a las paredes y al techo, con lo que toda la gama de frecuencias adquiere mayor brillantez y el oyente recibe una impresión más directa y “tridimensional” de los sonidos bajos.[viii]

 

Pero el ejemplo más contundente de la posible utilización de los efectos del infrasonido en la música del pasado nos lo da otro instrumento también de tecla y acoplado a los recintos donde se interpreta: el órgano. Muchas catedrales e iglesias antiguas poseen órganos monumentales cuyos inmensos tubos pueden emitir infrasonidos que al aprovechar las estructuras resonantes que los albergan, impactan eficazmente a la audiencia. Los órganos de catedrales como la de Liverpool y Worcester, en el Reino Unido, pueden generar notas de hasta 8.2 Hz. Asimismo, gran parte de los órganos de catedrales, alcanzan el tono fundamental de 16.4Hz (do0), mas tocados en las octavas bajas y en los registros o “stops” adecuados, fácilmente pueden llegar a frecuencias inferiores.

 

Se piensa que la utilización de estos infrasonidos en la música religiosa está asociada al propósito de causar efectos psicológicos relacionados con experiencias espirituales o místicas tales como sentimientos de inexplicable temor o tristeza, ansiedad y escalofríos.[ix] La obra de Bach, pródiga en composiciones para órgano, cuenta con múltiples ejemplos maravillosos donde, bajo las condiciones adecuadas, se puede percibir la sobrecogedora, envolvente y “espiritual” sensación del infrasonido, las obras BWV 542, 565, 582, 643 y 737, resultan ilustrativas al respecto.

 

Con el paso de los siglos, mucho antes de que existiera el término “infrasonido”, ese audiocentrismo del que ya hemos hablado fue permeando el quehacer musical. El avance en la transmisión de la música a través de las partituras impresas la hizo salir de sus ámbitos concretos de interpretación, para ser tocada en diferentes entornos de acústica variada, lo que, sin duda, fue en detrimento de aquella riqueza de armónicos que los recintos para los que originalmente fue pensada le añadían.

 

Tiempo después, con los sistemas de grabación y reproducción aparejados al interés por hacer de la música un fenómeno fácilmente portable, almacenable y compartible, la fidelidad en la transmisión del espectro de frecuencias audibles e inaudibles pasó a un segundo término. Aunque hay formatos de alta fidelidad que se esfuerzan por ofrecer experiencias musicales lo más “completas” posibles, todos sabemos que el rey de los formatos, al menos en cuestión de popularidad, es el mp3, que cumple muy bien con el objetivo de hacer que llevemos la música por todos lados, pero que, aunado a las especificaciones de las bocinas y audífonos estándar, dista mucho de brindarnos esa experiencia musical rica en texturas armónicas que nos puede ofrecer cualquier concierto en vivo. Finalmente, hasta los mismos compositores y productores, en su mayoría, se han avocado a crear música cuyo rango expresivo no requiere una mayor apertura en la transmisión de frecuencias de la que el formato mencionado puede dar.

 

A pesar de lo anterior, mentiríamos si dijéramos que el campo artístico actual está privado de la experimentación infrasónica. Si echamos un ojo a la parcela de lo que tradicionalmente conocemos como música, el panorama sí resulta un tanto desolado, pero volteando hacia el resbaladizo terreno de lo que ha venido a llamarse arte sonoro, se atisban varios ejemplos donde el infrasonido ha rendido frutos.

 

Que el arte sonoro ofrezca un suelo fértil para el desarrollo artístico del infrasonido no es casualidad. Lo que supuestamente le da autonomía al concepto de arte sonoro frente al de música, es precisamente su carácter intermedia –para decirlo con Manuel Rocha Iturbide[x]- en el que confluyen diferentes lenguajes artísticos que permiten, desde una visión renovada, recuperar la dimensión espacial, táctil y plástica del fenómeno sonoro, desde las cuales se puede expresar y sentir el infrasonido. De allí que se hable de obras como instalaciones o esculturas sonoras en donde, si bien el sonido (en tanto energía vibratoria, más allá de ser audible o no) ocupa el papel principal, el espacio y las condiciones ambientales a las que se circunscriben o delimitan, son también constitutivas de la obra.

 

Una muestra cercana fue el montaje del artista mexicano Mario de la Vega, creado ex profeso para el Laboratorio Arte Alameda, en la Ciudad de México, y que terminó el pasado 1 de septiembre. SIN, fue el nombre de esta exposición que pretendió invitar a la reflexión sobre aquello que no vemos ni escuchamos, pero que afecta nuestro comportamiento y percepción, como es el caso del infrasonido. Asimismo, coqueteó con el potencial de causar daños fisiológicos o temor, propia de la actividad infrasónica. Tanto así, que incluso se hacía firmar una carta responsiva al visitante, deslindando con ello al artista y los organizadores de toda responsabilidad. La primera pieza, “Nodo”, explotó las cualidades acústicas de la nave del ex templo del convento de San Diego, exponiendo al visitante a ondas de baja frecuencia que permitían descubrir la frecuencia de resonancia del espacio y sus variaciones al recorrer el recinto.  La pieza VI de la muestra, “Credo”, incluyó un muro de 16 subwoofers que emitían una frecuencia base de 17 Hz, e invitaba al participante a experimentar los posibles efectos fisiológicos y psicológicos que el infrasonido puede producir, que como rezaba el texto de la exposición: “aunque de naturaleza efímera y benigna pueden ser inquietantes.”  

Hay muchos otros ejemplos notables de la exploración infrasónica, como los trabajos de la Australiana Cat Hope,  y su obra “The Low Groom” (2006) o la propuesta del grupo conformado por: Reinhard Gupfinger, Hideaki Ogawa, Christa Sommerer y Laurent Mignonneaude la Universidad de Arte y Diseño de Linz, Austria, titulada: “Interactive Infrasonic Environment” (2007), pero por cuestiones de espacio, ahora no nos detendremos en ello.

 

Más allá del campo experimental del arte sonoro y de regreso hacia eso que convencionalmente llamamos música, aquella que vamos a escuchar en salas de concierto o clubs y que pretende exponer un discurso estético a partir de la disposición de los sonidos,  apenas se vislumbran ejemplos de la utilización del infrasonido (por ejemplo la obra de John Duncan o Richard Chartier, que siguen rayando en lo experimental). En este campo, la dimensión infrasónica aún tiene un enorme terreno de exploración que bien puede ofrecer nuevas herramientas estéticas. Pues como bien a mostrado el connotado experimento de Sarah Angliss y Ciarán O’Keeffe sobre los efectos del infrasonido en conciertos en vivo[xi]. Utilizando instrumentos convencionales como el piano u dispositivos electrónicos comúnmente utilizados para hacer música, cuando se añade el poder del infrasonido, se producen o acentúan sensaciones como escalofríos, calma, “momentos de claridad” y otras sensaciones inesperadas, capaces de enriquecer la experiencia emocional de la música.

 

Finalmente, esta no es más que una invitación a que músicos y compositores se animen a descubrir el silencioso poder del infrasonido. Quizás en un futuro, la música de los fantasmas, fenómenos naturales y las fieras cobre un nuevo sentido. Música que como la misma letra F, que suena poco pero se siente mucho en labios y dientes, rompa el hechizo audiocentrista y recobre la apelación al resto de nuestros sentidos.   

            



[ii]Por ejemplo: http://www.iarnoticias.com/ultimo_momento/asia/0003_elefantes_salvan_a_turistas_03en05.html y  Agence France Presse."Thai Elephant Instinct Saves Tourists and Handlers from Tsunami."   10 de enero de 2005.

[v]Consultar: Tandy, V. (2000). Something in the cellar. Journal for the Society for Psychical Research. 64.

Tandy, V & Lawrence, T.R. (1998). The ghost in the machine. Journal of the Society for Psychical Research, 62.

 

[vi]Reporte 19770013810, consultable en: http://www.dtic.mil/cgi-bin/GetTRDoc?AD=ADA030476&Location=U2&doc=GetTRDoc.pdf

[vii]http://schizophonia.com/archives/traumaArchive/Infrasound/acousticweapons.pdf

[viii]Cfr. Maconie, Robin. La música como concepto. Acantilado, 2007. Pgs. 240-242.

[x]Rocha Iturbide, Manuel. ¿Qué es el arte sonoro? En: http://www.artesonoro.net/artesonoroglobal/QueEsElArteSonoro.html

 

[xi]Al respecto consultar: http://www.spacedog.biz/

Fieras

En el estado de Bengala Oeste, al norte de la India, un pescador solitario busca  cangrejos a la orilla de un río." data-share-imageurl="">

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