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Guitarra Negra de Alfredo Zitarrosa

Imagen de fabian

Durante mucho tiempo y en muchos espacios se habló mucho de lo mucho que Alfredo Zitarrosa hizo en los muchos espacios y tiempos en los que vivió. Se escribieron tantísimos libros sobre su vida y obra que podría resultar machacón traer el cuento de vuelta. Todo nos lo ha contado ya el poeta Saúl Ibargoyen y Eduardo Erro y Guillermo Pellegrino y Mónica Salinas. Pareciera que no hay nada nuevo que contar veinticinco años después de su prematura muerte.

Sin embargo, el eco de su obra, de su legado, es apenas audible. El paso de las generaciones ha desdibujado la fuerza de su música, de sus letras, de su sinceridad y su poesía. Pocos nombres de aquella oleada de cantantes pudieron sobrevivir a los tiempos venideros: Silvio Rodríguez, Chico Buarque, Mercedes y Violeta, Pablo y Facundo, quizá Atahualpa, quizá Viglietti.

Y es que con el paso y peso de los años, la protesta y el folclor fueron enmudeciendo, ¿se acabaron las ilusiones? No lo creo, simplemente cambiaron de ropas. Hoy al folclor le llaman world music y a la protesta, conciencia. ¿Por qué entonces si nada ha cambiado el nombre de Alfredo Zitarrosa es tan poco conocido? Misterio absoluto, pues su música y sus letras siguen tan vigentes como hace treinta o cuarenta años. Por eso y nada más que por eso, la recomendación de este mes es uno de los discos más queridos de Zitarrosa: Guitarra Negra, de 1978.

Alfredo Zitarrosa nació en Montevideo un 10 de marzo de 1936 y a poco tiempo de nacer fue dado en adopción por su madre. Con la familia adoptiva pasó una temporada de su infancia en el campo, hecho que lo marcaría para siempre. Tiempo después regresó con su madre biológica, adoptando el apellido de su entonces esposo, Nicolás Zitarrosa.

La juventud de Alfredo Zitarrosa estuvo marcada por los ires y venires en diferentes trabajos: vendedor de muebles, ayudante en una imprenta, oficinista y, finalmente, locutor de radio, donde empezaría su relación formal con la música. Su debut como cantante llegaría a sus 27 años, en una presentación televisiva a la que acudió un tanto obligado por las circunstancias. Dos años más tarde, en 1965, lanzaría su primer álbum, El canto de Zitarrosa.

Los restantes 24 años de su vida estuvieron dedicados a la música, la creación literaria y el periodismo, profesiones que practicó en tres periodos de su vida: en Uruguay de 1965 a 1976 y de 1984 hasta su muerte y durante su exilio en Argentina, España y México, entre 1976 y 1984. Cuando por fin regresó a Uruguay, la gente lo recibió tan emotivamente que el propio Zitarrosa calificó aquello como la experiencia más importante de su vida. La cantidad de gente que se reunió para recibirlo sólo es comparable a la que fue a despedirlo tras su muerte prematura en 1989. Contaba apenas 52 años.

Hablar del folclor latinoamericano y de la canción de protesta es hablar de un contexto muy específico y doloroso para la historia Sudamericana: tiempos de dictaduras, de persecuciones políticas y desaparecidos. Cada país del Cono Sur conserva aún las heridas de este periodo sobre su rostro. Quizá es por esto que aquellas canciones ya no resuenan como antes. Uruguay no fue la excepción y en 1973 el presidente Juan María Bordaberry, apoyado por las Fuerzas Armadas, disolvió el Parlamento uruguayo y se erigió como dictador hasta 1976. Pero la dictadura militar no acabaría ahí, sino que se extendería hasta 1985.

Por aquel 1973, Zitarrosa ya era una figura bastante reconocida en toda Latinoamérica y un ícono para la izquierda uruguaya, no solo por su militancia en el Frente Amplio, sino principalmente por el amor que profesaba a los sonidos oriundos de su país y a la cultura popular. Y es que Zitarrosa no sólo tuvo que enfrentarse a las circunstancias históricas de su terruño, sino también, como muchos músicos de la época, al menosprecio de las manifestaciones artísticas del pueblo por parte de los sectores medios de su sociedad.

Pero Zitarrosa no era, musicalmente hablando, un folklorista “puro”, como tampoco era un exacerbado nacionalista. De orientación medianamente anarquista, su amor por la poesía y su sensibilidad para integrar elementos del jazz o la música de cámara a la tradición musical del Uruguay le valieron un lugar único en el gusto de la gente. Cuando en 1971 sus canciones fueron prohibidas, Zitarrosa no cejó en sus ánimos creativos y se mantuvo durante cinco años más componiendo y difundiendo. Pero en 1976 decidió marcharse con rumbo a Argentina, país del que también huyó al establecerse otra dictadura.

Su pionera intuición de músico de fusión, es quizá el punto clave para entender por qué Zitarrosa fue lo que fue en su época. Como músico de fusión, es decir, como creador libre de prejuicios y cánones ideologizantes, Zitarrosa supo abrir el Uruguay para los uruguayos: la hasta entonces despreciada música popular –milongas, candombes, chamarras, triunfos y zambas- tomó un nuevo lugar a través de la voz de Zitarrosa. Se convirtió, en un periodo relativamente corto, en símbolo nacional revalorado y, al mismo tiempo, en baluarte de la cultura latinoamericana.

Estando en el exilio, Zitarrosa continuó escribiendo y grabando discos, entre ellos, Guitarra Negra. Bajo este título, Zitarrosa lanzó dos álbumes diferentes: uno de estudio, grabado en España en 1977 y aparecido en Uruguay hasta 1985 y uno en vivo, grabado en el Auditorio Nacional de México en 1978. Es este último del que les hablaremos, pista por pista.

Guitarra Negra abre con la chamarrita “Pa’l que se va”, una canción dedicada a las personas que abandonan su tierra. A través de recomendaciones comunes y en un lenguaje sumamente coloquial, Zitarrosa pone en duda la eternidad del exilio e invita: “no te olvides que el camino es pa’l que viene y pa’l que va”. Esta canción apareció originalmente en el álbum Del amor herido, de 1967 y es una de las más conocidas de Zitarrosa. De influencia litoraleña, es decir de la zona enmarcada por los ríos Paraná, Uruguay y Paraguay, “Pa’l que se va” es una excelente muestra de una de las venas favoritas de Zitarrosa: hablar de temas tristes con alegría sobrada.

A este tema sigue “Doña Soledad”, algo así como un “candombe con perspectiva de género”, en el que Zitarrosa invita a Doña Soledad, una mujer de pueblo, a cuestionar sus condiciones de vida. Entre referencias cotidianas, esta canción, original del álbum Yo sé quien soy de 1968, se asoma a los temas de la realidad femenina: pocas oportunidades para el estudio, trabajo obligado, falta de recursos hasta para morirse. ¿Cuántas doñas Soledades en el mundo quisieron querer estudiar pero no pudieron poder?

Y ya entrados en redenciones de lo femenino, llega la canción más conocida de Zitarrosa, “Stefanie". Cuentan las leyendas populares que estando en Brasil, durante los años de exilio y bastante deprimido, Zitarrosa conoció a una prostituta que supuestamente terminó enamorándose de él y que sería la musa de este tema. Cierto o no, las referencias hacia la prostitución son evidentes: “te veo salir correr por el pasillo del hotel”; “debes vivir la soledad que sales a vender”; “Stefanie, yo tampoco te quiero, mas tu amor por el dinero ha olvidado al obrero y al señor”. Una canción triste y desgarradora pero que, al mismo tiempo y a través de esa misma languidez, limpia y redime la imagen de las prostitutas.

El cuarto tema, “Ya es bastante”, publicado más tarde como “Ya basta”, es una milonga instrumental donde Zitarrosa muestra y demuestra sus virtudes como guitarrista, algo que hasta ahora no habíamos mencionado. Muchos recuerdan a este autor por su inigualable voz y sus bellísimas letras, pero haciéndole justicia debemos reconocer que no era “sólo” un cantante, sino un excepcional guitarrista que supo ensalzar con sus acordes el sonido de la música popular. “Ya es bastante” es una muestra de ello: respetando las bases rítmicas de la milonga, Zitarrosa la transforma, la llena de detalles, de complicados arpegios, que nos envuelven en su delicadeza.

Hasta aquí todo han sido insinuaciones del pensamiento más duro de Zitarrosa: guiños sobre sus ideas y posturas políticas, atisbos de los juicios que nacían en su cabeza. Pero el quinto tema de Guitarra Negra es enteramente distinto: directo y agrio, el “Adagio en mi país” suelta sin piedad, uno tras otro, los señalamientos más fuertes de Zitarrosa. Podríamos decir, de alguna manera, que esta canción es un doble adagio, pues musicalmente es una pieza lenta, una vociferación firme pero que se toma el tiempo para degustar cada acorde, cada palabra. En cuanto a lo lírico, este tema es una recopilación de adagios: de su padre a su pueblo, Zitarrosa comparte las verdades que latían en el corazón de un futuro aún sin trazar: “dice mi padre que un solo traidor puede con mil valientes”, “dice mi pueblo que puede leer en su mano de obrero el destino y que no hay adivino ni rey que le pueda marcar el camino”. Con un coro que desborda esperanza, “Adagio en mi país” deja lugar a la última canción del disco: “Guitarra Negra”.

“Guitarra Negra”. Empecemos por lo evidente, su duración. Dieciséis minutos y cuarenta y tres segundos. ¿Cuánto se puede decir, cuánto se puede tocar en un tema tan largo? Tantísimo que al final el escucha deseará que la canción no termine. “Guitarra Negra” es un tema único en su estilo, bautizado por Zitarrosa como un “poema por milonga”, es decir, una pieza musical que despoja al tango de la melancolía y que busca regodearse en las posibilidades de la palabra, pues en el lenguaje quimbunda, eso quiere decir. Un pleonasmo sugerido, un festejo total de la palabra, madre también de la poesía.

Este tema apareció por vez primera en Guitarra Negra, el disco de estudio lanzado en España en 1977. Originalmente Zitarrosa definió cada una de sus partes como “contracanciones” que estaban repartidas en tres lapsos y no contaban con un título en particular. Para la edición uruguaya de 1985 bautizó cada una de aquellas contracanciones, quedando “Guitarra negra” integrada por nueve fragmentos, nueve pequeños poemas que se deslizan en una base milonguera sencilla y pegajosa.

El primer poema, “Introducción”, es una oda a su guitarra, a su esencia escurridiza y amorosa, al hecho de tocarla sin saber a ciencia cierta cómo amarla sin dolor, cómo tocar su carne de aire, cómo hacer para que sienta su torpe amor. Sin demasiado apuro, Zitarrosa pasa de las preguntas a las aseveraciones de “Allanamiento”, un poema donde narra los andares de una muerte que lo busca por todos los rincones de su casa. Pero la muerte no encuentra a nada ni a nadie, pues Zitarrosa ha partido ya al lado de la vida, pregunta en una esquina la hora y en la bolsa del hombre que le da la hora, “iba la vida, junto con su almuerzo”.

Sigue “La casa”, el poema más breve y aun así tan contundente, tan áspero. Más áspero “Uruguay for export”: la estampa cruel de un matadero donde las reses van a morir, donde van derecho al descuartizamiento atroz y se preguntan qué pasa sin encontrar respuesta alguna, sólo monstruoso dolor y estupidez sentimental. Una a una las imágenes nos desconsuelan, nos remueven sentimientos desconocidos en plena entraña mientras la milonga sigue fluyendo, sigue fluyendo.

Un alto breve, otra estampa: “Flor show”: la flor de agua que nace y muere en cada fuente, como muere la milonga en la canción. A ritmo de un tango que mucho tiene de gitano, Zitarrosa recrea la vida breve de la flor, madre de estrellas, espectáculo efímero pero eternamente repetido mientras haya ojos y aplausos que la nutran. Vanidad hinchada, belleza que muere, ciclos que se recrean una y otra vez.

Cierra el paréntesis y abre las alas, “Mis alas”: agria metáfora de amor y odio, de libertad y destino, de más allá y más acá, de pueblo y canción. Alguien más abre las alas, “La Mariposa”, un triste poema porque no vuela libre, sino atada a su muerte. Pero eso no es tan triste, dice Zitarrosa, “triste es ver su cadena de huevos en el hollín, depositados junto a un río de aceite, a la sombra de las altas paredes de cemento”.

“Hago falta” y “Exhortación y propósitos” cierran “Guitarra Negra”. Aparece Zitarrosa. Aparecen las dudas y las certezas. Aparece la palabra y su secreto abismo. Aparecen los nombres de los muertos y desaparece la esperanza, oculta tras los dientes de un perro que roe en la oscuridad su propio hueso. Desaparece la canción. Aparece el silencio.

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