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Escribir sobre música

Imagen de fabian

Almohada Carnívora

Hay que seguir planeando, trabajando, pagando deudas y mantenimiento, seguir jugando a que tenemos un lugar en el planeta. El dinerito que percibimos nos sirve para darnos algunos lujos como comer del diario y hasta de cuando en cuando soplarnos una botellita de escocés.

Por eso y solo por eso, voy a permitirme escribir –será la única vez, lo prometo- sobre este oficio que practicamos algunos necios y que la gente llama “escribir de música”. No escribir música, porque para eso se requiere talento, disciplina y el favor de las musas, ni hacer periodismo cultural ni reportear. Escribir de música. O lo que es lo mismo escribir sobre, acerca, al respecto, de ese divino arte que parece estar en todos lados y que pareciera no necesitar de nuestra intervención para seguir siendo hermoso y consumido.

Una justificación: me apetece hoy más que nunca hablar de nuestra labor porque ya desde hace tiempo los ganapanes de este negocito vivimos atados al menosprecio. Aunque el público en general busca información en los medios para comprender mejor lo que escucha o en el mejor de los casos ampliar un poco su horizonte, nuestro trabajo se asocia regularmente a dos lugares comunes que de alguna manera lo acaban soterrando.

Primer lugar común. Hacia el final de Ratatouille, , la película de Disney-Pixar que cuenta la historia de Remi, la rata cocinera; Ego, el crítico, hace una reflexión que debo confesar me arrancó unos lagrimones la primera vez que la escuché. Dice más o menos así: “la vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos: arriesgamos poco y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio. Prosperamos con las críticas negativas, divertidas de escribir y de leer, pero la triste verdad que debemos afrontar es que en el gran orden de las cosas cualquier basura tiene más significado que lo que deja ver nuestra crítica”. En muchas ocasiones, el público lector nos encasilla bajo esta figura: el crítico, o lo que es lo mismo, el gran conocedor, amargado y elitista que vive de destrozar el trabajo ajeno. Nada más falso.

Segundo lugar común. Por razones del negocio informativo que nadie tiene muy claras, si un periodista se especializa en el ámbito teatral o literario, si da seguimiento a las corrientes pictóricas o arquitectónicas, se da por entendido que pertenece al noble sector del periodismo cultural, pero si su especialidad es la música, se dirá que es un reportero “de espectáculos”, es decir, que lo mismo da si entrevista a Leonard Cohen o hace un resumen de los últimos escándalos de Paris Hilton. Su trabajo es de segunda categoría, busca el chisme y su ética profesional es dudosa o de plano inexistente. Otra falsedad.

Hará unas semanas que leí el último libro de Haruki Murakami, Baila, baila, baila. El personaje principal escribe para revistas femeninas -sea lo que eso sea- en una sección dedicada a recomendar restaurantes y se define a mismo como un quitanieves cultural: “Solo redacto textos para rellenar huecos. Cualquier cosa. Alguien tiene que hacerlo y ese alguien soy yo. Es lo mismo que quitar nieve. Soy un quitanieves cultural”. Una tercera y triste opción. Habría que proponer una cuarta… pero antes, unas breves y cínicas confesiones.

 

Confesión #1

Los periodistas musicales somos estrellas en potencia y/o frustrados

Debo confesarlo: muchas veces, cubriendo un concierto o tumbado en la cama escuchando algún disco de mis predilectos, me da por imaginar que no es Tom Waits el que canta o Luri Molina el que exprime deliciosos sonidos al contrabajo, sino un servidor. Es cierto que muchos periodistas musicales son, además, músicos. No es mi caso. Yo soy simplemente un melómano. Pero comparto con toda la gente que talonea en este negocio el amor incondicional por el sonido organizado. Amamos la música por sobre todas las cosas y en más de una ocasión sentimos lo que se llama “envidia de la buena” por aquellos que sobre tarima hacen las delicias para los oídos del público. No es esto algo de lo que nos avergoncemos.

 

Confesión #2

Los periodistas musicales no sabemos escribir

Con el humor corrosivo que siempre le caracterizó, Frank Zappa definió al periodismo del rock más o menos asÍ: “el periodismo del rock consiste en gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer”. La plasticidad del lenguaje musical y su incomprensible poder para transmitir ideas y sentimientos han provocado que acabemos perdiendo la fe en el texto. Qué más da si no sabemos escribir si aún podemos entender un riff poderoso. Tampoco nos avergüenza.

 

Confesión #3

Los periodistas musicales escribimos sobre cualquiera que nos regale un disco

El universo musical es enorme, una jungla podría decirse, y perderse no es difícil. A esto súmese el hecho de que los discos, todavía, son caros y que nosotros no ganamos dinero a carretadas. Cuando un artista nos obsequia un disco, devolvemos el favor con palabras y aunque sea malo tratamos de encontrarle valor. No importa que allá afuera existan mucho mejores propuestas, ellos no nos han buscado y nosotros no los hemos encontrado. Se hace lo que se puede, sin que medie vergüenza.

 

Confesión #4

Los periodistas musicales somos tanto o más excesivos que los artistas

Hace algunos años, el mítico periodista del rock Al Aronowitz convenció a Bob Dylan de conocer a The Beatles. En aquel encuentro, el cuarteto de Liverpool probó por vez primera la marihuana y de ahí en adelante su carrera musical tomó nuevos caminos llenos de creatividad. Muchos años después, Aronowitz declararía que los sesentas no hubieran sido lo mismo sin su intervención. No sólo somos excesivos y viciosos, también somos una mala influencia.

 

Confesión #5

Los periodistas musicales somos intolerantes con los géneros que no nos gustan

Para nadie es un misterio que este no es el negocio más jugoso del mundo. Muchos sostenemos que estamos en él porque es “lo que nos gusta”. Si encontramos un género o corriente que calificamos como poco valioso o francamente lamentable, no espere el público que seamos imparciales y mucho menos benévolos con tan horripilante música. Claro que si nos regalan un disco haremos lo que se pueda, pero aprovecharemos la menor oportunidad, de eso puede estar seguro, para denostar el género en cuestión.

 

La burra al trigo

Si usted ha creído cualquiera de las anteriores confesiones le agradecemos infinitamente, pues reafirma lo que veníamos diciendo: nuestra labor es menospreciada. Fuera de trampas y disculpándome por el mal gusto de los párrafos anteriores, debo confesar, ahora sí de verdad, que no podría definir en qué consiste exactamente “escribir de música” o qué se requiere para hacerlo. Intento unos breves esbozos.

Para empezar, y creo que en esto todos estamos de acuerdo, este negocio como ningún otro requiere de apertura mental. Las manifestaciones musicales son tantas y tan diversas, que el fantasma del prejuicio puede aparecer cuando uno menos se lo espera. Por ejemplo decir que podría considerarse exquisito escribir sobre jazz o tildar de vulgar al que dedica páginas al reggaetón. ¿Música culta, popular, académica, clásica, tradicional? Cada adjetivo que asignamos es un arma de doble filo: por un lado puede que nos sirva para definir y orientar al lector, pero también lleva oculta una visión particular de aquello sobre lo que escribimos… y nadie, nadie, puede defendernos de nuestros propios prejuicios. Quizá la opción más sencilla será decir que uno simplemente escribe sobre música.

Otro punto importante a considerar son las motivaciones que nos llevan a escribir. Más de un colega afirmará que lo hace para combatir la mediocridad del mainstream y ampliar el horizonte cultural de aquellos a los que llegue nuestro trabajo. Pero lo cierto es que por más conocedor que alguien sea, nunca podrá gozar de autoridad para decir que es un experto en música y que su criterio puede, o en la peor de las soberbias debe, pautar las prácticas de escucha del público. En el fondo de estos imaginarios aún flota cierto tufo elitista que acaba siempre segregando aquello que se considera falto de valor.

Esto nos lleva al siguiente punto: cómo es que la gente que escribimos de música llegamos a hacerlo. Básicamente, y de manera muy arbitraria, podemos decir que hay dos tipos de periodista musical: los que venimos del periodismo y los que vienen de la música. Estos últimos pueden o no ser músicos: ingenieros de sonido, productores, managers, musicólogos y todo aquel que en su profesión aprende las minucias del lenguaje musical tiene un amplio acervo de conocimientos que compartir. Regularmente tienen un oído educado y dominan los pormenores de la producción y composición, herramientas que les permiten realizar juicios mucho más racionales y argumentados que los que podemos emitir los otros, los que arribamos desde el periodismo. Sin embargo, suele ocurrir a este tipo de escritor que obvie, omita o desconozca ciertos detalles sobre la formación social de la música: la forma en que se inserta en la vida cotidiana de los no músicos, los usos que pueden dársele o los trasfondos político-económicos del arte.

En el otro extremo estamos los que venimos del periodismo. Nos interesa, sobre todo, el papel del arte en la sociedad, los pormenores de vida, obra y milagros de los músicos, quedamos fascinados por la historia de los géneros. Cierto dominio del lenguaje periodístico suele enriquecer nuestros artículos o crónicas y podemos transportar al lector hasta las entrañas mismas de la música. Pero difícilmente podemos juzgar, nos falta conocimiento. Y aunque lo buscamos hasta por debajo de las piedras, no podremos ya anteponerlo a nuestra vocación.

Músicos metidos a periodistas o periodistas que se aventuran en el mundo de la música. Ambos tenemos nuestros detalles y nuestros valores, pero coincidimos casi siempre en las motivaciones. Nuestro negocio ha cambiado mucho a lo largo de los años y ha estado sujeto a las transformaciones tecnológicas. Cuando no había radio ni discos relatábamos los conciertos, cuando hubo discos nos dedicamos a recomendarlos o advertir al público de su bajo potencial. Fuimos en algún momento los responsables del éxito o fracaso de una nueva banda o corriente. De nosotros dependió que un festival tuviera o no una cuantiosa asistencia.

Hoy el asunto es diferente. La falta de profesionalismo y la proliferación de espacios en la red representan un riesgo para nuestra labor, pero también una oportunidad inmejorable para hacer llegar nuevas realidades sonoras a los oídos dispuestos. Hoy más que nunca, “escribir de música” nos exige calidad y compromiso. ¿Cuál es la motivación? Pregunta difícil. Aventuro una muy personal perspectiva: la música, para un servidor, no solo tiene un valor cultural, histórico, social, económico y político. Tiene, sobre todo, un valor sentimental sumamente alto. Capaz de sosegar la neurosis, curar las heridas, manifestar nuestro pensamiento o inundarnos de esperanza, la música representa una salida al caos, una posibilidad de renegar del asco o combatirlo. Lo más natural: compartirlo.

Ni críticos ni chismosos y mucho menos quitanieves, los periodistas musicales somos tan solo “compartidores” de esas joyas auditivas que encontramos en nuestro camino. Escribir de música es mi oficio. Disculpen ustedes las molestias que este texto puede ocasionarles. Buenas tardes.

 

 

Publicado originalmente en revista correspondiente al numero 13
Almohada Carnívora

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