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Entrevista a Jorge Drexler

Imagen de fabian

Hace veinticinco años un médico uruguayo decidió dar rienda suelta a su pluma y empuñar su guitarra para siempre. Lo que nunca imaginó es que se convertiría en uno de los compositores más queridos de Hispanoamérica y que su música trascendería toda clase de fronteras. Hoy les compartimos una pequeña charla que entablamos para descubrir que, como él mismo escribió, “nada se pierde, todo se transforma”. 

La primera vez que tuve contacto con la música de Jorge Drexler fue hace ya 13 años, cuando acompañó la presentación de Alejandro Filio en el Zócalo de la Ciudad de México ante un público más bien flaco para las magnitudes de la plaza. Recuerdo haber sido gratamente sorprendido por su lírica y contagiado de alegría cuando interpretó “Frontera”. Desde entonces, sus creaciones han formado parte importante del soundtrack de mi vida. Su apertura musical, su poesía hilvanada con preciosura, su única y curiosa forma de manejar el escenario, su capacidad de transmitir esperanza así sea tocando los temas más áridos y tantísimas cosas más lo han colocado muy alto en la escala de mis músicos predilectos. Es por eso que me resulta punto más que encantador compartir con ustedes una pequeña charla en la que repasamos ciertos tópicos musicales tras 25 años de trayectoria musical…

Es mediodía. Es un día antes de que Jorge cierre la gira “Perfume” en compañía de Luciano Supervielle, DJ y pianista de Bajofondo, y desaparezca por un tiempo de la vida pública para dedicarse a escribir. Es una fila de periodistas esperando su música y sus palabras. Llega directo del aeropuerto con su risa franca y ese acento uruguayo que dos décadas de vivir en Madrid no le han podido arrebatar. Comparte…

World Groove: Desafortunadamente para los músicos del Uruguay siempre ha habido una especie de ceguera de parte de otros países y continentes sobre la música de tu país. Hace años tanto Julio Sosa como Alfredo Zitarrosa fueron una especie de embajadores de la música uruguaya. De alguna forma has heredado ese papel que conlleva una sutil paradoja: insertarse en un escenario global pero sin soltar la raíz, ¿cómo impregna esto tu creación?

Jorge Drexler: Esto es un poco como el acento: lo puedes tratar de ocultar pero no tiene sentido porque es también lo que te respalda. También hay un detalle ahí: hay que pensar que Uruguay tiene 3 millones y medio de habitantes, es decir, como dos barrios de una ciudad grande. Es cierto que hay muchas cosas por descubrir, es llamativo que haya tanta música en Uruguay. Si lo vemos de otra forma, quizá Uruguay posea una de las músicas más difundidas en el mundo si uno tiene en cuenta la cantidad de músicos que hay por radio de población. También hay otras cosas lindas en esto: una ciudad chiquita como Montevideo, de un millón y medio de habitantes, tiene cosas que sólo se pueden dar en una ciudad que tiene esos tiempos lentos: Eduardo Mateo, por ejemplo, que requiere una bohemia y una visión diferente del tiempo.

En el mundo hay hoy dos tendencias claras: por un lado hay quienes buscan la integración, y por el otro la tendencia a desintegrar, a separar, a radicalizar y exacerbar las identidades para diferenciarnos. El hecho de haber siempre convivido con el otro desde niños es una lección que nuestro continente lleva con mucho adelanto.

Hay también la ausencia de una industria. Recién ahora hemos avanzado un poco, pero Uruguay no tiene un mercado interno consistente, hay que salir todo el tiempo. No es como Brasil, donde los músicos pueden no salir de su país y hacer un concierto al día todo el año. En Uruguay uno tiene que salir fuera. Pero el hecho de que no haya una industria fuerte también generó un ámbito que me parece muy sano: la gente hacía discos cuando tenía ganas de decir algo y los hacía con mucho sacrificio económico. Sin ir más lejos, yo mis primeros dos discos me los pagué con la medicina. Nadie en los 80s ni en los 90s, ni siquiera creo que ahora, hace un disco en Uruguay para ganar plata, lo cual trae un montón de visiones de la música. Ahora mismo hay en Uruguay una corriente de música comercial y juvenil que yo saludo porque me alegra que la gente pueda estar en contacto con tantas visiones de la música… sin embargo mis músicos favoritos del Uruguay tienen historias derivadas de lo pequeño: Fernando Cabrera trabajó de taxista, Leo Masliah trabajó de cerrajero y así hay muchos más.

WG: Ciertamente la forma de hacer música en Latinoamérica ha cambiado. Uno de esos cambios es el reencuentro con lo propio y su transformación en algo nuevo. ¿Te sientes conectado con esta tendencia?

JD: Yo le tengo una fe enorme a América. Este continente es uno de los regalos que me ha hecho mi carrera en los últimos años. He tenido la suerte de tocar prácticamente en todos los países de habla hispana en un lapso de dos años. Lo que he podido ver es que cada vez hay más personas con orígenes diferentes y que son fruto de la fusión de diferentes culturas, de diferentes etnias, de diferentes tradiciones. Este continente lleva mucha ventaja en ese sentido: lleva ya más de 500 años, a veces de manera muy dura y muy traumática pero a veces de manera muy amorosa, combinando África con la raíz indígena y con la parte que lleva de europea. Llevamos una experiencia llena de deseos y de amor.

Eso es una ventaja muy grande porque hemos aprendido a integrar orígenes, apellidos, tradiciones, gastronomía, integrar música. En el mundo hay hoy dos tendencias claras: por un lado hay quienes buscan la integración, y por el otro la tendencia a desintegrar, a separar, a radicalizar y exacerbar las identidades para diferenciarnos. El hecho de haber siempre convivido con el otro desde niños es una lección que nuestro continente lleva con mucho adelanto.

La música es parte de este proceso, pues nuestra música es híbrida. No como una yuxtaposición, no es poner una cosa encima de otra y hacer un remix. Hay una real integración y eso es un poco como el mole mexicano: lleva mucho tiempo de cocción. Los géneros latinoamericanos llevan mucho tiempo en el horno: el tango, el candombe, la milonga, el son jarocho… no son modas que tengan veinte años, han llevado un proceso de 200 o 300 años. Me da la impresión también de que Latinoamérica recibió con amor muchas de las cosas de las que Europa se fue olvidando. Entonces, eso que ahora el mundo ha descubierto que es bueno, la fusión, la integración, nosotros lo venimos haciendo desde hace mucho tiempo.

WG: Parte de esta integración que comentas también tiene que ver con la tecnología. Por ejemplo, antes de Bailar en la cueva trabajaste con N, un proyecto que explotaba las posibilidades de la tecnología aplicada a la música, ¿cuál es tu relación como músico con las máquinas?

JD: Lo bueno de trabajar con una paleta amplia, de haber trabajado con músicos como Luciano Supervielle que venía de un área mixta donde juega con música clásica y electrónica o gente que viene del mundo del jazz o el mundo del rock o del folklore mismo, es que cualquier cosa es posible. Podría hacer un disco sólo con guitarras que no estaría fuera de lugar, podría hacer un disco sin guitarras que tampoco estaría fuera de lugar. De hecho, si cuento las horas que paso con la computadora y con la guitarra para hacer música, creo que estoy más tiempo frente a la computadora.

Pero hay que darle su lugar a la tecnología: la tecnología da, pero también quita. La tecnología aporta muchas cosas, al mismo tiempo que te quita otras. Cuando uno trabaja concentrado en la libertad y parafernalia que te da una computadora para hacer una canción en su primera etapa y hacérsela llegar a otras personas, te aporta evidentemente muchas cosas. Pero hay algo de mágico también en las grabaciones que se hacen dando Rec una vez y se terminó. En esos casos, uno tiene que concentrarse en otros aspectos: hay que fijarse en los arreglos, en la armonía, en muchos factores, porque es algo que se hace una sola vez. Acá están, por ejemplo, los discos que hicieron conocido a Silvio Rodríguez en la década de los 70s, discos grabados en una tarde… o como el Kind of Blue de Miles Davis, que se grabó en dos días. Tienes que concentrarte bien porque todo es importante.

WG: En ese sentido, hay tres momentos claves para el músico y su obra: la composición en soledad, la entrada al estudio para darle vida a las canciones y la presentación en vivo. Cada una implica diferentes vivencias, diferentes emociones, ¿cuál prefieres tú, Jorge?

JD: Las tres son complementarias. Yo no podría estar sin ninguna, especialmente la primera y la tercera. Es como inspirar y expirar. Una representa tomar aire hacia adentro, que será mi trabajo en 2016, hacer un ejercicio de introspección y buscar algo nuevo. Luego viene un trabajo de un año y medio o dos, que es el tiempo que a mí me gusta girar y es donde uno comparte con la gente lo que encontró en esa cueva. Una no puede existir sin la otra. Para mí sería tristísimo hacer una gira sin canciones nuevas, sin absolutamente ninguna propuesta nueva, haciendo una estatua de sí mismo. Me gusta explicarlo con la imagen de la Gorgona: cuando uno miraba a los ojos de la Gorgona se convertía en piedra, decía la leyenda de la mitología griega. Para mí la Gorgona es el éxito: cuando lo miras de frente y te lo crees, te quedas de piedra. Por eso prefiero mirarlo de costado. Agradecer que está ahí pero no mirarlo a los ojos. No quiero hacer una estatua de mí mismo, no me gustan los museos, me gustan los jardines.

WG: De alguna manera quisiéramos pensar que la música cambia la conciencia y previene los horrores, pero lo cierto es que casi siempre acaba fungiendo como una curación. ¿Cómo conectar con la gente para dar un giro a esto?

JD: No lo había pensado nunca en términos de prevención… no lo sé. Y es que no tengo una “utilidad” cuando escribo las canciones, no escribo para nada en especial ni para nadie en particular. Escribo para mí, con la salvedad de que me considero un igual con el oyente en un acto de empatía. Así, sé que si algo me emociona a mí puede emocionarlo a él. No es que yo tenga un “mensaje”, nunca me gustó la idea del mensaje. ¿Tus canciones tienen mensaje? No, no me gusta la idea de que exista una cosa encriptada debajo y que sólo descubres si eres muy listo… o fingir que te estoy hablando de algo pero en realidad te estoy pasando algo por debajo.

Lo que hay en mis canciones es lo que ves, lo que se escucha. Son canciones hechas para mí y para aprender yo… y como no considero mi experiencia vital diferente a la de los demás, pienso que les pueden servir a otras personas. He tenido la suerte de corroborar esto: la gente te dice que las canciones le sirven, que comete la locura de tatuarse pedazos de las letras en el cuerpo o la preciosura de que duerme a sus hijos con ellas, eso es algo maravilloso.

WG: En la trayectoria de un artista hay ciertas canciones que acaban por convertirse en un retrato del tiempo en que fueron lanzadas, por ejemplo, tenemos en tu caso “Al otro lado del río”. Algunos músicos deciden, pasado un tiempo, regresar a ellas y refrescarlas, algunos otros prefieren seguir componiendo y creando nuevas cosas ¿qué piensas tú de esto?

JD: Hay un equilibrio entre las dos, aunque mi actividad favorita es ir para adelante. Pero el proceso de ir para adelante suele ser muy lento porque significa sentarse a escribir. Lo que nunca he hecho hasta ahora, en una carrera de 14 álbumes, es generar recopilatorios, un “grandes éxitos”. Se ha hecho una vez, pero fue iniciativa de la discográfica y ellos hicieron la selección. Personalmente cuando hice un disco de canciones preexistentes, que se llamó Cara B, resultó que la mitad de las canciones eran canciones que no había grabado nunca. No me gusta la nostalgia en ese sentido. Prefiero ir para adelante: escribir y luego estar dos años paseando esas canciones.

En ocasiones aprovecho eso para refrescar las canciones, es decir, llevarlas al sonido que estamos haciendo en ese momento. Es un poco lo que hice en la última gira, “Perfume”: es una evocación pero que mira hacia adelante. No me gusta revisitarme, no me gusta nada que tenga que ver con términos consagratorios, como si lo que uno hubiera hecho antes hubiera llegado a un tope y punto. Quiero pensar que la mejor canción aún estoy por escribirla.

WG: ¿Has hecho algún balance tras estos veinticinco años de trayectoria musical?

JD: Las cifras redondas te ponen siempre a reflexionar un poco, pero lo cierto es que para mí cada disco representa un balance. Siempre me planteo qué sigue. Trato ahora de recordar a la persona que yo era cuando tenía 25 años: en aquellos días yo no me dedicaba a la música ni vivía de la música. Había estudiado medicina e iba en camino de otra vida. Si a aquel muchacho de 25 años le hubieran dicho que 25 años más tarde estaría presentando su música ante tanta gente, seguramente me hubiera sentido muy contento, justo como estoy ahora.

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