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Entrevista a Bombino

Imagen de fabian

El blues nació en América: nació del dolor y la pena. Pero nació también para sembrar esperanza entre aquellos cuyo origen estaba distante, en el África del que fueron secuestrados. Todo vuelve a su sitio: el blues engendró al rock, el rock se unió a la música tuareg. Blues del desierto toca Bombino y hoy nos habla.

La palabra desierto tiene un origen más bien triste: es el participio del verbo latino deserere, cuyo significado es olvidar o abandonar. Una palabra que regularmente usamos para designar aquellos climas donde la vida es escasa o de plano inexistente, es decir, aquellos rincones donde la mano de Dios apenas salpicó unas pinceladas de seres que crecen. El desierto es la nada, el vacío, la inmensidad de la ausencia. Pero el hombre es necio y allá donde algo parece imposible, logra trascender.

Al norte de África, ese continente a veces tan incomprendido por los occidentales, se extiende un amplio desierto, el más caliente del mundo: el Sahara. Poco poblado, como cualquier desierto, el Sahara alberga desde tiempos muy remotos a un pueblo nómada: los Tuareg. Una comunidad berebere muy peculiar pues su forma de vida y sus tradiciones oscilan entre el comercio, el pastoreo, el pillaje y la guerra. Quizá por eso es que aún hoy llevan a cuestas cierta mala fama, así como cierto temor rodea a los múltiples nombres con los que se han autonombrado: tuareg, imoshag, kel tamasheg.

Por otro nombre también se les conoce: ishumar. Un término proveniente del francés chômeur, que quiere decir desempleado. Un feroz peyorativo inventado por los colonizadores de Argelia, Libia, Níger, Malí y Burkina Faso, regiones donde los Tuareg han permanecido durante siglos enteros. Pero el mundo gira y los tiempos cambian: el nomadismo de los Tuareg y su tradicional forma de vida comenzó a extinguirse cuando se impusieron artificiales fronteras que trozaron el Sahara. El desarrollo de modernos medios de transporte también supuso una estocada para las costumbres Tuareg, los señores del desierto, los únicos que le conocían y al que aún llaman su hogar.

Obligados a dejar los caminos, los Tuareg tuvieron que integrarse al ritmo de un mundo absurdo y nuevo que pugnaba por reorganizarse y obtener su libertad. Acostumbrados a defender lo propio, los Tuareg no permitieron que su cultura se borrara de golpe y porrazo: tensiones con los nuevos Estados y sus respectivas leyes llevaron a una serie de revueltas que comenzaron en 1990 en Malí y Níger. La historia es conocida: rebelión, represión, cientos de muertos y refugiados, todo aquello que sucede a los pueblos que buscan sobrevivir.

Decir que gracias a esto los Tuareg se abrieron al mundo y enriquecieron su cultura sería un insulto, pues sus tradiciones son tan ricas como las de cualquier otra comunidad. La música Tuareg es especial y conmovedora como la que más. Esto resulta sorprendente, pues la música tradicional Tuareg sólo se interpreta con tres instrumentos: el anzad, un pequeño violín de una sola cuerda; el tende, un tambor de cuero de cabra, y el tehardent, un laúd de tres cuerdas. Con esos “limitados” recursos, los tuareg desarrollaron a lo largo de los siglos tres géneros musicales: el asak, las canciones tradicionales; el tisiway, poemas cantados, y el takamba, un ritmo más alegre y que incluye percusiones afro-berebere.

Cuando las persecuciones a los tuareg comenzaron, muchos tuvieron que refugiarse en los países vecinos. Fue ahí donde los jóvenes conocieron una nueva forma de música con la que conectaron de inmediato: el rock y sus derivaciones. Hendrix, Marley, Santana, Dire Straits, Led Zeppelin y un sinfín de nombres más llegaron por vez primera a los oídos de los tuareg. De alguna manera, el hijo pródigo del blues, el rock, regresaba a su raíz africana para transformar, una vez más, el dolor en belleza.

Así nació el blues del desierto: una forma musical que combina los elementos básicos del blues con la música tradicional tuareg. La guitarra suplió al tehardent y encontró en su interior una nueva forma de cantar, ajena a la psicodelia y la estridencia, cargada de esa paz que sólo los eternos caminantes saben expresar. Dos nombres son fundamentales para entender la consolidación de esta corriente: el grupo Tinariwen, compuesto por tuaregs y que alcanzara renombre por sus mensajes de esperanza durante las rebeliones, y Ali Farka Touré, aunque él no era tuareg, sino sonrai. Gracias a ellos, la escena musical africana logró transformarse y recuperó parte de las tradiciones ancestrales.

Desde entonces, muchos músicos han surgido de la región norafricana y de entre los tuareg, sorprendiendo al mundo con su virtuosismo, sus letras profundas y su mensaje esperanzador y pacífico. Durante algunos años, el blues del desierto permaneció oculto para gran parte del globo, pues el largo imperio del rock y el pop opacaba todo aquello que estuviera cargado de “color local”. Pero entrados ya en el nuevo milenio, los géneros oriundos cobraron fuerza gracias al mentado movimiento conocido como world music.

Muchas disqueras voltearon entonces hacia rincones del mundo que ni siquiera sabían que existían y los artistas hasta entonces ignorados comenzaron a correr mundo. En 2006, uno de ellos, de nombre Omara Moctar, fue invitado a California por una asociación sin fines de lucro para dar un concierto con su banda Tidawt. Ya se sabe: las giras son azarosas y todo puede pasar… por ejemplo, grabar con The Rolling Stones una versión de “Hey negrita”. Pero Omara regresó a su tierra, sacudida una vez más por las revueltas.

Unos años después, mientras Omara permanecía refugiado en Burkina Faso, un casete con su música llegó a oídos de Ron Wyman, productor cinematográfico y fundador de Zero Gravity Films. El sonido lo capturó de tal manera que decidió rodar un documental sobre los tuareg, teniendo como figura central a Omara Moctar, quien entonces ya era conocido como Bombino. La música de Bombino comenzó a esparcirse gracias a Agadez: the music and the rebellion en 2009. Un año más tarde, Bombino viajaba a Estados Unidos para grabar su primer álbum en el estudio de Wyman y se convertía en una de las estrellas más prometedoras del sello Cumbancha Records, propiedad de Jacob Edgar.

Apenas tres años han pasado desde que Bombino lanzará Agadez. Apenas Bombino cuenta 34 años de andar sobre este mundo. Apenas comenzamos a digerir las nuevas propuestas. Y sin embargo, Bombino parece haber estado siempre ahí, a la espera de un par de oídos atentos a escuchar sus historias del desierto. Con tan sólo dos álbumes en su haber, Agadez de 2011 y Nomad de 2013, Bombino ha logrado conquistar el corazón de muchísima gente alrededor del orbe. Su sonrisa y su vitalidad en el escenario representan no sólo una forma de conocer a los otros que pueblan este planeta, sino también una forma de enlazar pasado y presente, esperanza y desierto, música y conciencia. Hoy Bombino nos regala algunas palabras sobre sus andanzas en la música, sobre su turbulenta vida y sobre lo que podemos encontrar en su particular sonido.

AcidConga: Tu historia como músico está marcada no sólo por las herencias culturales de tu pueblo sino también por las vicisitudes políticas que tuvo que enfrentar. Sin embargo, tu trabajo no apuesta por la politización, sino por la reflexión. Esta reflexión gira en dos sentidos: la valoración de una identidad cultural y la creación de conciencia. ¿Podrías contarnos un poco sobre esa identidad y esa conciencia?

Bombino: Tuve una vida bastante difícil. Tuve que ver muchas cosas terribles y experimentar una horrible violencia e indignidades. Pero para mí, la música siempre ha representado una forma de liberarse de los aspectos negativos de la vida. Mi mayor deseo es crear un sentimiento de paz en los corazones de quienes escuchan mi música. Yo soy Tuareg y estoy orgulloso de ser Tuareg, pero mi deseo no es combatir en el lado del pueblo Tuareg en contra de otros. Mi deseo es promover la paz entre toda la gente. Esta es la principal meta de la música: crear paz y propagar alegría entre todos.

AC: Entre los Tuareg se utiliza un término que llama la atención: ishumar. Originalmente se utilizó como peyorativo, pero poco a poco se transformó en algo distinto: el referente de una nueva identidad de la que tú eres promotor. ¿Qué piensas sobre el término?

Bombino: Para nosotros es muy similar a la palabra “N” usada para la gente negra en América. Viene de un mal lugar, donde es utilizada para humillar a nuestra gente y ponernos por debajo de aquellos que nos subyugaron. Pero ahora nosotros hemos tomado ese término para identificarnos. En mi opinión no es correcto que aquellos que no son Tuareg utilicen el término para describirnos, aunque entre nosotros se use como una forma de fraternizar.

AC: El llamado “blues del desierto” tiene dos orígenes principales: la música tradicional y el rock. ¿Podrías contarnos cómo es la música tradicional tuareg, qué géneros la conforman y cómo te acercaste personalmente al rock?

Bombino: Bien, como la mayoría de la gente ahora sabe, este tipo de blues proviene de nuestra región de África. Lo que poca gente sabe, sin embargo, es que el mismo Ali Farka Touré fue influenciado por la música Tuareg y no sólo de su nativo Sonrai. Las raíces del blues están en nosotros, la gente del Sahara. La música tradicional Tuareg tiene todos los ingredientes del blues: está basada en una escala pentatónica y tiene el mismo sentimiento del blues, el mismo sentido de nostalgia y dolor. Es una especie de celebración del dolor, como el blues. Pero todo esto es muy relativo. En mi caso, incorporé a un baterista y a un bajista que no son parte de la tradición musical Tuareg. Yo toco la guitarra con un capo que tampoco tiene nada de tradicional. Todas estos elementos provienen del rock estadounidense que yo escuchaba cuando era joven. Para mí, esa mezcla es mágica. Hace la música un poco más pesada. Sencillamente la amo.

AC: Algunos aseguran que antes de alcanzar proyección internacional como músico formaste parte del partido político Tuareg y posteriormente de una rebelión. ¿Esto es cierto?

Bombino: No, no. Yo nunca estuve envuelto en la política. Nunca fui ni me consideré un rebelde. A lo largo de mi vida fui refugiado en dos ocasiones pero nunca me incorporé en la resistencia Tuareg.

AC: Desde hace algunos años la llamada “world music” se ha convertido en un fenómeno de mercado. Algunas personas piensan que esto puede trastocar los géneros tradicionales, otros creen que la música se enriquece. Al margen de estas opiniones, este fenómeno ha servido para que muchas comunidades culturales compartan sus tradiciones y propuestas con el mundo entero. ¿Cuál es tu opinión sobre esto?

Bombino: A mí no me gusta el término ‘world music’. Creo que es una falta de respeto para los muchos estilos de música que hay alrededor del mundo y que debieran ser considerados por su propia cuenta y no colocándolos todos juntos dentro de la misma caja. Decir que mi música es igual que la de un músico de la India o del Brasil o la de algún joven de Japón no tiene ningún sentido para mí. Creo que el término es un reflejo de aquella mentalidad que asegura que la música de América o de Europa es la más importante y que todo lo demás puede entrar en esa caja. Es verdad que yo toco rock, pero rara vez me considero un músico de rock, en primer lugar, y un músico Tuareg, en segundo. Siempre preferiré lo contrario.

AC: ¿Qué prefieres, el trabajo como músico dentro del estudio de grabación o el trabajo en vivo, en las calles, en el desierto?

Bombino: Lo que más me gusta en el mundo es hacer mi música en el desierto, bajo las estrellas, acompañado por mis amigos y mi familia. Después de eso, prefiero actuar en el escenario. Por último, prefiero grabar en el estudio. En realidad amo hacer música donde sea, en cualquier momento. Pero en verdad no hay nada mejor para mí que estar en el desierto con mi guitarra.

AC: Gracias a tu trabajo y al de otros músicos Tuareg, parte del mundo ha entrado en contacto con la cultura de tu pueblo. Lo mismo sucede con otras manifestaciones a lo largo del planeta. ¿Alguna ha llamado tu atención al grado de querer involucrarte con ella?

Bombino: Claro que sí. He podido conocer a muchísimos músicos excelentes de todo el mundo desde que empecé con la gira en 2011. Cuando estuve en la India participé en un jamming con músicos indios. También pude hacer lo mismo en mi visita a Corea, en Nueva Orleans… ¡incluso pude tocar con Stevie Wonder! Me siento muy afortunado de haber vivido todas estas experiencias. Ha sido realmente bueno para mi alma.

AC: ¿Qué es la música para ti?

Bombino: La música es la vida. Es el aire. Es el agua. Es el fuego. Es también las dunas del desierto. Es el amor.

¿Por qué Bombino?

El nombre artístico de Omara Moctar es al mismo tiempo un halago y una premonición. Bombino es una variación de bambino, la voz italiana para nombrar a los niños, a los más pequeños. Y es que Omara es joven pero no inexperimentado: un alma brillante y pacífica que habita un cuerpo fresco. Un pasado difícil, un presente perseverante, un futuro prometedor.

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