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En defensa del Reggaetón

Imagen de carlos

“No comparto lo que dices pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”

Frase atribuida a Voltaire

Supongo que con tan sólo leer el título, a más de uno ya le habrá generado escozor y habrá dado vuelta a la página sin aventurarse a continuar con la lectura. Sin embargo, para quienes ya superaron esta primera barrera, es necesario aclarar que este artículo no pretende defender posturas como la misoginia, la violencia o el uso de drogas, tampoco es su afán definir qué es el reggaetón, ni establecer un origen geográfico ni temporal de este género, y que de ningún modo me considero un seguidor ni un experto del reggaetón. Mi única intención al escribir sobre esta devaluada música es tratar de generar reflexión en torno a los prejuicios que se suelen hacer en torno a algunas prácticas culturales e ir más allá de la primera cara que se nos presenta del reggaetón, mostrando que es una música de valía cultural que produce un sentido de identidad –al igual que cualquier otro tipo de estilo musical– y que implícitamente no tiene mayor ni menor mérito que otras manifestaciones musicales de distintas latitudes o épocas históricas. Al tratarse de un tema tan controvertido, he querido sustentar mi argumentación con referencias del mundo académico, espero que este hecho no le reste dinamismo a la lectura

Mi interés por escribir sobre el reggaetón lleva tiempo cobrando fuerza, la primer motivación que tuve surgió hace alrededor de un año al ver la siguiente leyenda pintada en una barda:

“Por un baile sin violencia ni drogas, no al perreo. No te dejes sorprender. Di no:

Si alguien te invita una mona

  • Si alguien te invita solventes
  • Si alguien te invita drogas
  • Si alguien te acosa sexualmente”

Este mensaje no se encontraba distribuido en un gran número de lugares en la ciudad, sino que únicamente pude percatarme de su presencia en una de las principales rutas que se dirige a Santa , la zona financiera de mayor importancia en la ciudad de México y uno de los más claros ejemplos de la desigualdad que se vive en el país, ya que la relación simbólica arriba/abajo en el estatus socioeconómico, se convierte en una realidad física pues los edificios corporativos de las firmas transnacionales de mayor renombre contrastan con los barrios y ciudades perdidas de las barrancas en una zona que anteriormente era un tiradero de basura.

Mi asombro fue mayor cuando me percaté de los responsables de este mensaje: la Universidad Nacional Autónoma de México (!), el Consejo Ciudadano Contra la Delincuencia, los Centros de Integración Juvenil, así como distintas entidades  del gobierno del Distrito Federal como la delegación Álvaro Obregón (Poniente de la Ciudad de México), la Procuraduría General de Justicia, la Secretaría de Salud y la Secretaría de Seguridad Pública del DF. Todas estas instancias avalaban y auspiciaban una campaña en contra del “perreo” sin ser lo suficientemente claros al hacer uso de este término, ya que comúnmente se denomina perreo, al baile que acompaña al reggaetón, sin embargo, esta campaña no hacía alusión a esta definición, sino que buscaba asociar el término perreo con los “bailes”, entendidos como las fiestas clandestinas que se realizan ex profeso (según las autoridades) para inducir a los jóvenes a consumir drogas. El resultado de esta tergiversación en el uso de los términos, hace que a final de cuentas se satanice, aunque sea de forma indirecta, al reggaetón.

El reggaetón y el uso de drogas

Pensar que únicamente en este tipo de bailes se hace uso de drogas resulta por demás ingenuo. Anteriormente han sido atacados por este mismo motivo el rock and roll, el reggae, la música electrónica y un sinfín de otros géneros, cada uno de ellos asociado con una sustancia específica, por ejemplo: el reggae con la marihuana, la electrónica con la “tacha”, el reggaetón con la “mona” (Puñado de estopa remojado con activo, generalmente pegamento PVC). Si nos vamos aún más atrás, podríamos hacer una genealogía del vínculo entre música y estados extáticos generados por sustancias psicotrópicas que se remontan hasta tiempos prehispánicos, sin embargo, podríamos perdernos en el camino de regreso hasta el reggaetón que es lo que en este momento nos atañe.

En el imaginario de la sociedad, el hecho de que la “mona” sea el estupefaciente que se vincule con el reggaetón, empieza a delinear al sujeto que le gusta este género musical, asociándolo con un vicioso que pertenece a un estrato socioeconómico bajo, pues incluso en las drogas existe una percepción distinta entre drogas de diseño y aquellas que se pueden conseguir en cualquier tlapalería. No genera la misma reacción ver a un junior inhalando una línea de coca en el baño de un club o presenciar a un raver ingiriendo una pequeña pastilla en su camino hacia el reven, que ser testigo de cómo se va moneando un reggaetonero en el metro cuando se dirige a un perreo. En los primeros dos casos, el consumo de sustancias psicotrópicas se asume como algo normal, se pasa por alto o incluso puede llegar a percibirse como una actitud deseable, por el contrario, en el caso del reggaetonero, en general, la reacción es de rechazo, de discriminación y de desconfianza a que pueda comportarse violentamente de un momento a otro. En mi opinión, este hecho deja entrever que la fobia hacia el reggaetón y la imagen asociada de éste con el uso de drogas, se trata más bien de una cuestión clasista que de un tema de salud o seguridad pública ya que, por lo menos en México, no ha existido un programa oficial para intentar acabar con los raves o para evidenciar a los cocainómanos de la alta sociedad.

El reggaetón y la sexualidad

Probablemente las mayores críticas que se le hacen al reggaetón (después de las motivadas por las líricas sexistas, machistas y misóginas) son las que atañen a la exuberante forma en que éste se baila, llegándolo a comparar en muchas ocasiones con “hacer el amor con ropa” tal y como lo planteó en noviembre de 2010 la diputada local Edith Ruiz Mendicuti, quien solicitó prohibir que se bailara reggaetón en las escuelas del DF, porque “simula el coito” y consideró que estos movimientos “ponen en riesgo a cientos de adolescentes”.  Sin embargo, “es importante mantener en cuenta que los significados culturales del perreo podrían interpretarse de manera diferente en otros lugares del Caribe, tales como Jamaica y Trinidad y Tobago, donde hay largas tradiciones de bailes sexualmente explícitos”[1] y en donde podemos ubicar los orígenes del reggaetón. Si consideramos este hecho, podremos percatarnos que los juicios en contra del perreo y por ende del reggaetón, están siendo realizados desde una postura etnocentrista, es decir, desde una visión occidental y una tradición judeo-cristiana que considera al cuerpo y a la sexualidad como algo licencioso, lo que contrasta con tradiciones de origen africano en las que esta conexión entre el cuerpo y el diablo no existe.

Por otra parte, los bailes prohibidos en América Latina tienen un pasado que se remonta a la época de la Colonia, cuando se realizaban diferentes tipos de fiestas y fandangos acompañados de sus respectivas músicas. Probablemente, uno de los primeros casos documentados fue la prohibición por parte de la Santa Inquisición del chuchumbé. Este son se intentó erradicar en el siglo XVIII debido a que su baile era, según Fray Nicolás Montero, comendador del Convento de Nuestra Señora de la Merced del Puerto de Veracruz, “sumamente deshonesto y bajas sus palabras”. Más adelante, en una serie de misivas, bulas y edictos, Miguel Francisco Herrera escribiría que el baile se efectuaba “con ademanes, meneos y sarandeos, contrarios todos a la honestidad”. En él, existían “manoseos, de tramo en tramo; abrazos y dar barriga con barriga”. Para 1771, Don Manuel de Olmedo, capellán de Xalapa, describiría a la música del chuchumbé como “lasciva, torpe e impropia” (adjetivos que actualmente podemos escuchar cuando la gente hace referencia a la música de reggaetón). Sobra decir que los esfuerzos de la iglesia para desaparecer este tipo de manifestaciones populares, resultaron infructuosos.

El musicólogo Rolando Pérez Fernández concibe a esta así como a otras “músicas/danzas afromestizas como una expresión de resistencia de las clases populares y la cultura subalterna frente a la represión y opresión de una cultura dominante”.[2] Habría que preguntarse si esta misma concepción puede aplicarse al reggaetón, una música originada a finales del siglo XX y principios del siglo XXI que al igual que en las músicas prohibidas del siglo XVIII, surge como una manifestación musical de las clases bajas de territorios con una fuerte presencia afromestiza – principalmente en Puerto Rico y Panamá –.

Del mismo modo en que se ataca en la actualidad al reggaetón por sus connotaciones sexuales, se prohibieron los sonecitos de la tierra a principios del siglo XIX, se satanizó al rock and roll por su vínculo en la década de los 60 con un libertinaje sexual de los jóvenes que se negaban a perpetuar las buenas costumbres de generaciones anteriores y se atacó a géneros asociados a la concepción que tienen los estadounidenses de lo “latino” como la cumbia, la salsa, el merengue, la bachata y la lambada, por la voluptuosidad en la forma en que se bailaban, ajena a la moral de la época en la que aparecieron. Cabe destacar el caso de la lambada ya que actualmente existen dos canciones a ritmo de reggaetón que utilizan sampleos del tema que le dio fama internacional a la lambada; “Chorando se foi”: “On the floor” de Jennifer López y Pitbull, así como “Taboo” de Don Omar, lo cual refleja el estrecho lazo que existe entre estas tradiciones musicales que desmitifican la sacralidad del cuerpo. Al respecto, considero pertinente incluir una cita del etnomusicólogo Gonzalo Camacho quien considera que “la música sirve para liberar al cuerpo, mientras que la sociedad busca mantener el control sobre éste”.[3]

Sin duda, las letras y la forma en que se baila el reggaetón perpetúa estereotipos de poder y dominación por parte del hombre hacia la mujer, sin embargo, no podemos generalizar que exista un vínculo entre el reggaetón y el sexismo ya que existen canciones con temáticas que no denigran a la mujer, además de que el sexismo no se presenta exclusivamente en las líricas de este género musical (basta con pensar en la música ranchera socialmente aceptada como el género representativo de la mexicanidad) y finalmente porque existen cada vez más mujeres interpretando canciones de reggaetón, como Ivy Queen y La sista, que a pesar de no tener tanto éxito a nivel comercial, se consideran como exponentes importantes al interior de los círculos reggaetoneros, las cuales buscan reivindicar el papel de la mujer en un ambiente dominado por los hombres.

El reggaetón y la violencia

Así como se ha asociado al reggaetón con la violencia, en la historia podemos encontrar un sinnúmero de géneros musicales que, según las buenas conciencias, están relacionadas directamente e incluso incitan a cometer actos delictivos y violentos. En la década de los 90 se acometió en contra de la música de Marilyn Manson en Estados Unidos, así como del hip hop en otros sectores de la misma unión americana, en contra del movimiento de black metal noruego, del punk en la Gran Bretaña de finales de los 70, en contra de las canciones de los Rolling Stones y de un largo etcétera que sirven  como ejemplo de la forma en que la mirada inquisidora se desvía de un género musical a otro dependiendo de las épocas y circunstancias propias de cada sociedad.

La música no ha matado nunca a una persona, son las personas quienes asesinan a otras personas, son los sujetos los que cometen actos delictivos y violentos. Resulta demasiado simplista pensar en que los asesinos seriales o los marines estadounidenses emplazados en Afganistán o Irak, que son adeptos a ciertas músicas con letras violentas asesinan debido a la escucha de estas músicas. El resultado de esa violencia responde a una multiplicidad de factores en los que la música, en el peor de los casos, puede ocupar un papel como parte de una sociedad que fomenta y promueve la violencia en todas sus manifestaciones culturales. El último ejemplo de esta visión se presentó en la prensa, al culpar directamente a la cinta “Batman, el caballero de la noche asciende” de la masacre en un cine de Denver en la que murieron 12 personas, y desestimar el papel del libre acceso a las armas que se tiene en Estados Unidos.

En el caso del reggaetón, la violencia se hace manifiesta en forma de pandillerismo, riñas callejeras y disputas entre bandos contrarios por el control territorial. El 15 de julio se presentó un altercado de dimensiones considerables cuando un grupo de al menos 200 jóvenes fue arrestado por agredir y robar a transeúntes a su paso por diversas calles de las colonias Cuauhtémoc, Júarez y Roma, ubicadas en la zona centro de la ciudad. Este hecho surgió a raíz de la cancelación de un supuesto concierto de reggaetón en la Zona Rosa, después de caminar y generar destrozos a su paso por diversas calles, se refugiaron en un centro comercial en la avenida Reforma, probablemente la más emblemática de México, hasta donde llegó un equipo de granaderos para remitirlos al Ministerio Público. Días más tarde, se realizó una denuncia en la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal ya que el criterio para arrestar a los jóvenes fue conforme a su apariencia y posteriormente se comprobó que muchos de ellos no habían participado en los actos vandálicos.

Un par de semanas después, el 4 de agosto, se presentó un episodio más de violencia en las calles de la ciudad de México, lo cual volvió a encender los focos rojos en contra de los “chacas”, como despectivamente también se les llama a los reggaetoneros. En esta ocasión, la trifulca se suscitó en las inmediaciones del metro Chabacano – en donde habitualmente se reúne un grupo que se hace llamar “Estilo y Clase” para de ahí partir a la fiesta –. Ese sábado, se encontraban aproximadamente 200 reggaetoneros pertenecientes a este grupo, cuando un presunto grupo de 400 “porros” (grupo de pseudoestudiantes asociados a actos violentos) se acercaron a agredirlos. Este hecho quedó plasmado en video gracias a cámaras de seguridad, las cuales muestran que quienes se pensaba en un principio que eran los agresores, más bien resultaron ser víctimas de este segundo grupo. La noticia trascendió en los medios como un conflicto entre dos grupos de reggaetoneros, sin embargo, la afiliación de estos jóvenes a una tendencia musical no se ha indagado a profundidad y a últimas fechas, la tendencia es llamarles genéricamente reggaetoneros a quienes han participado en estas riñas.

Lo anterior demuestra que existe una percepción desproporcionada y errónea de los fanáticos del reggaetón, y en los casos en los que se presentan brotes de violencia, ésta no se origina sin razón alguna, sino que son producto del descontento social de jóvenes de sectores marginados, que se acrecienta cuando las autoridades prohíben un perreo o se cancela una de sus fiestas y ven frustrada una de sus pocas posibilidades de convivencia, de liberación de estrés y presiones sociales propias de su edad. Al no poder liberar esa tensión de una forma ritualizada, ésta se acumula y se transforma en una violencia real. Es importante señalar que precisamente, una de las principales demandas de estos grupos de jóvenes, es la falta de espacios en donde se puedan realizar este tipo de conciertos, llegando incluso a proponer que las mismas autoridades sean las encargadas de organizar estos eventos.

Finalmente, aunque no pretendo hacer alusión al dicho “problema de muchos, consuelo de tontos”, es pertinente mencionar que la presencia de la violencia no se da únicamente en este género musical, ya que al estar asociadas ciertas músicas a ambientes festivos en donde se suele consumir diferentes tipos de estimulantes –desde alcohol hasta drogas ilícitas–, la emotividad se encuentra a flor de piel y existe una mayor propensión a que la violencia se haga presente. Nuevamente vuelvo a utilizar el ejemplo de la música ranchera pues durante los palenques, conciertos que se dan en el marco de ferias como la de San Marcos, en Aguascalientes, o la de Texcoco, en el Estado de México, es común que sucedan peleas que pueden terminar en enfrentamientos a balazos.

Es así como este artículo pretende complementar mi anterior colaboración en esta revista, la cual hacía un breve recorrido por el movimiento #YoSoy132 y su música, pues busca atestiguar sobre dos fenómenos aparentemente contrarios de la juventud en México. En palabras de José Antonio Pérez Islas, coordinador del Seminario de Investigación en Juventud de la UNAM, “ser joven tiene una etiqueta especial en nuestra sociedad: o pueden ser lo más maravilloso del mundo, como lo son los del #Yosoy132, o pueden ser lo peor como los reggaetoneros. Todo esto influenciado por una visión clasista, por la visión que la sociedad tiene sobre sus jóvenes. Los primeros son universitarios, son de clases medias-altas, se les califica de otra manera, mientras que los otros no tienen ninguno de esos medios'”.[4]

El reggaetón, despojado de esta postura clasista, es resultado del contexto en el que se genera y al mismo tiempo, es productor de nuevos discursos y realidades que aún no han recibido toda la atención que merecen. Desde el boom del género en 2005 a raíz del tema “La gasolina” de Daddy Yankee, hasta la presentación en los premios Grammy de Calle 13 y la orquesta sinfónica Simón Bolivar – con toda las carga simbólica que esto implica –, existe mucha tela de donde cortar, ya sea desde un punto de vista político, de mercado, de raza, etnicidad, negritud, nacionalismo o identidad. Aquí sólo se pretendió ofrecer una mirada panorámica de lo que acontece en ciertos sectores bajos de la Ciudad de México, independientemente de cuestiones como la gran exposición que tiene esta música en la radio o la aceptación de un amplio sector de la población como parte del repertorio de la música bailable del momento.

Quisiera terminar diciendo que la discriminación hacia el reggaetón o hacia sus seguidores es, a mi parecer, originada por una sociedad que enclasa a sus miembros según la música que escuchan, que maneja una doble moral que, por un lado, sataniza este tipo de manifestaciones y, por otro, tolera muchas otras situaciones que se producen al interior de los grupos de poder. Más allá del supuesto vínculo entre el reggaetón y las drogas, la sexualidad y la violencia, existe una conexión encubierta entre el regaaetón y la intolerancia, la desigualdad social, la pobreza y la marginación de los grupos subalternos urbanos por parte del poder hegemónico, el cual censura según su conveniencia cualquier manifestación que considere fuera de lugar

 

(Publicado originalmente para el N10, Octubre 2012)
 


[1]“Los circuitos socio-sónicos del reggaetón” Wayne Marshall, Raquel Z. Rivera y Deborah Pacini Hernández en Trans, revista transcultural de música http://www.sibetrans.com/trans/a23/los-circuitos-socio-sonicos-del-reggaeton

[2]“El chuchumbé y la buena palabra”, Pérez Fernández, Rolando, citado por Carlos Ruiz Rodríguez en “Estudios en torno a la influencia africana en la música tradicional de México: vertientes, balance y propuestas”, en Trans, Revista transcultural de música, julio, número 011

[3]Conferencia “Música popular y música académica” Camacho Gonzalo, en el marco del Seminario permanente “Cultura y representaciones sociales, un espacio para el diálogo transdisciplinario” el 24 de agosto de 2012 en el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

[4]“Juventud en busca de una identidad” Ventura Avida, en El Universal, 21 de juliio de 2012.

“No comparto lo que dices pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”

Frase atribuida a Voltaire

Supongo que con tan sólo leer el título, a más de uno ya le habrá generado escozor y habrá dado vuelta a la página sin aventurarse a continuar con la lectura." data-share-imageurl="">

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