Usted está aquí

El universal bolero

Hace cien años, durante la Gran Guerra, el bolero emergió como el género romántico por excelencia, impulsado por la industria discográfica y el Cine de Oro mexicano.  Actualmente su popularidad no ha disminuido pese a que lo tiempos han cambiado vertiginosamente. ¿Cuál será entonces el secreto del Universal Bolero?

El 28 de julio de 1914 Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia, dando comienzo a la Primera Guerra Mundial, el mayor conflicto internacional conocido hasta entonces: cuatro años de violento combate que dejaron huella en la sensibilidad de toda una generación, que como la peste contagiaron a Europa central, los Balcanes, Oriente Medio y el Pacífico asiático. En consecuencia se desataron múltiples manifestaciones artísticas de rechazo bélico y críticas al nacionalismo como reflejo de un mundo enfermo y perverso a nivel global. Lo nunca visto.  Sin embargo, para los países caribeños recién descolonizados, los años en torno al conflicto supusieron un largo aislamiento cultural, al cabo del cual se consolidaron grandes géneros de la música caribeña que inevitablemente están asociados a un ambiente lúdico, como son el bambuco, el son o el danzón. De igual manera, de la mano de éstos, vio la luz el mayor repertorio de canción romántica que vive en nuestros días, cuya más perfecta creación es el bolero. Lejos de haber sido años fáciles por su situación histórica, son dignos de recordarse por este gran legado a la humanidad, pues pervive arraigado en la cultura popular, aunque a veces olvidado. 

a comienzos del siglo XX el bolero se había convertido en uno de los géneros más populares en el Caribe y las costas mexicanas, donde las plazas se abarrotaron de músicos trovadores en espera de clientes enamorados, necesitados de alguien que pudiera musicalizar sus versos bajo el balcón de su amada. 

El origen de esta verdadera revolución musical fue principalmente Cuba, uno de los mayores centros comerciales de esclavos africanos de la América colonial. Isla que durante años habitaron negros, hispanos, indígenas, ingleses y franceses, dando pie a las más extrañas combinaciones musicales, como es el caso del bolero: originalmente un tipo de canción, a modo de copla andaluza, acompañada generalmente con instrumentos mestizos, con ritmos que, como el característico cinquillo, provienen de la tradicional religión llamada vudú  (que además, por si fuera poco, recibe el mismo nombre de un tipo de danza clásica lenta española que se ejecuta dando saltos, con la que no tiene nada que ver). Una mezcla sorprendente. De igual manera en el entorno caribeño surgieron la cumbia (Colombia, Panamá) o la tumba francesa (Haití, Cuba). Estilos musicales con orígenes difíciles de rastrear, fruto del gran sincretismo cultural de finales del siglo XIX; derivados de la unión de instrumentos, músicos, apreciaciones estéticas y usos sociales de la música, todos ellos muy dispares. Todavía hoy es común encontrarnos canciones modernas de salsa o reggaeton cubano en la que se relatan ritos o mitos vudús, bastante populares en cuba, pues sigue siendo un caso extraordinario de convivencia cultural, de sorprendente fertilidad artística.

La pregunta que enseguida salta a la mente es : ¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros? pues fácilmente se advierte que las músicas que conocemos actualmente con estos nombres no son una extraña amalgama de estilos, si no que, por el contrario, son claros y característicos reflejos de una identidad nacional o incluso continental. Digamos que lo fascinante de esta historia es que un lenguaje tan internacional como el del bolero actual sea fruto de la mezcla concentrada de muchos idiomas. ¿Acaso no era ésta la idea del oftalmólogo Lázaro Zamenhof al publicar su idioma esperanto, también a finales del siglo XIX? De cualquier forma no estamos en situación para rastrear su evolución precisa y puede que tampoco sea de mayor interés.

Lo que está claro es que a comienzos del siglo XX el bolero se había convertido en uno de los géneros más populares en el Caribe y las costas mexicanas, especialmente en la península de Yucatán, donde las plazas se abarrotaron de músicos trovadores en espera de clientes enamorados, necesitados de alguien que pudiera musicalizar sus versos bajo el balcón de su amada. O bien, que pedían interpretar algún poema de las tantas antologías que promovían los románticos aristócratas en los periódicos locales.  De estilo ingenuo y a veces cursi, los boleros yucatecos jugaron por primera vez un papel social importantísimo para aquella sociedad de valores corteses tan extraños en nuestra cultura postmoderna. Musicalmente cultivaron un estilo suave y lírico, sin apenas reminiscencias de los complejos ritmos africanos. En manos de los trovadores yucatecos, el bolero se europeizó y se adaptó al gusto mexicano, recibiendo los primeros apoyos institucionales como el del gobernador socialista de Yucatán, Carrillo Puerto. Sin embargo la música no alcanzó el poder mediático que luego tendría, como lo recuerda el autor de la célebre “Peregrina”,  Rosado Vega: “A mí nunca me han dado un solo centavo por las letras que he producido para canciones. Últimamente, la canción yucateca se ha vuelto objeto de voraz explotación para radio y sinófolas, lo cual ha traído gran merma en la espontaneidad que debiera prevalecer en todo arte”.

De la periferia a la metrópoli

Mientras tanto la música caribeña fue llegando poco a poco a la ciudad de México, donde  por primera vez se hizo mainstream. A medida que los músicos costeños fueron emigrando a la capital desde 1910, el bolero, el danzón, la guajira y otros tantos géneros de origen antillano, fueron ocupando su lugar en los cabarets, burdeles y demás centros nocturnos mexicanos que para entonces se habían multiplicado como nunca. De tal forma que en los años veinte todos los grandes románticos se daban cita precisamente ahí, en los arrabales capitalinos. Músicos de la talla de Guty Cárdenas, Agustín Lara o Bola de Nieve, pese a haber nacido en alta cuna la mayoría de ellos, comenzaron sus carreras en estos ambientes marginales, dirigiéndose a un público clandestino. Es ahí donde el Flaco de Oro (Agustín Lara) recibió de una mujer a quién había escrito una canción, una rajada en la cara que le dejó de por vida una gran cicatriz junto a la boca. Tal era el poder de un buen bolero en aquellos tiempos en que el honor lo era todo y se daba la vida por amor.

Posteriormente en los años treinta nació una primera generación de compositores de bolero profesionales, a la que se sumaron músicos académicos como Consuelito Velázquez autora del célebre tema “Bésame mucho”. Ésta generación fue la primera en llevar el bolero a las discográficas de Nueva York, desde donde lo distribuyeron con gran éxito por Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Igualmente se le reconoce haber musicalizado algunos de los primeros éxitos del Cine de Oro mexicano, que allá por la década de los treinta consagraba a sus primeras estrellas como Dolores del Río y Andrea Palma.

Finalmente el éxito discográfico del bolero, impulsado por la televisión y el cine, culminó durante la Segunda Guerra Mundial de la mano de los tríos, la última moda en interpretación romántica. Tan sólo en la primera década de los cuarenta los tríos de bolero se multiplicaron vertiginosamente: Los Panchos, Los Tres Diamantes, Los Dandys, Los Tres Ases, etcétera. Todos ellos interpretaban un estilo fundamentado en la sonoridad de las guitarras, aunque con el tiempo fueron surgiendo variaciones que incluían maracas, instrumentos sinfónicos o incluso voces femeninas como la de la célebre Eddy Gorme. Terminada la guerra, la demanda era tan grande que no se daban abasto.  De nuevo las facilidades para viajar les permitieron hacer giras por Europa, la URSS, España, Italia, China o Japón, causando sensación por doquier; mereciendo las mayores ovaciones, como aquella célebre que calificaba a los Panchos de “embajadores del amor” tras un concierto en la URSS.

Esta moda desde luego no hubiera sido  posible sin la participación de grandes poetas de estilo modernista como Álvaro Carrillo (“Sabor a mi”, “La puerta se cerró detrás de ti”) o Federico Baena (“Que te vaya bien”). Su colaboración con los músicos se estrechó a tal punto que conjuntamente escribieron algunos de los mayores boleros de todos los tiempos como son: “Si tú me dices ven”, “Caminemos”, “Contigo”, “Rayito de luna”, “Flor de azalea” o “Sin un amor”. Temas inmortales que todavía hoy son interpretados frecuentemente. Y que pese a que están escritos en castellano, uno muy refinado por cierto, son musicalmente universales. Los juegos contrapuntísticos en las voces, los hábiles adornos del requinto y la cuidada armonía, de encanto infinito, eran mejor comprendidos que el inglés que ya por entonces era un lenguaje universal. Ejecutado con gracia, el bolero se hizo con una sofisticación jamás antes vista en la música popular y se alzó como el género romántico por excelencia.

Paralelamente a la moda del trío, se dio a conocer, sobre todo a través del cine, el bolero ranchero, de la mano de cantantes como Jorge Negrete o Pedro Infante, máximos exponentes del pintoresco ideal de lo mexicano: pasional, exótico y valiente; héroes románticos que hemos visto sufrir por amor y honor una y otra vez en clásicos cinematográficos del Cine de Oro. Películas en las que la música juega siempre un papel especial. Su éxito taquillero sin precedente popularizó el bolero mucho más que los tríos, que si bien tenían un lenguaje que podía ser más sofisticado, eran más atractivos en los teatros que en la calle. Dicho rápido y mal, Los Panchos no eran sex simbols ni tenían el carisma de Antonio Aguilar o José Alfredo Jiménez, estrellas de cine que siguieron grabando rancheras durante los años cincuenta y sesenta y todavía hoy se les recuerda como ídolos de la canción mexicana.

El bolero ranchero conmovió al mundo entero y provocó  una ola de imitadores de todo tipo a nivel mundial. Especialmente en España el entusiasmo fue enorme y en los años sesenta ya no había estrellas de la copla y el pasodoble que no interpretaran boleros, acompañándose en más de una ocasión de auténticos mariachis. María Dolores Pradera, Rocío Dúrcal o Jorge Sepúlveda, entre otros, fueron los pioneros de esta larga tradición que llega hasta nuestros días. De igual manera en la escena del flamenco surgieron los primeros cantaores de repertorio bolero. Pese a las duras críticas de los puristas, grandes artistas como Bambino, defendieron este repertorio que hoy ya es habitual en el flamenco.

Personalmente, desde la primera vez que viajé a Madrid me sorprendió la capacidad de congregación que tienen los grupos de mariachis que a veces se reúnen en la Puerta del Sol. Y no precisamente entre los guiris, quienes perfectamente podrían pensar que es un espectáculo de música tradicional española, si no entre los mismos madrileños, que además conocen las canciones y las cantan. Sobra decir al ojo experto que esos mariachis rara vez son mexicanos, sino que suelen ser de Sudamérica. Pero tampoco ello debe sorprendernos, al menos no tanto como el hecho de que con bastante frecuencia el metro es abordado por cantantes de Europa del Este interpretando clásicos como “Alma, Corazón y Vida o “Somos Novios, del maestro Armando Manzanero. Con lo cual nos damos cuenta de que, ya sea a través de los discos o de las telenovelas, los boleros son bien conocidos no sólo en los países de habla hispana.

El bolero: fuente inagotable

Actualmente el repertorio de boleros es un legado de dominio público, un lenguaje universal que corresponde conservar y reinventar a cada generación venidera. Así ha ocurrido en México, donde la tradición es continuada por un sinfìn de cantantes rancheros, muchos de ellos hijos de actores del Cine de Oro como son: Pepe Aguilar o Alejandro Fernández. Además el Pop ha sido especialmente cercano al bolero a través de cantantes como José José o Luis Miguel. Pero hasta ahí estamos hablando de la evolución que era previsible para la música romántica, lo realmente increíble es la proyección que ha tenido en géneros como el rock, la ópera o el jazz, en todos los rincones del mundo de habla hispana, y en menor medida en otros países. Artistas como Plácido Domingo, Cesária Évora, El Cigala, Andrés Calamaro, Bumbury, Caifanes, Melendi o Natalia Lafourcade han asumido esta responsabilidad. Entre todos han  explotado el bolero como un recurso renovable; una fuente inagotable que puede trascender el tiempo y el espacio.

Lo curioso es que esta música, que todavía hoy abarrota las estanterías de las tiendas, nació en un contexto muy distinto al nuestro. Hace cien años el mundo era muy diferente a como lo conocemos ahora. Los novios no se dejaban ver en público hasta estar casados y antes del matrimonio las parejas no podían conocerse en la intimidad. Mas una vez casados no eran todo facilidades. Cuando uno de los dos tenía que viajar, la comunicación por cartas era verdaderamente angustiosa y si la cosa no funcionaba más valía arreglarlas porqué difícilmente la familia iba a apoyar un divorcio. Todo por la honra y el “qué dirán.

El mundo también ha cambiado radicalmente. Hace cien años no existían los pasaportes ni las fronteras eran vigiladas por aduanas. Por ejemplo, cruzar de un país a otro era tan sencillo como cruzar la acera; de igual manera que no había mayor problema en hacer un negocio al otro lado de la frontera. Sin embargo, hoy asumimos que debemos declarar el qué, el cómo y el con qué viajamos. La rapidez con la que han cambiado las cosas tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial realmente es sorprendente. Y después de todo esto ¿Cómo consigue el bolero mantenerse joven pero fiel a sus principios?  Su larga carrera lo ha hecho profundo y rico, al igual que suele suceder con el vino, sin por ello perder actualidad. No obstante, no ha sucumbido a las frivolidades del amor moderno. ¿Cual será el secreto del universal bolero?.

 

Estamos en redes ¿ nos sigues ?