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El toque de Ahmad Jamal

Ahmad Jamal es una de las mayores “Leyendas Vivas” del jazz, género que ha influenciado fuertemente desde su irrupción en los años cuarenta. Detractor de la virtuosidad desmesurada, es una rareza de su tiempo, cuyo toque preciso y sofisticado no es fácilmente clasificable. 

Ahmad Jamal (bautizado Frederick Russell Jones) nació en Pittsburgh en el año de 1930. A la sazón, el swing triunfaba como  género predilecto en los bares clandestinos, los speakeasies, puntos de encuentro de la sociedad americana durante los años de la prohibición. La lucha por la dignidad del jazz estaba llegando a su fin y sus detractores poco a poco agonizaban, envenenados por sus palabras. La irreversible revolución musical llegaba de la mano de la población afroamericana, que si bien aún debía reivindicar sus derechos sociales, conseguía allanar el terreno de su posterior impacto cultural. Para Ahmad, un niño prodigio del piano, aquello significaba haber llegado a tiempo al lugar correcto. Aún quedaba todo por explorar: el bebop, la fusión, la electrónica, y los oídos del mundo entero estaban puestos en los músicos afroamericanos. Aquella oportunidad única sería siempre considerada por él, quien en 2003 se expresaba de esta manera: “Aquellos músicos que abrazamos las tres eras somos muy afortunados [...] pues éramos los más jóvenes cuando las Big Bands estaban en boga, aún éramos jóvenes cuando Dizzy Gillespie y Charlie Parker irrumpieron y aún continuamos presentes en la llamada era electrónica.”

un artista que en opinión de sus mayores conocedores podría estar ahora en la cúspide de su carrera, con recién 85 años cumplidos este mes, y cuyo especial “toque” aún deseamos escuchar por muchos más años.

El año 1933 es mayormente recordado por la vuelta del alcohol legal a los establecimientos, sin embargo bien podría celebrarse por la iniciación de Ahmad al piano con tal sólo tres años de edad. Fue entonces cuando instado por su tío Lawrence a imitar frases melódicas que él previamente tocaba, el pequeño, antes que escribir, aprendió a reproducir patrones musicales sobre el instrumento que lo acompañaría el resto de su vida. Claro que en poco tiempo dejó de imitar a su tío y en su lugar comenzó a copiar a los grandes pianistas de jazz, los cuales ya por entonces engrosaban su célebre colección de vinilos, la cual incluye al día de hoy algunas de las más raras grabaciones de Jimmie Lunceford, Count Basie, Erroll Garner o Dizzy Gillespie.  Igualmente, otros maestros del joven Ahmad serían Liszt, Chopin y Debussy, entre otros compositores de la institución clásica, cuyas partituras comenzaría paralelamente a estudiar bajo la guía de su primera maestra, Mary Caldwell, la fundadora de la National Negro Opera Company, quien asumió su tutela a los siete años de edad.

Por último, durante la adolescencia, Ahmad recibiría la mejor educación que puede tener un músico, en la “Escuela de las Jams”: cantera del jazz por excelencia. Particularmente en el local 471 del Club de la Unión de Músicos, un piano-bar privado abierto las veinticuatro horas durante todo el año que era punto de reunión obligado por donde pasaba toda la comunidad de jazzistas de Pittsburgh, blancos y negros. Sin embargo no cualquiera tenía agallas para tocar en aquél lugar. La competitividad podía llegar a tornarse feroz, y los años cuarenta, entusiasmados por el Bebop, solo querían escuchar a los músicos más intrépidos y veloces. Uno debía ganarse el respeto entre los colegas si quería que el comité de la Unión lo seleccionara como socio del club. Y es que aquél ambiente ponía a prueba a los mejores antes de poder llamarse músicos.

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