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El Rockstar ha muerto I. Anotaciones sobre la evolución del rock en México.

Imagen de pablo

Si la figura genuina del rockstar existió alguna vez en México, esto debió haber sido en la década de los noventa del siglo pasado. En esos años, el rock nacional experimentó el periodo de mayor visibilidad y alcance tanto a nivel nacional como internacional. Este boom se debió en gran parte a la intervención de diversas disqueras trasnacionales, quienes vieron un mercado fructífero y no explorado en aquel género llamado “Rock en tu idioma”[1].

Esta participación fue clave para el impulso de esta música en el país, así como para el desarrollo de una manifestación artística que desde los años cincuenta había sido política y socialmente reprimida, relativamente escasa e inconsistente. Los músicos firmados por estas disqueras trasnacionales gozaron de un financiamiento y difusión sin precedentes en los medios de comunicación masivos, lo que provocó el surgimiento de nuevos íconos de la cultural popular, mientras sus canciones se convertían en himnos de las futuras generaciones.

 

Sin embargo, una década después, este modelo de comercialización musical se agotó.  A la víspera de la entrada del nuevo milenio, el mundo vivió el surgimiento del Internet, acompañado por el desarrollo exponencial de las tecnologías. Esto provocó un sinfín de alteraciones en todos los ámbitos de la sociedad. En el caso de las disqueras, la afectación más evidente fue la drástica disminución de la venta de discos físicos, una de sus principales fuentes de ingreso. Asimismo, gracias al desarrollo de la web 2.0 se abrieron nuevos espacios de intercambio de información, democratizando el acceso a los medios de comunicación. A raíz de esto, varios de los grupos firmados por las disqueras regresaron al mundo de la “independencia” y comenzaron a buscar la manera de promover sus proyectos sin el apoyo y cobijo de las empresas multinacionales.

 

Este texto pretende ahondar sobre los cambios ocurridos en el quehacer musical rockero en este periodo de tiempo. Se busca hacer una revisión histórica sobre lo acontecido en los años cercanos al cambio de milenio, con miras a saber en qué situación se encuentra hoy la escena de rock mexicano e intentar esbozar una ruta para saber hacia a dónde va. Para esto, el presente estudio se ha apoyado de una revisión bibliográfica de la historia del rock nacional, acompañado por entrevistas a profundidad con los músicos que les tocó vivir esta transición entre las disqueras y la era de las tecnologías de la información y comunicación. Dichas entrevistas fueron realizadas por el que escribe este artículo, con excepción de la charla con Líber Terán, hecha por Fabian Aranda y publicada en esta revista. A través de los testimonios de vida se busca encontrar aspectos diferenciadores entre ambas circunstancias, así como conocer cuáles son las estrategias actuales que están haciendo los músicos para seguir haciendo su música. ¿Cómo le hacen para sobrevivir? ¿Qué cambios han ocurrido en la escena nacional a partir de esos eventos? Estas, son algunas de las interrogantes que se busca responder. Antes de continuar, es imperativo enfatizar que este artículo es parte de un proyecto mucho más amplio que incluirá entrevistas con productores, directivos de disqueras, dueños de foros e investigadores sobre el tema, con el fin de tener una muestra representativa de varios de los actores involucrados en este proceso.

 

 

1.     El rock en México: de la prohibición al éxito masivo

 

La historia del rock en México se remonta a la década de los años cincuenta. Las primeras manifestaciones de este género se dieron en Cabarets de la ciudad, donde las grandes orquestas de jazz o de mambo, empezaron a imitar aquel sonido que estaba siendo tan popular en los Estados Unidos (Para más información, ver el trabajo de Federico Arana). Una de estas bandas fue la de Gloria Ríos y sus Estrellas del Ritmo. Después de eso, vino la primera gran oleada de rock en español, que se caracterizó por hacer versiones en español de los éxitos americanos que sonaban en las radios mexicanas. Fue en esa época que surgieron grupos como los Teen Tops, Los Locos del Ritmo y Los Rebeldes del Rock, por nombrar sólo algunos[2].

 

A principios de los años setenta, se llevó acabo el Festival de Avándaro, un evento que marcaría para siempre la historia del rock nacional y que reflejaría el trato gubernamental a este género musical y a las diversas manifestaciones culturales relacionadas. Tras la cancelación de este evento, el rock estuvo prácticamente prohibido por el resto de la década y así se quedaría hasta mediados de los años ochenta. Carlos Monsiváis (1992, XI) definiría en 1992 la relación del rock con la sociedad mexicana en la siguiente frase:

 

La escena del rock mexicano está hecha de limitaciones: escasez de oportunidades, de sitios adecuados, de conciertos amplios y de festivales, de acceso a los medios electrónicos (…). A cambio, la abundancia: de acosos administrativos, de intentos manipulatorios del gobierno y del PRI, de horrísonas corrientes musicales que cercan las zonas auditivas, de ataques de los puristas, de prédicas que hacen las veces de análisis.

 

Así, durante más de 10 años, el rock estuvo prácticamente vetado. No había lugares para tocar ni mucho menos espacios en los medios masivos de comunicación. Fue así que surgieron los hoyos funkys, lugares clandestinos ubicados en los alrededores de la ciudad, donde se llevaban acabo conciertos sin el ojo vigilante de las autoridades. José Luis Paredes Pacho (2010, 413) definió el surgimiento de estos espacios de la siguiente manera:

 

Ante el clima hostil y de represión en contra de los jóvenes, agravado por la prohibición de realizar conciertos, sólo quedó la posibilidad de organizar tocadas rudimentarias sin mínimas condiciones de acústica ni logística en bodegones vacíos, bautizados por Parménides García Saldaña como hoyos funky, el espacio subterráneo donde el rock se refugiaría durante la siguiente década.

 

No fue hasta bien entrados los años ochenta que la trágica historia del rock en México empezó a cambiar. Por aquellos años, países como España y Argentina habían visto el desarrollo de una escena musical local que empezaba a tener gran aceptación en la mayoría de los países de habla hispana. Las disqueras trasnacionales empezaron a importar discos de dichos artistas a México y se dieron cuenta que había un gran mercado que podía ser explotado. Fue entonces que empresas como Polydor y RCA Ariola empezaron a firmar a grupos mexicanos[3]. Sin embargo, el verdadero boom se dio hasta 1987, cuando los sellos discográficos sacaron la colección de “rock en tu idioma”. Fue así como surgieron bandas como El Tri, Caifanes, La Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio, Los Amantes de Lola, Cecilia Toussaint, Jaime López y más tarde Fobia, por mencionar a los más importantes.

 

Aquí, es importante señalar que todos estos grupos no surgieron de la nada. El investigador José Luis Paredes Pacho (1992, 442) es enfático en señalar que:

 

La noción que generalmente se tenía sobre el rock mexicano se reducía a las bandas que habían logrado grabar con la industria del disco, olvidando que el movimiento llevaba, como hemos visto, varios lustros de existencia subterránea. ¿Dónde se formó un público del rock tan atractivo para la industria musical, con un gusto y erudición por la música mexicana vedada en los medios, si no fue en las catacumbas citadinas manejadas por los ambientes marginales de nuestro país? Aunque significativa e histórica, la apertura discográfica dejó fuera a la mayoría de grupos y tendencias que proliferaban en México.

 

Fue así como se abrieron los primeros lazos entre la independencia y el medio comercial[4]. Sin embargo, el verdadero éxito masivo se consolidó con la llegada de los años noventa. Caifanes confirmaría su éxito con la publicación del Vol.2 y la Maldita Vecindad sacaría uno de los más grandes discos de la historia del rock mexicano: El Circo (1991). Por su parte, Café Tacuba sorprendería a propios y extraños con la publicación de su primer disco homónimo, bajo el cobijo de WEA. No obstante, el hecho más trascendente se daría con la fundación Discos Culebra, un subsello de la multinacional BMG, con la firme intención de promover la emergente escena rockera nacional.

 

Con el surgimiento de discos culebra, el rock nacional dejó de ser una subcultura para convertirse en un producto de alcance internacional y de consumo masivo. El rock pasó del underground al mainstream en un abrir y cerrar de ojos, en parte gracias a la gran cantidad de recursos que las disqueras empezaron a invertir en la promoción y difusión de los artistas nacionales. Entonces, otros sellos discográficos buscaron imitar el modelo de BMG, y crearon sus propios subsellos, como Discos Manicomio de Polygram, y Discos Termita, una iniciativa de Sony que surgiría hasta 1999.

En estos esquemas, las disqueras empezaron a otorgar contratos a grupos de rock para financiar y promover un disco de larga duración. El financiamiento para la grabación del disco, así como la promoción del mismo en los medios de comunicación masiva fueron los dos aspectos fundamentales para el empuje del rock nacional. Antes, entrar a un estudio de grabación era muy difícil por los altos costos que implicaba. Además, los sellos multinacionales empezaron a poner a los grupos mexicanos en medios de comunicación donde tradicionalmente habían estado vetados. Espacios como la radio y la televisión eran normalmente reservados a los artistas pop de las multinacionales, o a los grupos y músicos del consorcio mediático de Televisa. Así, por primera vez en la historia, se pusieron a grupos de rock nacional en el mapa mental y de consumo de la gran masa de la población. Alex Otaola, guitarrista de la desaparecida banda Santa Sabina, recuerda que:

 

Dentro del presupuesto también estaba el cuánto se le iba a invertir en promoción. El primer sencillo de ese disco, antes de que saliera, yo me acuerdo haber visto una hoja donde decía que iba a llegar al lugar trece de Nielsen. Y cuando salió el sencillo ese fue el lugar al que llegó. Empezó a sonar en la radio y todo pero lo que pasa es que las disqueras compran espacios en las radios o en los canales de televisión, entonces, eso significa que va a sonar cierto número de veces lo cual significa que va a llegar tal lugar en el “hit parade” y chido, y eso fue lo que pasó. Santa Sabina no hacía música comercial, no estábamos haciendo canciones pensando en que fueran un éxito masivo, pero entonces como que estar en una disquera te da cierta visibilidad.

 

De esta forma, las disqueras dieron una visibilidad a las bandas como nunca antes en la historia del rock nacional. Esta etapa estuvo acompañada también por una mayor apertura mediática y sobre todo por los cambios en la política nacional. Para los años noventa, México empezaba a ser un país más democrático, el cual se reflejaba con un gobierno más permisivo quien empezaba a tolerar, aún con cierta limitación, los conciertos de rock. Una muestra de ello fue el otorgamiento de concesiones gubernamentales a la empresa OCESA y la creación del Fideicomiso para el Auditorio Nacional, con lo cual se empezaron a realizar los primeros conciertos decentes de bandas extranjeras en territorio nacional (Paredes Pacho 2010, 444-445).

 

Para estos años, el “rock” dejó de ser visto como una amenaza a las buenas costumbres de la sociedad mexicana o como una intrusión malinchista de la cultura anglosajona (Paredes Pacho 1992, 147). Durante estos años, el rock nacional, con todas sus vertientes y subculturas, vivió la etapa de mayor auge. Se abrieron foros, se crearon nuevos espacios, se organizaron festivales, y sobre todo, se empezaron a ganar espacios en los medios de comunicación tradicionales. Este boom también ayudó a desarrollar la diversidad de géneros y estilos derivados del rock. México empezó a disfrutar de verdaderas escenas desarrolladas de rock, reggae, ska, metal, punk, electrónica, hip hop y un largo y largo etc.

 

Leer la segunda parte
(Publicado originalmente en revista correspondiente al número 18)

[1]El Rock en tu idioma fue un término utilizado en los años ochenta para designar al rock hablado y realizado en países de habla hispana. Más que un género, fue una etiqueta comercial que utilizaron las disqueras para comercializar a los roqueros hispanoparlantes. José Luis Paredes Pacho, “Breve Historia del Rock en México”, La Música en México, coord. Aurelio Tellez, FCE, CONACULTA, México, 2010, p. 423.

[2]Se puede decir que en este periodo surgieron algunos ídolos juveniles, como Enrique Guzmán, César Costa y Silvia Pinal, pero más que rockeros, eran modelos formados por la liga de las buenas costumbres. Federico Rubli, Estremécete y Rueda. Loco Por el Rock and Roll, Chapa Editores, México, 2007, p.143.

[3]Los primeros grupos en ser firmados fueron Botellita de Jerez y Chac Mool en 1984 por Polydor. José Luis Paredes Pacho, op.cit., p. 423.

[4]Según la investigación de José Luis Paredes Pacho, el primer puente entre el underground y el ámbito comercial lo tendió la disquera independiente Comrock. Esta empresa estuvo vigente de 1984 a 1986 y firmó a artistas como Casino Shangai, Taxi, Kenny y los Eléctricos, Ritmo Peligroso y el Tri. En total, editaron un total de 16 discos, y la totalidad del catálogo fue vendido a WEA. Ibid. p.425.

Esta participación fue clave para el impulso de esta música en el país, así como para el desarrollo de una manifestación artística que desde los años cincuenta había sido política y socialmente reprimida, relativamente escasa e inconsistente." data-share-imageurl="">

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