Usted está aquí

Destapes y Reflejos Desvirtuando lo Divino

La capacidad que posee la música para influir en los sentimientos y la conducta de los seres vivos es tan grande y poderosa que es imposible evitar sucumbir a ella. Dime que escuchas y te diré quien eres.

 

Esta cualidad de la música en ocasiones resulta tan cautivadora que es capaz de despertar en los seres humanos sentimientos incontrolables. Sin embargo, otras veces la música es usada simplemente como un vil y miserable pretexto para idolatrar a otros seres humanos, es entonces cuando nuestra percepción musical se contamina, se desvirtúa, traiciona a nuestros propios sentidos y dejamos de valorar el contenido y la calidad musical para ver en la imagen del artista un modelo a seguir y una influencia constante a nuestra conducta.

 

Resulta lamentable y hasta cierto grado patético, ver muchedumbres enardecidas capaces de protagonizar actos de todo tipo llevándose entre los pies y como pretexto el honorable arte de la música. Por citar un ejemplo, mencionaremos uno de los actos mí¡s vergonzosos y alarmantes que podemos encontrar: cientos de jóvenes en Brasil provocan una avalancha en firma de autógrafos del grupo musical mexicano RBD dejando un saldo de 3 muertos y 30 heridos.

 

Sin tratar de ofender a nadie y mas bien en un intento de abogar a la lógica y la razón ¿De qué llenan su cabeza los fans que escuchan a RBD para hacer actos como ese? Y no vayamos tan lejos, no es necesario hablar de muertos y heridos, basta con analizar el comportamiento de millones de jovencitas que en plena pubertad al ver en vivo a su estrella pop favorita, son capaces de desgarrar literalmente a gritos el oído de cualquiera que les escuche.

 

No importa el género, faní¡ticos desubicados los hay de todas clases. Una de las anécdotas más incomprensibles por parte del público, nos dirige a Chile. Ahí los fans en muestra de una euforia desmedida son capaces de bañar a escupitajos y gargajos a sus artistas de Rock favoritos. Todo empezarí a en 1992, un concierto de la banda Kreator en Chile daría inicio a una asquerosa tradición de ese público que se repetirí a años mas tarde con artistas como Slayer, Iron Maiden, Marilyn Manson, Faith No More y Deftones.

 

La reacción por parte de los artistas en cuestión fue diversa. Desde Blaze Bailey de Iron Maiden que enfurecido pidió matar a los fans que le escupí an, hasta Mike Patton de Faith No More que devolvió al público la lluvia de fluidos corporales y los reto a afinar puntería y acertar en su boca, que decir de el siempre fantoche de Marilyn Manson que extendió sus brazos e insto al publico a que le escupieran mas. La pregunta vuelve a surgir. ¿De qué llenan su mente estos faní¡ticos en Chile para hacer actos como estos? Podrí amos decir que de todo menos de percepción musical.

 

¿De verdad es tan difí cil tratar de encontrar estética en la música que uno escucha? ¿O solo se trata de algo completamente trivial, carente de importancia? Tal parece que en casos como los dos ejemplos que hemos citado, la música pasa al último de los términos. Y es que la gran mayorí a de los seres humanos define lo que escucha según las costumbres y tradiciones de su zona geogrí¡fica. Hasta cierto punto podrí amos hablar de que el entorno en que crece el individuo ejerce en el una especie de presión que le obliga prí¡cticamente a escuchar lo que en apariencia es lo normal para su cultura, lo correcto, lo popular. A cuantos de nosotros nos habrí¡n gritado nuestros padres ‘bájale a ese ruidajo’ o nos habrán inquirido con suma extrañeza ‘¿pues que es eso tan raro que escuchas?’. Estamos entonces hablando que las personas no desarrollan un ‘gusto musical’ propio, sino mas bien adoptan, sea por conveniencia o tradición, los gustos de sus allegados.

 

La vida esta llena de contradicciones, y esta es una de ellas. Aquellos que osan idolatrar a un artista, al mismo tiempo ignoran el presunto arte que este desarrolla. Que ironí a. Se limitan a copiar un patron de conducta antes de siquiera pensar en la posibilidad de crear el propio. Analizar el valor de lo que escuchan, plantearse que tan horroroso o hermoso es lo que perciben, es algo que en definitiva no entra en sus planes.

 

Entonces seria prudente de nuestra parte hacer un auto examen, tratar de vernos a nosotros mismos, los locos, en apariencia diferentes, los llamados melómanos. Detenernos, hacer esa pausa de reflexión y ejercicio de empatí a para ponernos en los zapatos de aquellos que son mayorí a, para quienes somos poco menos que unos extraños. ¿Sera acaso que es verdad lo que ellos dicen? ¿Será que los locos somos nosotros y que el tratar de analizar y debatir sobre música solo es una muestra de un avanzado desorden emocional?

 

En busca de la estética

 

Locos o cuerdos, no hemos de ser los primeros ni los últimos en buscar estética dentro del arte y mí¡s concretamente dentro de la música. Estudiar la esencia y la percepción estructural de los ritmos y silencios, elevar dicho estudio al nivel de ciencia, una ciencia que trata la belleza de la teorí a fundamental y filosófica de aquello a lo que llamamos arte, implica mí¡s pasión de lo que cualquiera pudiera imaginar.

Se trata de estudiar las razones y las emociones dentro de una obra. Es querer encontrar donde se ubica la divina proporción en una cambiante nube de agua que cruza el cielo azul de una nota musical. Tratar de dominar la filosofía para explicar la etimologí a y cualidad de una melodí a. Reflexionar a partir del origen sistemático del sentimiento puro y manifestación del arte mismo valiéndonos de la historia, las matemí¡ticas, la química o la fí sica, desenterrando una fuente inagotable de inspiración, generando mas y mas arte involuntario, y al final entre mas estudiamos, entre mas descubrimos, mas aprendemos y a la misma vez mas interrogantes nos surgen pues navegamos sobre un mar indescriptible de sensaciones que no se pueden definir y que solo son entendibles al sentirlas.

 

El gran filosofo alemí¡n Immanuel Kant definirí a así su concepto de estética dentro del arte: “Para discernir si algo es bello o no, referimos la representación, no por el entendimiento al objeto con vistas al conocimiento, sino por la imaginación (tal vez unida al entendimiento) al sujeto y al sentimiento de agrado o desagrado experimentado por éste”. La estética no se funda en conceptos, no se puede medir: “No puede haber ninguna regla de gusto objetiva que determine por conceptos lo que sea bello, puesto que todo juicio de esta fuente es estético, es decir, que su motivo determinante es el sentimiento del sujeto y no un concepto del objeto”. No hay ciencia sino crí tica de lo bello. La sensación sensorial es incomunicable. La comunicación viene de lo común (u ordinario) a todos. Esa es la enigmí¡tica maravilla que encierra el lenguaje universal, la música. Cuando nos enfocamos en ella sin prejuicio, cuando le concedemos libertad absoluta para enseñarnos, descubrimos que se trata de una cosmogoní a infinita, comparable al tiempo y el espacio. Jamí¡s escucharemos lo suficiente para entenderla o perder la capacidad de asombro, constantemente surgirí¡n sonidos nuevos, sensaciones nuevas, capaces de despertar en nosotros sentimientos ocultos de los cuales, con seguridad, ignorí¡bamos su existencia.

 

Que nuestra exploración musical vaya mas allí¡ de lo que nuestros allegados frecuentan, de lo que esas predecibles radiodifusoras locales transmiten, pero sobre todo, sean cuales sean nuestros gustos, nunca elevemos al artista por encima del arte mismo, nunca contaminemos nuestra intuición con la imagen que penetra nuestros ojos ni agudicemos el oído al ‘nombre’ mí¡s que a la música. Dejemos de llenar nuestra cabeza de publicidad y en un acto de independencia y de querer evolucionar como seres vivos centrémonos mejor en descubrir, conocer y tratar de encontrar lo que otros ignoran, demostrando lo que somos a través de lo que escuchamos.

Estamos en redes ¿ nos sigues ?