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Cold Fact, Sixto Rodríguez

Imagen de fabian

La Leyenda Sudafricana que vendio 60 mil Copias (algo inusual para ese país). Canciones que sintonizaban con el clima de disconformidad de la población joven blanca con el apartheid, el rechazo al servicio militar obligatorio para blancos y el clima de represión cultural y sexual imperante en los años 1970 de esa sociedad.

 

Hace unos meses tuve la oportunidad de ver Searching for Sugar Man (dirigido por Malik Bendjelloul y ganador del Óscar al Mejor Documental en 2012), el filme que relata la historia de Sixto Rodríguez, un cantante de Detroit de los años setenta, y las pesquisas emprendidas por dos sudafricanos para aclarar su muerte.

 

Muchos ya lo habrán visto, pero si no lo han hecho, les cuento un poco: en 1970, Sixto Díaz Rodríguez, hijo de migrantes mexicanos nacido en Detroit, cantaba en un bar sin demasiadas pretensiones. Como en muchas historias del rock, dos productores llegaron a verlo, quedaron fascinados por sus letras y le ofrecieron un contrato con Sussex Records, una pequeña disquera propiedad de Clarence Avant. Rodríguez grabó dos discos: Cold Fact, en 1970 y Coming from reality, en 1971.

 

Ambos discos fueron un completo fracaso en Estados Unidos a pesar del empeño puesto por Rodríguez y sus productores. Pero sucedió que una copia de Cold Fact llegó a Sudáfrica y se diseminó rápidamente entre la población blanca que luchaba contra el apartheid. No se sabe a ciencia cierta cuántas copias de los discos de Rodríguez se vendieron en Sudáfrica, pero se calcula que unas 250 mil y contando, pues allá, así como en Zimbabue, Nueva Zelanda y Australia, Rodríguez es uno de los grandes nombres del rock y su disco Cold Fact, un verdadero clásico.

 

Ah, pero todas las historias tienen su lado B: Rodríguez nunca se enteró de que sus canciones eran tan populares del otro lado del mundo ni de que sus discos se vendían por montones. Sussex dio de baja a Rodríguez en noviembre de 1971 y se corrió el rumor de que se había suicidado a mitad de un concierto. Las versiones iban desde un balazo hasta una grotesca muerte que incluía gasolina y cerillos. La muerte de Rodríguez nunca quedó clara y años después, un periodista musical de Sudáfrica decidió aclararla, pero había muy poca información sobre el cantante. Luego de una larga investigación, se encontraría con una grata sorpresa que no les platico para no arruinarles el final.

 

Antes de ver Searching for Sugar Man, yo no sabía nada de Rodríguez, ni siquiera por asomo había escuchado hablar de él. En fin… cuando terminé de ver el documental por tercera ocasión, rastreé ambos discos para darle una oportunidad a ese artista del que tanto se ha hablado últimamente. No esperaba mucho, pues siempre he considerado que los años setenta estuvieron rodeados de un aura mágica en la que cualquier proyecto innovador y con calidad fluía de manera natural en la radio y en los oídos de la juventud. Así es que me puse a escuchar con detenimiento Cold Fact sin demasiadas esperanzas… y quedé tan fascinado como aquel par de cazatalentos que hace 43 años se animaron a grabar a Rodríguez.

 

Recordemos un poco el contexto en que Rodríguez lanzó Cold Fact para comprender mejor por qué resulta tan inexplicable su monumental fracaso en Estados Unidos. Desde mediados de la década anterior, la de los sesenta, el rock había cobrado una fuerza impresionante gracias a la llamada “invasión británica”, a la experimentación del rock psicodélico y los inicios del progresivo, y a la fusión de las bases blueseras del rock con la música folk.

 

El rock había dejado de ser una propuesta contracultural unificada para convertirse en una gran familia de estilos que se mezclaban unos con otros. Uno de los primeros en romper con el dogmatismo de los estilos fue Bob Dylan: en 1964, dejó de tocar folk “puro” y le hizo arreglos eléctricos a sus anteriores canciones. Esto le valió que muchos de sus fans le dieran la espalda, pero logró abrir el horizonte musical para muchos otros. En adelante, la fusión de géneros sería cada vez más recurrente en el rock. Por otro lado, el que concernía a las compañías discográficas, los sellos pequeños apostaban por propuestas arriesgadas que en ocasiones les granjeaban enormes ventas, pero las más de las veces las hacían quebrar. Pero no importaba demasiado, pues siempre se podían emprender nuevos proyectos, pues parecía que había una fuerza creativa impresionante.

 

Llegada la década de los setenta, el rock, entendido como género y como industria, era ya uno de los géneros más prolíficos y rentables de la historia, aunque no era común encontrar artistas que sorprendieran por la profundidad de su lírica. Dylan era uno y Leonard Cohen apenas arrancaba su carrera (1967). En ese contexto, Rodríguez, con su poesía descarnada y su feeling tremendamente urbano, prometía ser uno de esos artistas que trascenderían hacia el más completo estrellato. Sin embargo, no lo logró. Su propuesta pasó completamente desapercibida hasta hace unos cuantos años.

 

Supongamos por un momento que la historia de Rodríguez fue diferente, justo como lo fue en Sudáfrica. Cold fact sería, es, un disco obligado para aquellos que buscan un retrato de la época, pues sus temas se aventuran en el uso de drogas, el descontento político, la decepción ante el american way, el sexo sin prejuicios y el autocuestionamiento.

 

Echémosle oreja a Cold Fact. El álbum arranca con “Sugar Man”, el sutil apelativo con que se conoce en ciertas regiones de concreto a los dealers que proveen de “azúcar” a aquellos que quieren volar. Vendedores de drogas, pues. La melancólica voz de este profeta sin tierra ruega a su dealer que llene sus sueños de colores a cambio de una moneda azul para remediar el hartazgo. Una súplica que deambula las veredas del acid rock negándose a ser una crítica al consumo de estupefacientes pero que tampoco les rinde pleitesía.

 

Entre delays que corren de izquierda a derecha de nuestra conciencia, “Sugar Man” da paso a “Only Good for Conversation”, una canción densa donde la guitarra al más puro estilo de Hendrix o de Grand Funk Railroad sirve de colchón para un tema dolorosamente cínico que pone en duda las seguridades de “galletas y kool-aid”, de identidades familiares y de la falsa frialdad con que los personajes citadinos transitamos nuestros días.

 

El tercer tema es “Crucify your Mind”, una de las mejores canciones de Cold Fact, en la que Rodríguez muestra por qué en algún momento lo llegaron a comparar con Bob Dylan. Esta rola no es otra cosa que una profunda introspección que Rodríguez nos lanza en forma de preguntas y fuertes aseveraciones. Un riff lento y sencillo se repite una y otra vez, una sección de metales acentúa las frases. Si estás seguro de que tienes algo que ofrecer, si crees que eres auténtico, estás mintiendo. ¿Acaso no sabes cuánto de ti es una repetición? Una canción poderosa, un himno que bien podría haber sido escrito por Cioran.

 

Pero los cuestionamientos de Rodríguez no sólo son introspectivos, “This is Not a Song, It’s an Outburst: Or the Establishment Blues”, el cuarto tema de Cold Fact, tira durísimas pedradas a eso que llamamos “lo establecido”. Una retahíla de “verdades” socialmente asumidas que nos mantienen presos: la ira de la gente que se olvida de votar en contra de los políticos, el crecimiento de la mafia, la venta de armas, el cáncer producido por los cigarrillos, los divorcios, la contaminación… “desperté esta mañana con un dolor en mi cabeza / me salpiqué con mi ropa al salir de la cama / abrí las ventanas para escuchar las noticias / pero todo lo oía era el blues de lo establecido”.

 

“Hate Street Dialogue” es una estampa citadina, una mirada rápida a los insectos que crecen sobre la piel de las grandes urbes; “Forget It”, un manifiesto de desamor donde la gratitud y el olvido juegan de pareja para derrotar a la esperanza; “Inner City Blues”, el lado B de “Hate Street Dialogue”: la misma mirada veloz pero ahora desnudando las “ciudades interiores”, esas que se construyen dentro de las casas, de las cabezas y los corazones.

 

La lírica de Rodríguez raya en lo cruel, destroza con preciosura las mentiras que nos contamos, acaricia lo mundano con guante de cianuro. Pero en ocasiones tiene chispas de luz, de esperanza… muy a su manera, pero esperanza al fin. Es el caso de “I Wonder”, la canción más representativa de Cold Fact y de la obra de Rodríguez. En Sudáfrica se convirtió en todo un himno, pues sus preguntas, sencillas, genéricas y hasta cliché si se quiere, tienen el poder de sacudir nuestra esclerosis mental mientras el bajo se repite una y otra vez, igual que las dudas. Esta especie de “Blowin’ in the Wind” urbana no peca de soberbia, jamás responde a las preguntas, sólo las siembra. Una rola encantadora.

 

“Like Janis” es el siguiente tema. Una canción que critica, de nueva cuenta, las verdades a medias y los absurdos actos que construimos para encajar. ¿Cuál es la medida del hombre, lo que alcanza a poseer, su manera de vestir, sus recetas de la felicidad? El título es un gancho poderoso, pues todos creemos en Janis y Rodríguez es uno más.

 

Y después “Gommorah (A Nursery Rhyme)”, que nada tiene de infantil. El uso de un coro de niños nos guiña un ojo, queriendo engañarnos, pero no es otra cosa que un recurso macabro y retorcido para indicarnos que Gomorra, la ciudad bíblica que fue destruida con fuego y azufre, posee un inocente semblante comparada con nuestras ciudades actuales.

 

Antes de cerrar, Rodríguez nos obsequia con “Rich Folks Hoax”, una canción agria que describe el velado odio que crece en las fronteras de las clases sociales. Ridículos e intolerantes, los discursos clasistas ocultan una verdad: el sol brilla como siempre lo hace y el ataúd es el destino de todos. Semos iguales, para bien o para mal, en nuestra insignificancia y estupidez.

 

“Jane S. Piddy” es el final más adecuado de Cold Fact, de ese paseo que a cada tanto nos golpea. “Now you sit there thinking feeling insecure”… ¿y cómo diablos sino inseguros habríamos de sentirnos después de escuchar Cold Fact? La respuesta se repite una y otra vez antes del final: “I know you’re lonely”.

 

Podría pensarse que Cold Fact es un álbum difícil, de esos a los que uno vuelve sólo cuando quiere derribar sus barreras mentales al borde de la depresión. Falso. Rodríguez tiene un gran acierto: golpea con sus letras pero jamás con su música. Cold Fact se deja escuchar de cabo a rabo porque no castiga al escucha con voces desgarradas. Apenas una pizca de melancolía en su peculiar voz que nos cuenta sus visiones como quien relata un cuento.

 

Lo curioso de Cold Fact es que a pesar de ser una genial fotografía del rock y la actitud de los setenta, es tremendamente actual. Cualquiera se engancha a una línea, a una duda, con facilidad. Por eso ni duda cabe que es un clásico: una obra que sabe desmarcarse de su contexto, que atraviesa con soltura las fronteras del espacio y del tiempo, eso que llamamos ubicuo… aunque haya sido un fracaso. 

 

Hace unos meses tuve la oportunidad de ver Searching for Sugar Man (dirigido por Malik Bendjelloul y ganador del Óscar al Mejor Documental en 2012), el filme que relata la historia de Sixto Rodríguez, un cantante de Detroit de los años setenta, y las pesquisas emprendidas por dos sudafricanos para aclarar su muerte." data-share-imageurl="">

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