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Arteando, musicando: improvisando

 

“El arte es algo más que la producción de objetos bellos, o incluso expresivos (contando entre ellos los objetos sonoros, tales como sinfonías y conciertos) para que otros los contemplen y admiren; es esencialmente un proceso, por mediación del cual exploramos nuestro medio, tanto el exterior como el interior, y aprendemos a vivir en él.” Así define este endiablado concepto Christopher Small en su recomendable obra Música, sociedad y educación. Y la verdad es que esta definición se adapta muy bien a lo que hay en común en todo eso que llamamos arte. Podríamos empezar a utilizar el verbo artear en lugar de hacer arte y referirnos a todo el proceso y no a la creación de un objeto definitivo y terminado. El artista no actúa automáticamente cuando realiza una obra, ni tiene una revelación una vez su obra está terminada, tampoco nadie baila cuando la música ha terminado; lo característico del arte es ese camino que recorren tanto artistas como espectadores en esa exploración del medio que nos rodea. Tanto hacer comorecibir arte son procesos activos en los que experimentamos diferentes sensaciones, reflexionamos y aprendemos.

 

En la música, puesto que ocurre y cambia con el tiempo, se puede entender mejor este carácter activo. El compositor juega con los sonidos, los combina, los prolonga y los acorta experimentando con ellos, aprendiendo de cada acierto y cada error. ¿Cómo se comportan estos sonidos juntos? ¿Qué respuestas surgen en ? ¿Qué respuestas surgen en el espectador? El espectador, por su parte, recibe esta cadena de sonidos y responde durante toda la obra, musica (que no música) con la pieza, sigue su proceso, participa en ella. Este musicar se hace mucho más evidente cuando la creación se presenta en vivo y en directo, cuando los procesos de creación y recepción se dan en el mismo lugar, en el mismo momento: en la improvisación.

 

Durante la improvisación, el intérprete-creador emite su discurso al tiempo que las ideas vienen a su mente, no tiene tiempo para reflexionar, no hay ocasión para las rectificaciones. Como el buen conversador, el buen improvisador conoce tan bien el terreno en el que se mueve, tiene tan interiorizado su lenguaje que, con la naturalidad del que habla, expresa su mensaje sin demora, sin dudas y en unión con el discurso circundante. La tarea es ardua, precisa de un conocimiento real de la música que se interpreta, una familiaridad con el instrumento y una conexión con la banda. Durante la improvisación el intérprete se convierte en compositor y los espectadores atienden al proceso de la creación en el mismo momento en que ésta tiene lugar. Se crea un paréntesis, el público escucha atentamente cada nota; el instrumento en cuestión, guía por segundos a todos quienes le rodean y todos, juntos, exploran esa nueva melodía que nunca volverá a repetirse.

 

 

A nosotros, como público del Occidente de 2013, lo primero que se nos viene a la cabeza cuando hablamos de improvisación es el jazz. La relación es directa y, por lo menos a , la imagen que me viene a la cabeza es John Coltrane y su saxo. Sin embargo, la improvisación es un fenómeno mucho más extendido y mucho más presente de lo que a primera vista pensamos. A pesar de que hoy día en el mundo de la interpretación de la música “culta” la improvisación prácticamente brilla por su ausencia, la mayor parte de su corpus, en su día, se nutrió de la imaginación de sus intérpretes. La improvisación ha estado presente en toda la historia de la música, desde las danzas del siglo XVI, la música instrumental barroca hasta el Romanticismo, momento en el que Europa vio la ascensión de la obra musical al reino del Arte (con mayúsculas) lo que supuso la ruptura entre compositor e intérprete y el declive de la improvisación en público. Y es que la práctica de la improvisación choca frontalmente con esos valores tan asentados en el mundo de la música culta de la disciplina y la preparación; la sacralización del arte no admite en su seno una práctica tan arriesgada como es la improvisación, ¿y si sale mal? Además la improvisación es obra del intérprete y no de los “genios” del pasado.

 

En otras culturas, por el contrario, la improvisación es la práctica más valorada, dejando el repertorio precompuesto o conocido como apéndice. Así es en las culturas de Asia Occidental, o algunas zonas del sur de India, donde las músicas más estimadas son aquellas no métricas e improvisadas, donde la libertad de acción del músico es casi total; cuantas menos reglas, mayor es la aportación del intérprete. Una estimación similar de la improvisación se observa en el famoso gamelan javanés, donde aquellos músicos que más se separan del modelo, son los más apreciados. Otra vez la mirada a otras culturas nos abre los ojos y nos cuestiona los valores de la nuestra. Sin embargo, la valoración que el mundo “culto” ha tenido de la improvisación, no es la valoración general de Occidente. Nuestraactitud frente a la improvisación es esencialmente ambigua: por una parte ha sido infravalorada como práctica menor al no incluirla en los programas de los conservatorios, o al no permitirla en los conciertos de música culta; sin embargo, el rock o el heavy metal, siempre han tenido espacio para un par de solos de guitarra, por no hablar del papel esencial que tiene esta práctica en el jazz. La valoración de la improvisación, en estos casos, es alta y la creciente estima del jazz en los círculos de música culta, está haciendo que la ambigüedad desaparezca y sea reemplazada por un vivo interés. Incluso, en ocasiones, la improvisación es vista como “la verdadera prueba” de las capacidades de un intérprete y, la verdad, es que no es para menos, viendo todo lo que requiere del músico.

 

La improvisación es una forma de conocer la música a través de ella misma, sin intermediarios, jugar con los sonidos y combinarlos a capricho del momento. En esto, las reglas de la armonía, la métrica y la forma musical, se convierten en normas interiorizadas que, en muchas ocasiones, hacen caer al improvisador en clichés y melodías convencionales. En otros casos, la improvisación da lugar a la ruptura de reglas y a la creación de otros lenguajes, como ocurrió con el jazz y su disolución de la tonalidad o con la anarquía musical del Free Jazz. Éste último abolió las leyes de la música, abrió la puerta a una improvisación total y así creó una música completamente nueva. Poco más tarde, ese nuevo jazz llegó a los círculos académicos donde se reinterpretaron las nuevas “normas” y se llevaron más allá para crear una música inédita: nació así la improvisación libre, o free music.

 

Este minoritario género musical nos plantea cuestiones acerca del sonido, y nos da respuestas a través de él. Si el sonido es el objetivo de la música, ¿por qué no dejarse llevar por él interactuando con otros intérpretes en una experimentación común? La improvisación libre es una reflexión filosófica, pero también una exploración de nuestro medio y de nosotros mismos: ¿qué entendemos como música?, ¿cómo la vivimos?, ¿cómo la creamos? Con una clara influencia de John Cage, a través de esta música se nos plantean cuestiones como la aceptación de que cualquier sonido puede ser música, la importancia que tiene el espacio en que toma lugar la interpretación, el papel del azar y la desestimación de referencias a estilos ya conocidos.

 

 

Es posible que los resultados no sean fáciles de escuchar, pero esto no es más que una puerta abierta a la reflexión, ¿acaso tiene la música que ser agradable o fácil de escuchar?, ¿dónde acaba la música y empieza el ruido?, ¿quién puede hacer música? Y más aún ¿qué es la música? Cuestiones que se han barajado durante el incómodo siglo XX y que aún siguen sin ser contestadas; quizá porque no hay una respuesta definitiva.

 

Como nos cuenta Wade Matthews en su artículo !Escucha! Claves para entender la improvisación libre, es fundamental durante la escucha, tener en mente que el papel del intérprete es, esencialmente, una constante toma de decisiones regidas por ciertos criterios. Si en la vieja música estos criterios dependían principalmente de la armonía y la forma de la pieza general, acordados previamente; en estas improvisaciones éstos son exactamente los elementos que se dejan a voluntad del intérprete, así el resultado es, cuando menos, innovador y sorprendente.

 

La improvisación libre, normalmente, es interpretada por músicos profesionales provenientes de otros estilos, principalmente del jazz. Pero ¿acaso es necesario ser músico profesional para improvisar libremente? La respuesta probablemente sea negativa. Cualquier persona puede dejarse llevar por los sonidos y, de hecho todos, músicos o no, nos hemos sorprendido de vez en cuando “haciendo ruiditos” con esto o aquello, o canturreando una melodía inventada.Claro que en estos casos, me replicarán, la diferencia con la improvisación libre es que hay evidentes referencias a estilos ya conocidos. Pero si dirigimos la mirada hacia los niños, a sus “golpes” y sonidos, ni encontramos “pre-composición” ni referencia a estilo musical alguno. Los niños no están todavía “contaminados” con la música y los “ruidos” que hacen tienen el objetivo nada más y nada menos que descubrir el medio al que acaban de llegar, ¿hay alguien más contemporáneo, menos influido por la cultura que un bebé? Tampoco sabemos nada de la música del hombre prehistórico, pero podemos intuir que su primer concierto fue una improvisación libre.

 

Parece pues, que los procesos del arte son mucho más generales que lo que aparece en los libros de historia; todos hemos arteado y todos hemos improvisado. Al final va a resultar que el arte lejos de ser un mundo sólo accesible a unos pocos es patrimonio de todos.

 

arte es algo más que la producción de objetos bellos, o incluso expresivos (contando entre ellos los objetos sonoros, tales como sinfonías y conciertos) para que otros los contemplen y admiren; es esencialmente un proceso, por mediación del cual exploramos nuestro medio, tanto el exterior como el interior, y aprendemos a vivir en él." data-share-imageurl="">

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