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Antes y después de Wendy Carlos

¿Hasta qué punto soy consciente del extraordinario giro que en tan poco tiempo ha dado la música? Enseguida pensé esto al percatarme de que apenas se van a cumplir cincuenta años desde que el ingeniero Robert Arthure Moog presentó al público, en 1964, su primer Moog Modular Sintetizher, el primer instrumento capaz de crear sonidos completamente sintéticos mediante un teclado. En tan sólo cincuenta años este evento es ya un hecho histórico del que nuestra generación es felizmente deudor. Sin embargo, en su día desató una ola  de rechazo e indignación. Asi lo recuerda Moog en el documental homónimo de Hans Fjellestad con las siguientes palabras: “No era natural, creo que fue la primera respuesta. No era natural y por lo tanto no era correcto.” Si lo analizamos, la respuesta parece natural, teniendo en cuenta que hasta aquel día sólo se conocían los sonidos producidos por los instrumentos de la orquesta: sonidos de maderas y metales, con una potencia a veces limitada, aunque ricos en color y posibilidades interpretativas. Sonidos avalados por siglos de tradición incontable, fundamentados en principios físicos que no requirieron ser descubiertos. ¿Cómo es posible entonces que en tan poco tiempo el sintetizador haya pasado del absoluto rechazo a la absoluta devoción?

La historia nos enseña que por sí sola la iniciativa empresarial no es suficiente para transformar la cultura y que en última instancia son los artistas los responsables de transformar la estética de toda una generación. En este sentido hoy he querido recordar a Wendy Carlos, pues creo que mejor que nadie representa el ideal de compositora visionaria, comprometida con las nuevas tecnologías. Su vida es un paradigma de lucha tanto en el ámbito profesional como personal, en una época en la que la transexualidad era vista como algo anormal y enfermo. Desde sus años de estudiante siguió una vía académica atípica al cabo de la cual se recibió como licenciada doble, en Física por la Universidad de Brown y en  Composición por la Universidad de Columbia, donde conoció el primer centro universitario de música electrónica de Estados Unidos y estudió con Otto Luening y Vladimir Ussachevsky. Graduada y con una sólida formación, comenzó a trabajar para Robert Moog y al poco tiempo se convirtió en uno de sus mejores clientes. Así inició una brillante carrera como compositora e intérprete.          

Los primeros discos de sintetizador no eran precisamente grandes obras musicales. Antes de que el rock y el pop dieran un uso integrado al instrumento, su primera presentación en sociedad fue en grabaciones más preocupadas en mostrar las posibilidades del cacharro que en darle un sentido profundamente artístico. Es el caso de The In Sound from Way Out! del dueto Perrey and Kingsley, considerado el primer disco mainstream completamente grabado con un instrumento electrónico (un Moog Modulator), publicado en 1966. En verdad es un gran disco, digno de atención, aunque puede  recordar demasiado a un espectáculo de circo;  como carta de presentación del Moog Sintetizher era fantástico, sin embargo uno podía pasar de largo como de cualquier otra curiosidad.

En esa misma línea, la primera obra de Wendy Carlos parece más orientada a dar a conocer al instrumento, sólo que en este caso concediéndole la dignidad de hacer sonar las más grandes obras clásicas para teclado que hasta entonces sólo merecían el clavecín, el organo y el piano. Me refiero a Swiched on Bach, un material compuesto de piezas de Bach interpretadas en un Moog. Por primera vez se escuchó el sonido majestuoso del sintetizador característico de la compositora. Aunque hoy nos pueda parecer que como obra carece de un lenguaje propio al instrumento, no debe olvidarse su contexto, no en vano fue merecedora de tres premios Grammy y un platino en ventas.

Consciente de este éxito a lo largo de su carrera lanzaría otras cuatro secuelas de este trabajo con el nombre de Swiched on Bach II, Well-Temperd Sintetizher (El sintetizador bien temperado), Swiched on Bach 2000 y Swiched on Bach Brandemburg. En estos discos  no sólo amplió su repertorio interpretativo, si no que además fue incorporando nuevas técnicas de síntesis analógica y digital a su sonido, haciendo de cada uno una obra única.

Ya consagrada como interprete, se dio a conocer como compsitora y arreglista con la banda sonora del clásico de Stanley Kubrick La naranja mecánica, en 1971. Su aportación fue fundamental en la elaboración de una estética poderosa que sobrecoge al espectador desde el primer momento, más allá del argumento ultra-violento de la novela de Anthony Burguess. ¿Cómo olvidar a Alex y sus colegas apareciendo por primera vez en escena con un vaso de leche al compás del Funeral de la Reina Mary de Purcell interpretado en un soberbio Moog, envolviéndolo todo en un aura de misticismo bizarro y enigmático? ¿Cómo  olvidar el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Bethoven interpretado por las voces sintéticas del vocoder, antes de que las películas de ciencia ficción dieran a conocer mundialmente este instrumento? ¿Cuanto más impactante debió ser aquella experiencia sonora hace cuarenta años? Mientras la música seguía luchando por darle un lugar a estos sonidos, más allá del erudito rock psicodélico de los setentas, Wendy Carlos había logrado emocionar al público en un terreno inesperado, donde difícilmente se podía defender de un uso tan grandielocuente del sintetizador. No cabe duda de que es su obra maestra.

Posteriormente volvió a trabajar con Kubrick en la banda sonora de El Resplandor,  en 1980 y un año después compuso la música del clásico de ciencia ficción Tron. Ambos trabajos combinaron los sonidos de orquestas sinfónicas sintéticas con texturas generadas digital y analógicamente. Actualmente así se componen todas las bandas sonoras, por ello el legado de Wendy Carlos es importantísimo y no solamente en el plano musical, sino también en el diseño sonoro, al cual ha aportado importantes bibliotecas de efectos que han incorporado las mejores películas de ciencia ficción de finales del siglo XX.

Las composiciones en solitario de Wendy Carlos merecen igualmente un gran reconocimiento. Muy al inicio de su carrera publicó su primer álbum llamado Sonic Seasoning, un disco de seis pistas inspiradas en las estaciones, el aura boreal y el sol de medianoche. Un disco de paisajes abstractos, profundamente meditativo, el cual ha inspirado en gran medida la música new age. Es un disco cien por ciento recomendable para los amantes de la producción sonora de calidad. El segundo disco se hizo esperar un poco más. Después de años de intenso trabajo en el cine llegó finalmente en 1984 Digital Moonscapes y en 1986, Beauty In The Beast;  dos trabajos en los que la compositora explora con escalas e instrumentos exóticos a lo largo de potentes desarrollos orquestales. Pese al éxito de éstos no volvió a editar un álbum hasta 1998 cuando publico Tales Of  Heaven and Hell, descrito por ella como una obra dramática inusual que combina algunas de sus temas para la Naranja Mecánica y la película inglesa Woundings, con oscuros fragmentos de misas góticas. Sin duda es el más cercano a esa atmósfera inquietante a la que no tenía acostumbrados en sus películas.

Actualmente es miembro de la Audio Engineering Society de Nueva York, Society of  Motion Pictures and Television Engineers y la National Academy of Recording Arts and Science. Entre otros premios fue condecorada en 2005 por la SEAMUS por los logros alcanzados en toda su carrera.

Quizás porque su discografía no es muy extensa, Wendy Carlos es la gran desconocida del sintetizador, aun cuando ha jugado un papel crucial en acercar los nuevos sonidos al público. Junto a los grandes tecladistas de rock progresivo combatió la idea de que los sonidos electrónicos eran antinaturales y por lo tanto despreciables. Gracias a estos pioneros, en sólo cincuenta años la música se ha diferenciado de todo lo conocido hasta entonces y, ¡oh causalidad!,  justo a tiempo para el inicio de un nuevo milenio. Sin embargo a medida que avance el tiempo sólo algunos serán recordados por haber abierto las puertas del futuro, quedándose la mayoría en el injusto olvido. Quizás aún es muy pronto y falta perspectiva para escribir las páginas de la historia, pero puestos a especular, me atrevo a decir que llegará el día en que se hable del antes y el después de Wendy Carlos.

 

 

 

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