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Afinando los ánimos

Estudios más centrados en los cambios físicos han demostrado que aparte de su cualidad anti estresante, la música puede inducir cambios en el metabolismo, o incluso en la conductividad eléctrica del cuerpo. Así, no es extraño encontrar casos en los que la música ayuda a reducir dolor o incluso a salir del coma.

 

Hace poco un amigo me dijo que la música salvaba vidas y que, de hecho, había salvado la suya. Conociendo a mi amigo y su visión ultra romántica de la vida lo tomé como una exageración; probablemente lo fuera. Sin embargo él tenía mucha razón, nadie puede negar los efectos que tiene la música en nuestro estado de ánimo. Todos lo hemos experimentado, no es ningún secreto. No es sólo que haya música para llorar cuando estamos tristes, sino que en un momento de apatía absoluta una buena canción te pone las pilas para poder comerte el mundo; hay músicas para recordar, para enfadar, indignar, enervar o relajar y en efecto para alegrar un día de esos negros.

 

La música ha entrado en los libros de autoayuda que ahora te dan recetas de cómo sentirte mejor: “tómese un Brahms a primera hora de la mañana, un opus 112 sería lo más adecuado; a mitad de mañana un Bach,y ya con la comida un Wagner, para digerir bien…”.

Cada uno tiene sus propias recetas. El efecto se ha utilizado mucho en la vida cotidiana, en películas o publicidad la música se utiliza como afinador anímico, en los supermercados y autobuses; la música ha tenido un importante papel en el ámbito comercial, precisamente por ese poder  inmediato en nuestro ánimo. Pero ha sido de un tiempo a esta parte, cuando esta cualidad de la música, conocida por todos, ha empezado a interesar a médicos y psicólogos como forma de terapia, de curación, naciendo entonces el palabro ese de musicoterapia. De manera más o menos científica o profesional, se ha empezado a considerar la música como una forma de curación y no sólo psicológica, sino también física.

 

La música ha entrado en los libros de autoayuda que ahora te dan recetas de cómo sentirte mejor: “tómese un Brahms a primera hora de la mañana, un opus 112 sería lo más adecuado; a mitad de mañana un Bach,y ya con la comida un Wagner, para digerir bien…”.Si te sientes triste te pueden recomendar un tema acorde con tu estado de ánimo, o todo lo contrario, para que tu cuerpo y mente cambien con la música; si lo que necesitas es mejorar tu capacidad intelectual Mozart sí o sí. Que si escuchar Mozart durante el embarazo hace al retoño más inteligente, que si el heavy metal predispone a la enfermedad mental, que si con la música de no sé qué se entra en comunión con Dios, son afirmaciones que cada día se escuchan más. Pero esta creencia está lejos de quedarse en un plano popular. Cada vez son más los estudios que muestran cómo la música ayuda a reducir la ansiedad, el estrés, el dolor en enfermos crónicos o ayudan a aumentar la respuesta del sistema inmunológico.

 

Pero quizá fue tras la Segunda Guerra Mundial cuando se dio el giro definitivo y el poder de la música pasó a ser considerado algo serio. Los soldados heridos físicamente y destrozados anímicamente, fueron rehabilitados gracias al uso de la música. Fue en este momento cuando se crearon muchas de las asociaciones de musicoterapia en Estados Unidos.

Aunque es ahora cuando este tipo de estudios y creencias han pasado a un plano más científico, como muestran la proliferación de másteres en musicoterapia y estudios sobre el tema, la relación música-salud, y en concreto música-salud mental viene ya de lejos en tiempo y lugar. En la Grecia antigua cada modo musical estaba relacionado con un ethos, o carácter moral que inducía a quien lo escuchaba a tal estado. Así, Platón desaprobaba el uso de cierta música porque inducía al mal moral. Pitágoras, por ejemplo, consideraba que la música podía restablecer la armonía espiritual y habló de ella como la medicina del alma. Esta creencia fue tomando diferentes formas al pasar el tiempo. Se encuentran ejemplos en todos los lugares como en  la Biblia, la historia de David y el rey Saúl o en la paralela historia, ya en el siglo XVIII, entre el castrati Farinelli y el rey de España Felipe V; ambas cuentan cómo los reyes fueron curados de sus periodos depresivos a través de las melodías de sus “terapeutas”. Pero quizá fue tras la Segunda Guerra Mundial cuando se dio el giro definitivo y el poder de la música pasó a ser considerado algo serio. Los soldados heridos físicamente y destrozados anímicamente, fueron rehabilitados gracias al uso de la música. Fue en este momento cuando se crearon muchas de las asociaciones de musicoterapia en Estados Unidos.

 

Muchas otras culturas, arrogantemente llamadas primitivas, tienen tan comprobado el uso terapéutico de la música, que es una de sus principales funciones, ya sea porque crean que la música es una forma de comunicación con Dios y, por tanto, un medio para ganar su favor, o porque crean en su poder intrínseco. Estas culturas muestran su confianza en el poder de la música a través de sus mitos, como el mito sudamericano de La Trapera, viejecita que recoge los huesos del bosque y después, con el poder de su canto los devuelve a la vida en forma de hombre danzarín. Otro ejemplo es el testimonio del protagonista de Los Pasos Perdidos de Alejo Carpentier, quien ve en la curación a través del sonido, el origen de la música:

 

“Acaban de tender el cuerpo hinchado y negro de un cazador mordido por un crótalo. Fray Pedro dice que ha muerto hace varias horas. Sin embargo, el Hechicero comienza a sacudir una calabaza llena de gravilla –único instrumento que conoce esta gente- para tratar de ahuyentar a los mandatarios de la Muerte […] Ante la terquedad de la Muerte, que se niega a soltar su presa, la Palabra, de pronto, se ablanda y descorazona. En boca del Hechicero, del órfico ensalmador, estertora y cae, convulsivamente, el Treno —pues esto y no otra cosa es un treno—, dejándome deslumbrado con la revelación de que acabo de asistir al Nacimiento de la Música.”

 

Ritos y leyendas que, de forma intuitiva y mágica utilizaron y utilizan el flujo musical como depurador de almas, como ahuyentador de espíritus negativos, prefigurando esto que hoy nosotros llamamos terapia a través de la música, o musicoterapia.

 

Este halo místico y espiritual sigue presente en muchos de los enfoques de la musicoterapia: la utilización de la música como modo de estar en comunión con la naturaleza y con uno mismo, como forma de encontrar el camino hacia la paz del alma. Pero un enfoque mucho más científico, acorde a los tiempos que corren, se ha instituido como base para estos estudios. Por ejemplo, se han estudiado qué partes del cerebro se estimulan cuando hacemos o escuchamos música, el tipo de respuestas fisiológicas que tiene la música en nuestro cuerpo y se ha intentado incluir la música en terapias psicológicas y psicoanalíticas.

 

Uno de los usos más eficaces es en las terapias con gente con problemas de comunicación, generalmente niños con autismo. Aquí, al desaparecer el lenguaje hablado y la presión que eso conlleva, los niños acceden a interactuar con más facilidad, a veces, incluso, se da una especie de comunicación a través de los instrumentos. El efecto anti estresante de la música puede, como en el caso anterior, facilitar y aumentar el efecto de otras terapias. Se ha demostrado tener efectos positivos en gente con problemas de aprendizaje, mejorando el potencial cognitivo (no sólo con Mozart), la motivación, el lenguaje, la expresión verbal y no verbal, la sociabilidad y la independencia. Otros estudios más centrados en los cambios físicos han demostrado que aparte de su cualidad anti estresante, la música puede inducir cambios en el metabolismo, o incluso en la conductividad eléctrica del cuerpo. Así, no es extraño encontrar casos en los que la música ayuda a reducir dolor o incluso a salir del coma.

 

El crecimiento de la musicoterapia ha sido tal en los últimos años, que ha generado distintos enfoques y métodos. Las distintas ramas de la psicología han encontrado de una u otra forma la manera de incluir la música en sus tratamientos, por supuesto, siempre con distintos resultados. La psicología conductista, por ejemplo, ha llegado a sus propias conclusiones en este ámbito. Pero quizá sea el psicoanálisis el que más haya abrazado esta “nueva” forma de terapia.

 

Aunque Freud no se vio capaz de exponer su subconsciente al sincero lenguaje de la música, como él mismo admitía, su discípulo C.G. Jung no dudó en alabar las cualidades analíticas de la música asegurando que “llega al material arquetípico profundo, al que sólo algunas veces podemos llegar en el trabajo analítico con los pacientes.” Ha sido el musicoterapeuta Rolando Benenzon quien ha definido una terapia a través de la música, basada en el psicoanálisis. Su modelo se basa en la definición de varias identidades sonoras, llamadas ISO, que se encontrarían en el inconsciente y en el preconsciente. Se trata de una terapia paralela a las del psicoanálisis pero utilizando como base la producción de sonidos.

 

Finalmente, todas son enfoques contemporáneos de algo que se intuía ya desde hace tiempo. No por ello dejan de tener importancia todas estas nuevas corrientes que, tratando los problemas de sus pacientes de una forma más humana y holística, están llegando a conclusiones importantes sobre nuestra salud. La música debe formar parte de esta nueva concepción. La música que normalmente forma parte de nuestro ocio, puede ayudarnos en mucho más de lo que generalmente se cree. Y no hablamos de música clásica, que también, sino de todas aquellas músicas que nos hacen sentir bien y con las que disfrutamos. Así que la próxima vez que acudan al dentista, o a sacarse sangre, llévense su MP3 y comprueben si les duele, aunque sea, un poquito menos.

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