Usted está aquí

¿World Music?

 

La world music expresa uno de los ideales más elogiables del siglo XX. Su cálido aliento de tierras latinoamericanas, africanas u orientales, supone el triunfo de la globalización, de la comunión de culturas en un mundo cosmopolita que todo lo trastoca, lo mastica y se lo come. De Ravi Shakar a Lila Downs, y de Oumou Sangaré a los Taraf de Haidouks, se extiende un universo de ritmos y armonías que refleja la aspiración por sazonar a través de los sonidos ancestrales, ese mundo que tras la revolución industrial, parecía tender a una insípida homogeneidad.

 

Los orígenes del género se remiten a mediados del siglo XX y empatan con los inicios ideológicos del multiculturalismo, cuando el pesimismo cultural que las guerras mundiales, la pobreza y la opresión generaron al interior de Occidente y el capitalismo, creyó ver una luz al final del túnel volteando la mirada hacia los excluidos de la historia, hacia los otros cultural- mente distintos. Fue entonces que nuevas esperanzas en una renovación cultural global, fruto de la revalorización e incorporación de las diversas culturas, se gestó. La world music fue abrazada como una clara manifestación de que avanzábamos hacia una verdadera aldea global, hacia un ambiente democrático liberal donde personas de distintas culturas pueden convivir libre- mente en un mismo espacio, incorporando su modo de ser y convivir al lifestyle de las grandes ciudades genéricas que brotan, como hongos, por todo el planeta. .

 

¿Cómo no voy a pensar que el hermanamiento de las culturas es posible si un sin- número de manifestaciones musicales que podrían entrar en el saco de la “Música del mundo”, me lo han mostrado?, ¿Cómo no voy a creer que una armonización de la diversidad es posible, si he descubierto un verdadero cosmos de emocionantes ritmos y sonoridades con Zakir Hussain, o experimentado la auténtica unión del corazón africano en el encuentro entre Salif Keita y Cesária Évora; si la disquera Putumayo me ha transportado del Cairo a Casablanca bañando de sol y arena mi espíritu, o lo ha refrescado en las playas de Río de Janeiro? 

 

Para uno que disfruta de los sonidos diferentes y que es presa de la fascinación por lo exótico propia de Occidente, como es mi caso, es difícil echarse para atrás y mirar a la world music desde una justa distancia crítica que permita observar que no todo es miel sobre hojuelas en el género. Aunque en muchos de nosotros ha despertado un genuino interés por acercarnos y valorar otras culturas extrañas a la propia, me parece necesario también darle vueltas en la cabeza a la world music para advertir las ganancias y pérdidas que ocurren en su interior. .

 

Todo cabe en un jarrito...

 

La forma en que clasificamos y delimitamos nuestras realidades a menudo responde a nuestros intereses y valores. Al entrar a una tienda de discos y pararse enfrente de los estantes que reposan bajo el letrero “world music”, una mezcolanza de artistas y estilos se tiende ante nuestros ojos: lo mismo nos podemos topar con un disco purista de ragas que es un verdadero testimonio etnomusicológico de la cultura india, que con una poderosa fusión de tambores africanos a ritmo de drum&bass. Aunque pudiera haber un cierto grado de especialización en las clasificaciones, otros letrerillos que subdividen los estantes con categorias regionales como latina o medio oriente, la heterogeneidad de músicas que habitan dichas regiones es de nuevo enca- sillada en un paquete de supuestos géne- ros locales representativos o fusiones dige- ribles para los oídos del “gran público”. 

 

No se trata de abogar aquí por más estan- tes y letreros en las tiendas –físicas o virtuales–, que den cuenta de la inmensa diversidad musical de las culturas del planeta, sino de plantear el modo en que se ha ten- dido a valorar tal diversidad a partir de la etiqueta comercial de “world music”. Pues si los esfuerzos de los pueblos por hacerse un rinconcito en los parnasos de Occidente han ido a parar en una misma bolsa, hecha a la medida para satisfacer la curiosidad y el gusto por lo exótico del consumidor contemporáneo, creo que no se ha ganado demasiado y el precio que se ha pagado ha sido muy alto. 

 

Al multiculturalismo se le reprocha el haberse vuelto un agente más de la lógica capitalista, esta acusación tiene muchas aristas como el hecho de que su discurso terminó favoreciendo la conversión del patrimonio cultural de diversas culturas en mercancías folclóricas o artículos de mu- seo, o la transformación de pueblos ente- ros en esclavos del turismo, y la world music –en muchos casos– bien podría ser otra de esas expresiones en que la multiplicidad de culturas ha salido raspada. .

Dice mi abuela que “Todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar” y el abultado género protagonista de este artículo es prueba de ello. Sólo que para que la música de las culturas tenga cabida en el recipiente de la world music, es necesario que atraviese por el implacable embudo del mercado, aquel cuyas reglas no responden a las cosmovisiones de los pueblos o los intereses de los músicos autóctonos, ni al dictamen estético del crítico especializado, o siquiera al diagnóstico científico de etnomusicólogo o antropólogo. Lo que se le pide a la música del mundo para entrar en la dinámica de la oferta y la demanda, de los costos y la eficacia comercial donde el empresario manda, es que sea capaz de satisfacer el gusto del consumidor, mantener un rating, pasar la prueba del sondeo de mercado, ofrecer al público un producto musical que satisfaga su demanda por algo exuberante y pintoresco, sin salir de los formatos que la industria pueda manejar con fines publicitarios y mercantiles.

 

Por lo general, lo que se nos presenta como world music es una versión anestesiada de la música de un determinado pueblo, el re- ducto cultural que alcanzó a pasar por el embudo. Las estrellas del género son los músicos que pudieron desprender de sus contextos tradicionales la música de sus pueblos para incorporarla en el beat de las grandes metrópolis, artistas que lograron hacer el peregrinaje a tierras occidentales haciendo a un lado el fondo que vio nacer el batir de sus tambores, dejando atrás el abono cultural que fertilizó su canto, para quedarse sólo con la fachada, con la fusión de sus peculiares sonoridades en la moda y el entretenimiento. Tan sólo piénsese en la trayectoria de músicos como el ya mencionado Ravi Shankar, Wu Man o Nusrat Fateh Ali Khan, que siendo gigantes de la música propia de sus pueblos, se convirtieron en astros de la world music a partir de sus colaboraciones con renombrados artistas occidentales, y no por su impactante repertorio tradicional. 

 

Hace un par de números en ACIDCONGA, Ángel Montaña nos presentó un artículo sobre el son jarocho y el fandango, complementado con una entrevista a Los fandangueros del Sur. Lo que allí se entiende muy bien es que la música es también el entramado cultural que le rodea y sustenta, pues como dice Eduardo Castellanos, integrante del grupo, a propósito del vínculo que une al son jarocho con el fandango: “habría que enfatizar que esa música (el son jarocho) nace ahí, o sea, esa música tiene su razón de ser en el fandango. (...) el fandango es la fiesta y el son jarocho la música de esta fiesta.” A partir de este testimonio podemos ver entonces que cuando escuchamos algunas fusiones de son jarocho salpimentando alguna rola de rock o la banda sonora de cierta película, solamente nos que- damos con un pedazo de aquella expresión cultural, se nos escapa precisamente lo que está en riesgo de desaparecer de la música de los diversos pueblos bajo el criterio de lo comercial, el suelo cultural que se rehúsa a ser reconvertido. 

 

De tu arte a mi arte... 

 

Hay en México otro dicho popular y un tanto cuanto vulgar que dice: “de tu arte a mi arte, prefiero mi arte” y pareciera que hacia donde quiero ir con la crítica aquí vertida, es hacia la afirmación romántica de que es preciso conservar la “pureza” de los géneros locales, o mantener intacta la “identidad” de las culturas, rechazando el arte “pervertido” por el mundo moderno. 

 

Sin embargo, también pienso que sería absurdo decir que la música en tanto fenómeno estético, no se ha visto enormemente beneficiada con la fusión de estilos, o que su capacidad de expresión no se ha expandido con las posibilidades brindadas por el entrecruce de ritmos y armonías que la world music ha propiciado. Así, me parece que está en juego el cómo evitar que las versiones estandarizadas y homogeneizantes que la lógica del capital nos ofrece como música del mundo, sea la que reine, cómo lograr que el género sea un verdadero espacio donde se exprese la diversidad, cómo mejorar las formas en que el capital simbólico inmerso en la música de los pueblos sea gestionado de una manera más democrática e igualitaria, burlando la dictadura del mercado. 

 

En otras palabras, pienso que debemos transitar también en música, de un multiculturalismo que en el reconocimiento de la diversidad cultural sólo ha conseguido que las transferencias culturales se produzcan de manera unívoca, a un concepto de interculturalismo que persiga la interrelación de las culturas desde un principio de igualdad e integración multívoca. Para ello, en el campo de la música la tarea debe ser ardua por todos los frentes. 

 

Por el lado de los oyentes, creo que se debería trabajar en la formación de públicos capaces de abrir su actitud de escucha y experimentación a la diversidad de músicas. El artista podría asumir la responsabilidad cultural que se deriva de la conciencia de que hacer una fusión, no sólo implica apropiarse y mezclar determinado ritmo, estructura o estilo musical, sino que también implica hacer una fusión de horizontes simbólicos, de formas particulares y diferentes de experimentar y expresar el mundo. Y ambos, productores y músicos, creo que podrían trabajar en modificar los formatos tradicionales en que los proyectos musicales llegan a los oídos del gran público, darle una oportunidad a otras posibilidades de experiencias escénicas y escuchas que acerquen a la gente al patrimonio cultural que rodea los diferentes tipos de música... no lo sé, quizás –para recurrir al ejemplo ya mencionado del son jarocho–, no hacer sólo un festival tradicional de música veracruzana sino un auténtico fandango. 

 

Posiblemente quien lea esto me pueda tildar de ingenuo o anacrónico ante el desvanecimiento de conceptos como identidad o diversidad cultural, pero creo que hoy, cuando conceptos como indignación y resistencia parecen adquirir un sentido renovado, vale la pena también apostar por buscar nuevos caminos para esa altísima expresión transcultural del espíritu humano, que es la música.

Estamos en redes ¿ nos sigues ?