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¿Vinil o carbonato? El extraño amor a la “fidelidad”

Imagen de fabian

Ya saben lo que se dice: el disco está muriendo. Quizá, quizá no. Pero no cabe duda de que aunque desaparezca del mercado, su influencia en la construcción del cómo entendemos la música ha de perdurar. Tomando como pretexto el machacón debate de la “fidelidad”, los invito a cuestionar cómo se relacionan con la música, qué entienden por ella. 

Aunque suena ya un poco vieja, la discusión aún flota en el aire: ¿qué suena mejor, un disco de vinil o un compact disc? En los umbrales de la supuesta muerte del disco, no parece existir un acuerdo común ni entre los escuchas ni entre los profesionales de la música. Lo que es más: a esta discusión aparentemente sin salida se han sumado los diferentes formatos digitales y, en su caso, los respectivos valores de compresión. La pregunta ampliada, ¿qué suena mejor un vinil, un CD, un mp3 a 320 kbps, un WAV o un FLAC?, nos arroja  al centro de un debate poblado de especificidades técnicas, o bien por poses elitistas de consumo.

El fondo de este aparente problema tiene más que ver con las concepciones de la música que vertebran nuestras prácticas de escucha, que con una realidad medianamente asequible. Si a esto sumamos el extraño comportamiento de la música como producto, nos enfrentamos entonces a una disparidad de opiniones difícilmente conciliables, pues cada formato, cada escucha y cada equipo humano involucrado en la producción musical orienta su actuar según dichas concepciones. Pero no adelantemos conclusiones y analicemos esa particular afición por la “fidelidad” del sonido.

Tal vez el giseo de un vinil, la natural torpeza de lo análogo, lo aproxime más a la naturalidad del arte como evento.

Desde los remotos inicios de la industria discográfica se crearon dos universos musicales: el real y el artificial; la música como experiencia viva y la música que buscaba ser un reflejo de esta. Con el paso del tiempo, los contenedores y los aparatos de grabación y reproducción fueron refinándose con el fin de eliminar esas artimañas que convertían a la música grabada en una pantomima de su versión real. Sin embargo, la posibilidad de manipular el sonido grabado para darle un aspecto más “real”, nos introdujo en la vorágine de la fidelidad.

A la ruda tecnología mecánica de los primeros fonógrafos fueron sumándose innovaciones técnicas y científicas propias y ajenas: el uso de la electricidad, la creación del micrófono, la insonorización de los espacios de grabación, etcétera. La desventaja es cada nueva incorporación tecnológica aumentaba los costos de producción, volvía cara la música. Todas estas incorporaciones provocaron que tanto los contenedores como los aparatos de reproducción de los mismos sufrieran un rápido proceso de obsolescencia.

Y es que el disco modificó para siempre la naturaleza comercial de la música, pues antes de su arribo, la única forma de entrar en contacto con ella era interpretándola o escuchándola en vivo. El disco trasladó a la música de la lógica de los servicios a la de los bienes. Por si esto fuera poco, la convirtió en un bien de sistema, es decir, un bien para cuyo consumo se requiere la adquisición de otros bienes: para el productor, los nuevos instrumentos de grabación; para el consumidor, los más recientes contenedores y reproductores. Por supuesto, esto derivó en un proceso donde importaba más qué formato se tenía en casa que el tipo de música que se escuchaba. Fetichización pura de la música.

Las generaciones más jóvenes jamás se enfrentaron al extraño momento de escuchar por vez primera  un CD: un sonido más limpio; la ausencia del giseo o fritura; no tener que dar vuelta al disco, levantar la aguja manualmente o adelantar el casete para escuchar otra canción… todas esas pequeñas minucias que eran parte de nuestras prácticas como consumidores musicales.

Los nostálgicos y los que no alcanzábamos a juntar para un reproductor de CD rápidamente mostramos nuestro descontento parapetándonos en argumentos bien extraños sobre la fidelidad “fría” del CD, frente a la “realidad caliente” del vinil. Desde entonces y a la fecha, la discusión no acaba: qué suena mejor, un CD o un vinil. Al respecto se han realizado muchísimas investigaciones que buscan demostrar cómo, uno u otro formato, tienen la mayor capacidad de capturar el sonido de manera más apegada a la realidad.

Cuando el mp3 amenazó con aniquilar a los formatos físicos, sucedió algo muy similar, aunque menos radical. La pregunta ¿CD o vinil? Está mal enfocada, pues en realidad el fondo del debate gira en torno a la lógica técnica de donde provienen: ¿analógico o digital?, sería lo adecuado. La comparación y análisis de ambos requieren su tiempo y prometo retomar el tema en otro momento, pues hoy me interesa más exponer otra arista de la respuesta: la concepción de la música tamizada por el término “fidelidad”.

El debate entre qué es mejor, si el vinil o el carbonato, el CD o el LP, está mal enfocado, pues ambos tienen sus pros y sus contras en cuanto a capacidades de fidelidad. No es que uno sea mejor que el otro, sino que ambos, de manera no intencional, nos aproximan a diferentes aristas de la música. Desde otra perspectiva, lo adecuado sería, como escuchas, preguntarnos qué entendemos por música. De nuestra respuesta depende saber qué buscamos en un disco: una aproximación a la realidad o una descontaminación de la misma. Filosóficamente hablando, el debate se traslada al conflicto entre pureza y realidad; artificialidad o naturalidad; discurso o hablante.

Quizá podamos ceñir el conflicto. Quizá podríamos decir que quien busca en el producto musical la mayor fidelidad posible, concibe la música como un lenguaje capaz de superar la inmediata realidad del músico. Quizá para este tipo de consumidor el error humano y las circunstancias específicas del momento de grabación, contaminen el trasfondo último del arte. Quizá el crepitar de un vinilo le resulte incómodo pues no puede apreciar a fondo las texturas de un instrumento interpretado con precisión. Quizá su oído exija regodearse en el más mínimo detalle del sonido: la reverberación de las cuerdas de un contrabajo, el diminuto eco que cada tecla del piano deja tras de su momento cúspide. Quizá crea que toda la historia de la humanidad juega un papel determinante en la escritura de una canción. Quizá crea que lo mejor sea eliminar lo específico para acercarse a lo sublime. Quizá le convenga más la fidelidad, el lenguaje binario, el CD.

Tal vez quien busca aproximarse a lo mundano, a la realidad de la grabación, concibe la música como un acto único e irrepetible. Tal vez para él las canciones se reinventan cada vez que se interpretan. Tal vez tiene la certeza de que la música está impregnada de los sentires particulares del otro en un momento preciso y busca en un disco acercarse a él, al tiempo que intenta desplegar y comprender los sentires propios. Tal vez vea en el error o en la imposibilidad de hacer algo exactamente igual, la condición humana, el río de Heráclito fluyendo a lo largo de una obra concebida en la intimidad del creador. Tal vez un lenguaje preciso y puntual le resulte falso, poco humano. Tal vez el giseo de un vinil, la natural torpeza de lo análogo, lo aproxime más a la naturalidad del arte como evento. Tal vez desprecie el CD y no entienda de compresiones y tamaños de archivos.

Y si apurados me preguntan qué prefiero, les diré que todos y ninguno en especial. Confesaré que para mí la música es más grata y más enorme cuando cedemos el control y estamos abiertos a lo inesperado. Preferiré siempre estar no frente a la música, sino frente al músico. 

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