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¿Industria cultural? o ¿Culturización de la industria?

 

De acuerdo con Theodor W. Adorno y Max Hokheimer, fue en 1947 cuando por primera vez fue utilizado el termino “industrias culturales”. Estos dos grandes pensadores pertenecieron a la llamada “escuela de Frankfurt”, la cual se caracterizaba por rechazar las bondades que pudiera tener la reproducción en serie o masiva de productos culturales, ya que ponía en alto riesgo su calidad artística. En pocas palabras, la modernidad industrial se limitaba a la imitación, a la incapacidad de transmisión cultural, a la inautenticidad y a la estandarización superficial de los productos que pudieran tener capacidades de expresión cultural.[1]

 

Esta línea de pensamiento continuó durante un par de décadas hasta que, llegados los años setenta, la producción industrial y la demanda cultural encontraron un camino sin bifurcaciones, como sugiere Jean-Pierre Warnier en su libro, La Cultura Mundo. Y es, probablemente, a partir de entonces cuando múltiples manifestaciones artísticas y culturales encontraron en la tecnología una oportunidad para crear registros y soportes para su documentación, conservación y difusión a gran escala. En ese misma publicación, el autor cita a Patrice Flichy (1980), Bernard Miège (1986) y Gaétan Tremblay (1990), tres analistas que consideran que el concepto de “industrias culturales” tiene las siguientes características:

 

a)    necesitan grandes medios

b)    aplican técnicas de reproducción en serie

c)    trabajan para el mercado, o en otras palabras, mercantilizan la cultura

d)    se fundan en una organización del trabajo de tipo capitalista; es decir, transforman al creador en trabajador y transforman la cultura en productos culturales.[2]

 

Bajo estas cuatro condiciones, especialmente la tercera, es que podemos desdibujar un panorama completamente distinto y sumamente complejo sobre la concepción de los productos culturales en nuestros días. De una u otra forma, la cultura pop ha dejado su huella en la cultura y en los medios, indiscutiblemente. ¿Entonces cómo se concibe el arte en la actualidad, y cómo se diferencia de los productos de elaboración masiva? Difícil responder con exactitud a esta interrogante, ya que en sociedades tan plurales, cambiantes y polifacéticas como las nuestras, diversas variantes ideológicas tienen concepciones sumamente dispares sobre la estética, el arte y las funciones sociales de la industria.

 

Pero independientemente de la postura que se tome al respecto (ya sea la de otorgar mayores valoraciones culturales a lo artesanal sobre lo de producción masiva e industrial, y viceversa) vale la pena reflexionar acerca de cuáles son las bondades de cada producto o manifestación artística y cultural, para así poder ser más justos a la hora de establecer su valor real, su capacidad de trascender a través del tiempo, su capacidad de influencia sobre otras manifestaciones u otros campos, y finalmente al público para el que está dirigido.  

 

Otro factor que no puede pasar desapercibido para establecer criterios sobre alguna valoración cultural en específico es: la tradición. El estudio de ésta, permite determinar gran parte de lo mencionado en el párrafo anterior, y es, sin duda alguna, un referente cronométrico de la importancia que tiene dicho producto o manifestación cultural sobre una o más sociedades (entiéndase distintos grupos humanos a través del tiempo). Además, las tradiciones, así como los responsables de mantenerlas y transmitirlas, van cambiando poco a poco, de una o de otra forma, pero el paso del tiempo siempre imprime algo sobre la expresión en las tradiciones culturales. Cada sociedad pertenece a un contexto determinado, mismo que no puede pecar de indiferente ante sus expresiones culturales, por más ancestrales que estas sean.

 

Larry Shiner escribió The Invention of Art: a Cultural History, un libro que reformula y pone bajo cuestión mucho sobre las teorías estéticas y la historia en cuanto a la comprensión del arte. Pero uno de los puntos que más ha llamado la atención, y que puede ser de mayor utilidad para este escrito, es las diferencias que establece entre un artista y un artesano.

 

Al primero, es decir al artista, se le atribuyen virtudes como la genialidad, inspiración/sensibilidad, espontaneidad e imaginación creativa. Además de originalidad, creación y libertad. Por otra parte, al artesano, se le caracteriza más por seguir una regla preestablecida, cálculo, destreza, imaginación reproductiva, imitación y copia.[3] ¿Qué nos sugiere esta diferenciación, en la actualidad?

 

Si siguiéramos a pie juntillas, o diéramos por único y verdadero lo anterior, estaríamos sentenciando que aquellos productos culturales “de autor”, o que fueron elaborados como pieza única por la original inspiración de su creador, son los que merecen las más altas valoraciones culturales como productos artísticos. Pero, como bien se dijo antes, las sociedades de la actualidad son muy complejas, así que no podemos limitar una verdad a un solo argumento. Hacerlo así sería sentenciar a una disminución en cuanto a las posibles valoraciones culturales que pueda tener un producto artesanal.

 

Ahora, es verdad, que lo artístico adquiere mayor valor cuando su producción llega a ser única o muy limitada, pero ¿no es eso corresponder a las leyes mínimas del mercado (oferta y demanda)? Mientras más cantidad demandada exista, más sube el precio de equilibrio. Y mientras menos cantidad ofrecida exista en el mercado, igualmente el precio se dispara. Es entonces que deberíamos tomar en cuenta otro factor: la especulación en el mercado del arte. Pero este texto no versa sobre ese tema, así que por ahora lo dejaremos en paz.

 

Retomando las diferencias básicas que estableció Shiner entre artista y artesano, podemos inferir que existen dos tipos de productos culturales, desde el punto de vista para el público al que van dirigidos: aquellos que disfrutan expertos, coleccionistas y especialistas, por el alto contenido artístico en piezas limitadas; y los que tienen un valor de impacto social mucho mayor al que podrían tener por su valor artístico como pieza única. En pocas palabras, productos artísticos y productos artesanales. Los primeros que tienen como campo de acción la llamada “alta cultura”, y los segundos que van dirigidos a un público más plural y amplio, pero en donde mientras más grande sea su espacio de influencia, mayor será su impacto sobre la sociedad y la cultura popular.

 

¿Cuál es la diferencia entre una guitarra Stratocaster de Fender, o una Les Paul de Gibson, americanas, originales y propiedad de algún artista, y aquellas producidas en china, a bajo costo con menor calidad en los materiales? Cualquiera que haya estado inmiscuido en el mundo de las seis cuerdas ha soñado con alguna de esas dos guitarras, pero no cualquiera puede tener acceso a ellas. Son, probablemente las más populares, pero dice el dicho “hasta en los perros hay razas”. No es lo mismo, ni en precio, ni en calidad, una guitarra elaborada en la Custom Shop de Fender por lauderos, o luthiers, especializados, quienes eligen minuciosamente los mejores materiales y elaboran prácticamente con sus manos cada uno de esos “productos culturales”, que una que tiene el mismo diseño, pero es elaborado en serie en alguna fábrica china o koreana, a menor precio.

 

Teóricamente, la diferencia sustancial (más allá de especificaciones técnicas y de calidad) entre la guitarra americana y la asiática, es que la primera es un producto limitado y creado para gente especialista o coleccionista de ese tipo de instrumentos, que está dispuesta a pagar un precio elevado por ese producto, ya que cuenta con conocimientos a priori sobre la calidad y la valoración cultural que tiene dicho instrumento. La segunda, la guitarra elaborada en Asia, puede que tenga un precio de mercado mucho menor (lo cual la hace más accesible al público principiante), y es ahí en donde adquiere, a través del tiempo y del número de personas a las que llega, sus valoraciones reales. Todo niño o adolescente que decide iniciarse en la guitarra es mucho más probable que tenga por primera vez en sus manos una guitarra asiática que una americana de colección. Cada guitarra (como producto cultural) para cada grupo de personas distinto.

 

Entonces, ¿tienen o no  altas valoraciones culturales los productos industriales? La respuesta es afirmativa, pero haciendo hincapié en que no las mismas que un producto cultural artístico. Lo artístico y lo artesanal son dos campos distintos, en donde cada uno tiene bondades y deficiencias. Y ambos tienen un público específico. Probablemente el error está en confundir esos dos espacios de interacción. Aunque tal vez la cultura pop diga lo contrario.

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[1] Warnier, J.P., La Mundialización de la Cultura, Gedisa, pag. 21, 2002, Barcelona.

[2] Ibid.

[3] Las características correspondientes al artesano y al artista se encuentran publicadas en el libro “The Invention of Art”, por Larry Shiner, y estan también citadas en el artículo “Sobre el Artista, el Artesano y el Genio” en el número de marzo, 2012, de AcidConga. 

 

Publicada originalmente en revista en nuestro número 13
acuerdo con Theodor W. Adorno y Max Hokheimer, fue en 1947 cuando por primera vez fue utilizado el termino “industrias culturales”." data-share-imageurl="">

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