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¿Hay música en el hombre?

Este año se cumplen 40 años de la publicación de ¿Hay música en el hombre? (¿How musical is man?), un clásico de la etnomusicología que pese al tiempo transcurrido sigue dando de qué hablar como el más actual de los ensayos. En él su autor, John Blacking, plantea una crítica a las consideraciones que en la cultura occidental se estiman como prueba de musicalidad en los individuos. Para ello nos remite a su experiencia personal, desde sus años como estudiante de música académica en Cambridge, hasta sus trabajos antropológicos en Malasia, a partir de los cuales se da cuenta de que la musicalidad no radica en el virtuosismo, en la intelectualidad u otras valoraciones similares que forman parte del discurso etnocéntrico desde el cual consideramos una música “culta” u otra “primitiva”. A partir de esta observación, plantea la siguiente pregunta: ¿en qué consiste la musicalidad? o ¿cuán músico es el hombre? Ni siquiera Blacking es capaz de responder de forma efectiva a la cuestión. Mas con su genio nos sugiere cuestionamientos que hoy en día deben considerarse necesariamente, si queremos encaminar nuestras propias conclusiones evitando caer en los mismos errores del pasado.

Por más que pueda parecernos una obviedad, una de las principales aportaciones de Blacking es haber definido la música como sonido humanamente organizado. A diferencia de definiciones similares formuladas por otros musicólogos, ésta debe entenderse desde una perspectiva abierta, ya que la intención del autor es descalificar las pretensiones de modelos universales como la tonalidad, la modalidad o los ragas indios, los cuales son válidos sólo en su contexto. Por lo tanto, lo importante es que la música se compone de sonidos producidos por el hombre, de forma que el ruido de una aspiradora no puede considerarse como tal, pero sí, con igual validez, una melodía interpretada en un sintetizador Moog o el retumbar de una conga. Pero la intención de Blacking no es analizar la música desde una visión abstracta y formal, por el contrario, su principal aportación es haber asentado las pautas para un análisis de campo que contempla la organización cultural y social subyacente en lo puramente musical. En este sentido, el autor nos dice que la principal función de la música consiste en implicar a la gente en experiencias compartidas dentro del marco de experiencias culturales, de lo cual se deduce que más allá de los aspectos formales, la actividad musical es reflejo de la sociedad en la cual conviven el público, los intérpretes, y demás sujetos implicados directa o indirectamente con el arte. Por lo tanto el sonido humanamente organizado acaba proyectando la organización humana y demás aspectos extramusicales que componen un determinado colectivo.

En la actualidad, esta interpretación social de la música puede parecernos irreal, puesto que vivimos tiempos en los que se exalta la individualidad como máximo ideal y en los que se quiere valorar la música sólo en sí misma. Igualmente, las afirmaciones de Blacking ya suscitaron polémica en su día, sin embargo su argumentación se ha considerado sólida en la medida en que aterriza sus ideas en un estudio muy concreto: la música de los Venda, un pueblo que habita la región de Transvaal, actualmente ligada a la República de Sudáfrica. El autor se sirve de este pueblo como paradigma de sociedad musical, a partir de la cual se cuestiona su propia cultura. ¿Acaso se parece nuestra sociedad a la de los Venda?, ¿es diferente realmente nuestra concepción de la música de la de las culturas que llamamos primitivas?

Los Venda viven en torno a las montañas Zoutpansberg, justo al sur del río Limpopo, la frontera norte de la Sudáfrica blanca. Su población, que no excede los treinta mil habitantes, puede parecernos insignificante, pero no obstante, el Estado ha mostrado un gran interés en proteger su identidad cultural. Gracias a esta labor y al rechazo por parte de la tribu a la innovación cultural, su música se conserva inamovible como parte de una larga tradición que une a todos los miembros del pueblo. Frente al mundo capitalista, en el cual la división del trabajo y la noción de progreso han terminado por ceder la práctica musical a unos cuantos “elegidos”, los Vendas consideran que cada individuo es musicalmente competente. Ello no significa que todos se dediquen a la música, ni que no se distinga entre intérpretes de mayor o menor calidad; por el contrario, sólo los más aventajados terminan por dedicarse a este arte en profundidad. No obstante, sin importar la condición social, cada miembro de la comunidad aprende a lo largo de su vida a ejecutar y distinguir hasta dieciséis estilos musicales diferentes, que a su vez se combinan con distintos ritmos, los cuales presentan numerosas variantes. A través del conocimiento de estas formas musicales, cualquier venda puede distinguir si se trata de una pieza destinada a la molienda o si se trata de un baile mankuntu, común entre los jóvenes, aunque se diera el caso de que las dos canciones tuvieran la misma letra, por ejemplo, sobre bebedores de cerveza. Por lo tanto, la emoción que desprende cada pieza es resultado de sus aspectos formales y su contexto, el cual se define por experiencias compartidas por toda la comunidad.

De igual forma, la percepción musical de un europeo está condicionada por aspectos formales aprendidos aunque sea inconscientemente. En consecuencia, no tiene el mismo efecto para el que escucha, una melodía compuesta en modo mayor que otra compuesta en modo menor. A su vez, el tempo es determinante para que la pieza transmita alegría, desesperación o melancolía. Todo ello al margen de la poesía, la cual no deja de ser un elemento extramusical. En el caso de la salsa, por ejemplo, es llamativo ver con qué alegría y sensualidad se bailan canciones en las que se habla de pobreza, enfermedad o miseria.

Pero, aunque la música comunitaria sea primordial en la cultura Venda, existe también una actividad musical individual. En la mayoría de los casos, este tipo de música adquiere un carácter más intimista para la que son más propios los sonidos apacibles de arcos de cuerda como el lugube, o el tshihwana. Los “trovadores” dedicados a ejecutar estos instrumentos se conocen con el nombre de tshilombe, que alude a su capacidad para conectar con fuerzas espirituales superiores. De su talento creativo se espera principalmente la composición de originales e inspirados poemas, dejando en segundo término sus capacidades puramente musicales. No obstante, es a través de los tshilombe que la música venda se va volviendo cada vez más musical, pues a estos se les permite una mayor libertad individual, desligada de las restricciones impuestas por la tradición. En definitiva, aunque las referencias musicales de estos trovadores necesariamente provengan de su experiencia comunal, esta música social no sería tan rica sin sus innovaciones.

Esta simbiosis existente entre individuos y comunidad se da de forma parecida en la sociedad occidental. Un ejemplo que ilustra a la perfección este diálogo es la figura de Elvis Presley. No cabe duda de que su música parte de la tradición del blues afromericano o el country. Sin embargo la originalidad de “El Rey” marcó un antes y un después a partir del cual surgió una nueva música que hoy forma parte innegable de nuestra experiencia colectiva: el rock.

Al igual que los Venda, los occidentales contamos con una rica experiencia cultural compartida que nos hace sensibles a diversos motivos abstractos de la música. A su vez, esta experiencia cultural evoluciona gracias a notables individuos que aportan nuevas lecturas de la tradición. Sin embargo, sólo para los Venda este fenómeno es el resultado de una sociedad en la que todos los individuos tienen aptitudes musicales. ¿Acaso no tienen razón? No cabe duda que en el entorno en el que vivimos se incentiva poco la enseñanza musical y que como resultado muchas de nuestras facultades se van atrofiando por falta de uso. Sin embargo, parece como si este panorama se tornara esperanzador en la víspera de las fiestas. Próximamente veremos retornar un repertorio de canciones que posteriormente permanecerá dormido todo el año. Para la ocasión, se formarán un sinfín de coros, muchos de ellos de cantantes amateur, que probablemente no vuelvan a cantar hasta Semana Santa o hasta el año siguiente. Luego en casa es probable que un tío, el cual no teníamos ni idea de que tocara la guitarra, se desmelene con un par de canciones de Bob Dylan. O quizás, si tenemos la suerte de sintonizar el Messias de Haendel por la televisión, nos sorprenda que la abuela se ponga a cantar un aria a la cual nunca habíamos prestado atención o que nuestra madre tarareé la melodía de alguna polka de Johann Strauss mientras prepara la comida de Año Nuevo. Todo es posible, puesto que hay música en el hombre.

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