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¿Cultura o acultura? Cuando el arte se convierte en moda

Gilles Lipovetsk y Jean Serroy, en 2010, publicaron La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada, texto en el que hacen expresa su preocupación por la relación entre la concepción, producción y difusión de los productos de interés cultural con los individuos de las sociedades posmodernas.

 

Uno de los capítulos se titula “¿Cultura o acultura?”, el cual expone el panorama actual del arte, la vida intelectual y el gusto por el turismo de masas. Tomando en cuenta que la música es una de las artes más apreciadas y valoradas a lo largo de la historia, entonces no podemos ser ajenos a la opinión de estos sociólogos y catedráticos expertos en temas culturales.

 

Respecto a la vida intelectual. En contraste con los productos editoriales y cinematográficos, las publicaciones sobre humanidades, filosofía y literatura presentan ventas mediocres, de acuerdo con los autores anteriormente mencionados.[1] No podemos hacer, con perfecta exactitud, el paralelismo entre este tema y la música culta, pero podemos reflexionar sobre lo que sucede con los productos musicales de gran calidad artística. El panorama cultural, a nivel mundial, es muy complejo, ya que a grandes rasgos se pueden observar dos claras vertientes: la especialización y estratificación de los productos culturales de alto nivel (los cuales están destinados para consumo y disfrute de minorías con conocimientos elevados); y el gusto por la estandarización de bienes, servicios y productos culturales (es decir, consumo masivo de producción industrial, el cual no requiere del refinamiento necesario para un complejo disfrute e interpretación).

 

 

...a grandes rasgos se pueden observar dos claras vertientes: la especialización y estratificación de los productos culturales de alto nivel (los cuales están destinados para consumo y disfrute de minorías con conocimientos elevados); y el gusto por la estandarización de bienes, servicios y productos culturales (es decir, consumo masivo de producción industrial, el cual no requiere del refinamiento necesario para un complejo disfrute e interpretación). 

Es un tema muy complicado de abordar este, debido a que entra una variable muy discutible: el gusto. Pero más allá de las preferencias personales o de consumo a gran escala, por desgracia es perceptible que el mundo de la llamada “alta cultura” o de “productos culturales de elaboración artística” no presentan la misma demanda que aquello que resulta más digerible, más tangible y menos elaborado. Es decir, todo aquello que se asemeja más a lo prefabricado como lo presenta Disneylandia. Ahí, en ese espacio, en ese concepto, todo es posible, pero esa simplicidad tiene un precio. Si “la genialidad yace en la simplicidad, y resulta apenas perceptible para unos cuantos”, entonces ese es el precio que se paga por consumir productos industriales culturales. La esencia del referente cultural se pierde. El alma del arte queda en entredicho gracias a estereotipos, estandarización de gustos y lo más importante: consumo masivo.

 

¿Qué cantidad de personas viajan cada año a París, Londres, Roma y Berlín para atiborrar los museos sin saber qué es lo que están admirando? Las cifras son ridículas. Lo mismo sucede en la música, ¿cuántas personas consumen productos culturales musicales (conciertos complejos, así como producciones discográficas artísticas) únicamente por moda o por “haber estado ahí”? Igualmente el consumo es desmedido. El arte está en crisis, de eso no hay duda. Andreas Huyssen, sociólogo alemán, está convencido de que actualmente existe un “boom por el recuerdo” y un “boom por la cultura”.[2] ¿A qué nos lleva esto? Por desgracia, a que la desmedida demanda de muchos bienes culturales los lleve a abaratarse o a malinterpretarse únicamente por la condición de producto comercial que adquieren. Y, peor aún, pese a lo optimista que pueda parecer una tendencia por altas ventas o altas entradas a un foro, todo queda anclado a la moda.

 

¿Valdrá la pena reconsiderar el arte por sus capacidades artísticas y de creación artesanal?, ¿será la industria una buena opción para la difusión, pero no para la producción?, ¿Qué tanto puede ceder más la creación artística sus valores a merced de la industria y el mercado de consumo masivo?Lipovetsky y Serroy son poco optimistas sobre la perspectiva que asoma al arte y la cultura en estos tiempos posmodernos. Para ellos es sustancial el fenómeno de vulgarización de la cultura, es decir: el consumo masivo de productos, por el simple hecho de consumirlos y no de apreciarlos. De acuerdo con su publicación, se han creado encuestas en las que se revela que entre 15 y 40 segundos es lo que pasa un visitante promedio admirando El rapto de las sabinas de David. ¿Qué relación hay con el mundo de las artes sonoras? Mucho. El arte puede ser divido y catalogado de tantas y tan variadas formas, pero sigue siendo arte al fin y al cabo. El arte se contempla, se admira y se disfruta, pero también es necesario el conocimiento para entenderlo (en muchas ocasiones), es indispensable contar con capacidades y sensibilidades específicas para disfrutarlo plenamente y, lo más importante, el arte más allá de entenderlo, se siente.

 

Respecto al último punto. Actualmente las canciones pueden ser cantadas sin ser sentidas. Los medios de comunicación ponen vigencia a los temas y a las producciones con la finalidad de maximizar las utilidades de la industria musical. El tiempo de duración y gusto de una canción, género o artista en la actualidad depende del tiempo que dure la moda. Y peor aún: su capacidad de trascendencia. Si resulta de interés para la industria, permanecerá. De lo contrario quedará destinado al olvido.

 

¿Valdrá la pena reconsiderar el arte por sus capacidades artísticas y de creación artesanal?, ¿será la industria una buena opción para la difusión, pero no para la producción?, ¿Qué tanto puede ceder más la creación artística sus valores a merced de la industria y el mercado de consumo masivo?  

Los tiempos son complicados para definir las verdaderas esencias y los parámetros de las valoraciones artísticas con lujo de detalle. El mercado es un factor indispensable en estos tiempos posmodernos, y ser ajeno a ello resultaría en un fracaso para muchos. Alternativas hay, pero vale la pena repensar más allá del hecho de ser “alternativo” respecto a la producción y a la difusión, lo importante debería ser plantear modelos de sostenibilidad para los proyectos culturales que merezcan un reconocimiento verdadero más allá de los límites del mercado de consumo masivo.

 


[1]Lipovetsky, Gilles. La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada. Anagrama. Madrid, España. 2010. p. 144.

[2]Andreas Huyssen publica en 2002 un artículo llamado En busca del tiempo futuro, parte de su libro En busca del futuro perdido. Ambos tratan el tema del marketing de la memoria y del olvido

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