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¿Buena música? Acercamiento al juicio de gusto y de valor

Casi todas las músicas sólo producen un efecto mágicopartir del 

momento en que oímos hablar en ellas el lenguaje del propio pasado

- Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano.

 

Cuando una obra musical inunda nuestros oídos por vez primera inmediatamente empezamos a juzgarla, algunas veces nos bastan unos cuantos compases para decir esto es basura, mientras que otras necesitamos escuchar la música varias veces para agarrarle sabor. Sin embargo, ¿será posible fijar ciertos criterios para determinar cuál es la buena música y cuál no?

 

Me gustaría empezar haciendo una distinción importante. Se refiere a la distinción entre lo que aquí llamo juicio de gusto y juicio de valor, pues a menudo solemos confundirlos, mas estarás de acuerdo en que no porque algo no nos guste , podemos decir que es malo o viceversa.

 

Así , los juicios de gusto tienen que ver con la interpelación estética que la música nos lanza y su respectiva respuesta en nosotros mismos, es decir, que tanto nos llega, que tanto nos enchina la piel, nos prende, qué tipo de emociones y sentimientos nos detona, aunque muchas veces solo resumamos esto en un simple esta canción me late o no. En cambio, los juicios de valor tienen que ver con la bondad o maldad de algo, y dependen de la evaluación, comparación y jerarquización de lo que estamos escuchando, llevándonos a hacer afirmaciones del tipo esta banda es mejor que esta o el reggaetón es mala música.

 

En nuestra vida cotidiana solemos confundir estos juicios y partir del hecho de que cierta música nos guste o no, para decir que es buena o es mala. En cambio, el crítico musical (aquel a quien la pregunta del título debiera competer) sabe consciente o inconscientemente, que si su crítica dependiera de exponer puros juicios de gusto, se toparí a con un callejón sin salida pues no pasaría de ser un comentario incapaz de ofrecer elementos para valorar la música. Y es que parece ser que los juicios de gusto nos remiten al espacio misterioso e incuantificable de la subjetividad y como dice el dicho en gustos se rompen géneros. Entonces el crítico se ve en la necesidad de recurrir a otras afirmaciones a partir de las cuales podrá valorar aquella música que pretende criticar.

 

Los argumentos para emitir juicios de valor sobre la música fluctúan entre criterios del carí¡cter propio de la música o externos a ella. Los primeros se refieren a los elementos que conforman el fenómeno musical en , es decir, aquellos que contribuyen directamente a que la música se en el tiempo ya sea abstracta o materialmente. Así los elementos a evaluar, comparar y jerarquizar serí¡n consideraciones como el talento de los músicos, calidad en la interpretación y producción, características del género, manejo de estructuras tmicas, melódicas y armónicas.

 

Por otro lado, está la evaluación, comparación y jerarquización de criterios externos a la música que también se suelen aplicar para emitir juicios de valor. Estos criterios abarcan un inmenso y creciente número de vertientes que responden a distintas ópticas sobre lo que la música es, y sus relaciones con todo lo demás que influye en ella. Ya sea que se tome a la música en tanto arte, como medio de entretenimiento, como un negocio o artículo de consumo, en su inserción a tendencias estéticas determinadas, como transmisora de sentidos, etc. Lo que se critica es el origen, función y finalidad de la música que desemboca en argumentos crí ticos con tintes, polí ticos, económicos, sociales, mercadológicos, históricos, etc. Que funcionan para descalificar o acreditar determinada obra musical.

 

Hasta el momento sólo he hecho una serie de disecciones sobre el modo en que juzgamos a la música y los argumentos que comúnmente se utilizan para valorarla con un mero afán explicativo. Ahora, para poder decir algo respecto a la pregunta ¿cuí¡l es la buena música? Recurriré a algo que es común al juzgar en general, esto es, el hecho de que tanto el juicio de gusto como el juicio de valor dependen de ejercicios de interpretación.

 

Decir que el juzgar está atado a la interpretación significa que está sujeto a determinados horizontes de sentido, a ciertos marcos referenciales desde los cuales se interpreta. Estos horizontes y marcos son como una especie de cristales tras los cuales vemos la realidad, y corresponden a nuestro prejuzgar. Nuestros prejuicios, dejando atrí¡s su connotación negativa, y viéndolos como prejuicios, como precedentes de nuestros juicios, hablan el lenguaje de nuestro propio pasado; de aquello que nos ha sido entregado culturalmente, de nuestra ideología, de eso que ha conformado nuestra historia personal.

 

Así cuando escuchamos música y nos disponemos a juzgarla, entran en juego una serie de concepciones personales sobre lo que se nos ha presentado en la vida como música y la aproximación que hemos tenido a ella. Difícilmente nos gusta la música que no ha estrechado lazos con nuestro pasado, como puede ser la música étnica china por dar un ejemplo, a menos que nos hayamos formado el gusto por ella.

 

De igual manera habrá música que nos toque fibras profundas por el simple hecho de que forma parte de una época de nuestra vida, o estuvo presente en momentos agradables, es decir, porque se ha creado en la experiencia, un ví nculo emocional con ella. Cuando nos aproximamos a música nueva que nos agrada, hay formas musicales que reconocemos pues las hemos escuchado antes, y formas musicales desconocidas. También cuando hacemos una valoración de la música entran en juego nuestros prejuicios bajo la forma de ideologí a, de ideas arraigadas (aunque no inamovibles ni estí¡ticas) sobre las expectativas que tenemos de la música, sobre su función, o su mismo concepto.

 

Ahora si después de este aburrido rodeo, me parece pertinente contestar a la pregunta inicial: ¿Cuál es la buena música?

 

Partiendo de lo que aquí he planteado, creer que es posible fijar criterios absolutos para determinar cuál es la buena música o cuál no lo es, me temo que es caer en una trampa, pues nuestros juicios de cualquier índole, estí¡n condicionados por la historicidad que los posibilita, por esos cristales a través de los cuales miramos a la música, que pueden ser tan multicolores y diversos como lo es la historia de cada uno de los posibles oyentes.

 

Pero si no es factible ofrecer criterios fijos para determinar qué música es mejor que otra, entonces ¿Qué le queda por hacer al crítico musical?

 

Creo que bajo esta perspectiva, lo que le queda es asumir su papel de intérprete. El crítico como intérprete es aquel que partiendo de la esfera del sentido común, se hace consciente de sus propios prejuicios que entran en juego al momento de criticar, pero también de esos marcos referenciales que dieron lugar a determinada música, de las condiciones que permitieron y motivaron la aparición de lo que se escucha.

 

El crítico-intérprete sabe que la música se puede valorar y disfrutar desde muy diferentes perspectivas, así su tarea reside en ofrecer interpretaciones creativas e innovadoras sobre lo que se escucha, generar nuevas formas de aproximación a la música, nuevos cristales para valorarla y experimentarla. La crítica en este sentido, se vuelve un esfuerzo creativo como lo es la música misma, siempre abierto a nuevas interpretaciones. Se convierte en una guía para que el escucha encuentre intereses y criterios propios, para que oiga, piense y sienta la música desde otros ángulos. Quizás la tarea del crítico-intérprete sea hoy más urgente que nunca pues la imposición de gustos y criterios ha sido copada por el sistema de mercado.

Casi todas las músicas sólo producen un efecto mágicopartir del 

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