Usted está aquí

Sép7imo Día: los vértices del triángulo

Imagen de fabian

Cuando a mediados de los 90s el rock en español ya no era una propuesta emergente o una ‘curiosidad’, muchas bandas que iniciaron su carrera dentro de lo que se conoció como ‘Rock en tu idioma’, y algunas levemente posteriores, alcanzaron su definitiva consagración. Por aquel entonces, la brutal efervescencia del rock iberoamericano originó que tres bandas, al menos en México, se convirtieran en el objeto de culto de toda una generación: Héroes del Silencio, de España; Caifanes, de México y Soda Stereo, de Argentina.

Casi todos los jóvenes de aquella época escuchábamos a las tres, aunque había quien profesaba un odio intenso hacia alguna, pero casi invariablemente éramos fanáticos a ultranza de una en particular. Yo era, y sigo siendo, fan de Soda Stereo. Y después, como les conté hace tiempo, fui fan de Cerati. Como buen fan, lloré su partida. Como buen fan, me llenó de curiosidad y dudas la noticia: el Cirque du Soleil se encontraba, desde 2013, preparando un show inspirado en la música de Soda Stereo: Sép7imo Día – No descansaré.

Mi primera reacción, como la de muchos otros fans, fue más bien incómoda, pues el fantasma de la explotación sentimental y del homenaje oportunista –apenas dos años habían pasado tras su muerte- se instaló en nuestras cabezas. Luego nos enteramos de que Charly y Zeta estaban involucrados y la incomodidad se atenuó… aunque seguía ahí. Los meses pasaron y Sép7imo Día – No descansaré se estrenó en Luna Park. Comentarios más, comentarios menos, la reacción fue positiva. Además, la banda sonora del show, fue una grata sorpresa: reconstrucciones, nuevas mezclas, mash-ups. Una lindura comandada por Zeta, Charly y Adrián Taverna, a quien muchos llaman el ‘cuarto Soda’.

En fin que al fin me llegó el día de ver el tan aplaudido show, hace un puñado de noches. Procuré no buscar demasiada información y solo recogí algunas opiniones antes de llegar. Por supuesto, acudí mucho más receloso que emocionado. Ni que fuera a ver a Soda. La siguiente hora y media es difícil de describir y si acaso usted, querido lector, no ha visto el show, me ahorraré la crónica y descripción para no aguarles la fiesta. Lo que no me ahorro son mis impresiones y algunos datos que quizá le animen o tal vez le desanimen para darse cita a tan singular espectáculo.

Los vértices del triángulo…

Las luces se apagan, la gente aguarda. El show está a punto de comenzar. Algunos esperan espectacularidad, luces y explosiones. Otros más apuestan por acordes sugeridos y boom, Soda a todo volumen. Los más simplemente esperamos. Una voz en off: “A veces, en la vida se dan encuentros mágicos que logran que cada uno sea mejor persona, y se sienta más vital que si estuviera solo. Lo mismo pasa entre una banda y su público, juntos no tienen límites, y el amor que comparten es eterno.” Luego un triángulo de luces mientras se escuchan las voces saludándose: Hola, Charly; hola, Zeta; hola, Gus… El concepto es mínimo y poderoso: un triángulo en el que nunca nadie entró, un triángulo que esta noche será abierto para que el público acceda.

Primer vértice: de Soda Stereo a Cirque du Soleil

Permítame que juegue el juego y entre yo también en el triángulo, en esos vértices donde se unen tantísimas cosas. En la primera esquina, se une lo más evidente: la carta obvia: dos estéticas unidas en un solo discurso. Por supuesto, nos referimos a la comunión de la música de Soda Stereo con la muy particular e inconfundible esencia del Cirque du Soleil.

¿Y cuál es la esencia del Cirque du Soleil? A pesar de los muchos shows que han girado o que residen en ciertos rincones del mundo producidos por la afamada compañía y a pesar también de que esta compañía replanteó para siempre el sentido del circo, la premisa es aparentemente sencilla: narrar una historia a través de números basados en las ancestrales habilidades circenses: la acrobática, la artística, la histriónica. Lo singular del Cirque du Soleil es que reviste aquellos números con una refinada producción y con un aire que, aunque explora nuevos matices en cada espectáculo, tiene mucho de new age.

Sép7imo Día no es la excepción pero tiene dos diferencias sutiles. La primera es que, en esta ocasión, el hilo narrativo es más bien difuso. La segunda es que el matiz explorado a través de los elementos visuales surfea plácidamente por la estética postpunk de la que bebió Soda Stereo en sus primeros años. No es la primera vez que el Cirque du Soleil ronda estos imaginarios, pues ya en su show Kurios, de 2014, se habían asomado un poco al estilo steampunk. Desde los vestuarios y maquillaje de los artistas hasta ciertos elementos escenográficos están profundamente enclavados en las imágenes que la new wave propuso hace algunas décadas.

Que el hilo narrativo sea más difuso que en otras ocasiones, no es falla u omisión. Y es que ni Soda Stereo ni Cerati en solitario apostaron demasiado por la narrativa. Su camino era más bien poético: colecciones de imágenes y figuras que en muchas ocasiones acabaron por volarnos los sesos: “estaré a un millón de años luz de casa”, “ella usó mi cabeza como un revolver”, “bajo una luna hostil”… en fin. Aquella poesía, en cada número, es capturada a veces de manera literal y fantástica. Los números inspirados en “Planta”, “Hombre al agua” y “Sobredosis de TV” dan buena cuenta de ello.

Más que una mera yuxtaposición de lenguajes, valga decir más que el mismo circo de siempre con Soda Stereo de fondo musical, Sép7imo Día logra articular deliciosamente la poesía y vigor de Soda Stereo con la imaginería multicolor y frenética del Cirque du Soleil. Ese vértice encaja, casi en su totalidad, salvo algunos números que ya usted, querido lector, tendrá la oportunidad de juzgar –y bueno, para que no se diga que no digo, creo que en “En remolinos” y “Persiana americana” algo no estaba del todo claro-.

Segundo vértice: riesgos + talento

En el segundo vértice de este triángulo se comunican dos elementos sumamente peculiares: el riesgo y el talento. Evidentemente, no me refiero al riesgo físico de los atletas –aunque es real y palpable-, sino a que tanto Soda Stereo y el Cirque du Soleil hicieron una apuesta fortísima que podrían no ganar. ¿Qué quiere decir esto? Veamos. En lo que toca a la compañía canadiense, las apuestas son varias. En primer lugar, es apenas la segunda vez en la que un espectáculo del Cirque du Soleil basado en la música de grandes íconos sale de gira. Además de este, han producido otros cuatro: Love, cuyo eje es la música de The Beatles; One y The Immortal, en homenaje a Michael Jackson y Viva, dedicado a Elvis. Solo The Immortal se puso a girar, mientras que los otros tres tienen como residencia fija a Las Vegas.

Si puso atención, caro amigo, a los otros íconos musicales habrá notado el riesgo de la apuesta. Elvis Presley, The Beatles, Michael Jackson. La obviedad nos dicta que lo siguiente, por supuesto, sería Bowie –seguro ya estarán trabajando en algo-. Pero no. Apostaron por Soda Stereo. Interesante. Riesgoso, pero interesante. La tercera carta que está jugando Cirque du Soleil es escénica, pues Sép7imo Día es el primer show de la compañía en la que parte del público es involucrada en la puesta en escena. No se alarme, no van a ponerlo a columpiarse ni mucho menos. Sucede que además de cantar y bailar esas chulísimas rolas, una parte de los números se desarrolla en la pista donde se encuentra el público, lugar al que han denominado ‘Zoom Zone’ y que en opinión de su servi, es la mejor opción para disfrutar del espectáculo.

En lo concerniente a Soda Stereo, ya les decía que Charly y Zeta se involucraron en la producción, la apuesta es aún más dura. Y es que ‘prestar’ las canciones que marcaron a toda una generación para sobreponerles espectáculos de habilidades circenses no es poca cosa. De perder la apuesta, Soda Stereo quedaría en la incómoda posición de ‘haberse vendido’ para llenar sus bolsillos, ese horroroso fantasma que puebla la industria musical. Si a esto sumamos que la herida tras la muerte de Cerati aún no hace cicatriz el riesgo crece exponencialmente.

Finalmente, Cirque du Soleil y Soda Stereo juegan una apuesta compartida, pues sus públicos no son exactamente los mismos. Ni los fans de Soda Stereo son consumidores frecuentes de los shows del Cirque du Soleil ni mucho menos viceversa.

¿Por qué apostar, entonces? Porque el rasgo común entre ambos grupos siempre fue el mismo: renovación constante, metamorfosis, reinvención, mutación. Llámele como quiera. El propio Zeta apuntaló hace unos meses esta idea con su declaración: “Sép7imo Día es un homenaje a Soda y también un homenaje a Gustavo, a quien todos extrañamos. Seguramente, él estaría muy orgulloso de este espectáculo, porque tiene mucho que ver con todo lo que siempre hicimos: apostar a cosas nuevas, a nuevos formatos, y este show es el summum, con la misma originalidad que tenían nuestros conciertos. Además, es una forma de reencontrarnos con nuestro público, de esta forma, ahora la única posible.”

La apuesta parece que está siendo ganada y la única forma de entender ese triunfo es el talento de ambas agrupaciones, pues ninguna ha desvirtuado su esencia en este trance llamado Sép7imo Día.

Tercer vértice: entre el asombro y la nostalgia

Todo lo antes dicho le da ya una idea de mi opinión al respecto de Sép7imo Día, aunque no pasa de ser un análisis un tanto distante y medianamente frío. Si yo mismo leyera este texto antes de acudir, seguramente me daría cita con la misma zozobra y recelo que manifesté antes. Sin embargo, creo que el tercer vértice es lo que más vale la pena de Sép7imo Día y de lo que menos he leído. Quizá esto se deba a que es un asunto tremendamente sentimental, subjetivo.

Sucede que en el tercer vértice del triángulo se unen dos de los sentimientos más poderosos y arrebatadores que somos capaces de soportar: el asombro y la nostalgia. Admirar los actos de un acróbata que con pericia pone en riesgo su vida y nos deleita con movimientos que jamás nos habríamos imaginado que es posible realizar es ya de por sí bastante. Volver a escuchar las canciones que marcaron nuestra infancia y juventud, a todo volumen y rodeado de gente que las corea es ya de por sí bastante. Sumar esas dos experiencias es brutal, una bomba sentimental que acaba por anudarnos la garganta.

De manera muy pero que muy personal, Sép7imo Día me puso los sentimientos a flor de piel. En mis ojos, el reflejo de una acróbata columpiándose sostenida por su cabello, en mis oídos la canción que solía cantar entre amigos bien entrada la noche; el nerviosismo de admirar a un hombre sumergido sin respirar mientras suena la única canción de Soda que Cerati nos regaló en vivo cuando presentaba Bocanada; el asombro frente a la maestría actoral de Castiñeiras mientras la voz, su voz, esa voz que era seguro que no volvería a escuchar en un lugar así, me lleva de paseo a esa rola que coreé como un loco cuando “Me verás volver”. Al final, me sentí como un niño cuando le regalan precisamente eso que desea tanto: boquiabierto y a un paso del llanto.

P. S.

Si aún se está cuestionando si vale o no la pena caerle a Sép7imo Día, permítame decirle que, como siempre, todo depende. Los seguidores que a lo largo de los años ha conquistado el Cirque du Soleil quizá se sientan un poco extrañados ante el nuevo formato, un tanto interactivo, y ante esa parte del público que no deja de cantar y que en ciertos momentos parece más enclavado en la música que en los actos mismos. Los fans jóvenes de Soda Stereo disfrutarán mucho del show y se seguirán rascando la cabeza pensando cómo habrá sido verlos en vivo –genial, simplemente genial-. Para aquellos en cuyo soundtrack de vida Soda Stereo tiene un lugar privilegiado es sinceramente indescriptible.

Mi recomendación: vayan. Mejor aún: compren boletos de la Zoom Zone. La única situación que no les gustará es que los ‘Ángeles Eléctricos’ (la tramoya del show) y los vendedores de cerveza romperán de cuando en cuando el encanto, pero en la experiencia global, esto en realidad es peccata minuta. ¿Será muy cliché cerrar diciendo ‘Gracias Totales’? Seguro que sí, pero es un fan el que escribe.

Cuando a mediados de los 90s el rock en español ya no era una propuesta emergente o una ‘curiosidad’, muchas bandas que iniciaron su carrera dentro de lo que se conoció como ‘Rock en tu idioma’, y algunas levemente posteriores, alcanzaron su definitiva consagración. Por aquel entonces, la brutal efervescencia del rock iberoamericano originó que tres bandas, al menos en México, se convirtieran en el objeto de culto de toda una generación: Héroes del Silencio, de España; Caifanes, de México y Soda Stereo, de Argentina." data-share-imageurl="">

Estamos en redes ¿ nos sigues ?