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¿Viajar para escuchar? Los riesgos del turismo musical

Imagen de fabian

Visitar los estudios de Abby Road; recorrer las calles de Hoboken donde Frank Sinatra pasó su infancia; descubrir el callejón que inspiró el tango “Caminito”, enclavado en el barrio de La Boca; adentrarse en los recodos de Algeciras, donde nació Paco de Lucía o aventurarse por Santa Ana hasta llegar a la tumba de Bob Marley. Todas estas acciones tienen un punto en común: son ya productos de un sector emergente: el turismo musical…

 

Desde hace algunas décadas, el sector turístico ha experimentado no sólo un crecimiento brutal como actividad económica, sino que, en muchos casos, se ha convertido en el motor principal de algunas economías locales, nacionales e incluso regionales. En principio, esta actividad estaba primordialmente relacionada con el descanso y/o la recreación, lo cual llevó a la generación de una infraestructura poderosa sí, pero elemental. Poderosa porque la resolución de los tres factores clave para el turismo –transporte, hospedaje y alimentación- implicó enormes inversiones y creación de empleos. Elemental porque a pesar de esto último, el desarrollo de experiencias turísticas y el criterio de sustentabilidad fueron incorporaciones un tanto tardías.

A pesar de ese origen incompleto, lo cierto es que el rápido aprendizaje de la industria turística le ha permitido diversificarse y crear segmentos que por un lado enriquecen la experiencia del viajero y, por el otro, permiten que las comunidades anfitrionas se desarrollen. Uno de esos segmentos es el llamado turismo cultural, es decir, aquellos viajes que se realizan con el fin de entrar en contacto con otras culturas, sus costumbres y patrimonios artísticos. Por supuesto, tal acotación resulta un tanto ambigua al momento de plantear los elementos diferenciadores de un producto turístico.

Con el ánimo de resolver dicha ambigüedad, y basándose en las definiciones propuestas por la Organización Internacional del Trabajo y la Organización Mundial de Turismo, el gobierno chileno desarrolló una guía para la generación de productos turísticos culturales[i] en la que reconoce nueve formas de turismo cultural, según los intereses de los viajeros: turismo comunitario, etnoturismo, turismo urbano, rural, agroturismo, ecoturismo, turismo patrimonial, religioso y de intereses especiales.

De las nueve categorías, sólo una considera a la música como un factor especialmente valioso: el turismo urbano. Este hecho no es gratuito, pues son las ciudades los únicos entornos que cuentan con espacios capaces de recibir a las grandes audiencias. Además, nos deja ver, al menos de manera elemental, el eje rector de lo que se ha dado por llamar turismo musical: los conciertos.

El acento de las industrias turística y musical en este sentido, ha caído, por supuesto, en los grandes festivales. Tanto es así que, por ejemplo, muchas operadoras turísticas ofrecen paquetes para asistir al Festival Internacional de Jazz de Montreal; paquetes que, además del transporte, el hospedaje y la comida, incluyen accesos a conciertos. Esta es una de las tendencias más marcadas en cuanto a turismo musical se refiere, pero no es la única.

Al margen de la derrama económica generada por los turistas que asisten a los grandes festivales, ciertas ciudades utilizan la música como un atractivo para los viajeros. En este caso tenemos, por ejemplo, a Rio de Janeiro y su carnaval; a New Orleans, que se promueve bajo el título de “Birthplace of jazz”; a Austin, que se asume como la capital mundial de la música en vivo; a Liverpool, la capital mundial del pop; a Buenos Aires, la cuna del tango y a Andalucía, con sus cinco rutas flamencas.

En estas y otras localidades, la música se convierte en atractivo no sólo debido a los grandes y efímeros eventos, sino que es el centro de gravedad de todo un desarrollo turístico que incluye museos, visitas a estudios y hogares de artistas, rutas turísticas, asistencia a espectáculos pequeños, etcétera. Es decir que la música es puesta en valor desde el punto de vista del viajero, convirtiéndose en el principal diferenciador para elegir un destino turístico.

Debido a esto, es común que las ciudades o regiones que explotan su música como atractivo turístico sean confundidas con las llamadas music cities, aunque no son precisamente lo mismo.

Cities of Music

A finales del siglo XX y principios del XXI, un par de autores, apoyados en la emergencia de la economía creativa, formularon los conceptos de ciudad creativa y clase creativa. El primero lo debemos al urbanista inglés Charles Landry; el segundo, al economista estadounidense Richard Florida. Ambos autores, y muchos otros, coinciden en que uno de los motores primordiales de la vida urbana es, precisamente, el trabajo creativo, incluidos en él desde el desarrollo científico y tecnológico hasta la creación artística. Grosso modo, la propuesta teórica y un tanto prescriptiva, gira en torno a cómo una ciudad organizada según sus aportes creativos podría funcionar de mejor manera y reducir la marginación de ciertas clases sociales.

Tomando aquello como punto de partida, la UNESCO creó, en 2004, el programa UNESCO Creative Cities Network, cuyo objetivo primordial es “fortalecer la cooperación entre las ciudades que reconocen la creatividad como un factor estratégico para el desarrollo sustentable en lo que a aspectos económicos, sociales, culturales y ambientales se refiere”[ii]. Lo interesante de esta red de trabajo es que clasifica a las ciudades creativas según sus desarrollos particulares. Así, hay ciudades dedicadas a la artesanía y el arte folclórico, el diseño, fílmicas, gastronómicas, literarias y, por supuesto, musicales.

En la categoría musical, 31 ciudades del mundo forman parte de esta red. De las 31, es probable que el lector versado en desarrollos musicales sólo atine a identificar dos o tres. Y es que las music cities, a diferencia de las localidades que mencionamos con anterioridad, no operan en función del turismo, sino que buscan desarrollar la música a partir de la participación de la iniciativa privada y la administración pública[iii]. Así, por ejemplo, Bogotá ha sido incluida no sólo por la organización del Festival Rock al Parque, sino por implementar la educación musical como parte fundamental de sus políticas públicas; Bologna por promover intercambios y encuentros relacionados con la música y Brazzaville por su programa de residencias para estudiantes de música.

¿Por qué entonces la confusión? Pues porque este tipo de desarrollos ha logrado que las ciudades creativas se conviertan en sitios de obligada visita para la gente interesada o implicada en el universo de la creación musical. La diferencia salta a la vista: mientras que los ‘destinos’ musicales, desde el punto de vista del turismo, utilizan como diferenciador algún género musical, las music cities se ocupan del desarrollo de una escena próspera.

Los riesgos del turismo musical

Como toda actividad económica que crece de manera desmesurada, el turismo implica ciertos riesgos que, o bien no se detectan a tiempo, o bien se consideran ‘males necesarios’ para el desarrollo de una región o destino. Muchos estudios sobre la actividad turística han subrayado los impactos negativos que genera un turismo no planificado o, de plano, abusivo. Básicamente, estos riesgos giran en torno a tres tópicos: el impacto medio-ambiental, el económico y el social.

Dentro del primer tópico, el impacto más negativo consiste en la desaparición de áreas naturales en cuyo lugar se erigirán complejos turísticos como hoteles, aeropuertos, centros de convenciones, etcétera. Además de esto, se presentan graves casos de contaminación debido a los residuos sólidos, además de contaminación acústica ocasionada por las constantes obras de creación o mejoramiento urbano. En el caso del turismo musical esto va más allá, pues una marcada tendencia en la organización de conciertos en destinos turísticos es el uso de patrimonios históricos y naturales como escenario.

En el segundo rubro, el impacto económico, encontramos dos problemáticas comunes y seriamente perniciosas: la estacionalidad del trabajo y la dependencia. La primera significa que la cantidad y calidad de los empleos están determinadas por las temporadas de arribo de viajeros. Durante las temporadas altas, las comunidades se ven obligadas a laborar durante jornadas excesivas, mientras que en las temporadas bajas los índices de desempleo aumentan. La dependencia es aún más grave, pues provoca que las localidades anfitrionas destinen todos sus recursos al mejoramiento de la infraestructura turística, al tiempo que descuidan el desarrollo de otras actividades económicas e, inclusive, el aseguramiento de la calidad de vida a través de políticas públicas. Hablando del turismo musical, esta tendencia también es padecida por los propios músicos, foros de conciertos, museos y demás productos turísticos.

Sin embargo, el asunto más preocupante, el que implica mayores riesgos, está incluido en el tercer rubro: el impacto social. La principal problemática que se ha detectado es la alteración de las formas de vida en las comunidades anfitrionas, así como su marginación en el consumo de los productos sostenidos por ellas mismas. Y es que debido a su crecimiento, el turismo ha estandarizado ciertas prácticas como el diseño de hotelería, la gama de alimentos disponibles, los servicios de transporte y, sobre todo, la actitud servil de las comunidades anfitrionas. Por si fuera poco, los espacios y comportamientos públicos también sufren transformaciones que, paulatinamente, harán desaparecer las formas de organización social de dichas comunidades. Por otro lado, para los miembros de la comunidad local resulta en muchos casos prohibitivo acceder a los servicios turísticos de su localidad, pues los precios son demasiado altos aún en temporadas bajas.

Si llevamos esto al terreno de la música, podemos ver cómo el segundo aspecto mencionado, la marginalidad del consumo por el aumento de precios, es una realidad palpable. Cuando un festival o destino musical alcanza cierto grado de madurez, su costo tiende a subir desorbitadamente. En este caso, la asistencia a conciertos u otros atractivos resulta inviable para la comunidad local pues, por un lado, mucha gente estará trabajando en dichos eventos y, por el otro, el precio resultará impagable.

El primer aspecto, la alteración de las formas de vida, es más preocupante aún, pues puede ocasionar un trastorno cultural muy grave: el estancamiento de la creación y su conversión en cliché, en estereotipo. Pongámoslo así: si un turista de cualquier nacionalidad decide viajar a un destino que explota la música como atractivo, lo que espera consumir es la ‘música tradicional’ de tal lugar. De entrada esto parece deseable, pues se convierte en una forma de poner en valor la creación musical propia. Sin embargo, pone una traba al desarrollo de escenas o manifestaciones no alineadas con tal línea ‘tradicional’. Es decir, si un turista visita Cabo Verde o Cuba, no querrá escuchar otra cosa que no sean mornas o sones, pues eso es lo que precisamente le fue vendido.

Pero además, en su calidad de turista, no querrá escuchar dicha música en sus entornos habituales, sino en condiciones cómodas y de calidad escénica. El resultado de esto es que las expresiones musicales, a más de estereotiparse, serán extraídas de su entorno, despojándolas del valor simbólico que tiene para la propia comunidad. Así, más allá de ser un vehículo para la valorización de la cultura musical, este tipo de turismo representa una amenaza para el quehacer artístico. Lo que era propio e identitario se convertirá prontamente en impuesto y artificial; lo que era parte de la vida cotidiana pasará al terreno del producto estandarizado para ese otro que es el turista; lo que era diversidad creativa se convertirá en empobrecimiento obligado.

Una irresponsable planificación de este sector emergente puede tener consecuencias indeseables para las escenas y tradiciones musicales, condenando a la música a convertirse en un producto prefabricado y carente de significado. Por tal razón, resulta mucho más plausible la iniciativa de las music cities como forma de convertir a la música en un factor de desarrollo local. Supeditar este arte a la medianamente estable demanda turística representa sí, un gran negocio, pero también una potencial condena a muerte de la creatividad y el valor cultural de la música.




[i] S/A. Guía metodológica para proyectos y productos de turismo cultural sustentable. Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Chile, 2015. (Consulta en línea: http://www.cultura.gob.cl/wp-content/uploads/2015/01/guia-metodologica-turismo-cultural.pdf)

[ii] UNESCO. Creative Cities Network. Mission Statement. 2004. (Consulta en línea: https://en.unesco.org/creative-cities/sites/creative-cities/files/Mission_Statement_UNESCO_Creative_Cities_Network.pdf)

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