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Sonoridades recobradas y revalorizadas

Imagen de bob

 

En mi anterior colaboración, les hablé de algunos instrumentos musicales que otrora tuvieron su momento de auge y se extinguieron en la noche de los tiempos. En la presente entrega toca el turno de aquellos instrumentos que recibieron una nueva oportunidad de integrarse a la fiesta musical del presente, de esos que lograron la fama alejados de sus lugares de origen y de los instrumentos que, si bien nunca desaparecieron, lograron salir de tradiciones musicales acotadas para sumarse a la escena global.

El primero es un instrumento cuya tradición musical resucitó, desde principios del siglo XX, gracias a las interpretaciones históricas de música antigua: la viola da gamba, nombre con el que se le conoce al instrumento más emblemático de la familia de las violas, originalmente denominado como bajo de viola, pero que incluía también otros instrumentos de variados tamaños y tesituras.

La viola da gamba fue muy popular en la música de cámara europea del Renacimiento y el Barroco. Su fino y discreto sonido, de carácter profundo y moldeable, la llevó a ser muy socorrida como instrumento de ensamble y solista en la tradición musical española, francesa, alemana e inglesa principalmente, del siglo XVI al XVIII. Compositores como Marin Marais, Dietrich Buxtehude, J.S. Bach, J.P. Telemann y Henry Purcell son algunos de quienes escribieron para el instrumento.

Pero la llegada de la orquesta moderna y la predilección por la brillante e incisiva sonoridad de los instrumentos de la familia de los violines gradualmente condujeron a la viola da gamba al declive. Su timbre, más adecuada para la intimidad de los espacios pequeños, la condenó a su casi extinción a mediados del siglo XVIII, pues no pudo adaptarse a las exigencias de los nuevos espacios ni a los ensambles cada vez más numerosos y potentes.

Sin embargo, el subjetivo terreno del gusto musical concedió otra oportunidad a la viola da gamba. En el marco de la revalorización del pasado que el Romanticismo apuntó y el siglo XX acentuó, la viola da gamba hizo un triunfal regreso. Cuando se desempolvó el repertorio renacentista y barroco, sus redescubridores modernos pronto cayeron en la cuenta de que la técnica e instrumentos disponibles no le hacían justicia a la música antigua y que si se quería recobrar su sentido, valor y particular estética tendrían que revivir también a los instrumentos para los que fue pensada.

Así, la viola da gamba ha sido adoptada nuevamente por las agrupaciones dedicadas a ofrecer interpretaciones históricamente documentadas del repertorio antiguo. Hoy día existen múltiples organizaciones consagradas a difundir y recuperar al instrumento e incluso su enseñanza ha sido retomada por importantes conservatorios y escuelas de música. También existen intérpretes reconocidos mundialmente como el gran Jordi Savall, Paolo Pandolfo o Alison Crum.

El entusiasmo creciente por la viola da gamba ha logrado que compositores contemporáneos de la talla de Michael Nyman, Tan Dun o Moondog hayan realizado obras para el instrumento. Aquí un video de “La Rêveuse” de Les folies d'Espagne, compuesta por Marin Marais e interpretada por Savall:

 

 

Por otro lado, dicen por allí que “nadie es profeta en su tierra”, tal es el caso de muchos instrumentos prácticamente olvidados en su lugar de origen que en tierras lejanas hallaron cobijo y se convirtieron en protagonistas. Un ejemplo de ello es el instrumento cuyo nombre es sinónimo de tango: el bandoneón. Inventado en Alemania a mediados del siglo XIX por Heinrich Band, el bandoneón buscaba ser un instrumento para interpretar música religiosa en iglesias que carecían de órgano y también para la música popular. Sin embargo, no repuntó en aquel país puesto que la música popular se inclinó por un instrumento similar y anterior al bandoneón, la concertina.  

El vibrante destino del bandoneón quedó sellado cuando llegó a América, llevado por inmigrantes alemanes e italianos que se establecieron en Argentina a finales del siglo XIX. Por aquel entonces, en el Río de la Plata estaba en boga la milonga, género descendiente del candombe y la guajira, de ritmo sincopado y rápido. Se dice que la milonga se originó en la región pampeana y en un principio era interpretado con guitarra, pero a medida que se acerca a la ciudad se le suman otras sonoridades como la flauta, violín y piano. En este contexto llega también a integrarse el bandoneón, que con su sonido melancólico, solemne y continuo contribuyó en la transición de la milonga al tango.

Para la segunda década del siglo pasado, el bandoneón ya era el alma de la orquesta típica de tango tanto en Argentina como en Uruguay, de la mano de bandoneonistas como Vicente Greco y Eduardo Arolas. A partir de entonces, el bandoneón ha acompañado al tango en toda su evolución bajo la inventiva de bandoneonistas destacados como Aníbal Troilo, el enorme Astor Piazzolla, Daniel Vinelli, e incluso de otros de países como el noruego Per Arne Glorvigen o el japonés Ryota Komatsu.

Aquí Piazzolla interpretando su “Adiós Nonino”:

 

 

La viola da gamba y el bandoneón nos muestran que la suerte de un instrumento no está echada de antemano, instrumentos antes olvidados pueden retornar y otros que en su terruño no tuvieron fortuna, pueden incluso volverse emblema de tierras lejanas. El variopinto siglo XX trajo consigo los horrores de la guerra, el genocidio y la tiranía en gran parte del planeta, sin embargo, también acarreó una inmigración sin precedentes y profundizó –entre descalabros y tropiezos- la lucha por alcanzar un mundo más equitativo, libre e inclusivo. Gracias a ello la música, siempre sensible a los avatares sociales, logró inauditos encuentros de géneros, tradiciones, voces e instrumentos que al día de hoy no cesan de amalgamarse y reconvertirse. Así, instrumentos que antes tenían un ámbito reducido, hoy son populares globalmente y su sonido se fusiona con infinidad de géneros.

Un buen ejemplo de lo anterior es, por ejemplo, el didjeridú; instrumento típico de los aborígenes australianos que en la actualidad se le puede escuchar tanto en las calles de las grandes metrópolis del mundo como en obras de música clásica contemporánea, jazz y electrónica, en canciones de pop, rock, hip hop…

En la Tierra de Arnhem, al norte de Australia, existen testimonios pictóricos en piedra del didjeridú que datan de hace unos 1,500 años, de manera que el instrumento ha acompañado a la cultura aborigen de forma ininterrumpida tanto en ceremonias de carácter sagrado como recreacional y educativo hasta nuestros días. Sin embargo, las hipnóticas sonoridades del didjeridú fueron expuestas al mundo hasta mediados de los años ochenta del siglo pasado, cuando grupos como Yothu Yindi, formada por intérpretes de música tradicional aborigen y rockeros, comenzaron a mezclar tanto los instrumentos como los estilos de ambas culturas musicales.

Posteriormente, en los años noventa fue ampliamente popularizado gracias a los primeros trabajos de Jamiroquai. También lo utilizó Tracy Chapman en su tema “New Beginning” y, en el contexto del latin jazz, atrajo la atención de Poncho Sánchez, quien con gran atino lo incluyó en su tema “Freedom Sound”. Asimismo, la capacidad del instrumento de generar atmósferas sostenidas a modo de pedal (drone), gracias a la técnica de respiración circular, lo ha hecho integrarse a la música new age y lo ha convertido en un recurrido instrumento del género ambient y chillout, como en la música de Steve Roach. Finalmente, el didjeridú también ha logrado colarse a la música clásica contemporánea, destacando principalmente en obras del australiano Peter Sculthorpe como algunos cuartetos de cuerdas con didjeridú o en la obra Kakadu.

Para cerrar, los dejo con el tema “Willi Willi”, interpretado por dos grandes figuras del didjeridú aborigen contemporáneo, Adam Plack y Johnny “White Ant” Soames:

 

anterior colaboración, les hablé de algunos instrumentos musicales que otrora tuvieron su momento de auge y se extinguieron en la noche de los tiempos. En la presente entrega toca el turno de aquellos instrumentos que recibieron una nueva oportunidad de integrarse a la fiesta musical del presente, de esos que lograron la fama alejados de sus lugares de origen y de los instrumentos que, si bien nunca desaparecieron, lograron salir de tradiciones musicales acotadas para sumarse a la escena global." data-share-imageurl="">

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