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La puesta en escena de las músicas del mundo I

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Hoy día el mercado de las músicas del mundo (world music) vive un auge creciente que se remite a la década de los ochenta del siglo pasado. Si bien el fenómeno de inclusión de los ritmos del mundo al público occidental comenzó en la primera mitad del siglo XX, cuando las primeras recopilaciones grabadas de músicas folclóricas y étnicas no occidentales realizadas por antropólogos y etnomusicólogos empezaron a circular comercialmente, no fue sino hasta la recta final del siglo que el boom explotó gracias al fuerte impulso mercadotécnico que la etiqueta comercial de “world music” facilitó.

Cuenta la leyenda que la world music como categoría de venta surgió en 1987, cuando directivos de once disqueras independientes comenzaron a reunirse en el pub londinense The Empress of Russia para decidir cómo vender mejor toda aquella música aún inclasificable en términos occidentales, música de las culturas remotas que para entonces dichos sellos consideraban raros hallazgos de tesoros inauditos para el oído acostumbrado al pop y al rock comercial.

El sociólogo de la música, Simon Frith, quien narra este episodio en su texto The Discourse of World Music, menciona que las disqueras congregadas en la mítica reunión estaban orientadas principalmente al folk rock, al rock de raíz y la música regional americana; compartían el entusiasmo por conservar el espíritu auténtico del rock en sus orígenes, crudo y contracultural. De allí que la world music en tanto género, acogiera mucho de la ideología y modos de operación del rock original, esto es, en palabras de Frith: “música para adultos, no adolescentes; desembarazadamente funcional (para bailar, cortejar), expresiva sobre comunidades locales, emocionalmente robusta. Que destaca guitarras, batería, voces, sudor”.

Por otro lado, Frith apunta que al lanzarse el primer material antológico ya bajo la etiqueta de world music, titulado The World as One, se realizaron presentaciones en vivo en espacios orientados al rock y, posteriormente, los eventos de world music fueron apegándose al modelo de los eventos de rock.

Lo anterior nos otorga una referencia histórica precisa sobre el encuentro entre el rock y el género que vino a consolidarse, para efectos de su comercialización, como world music, lo que derivó en la forma en que mucha de esta música ha sido puesta en escena en el contexto globalizado al que se sumó. Sin embargo, este es sólo un punto de la ruta genealógica que llevó a las músicas del mundo a empatarse con las fórmulas del espectáculo occidental, condición de posibilidad para que la world music pudiera inundar los oídos del planeta.

La configuración occidental de la música como espectáculo tiene antecedentes tan lejanos como el antiguo teatro griego. Si bien en la antigüedad griega la música era considerada un arte subordinado a la palabra cantada o recitada, formaba parte integral de las representaciones teatrales. Cabe recordar que la palabra “teatro” (al igual que la palabra “teoría”) viene del griego théaomai que significa contemplar o mirar, lo que corresponde también con el significado de la palabra latina espectaculum. De manera que la idea de “contemplación” se encuentra detrás tanto del teatro como del espectáculo.

Posteriormente, en la cultura occidental la música va ganando su estatuto de arte autónomo y, a la par, empieza a generar su propio espectáculo, su propio espacio de contemplación diferenciado del de otras manifestaciones artísticas. Así, en la Edad Media hallamos figuras como la de los goliardos, trovadores, troveros y demás músicos trashumantes y callejeros que contribuyeron a impulsar a la música como forma de diversión pública y secular. Sin embargo, la consolidación definitiva de la música como espectáculo llegó gracias al formato del concierto, que pone en acción un tipo de contemplación particular sobre la música: la contemplación estética.

El concierto como forma de presentación musical ante un público que expresamente asiste para el disfrute de la ejecución musical en sí, nace durante el siglo XVII. Por tales épocas, en Inglaterra ya se realizaban interpretaciones de ensambles de violas en tabernas y colegios, también se realizaban veladas musicales de pequeños conjuntos instrumentales en Alemania y Suiza. Aunque el primer testimonio de una serie de conciertos públicos, de acuerdo con el Diccionario Enciclopédico de la Música coordinado por Alison Latham, es el de los ofrecidos por el violinista John Banister en Londres entre 1673 y 1678, interpretados en su propia casa convertida en escuela de música.

Si bien las actuaciones musicales ya eran organizadas por la nobleza y la iglesia en otras partes de Europa, para el siglo XVIII los conciertos se volvieron fenómenos públicos. Destacan, por ejemplo, los Conciertos Espirituales que surgieron en Francia a partir de 1725 y se extendieron por los países católicos. Estos se realizaban en el tiempo de Cuaresma, cuando las representaciones teatrales estaban prohibidas. También en Alemania comenzaban a realizarse series de conciertos públicos en aquellas ciudades, como Francfort y Hamburgo, que carecían de corte.

La llegada del clasicismo y luego del romanticismo implicó la emancipación definitiva  de la música clásica occidental a través de un complejo discurso sonoro que supuso ser capaz de tocar las fibras humanas más profundas, con ello la experiencia musical se volvió un fenómeno que requería escuchar con atención el desarrollo y entrelazamiento de las formas musicales. Esto derivó en que el formato de concierto, en cuanto modo ideal de apreciación estética de la música, se extendiera rápidamente por toda Europa. Asimismo se reflejó en la construcción de recintos específicamente ideados para el tipo de aproximación a la música que debían ofrecer los conciertos y los rituales específicos que, incluso hoy día, perduran en la experiencia de cualquier concierto de música clásica occidental. 

Para el siglo XIX ya existían diversas salas de conciertos que podían albergar incluso ensambles grandes como las orquestas sinfónicas. Tal es el caso del Schauspielhaus de Berlín, el Royal Albert House de Londres, la Musikverein de Viena o el Concertgebouw de Amsterdam, espacios en los que la arquitectura acústica empezó a jugar un papel cada vez más importante y que fue perfeccionándose para el diseño de las salas de concierto que se realizaron por todo el mundo en tiempos posteriores.

Dado que la experiencia del concierto exigía la entrega total al oído, el ritual adoptado limitó los aplausos al final de las obras y requirió el mayor de los silencios posibles por parte de la audiencia durante la ejecución. Los músicos se colocaron sobre un escenario, marcando la separación con el público; la iluminación y escenografía quedaron como meros elementos funcionales que no distrajeran de lo más importante: la contemplación auditiva.

Pero en el siglo pasado la explosión de géneros, las nuevas tecnologías de amplificación electrónica y la cultura de la música como fenómeno de entretenimiento condujeron al formato de concierto a diversificarse… Pero de ello les hablaré en la siguiente entrega.

 

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