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El gusto musical, rehén de prejuicios

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Hoy en día la principal función concedida a la música en nuestra vida es el entretenimiento. Lejos de las funciones formativas y más lejos aún de las funciones religiosas o místicas que en nuestra civilización antiguamente cumplió y sigue cumpliendo en tradiciones marginales, lo que mueve el grueso del consumo musical actual es su función recreativa y lúdica. Principalmente recurrimos a la música para que nos haga compañía en nuestros tiempos de ocio, para divertirnos y bailar en fiestas o como un mero adorno ambiental que nos distraiga del diario trajín.  

Bajo el principio hedonista que rige a la música en tanto forma de entretenimiento, el criterio que prima en nuestras elecciones musicales es el gusto. Buscamos escuchar aquello que nos place y evitar, en la medida de lo posible, lo que nos disgusta.

En torno al gusto suele decirse de gustibus non disputandum o “para gustos hay colores”, como si el que algo nos gustara fuera inmediato y absolutamente subjetivo. Cierto es que una vez que el gusto por determinada música se afianza, actúa como un filtro que condiciona nuestras afinidades futuras y en ello van puestas nuestras disposiciones personales, sin embargo, creer que nuestros gustos navegan sobre la autonomía de la propia individualidad por el mar de propuestas musicales es un engaño que la industria musical suele manejar a conveniencia.

Quienes ven a la música primordialmente como un negocio jugoso, léase las Majors, los emporios comerciales de la comunicación masiva, las grandes plataformas digitales y demás actores, cuando se les cuestiona sobre la acotada gama de artistas o géneros que deciden contratar, difundir, apoyar o distribuir, suelen argüir que ellos sólo dan al cliente lo que pide, que su criterio es el gusto de las mayorías que libremente deciden lo que les agrada escuchar. Y claro, si lo suyo es el negocio no se les puede culpar por ir a lo seguro y apostar por las fórmulas probadas, ligeras, pegajosas y que transiten por los terrenos a los que el oído occidental contemporáneo ya está habituado, todo en aras del entretenimiento y, por supuesto, de la plata. Sin embargo, tras el argumento del gusto de las mayorías que los actores de la industria musical esgrimen, se esconde algo que la misma industria muy bien conoce: que el gusto musical está atado a un sinnúmero de factores y, jalando los hilos adecuados, se puede incidir en él.

Hablar del gusto musical invariablemente nos dirige a la decodificación estética que hacemos de una obra, a la agitación de sensaciones, emociones y pasiones que ella es capaz de despertar en nosotros. En ello sin duda encontramos una verdadera afirmación personal que nos lleva a emitir nuestro propio juicio de gusto, no obstante, el momento del juicio está antecedido por prejuicios. Con “prejuicios” no me refiero aquí a ellos en su connotación peyorativa que los sitúa como etiquetas infundadas y negativas que ponemos a priori; sino más bien a su sentido neutro, retomado de la hermenéutica gadameriana, que remite a los condicionantes inevitables que operan antes de que juzguemos algo, a las estructuras previas que posibilitan, en este caso, nuestros gustos musicales.

Desde esta perspectiva, en los prejuicios entran factores de índole natural que apuntan a las estructuras de nuestro aparato perceptivo tanto fisiológicas como psicológicas. Esto supone una base universal que fundamenta el gusto y en la búsqueda de dicha base se han movido las preguntas medulares de la estética: ¿Qué nos faculta para percibir algo como bello, feo, sublime o siniestro? ¿Tienen acaso los objetos en sí mismos cualidades estéticas o estas son puestas por el sujeto?

A la indagación de los fundamentos universales y naturales del gusto, además de la filosofía, también se han sumado muchas disciplinas tales como la psicología, la neurología y la antropología, desde las cuales se han emprendido infinidad de investigaciones encaminadas a dilucidar las competencias y facultades humanas elementales que nos permiten aprehender los fenómenos musicales, su estructuración semántica y las respuestas emocionales que pueden detonar.

Así pues, desde los antiguos cánones musicales que suponían una belleza universal sustentada en la armonía, en las consonancias y disonancias que suponen generar sensaciones agradables o desagradables naturalmente, pasando por las explicaciones de nuestra presunta inclinación innata por los ritmos marcados y repetitivos como correlatos de los propios ritmos corporales o reductos de nuestro pasado tribal, hasta las explicaciones del éxito de “Despacito” de Luis Fonsi y Daddy Yankee como esta, son algunos ejemplos de cómo se ha intentado encontrar los principios compartidos por todos que despierten el gusto.

Sin embargo, para beneplácito de los que vemos en la diversidad musical una invaluable fuente de gusto y para decepción de quienes sólo quieren encontrar la canción que a todos guste y produzca las mayores ganancias monetarias, hasta el momento no se han encontrado rasgos musicales o disposiciones universales tan determinantes que permitan generar la fórmula musical que a todo mundo agrade.

Esto se debe a que los prejuicios del gusto más que una cuestión de naturaleza son, principalmente, convenciones sociales y, por lo tanto, son contingentes y tienen una historicidad enraizada en construcciones colectivas. El gusto musical es rehén de la música a la que hemos estado expuestos a lo largo de la vida y a la ponderación positiva o negativa que de ella hemos hecho a partir del contexto social en el que estamos inmersos.

Por tanto, cuando hablamos del gusto por determinada música es inevitable apuntar a la cadena de mediaciones sociales que la condujeron a estrechar lazos con nuestra propia individualidad, que nos sumergieron en su lenguaje y favorecieron el tipo de relaciones que establecemos con ella. La cadena vincula desde nuestro círculo más próximo a la música con la que convivimos en nuestro entorno familiar y de amistades, a los soportes materiales que la condujeron a nuestros oídos, las afinidades ideológicas y estilos de vida que cierta música proyecta… Los eslabones se van enredando a medida que sale a la luz el cúmulo de factores imbricados como la educación, el origen sociocultural, los mecanismos identitarios, políticos, económicos e incluso religiosos.

Con respecto a la industria de la música de la que ya se ha hecho mención, esta se mueve entre la cultura de masas que marcó las condiciones para que la música fuera un fenómeno de entretenimiento global  y el sistema de la moda que lo articula.  De forma que la industria echa a andar mecanismos orientados a aumentar el consumo de sus productos musicales a través de la homogeneización del gusto y la administración del mismo mediante la moda y los nichos de mercado. Es aquí donde los medios masivos de comunicación, la publicidad y las estrategias e instrumentos mercadológicos entran en juego como poderosos marcadores del gusto.

Por otro lado, la emergencia de la industria musical ha dado lugar a infinidad de definidores privilegiados del gusto: la figura del músico como celebridad, los organizadores de conciertos, los productores, las instituciones culturales y demás figuras que inciden en la realización y presentación de la música. Asimismo se encuentran los garantes del gusto, donde entran las recomendaciones del crítico destacado y el líder de opinión, así como los espacios que juegan un papel curatorial: revistas especializadas, sellos particulares y ahora, gracias a las posibilidades de las nuevas tecnologías, incluso podemos encontrar “curadores” automatizados e impersonales que con base en información estadística y algorítmica nos sugieren la música que se apegue a nuestro gusto, como sucede en las plataformas digitales de streaming.

Ahora bien, tras lo que aquí he planteado sobre los gustos musicales huelga decir que cualquier intento por liberarlos de los prejuicios en general es en vano. Pero lo relevante es que en la medida en que hagamos consciencia de los prejuicios que operan sobre nuestro gusto estaremos en mejores condiciones para superarlos y plantearnos otros desde los cuales ampliar nuestros horizontes musicales, abrirnos a otras músicas y treparnos a su groove; ya sea para enriquecer nuestro mero entretenimiento o, por qué no, hallar otras funciones que la música pueda cumplir en nuestras vidas.